Ta’unui||kookmin

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Para la tribu de Ta’unui, el océano no era paisaje, Jungkook era uno de ellos.

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16+

ÚNICA PARTE

El mar hablaba antes que los hombres.

No con palabras, sino con pulsos profundos, con ese latido antiguo que se siente en los tobillos cuando uno entra al agua sin miedo. Jungkook había crecido escuchando ese idioma. Para la tribu de Ta’unui, el océano no era paisaje: era sangre, era memoria, era promesa. Decían los ancianos que quienes nacían con el oído atento al mar nunca se perdían del todo, aunque se alejaran.

Jungkook era uno de ellos.

Su piel tostada llevaba marcas rituales desde los trece ciclos lunares, líneas negras trazadas con tinta de coral y carbón, símbolos de protección y pertenencia. Su cabello oscuro, siempre atado con fibras de palma, caía pesado sobre su nuca cuando entrenaba. Era fuerte, sí, pero no solo de músculos: tenía esa fuerza silenciosa de los que observan antes de actuar.

Ta’unui era una tribu costera, elevada sobre plataformas de madera tallada, rodeada de manglares y arrecifes brillantes. Vivían del mar y para el mar. Pescaban con respeto, cantaban antes de navegar y despedían a sus muertos dejándolos flotar hacia el horizonte, envueltos en telas azules.

Jungkook era cazador y guardián joven. Demasiado joven, decían algunos. Demasiado impulsivo, decían otros. Pero nadie dudaba de su lealtad.

Nadie, excepto el miedo antiguo que la tribu guardaba hacia el interior de la isla.

Allí vivían los otros.

Los de piel rosada.

Los que no nacieron del mar.

Los que trepaban árboles como si fueran extensiones de su cuerpo.

Los llamaban “chicos mono”.

Jimin odiaba ese nombre.

No porque fuera mentira —sus pies eran ligeros, sus manos rápidas, su cuerpo ágil como rama flexible—, sino porque lo usaban para marcar distancia. Para decir no eres como nosotros. Para reducirlo a un rumor.

Jimin había nacido tierra adentro, donde la selva se cerraba como un abrazo húmedo y vivo. Su piel rosada no era enfermedad ni maldición, sino herencia. Su tribu, pequeña y casi olvidada, creía que el espíritu del bosque los había pintado así para distinguirlos entre el verde infinito.

Cuando su gente desapareció —por hambre, por enfermedades traídas del mar, por guerras que nunca entendieron—, Jimin quedó solo.

Tenía doce ciclos cuando bajó por primera vez a la costa.

Y fue Jungkook quien lo encontró.

Lo recuerda con una claridad que todavía le quema el pecho.

Jimin estaba atrapado en una red de pesca abandonada, colgando de una raíz gigante, con los ojos abiertos como lunas asustadas. Jungkook había ido tras un jabalí marino cuando escuchó el ruido: un golpe seco, una respiración cortada.

Podría haberlo ignorado.

Los ancianos decían que los chicos mono traían desgracia, que el bosque los volvía impredecibles, que su cercanía enfurecía al mar. Jungkook lo sabía. Lo había escuchado toda su vida.

Pero también sabía otra cosa: el miedo huele igual en todos.

Cortó la red con su cuchillo de hueso y Jimin cayó sobre la tierra húmeda, tosiendo, temblando, vivo.

No se dijeron nada ese día.

No hizo falta.

Desde entonces, fueron amigos.

Ahora, diez ciclos después, Jungkook caminaba por el borde de la selva con el sol cayendo a su espalda. El aire cambiaba ahí, volviéndose más espeso, más verde. Jimin lo esperaba sentado en la rama baja de un árbol enorme, balanceando las piernas como si la gravedad fuera solo una sugerencia.

—Llegas tarde —dijo Jimin, sin mirarlo, con esa sonrisa ladeada que siempre parecía esconder algo.

—El mar estaba inquieto —respondió Jungkook—. No quería soltarme.

Jimin bajó de un salto, aterrizando frente a él sin ruido.

Era distinto a cualquiera de Ta’unui. Su piel rosada capturaba la luz del atardecer, su cabello claro caía suave sobre su frente, y sus ojos… sus ojos siempre parecían ver más allá.

—El bosque también —murmuró—. Algo se mueve.

Jungkook frunció el ceño.

Desde hacía lunas, ambos sentían lo mismo. El mar cambiaba sus corrientes, los peces migraban sin aviso, y la selva crujía por las noches como si soñara mal.

—Los ancianos no escuchan —dijo Jungkook, con amargura—. Dicen que son ciclos normales.

Jimin soltó una risa corta.

—Los ancianos siempre dicen eso hasta que el mundo les cae encima.

Caminaron juntos, como tantas veces, por el sendero invisible que unía selva y costa. Dos mundos. Dos cuerpos aprendiendo a compartir el mismo espacio.

Jungkook pensó, no por primera vez, en lo fácil que era estar con Jimin. No había juicios, ni expectativas pesadas. Solo silencio cómodo y miradas que decían más de lo necesario.

Pero también pensó en lo imposible.

La tribu jamás aceptaría algo más que una amistad vigilada. Un guardián del mar y un chico del bosque no debían mezclarse. Era una ley no escrita, pero tallada en el miedo colectivo.

Esa noche, el desastre llegó sin pedir permiso.

El mar rugió como nunca.

Las olas golpearon las plataformas de Ta’unui con furia, arrancando madera, gritos, fuego. Jungkook despertó con el cuerpo ya en movimiento, corriendo hacia el borde, ayudando a subir niños, sosteniendo ancianos, sintiendo cómo el mundo se volvía agua.

Y entonces lo vio.

Jimin, en la orilla, luchando contra una corriente que no conocía.

—¡JIMIN! —gritó Jungkook, sin pensar.

Se lanzó al agua.

El mar, que siempre lo había aceptado, esa vez dudó. Lo empujó, lo sacudió, lo mordió con sal y espuma. Jungkook nadó con rabia y terror, alcanzó a Jimin por el brazo y lo sostuvo como si soltarlo fuera morir.

Cuando lograron llegar a una roca alta, el mundo ya era otro.

Ta’unui ardía.

La selva gritaba.

El cielo se partía en dos.

Jimin temblaba, empapado, con los labios morados.

—Te dije que algo se movía —susurró.

Jungkook lo abrazó sin pensar en miradas ni leyes. Solo en el calor compartido, en el pulso vivo.

Esa noche, cuando el mar se calmó y la tribu contó sus pérdidas, los ancianos hablaron de señales. De antiguas profecías. De la unión entre tierra y agua como única salvación.

Miraron a Jungkook.

Miraron a Jimin.

Y por primera vez, no hubo desprecio.

Solo miedo… y esperanza.

Los días siguientes fueron de reconstrucción. Ta’unui ya no podía vivir solo del mar. Las corrientes habían cambiado. Necesitaban el bosque. Necesitaban aprender.

Jimin enseñó a leer hojas, a seguir raíces, a escuchar el suelo. Jungkook enseñó a navegar nuevas rutas, a respetar mareas heridas.

Trabajaron juntos. Siempre juntos.

Y entre manos que se rozaban y miradas largas, algo creció.

No fue un beso repentino ni una confesión dramática. Fue más lento. Más real. Como las mareas. Como las raíces.

Una noche, sentados en la frontera entre selva y arena, Jimin habló.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

Jungkook pensó en la tribu, en el futuro, en todo lo que podía romperse.

—Sí —dijo—. Pero no de ti.

Jimin sonrió, suave, verdadero.

—Entonces estamos bien.

El mar respiró.

La selva escuchó.

Y el mundo, por fin, dejó de dividirlos.

Porque algunas historias no nacen para obedecer fronteras, sino para borrarlas.

Psd: La imagen de la portada no es mía, se estará reemplazando en pocos tiempo.