ÚNICA PARTE
La casa huele a leche tibia y a madrugada. No es un olor incómodo, es uno de esos aromas que no deberían existir y aun así se quedan, como la música que sigue vibrando después de que alguien apaga el parlante. Jimin lo nota cada vez que entra a la habitación, cada vez que se desabotona la camisa con movimientos lentos, casi ceremoniales. Jungkook siempre está ahí. Siempre mirando.
No mira con descaro. Mira como quien vigila el fuego para que no se apague.
Jimin aprendió pronto que su esposo se había vuelto territorial con cosas invisibles. Con los silencios. Con los rituales. Con ese momento íntimo que no tiene nombre exacto, pero que los une como un hilo invisible atado al pecho.
—No tienes que quedarte —dice Jimin, suave, sin dureza—. Puedo hacerlo solo.
Jungkook niega. Siempre niega. No por terquedad, sino porque quedarse es su forma de amar. Se apoya en el marco de la puerta, brazos cruzados, mandíbula tensa, ojos oscuros y brillantes. No invade. Observa. Como si temiera que, si parpadea, algo de Jimin se le escape para siempre.
El silencio entre ellos no es vacío; es una habitación más.
Jimin se sienta en la cama. La luz es baja, dorada, íntima. No hay prisa. Nunca la hay en este cuarto. Jungkook lo sabe. Aquí el tiempo se comporta distinto. Aquí, Jimin existe en una versión más lenta, más real.
—Te pones así —murmura Jungkook sin darse cuenta—. Diferente.
Jimin sonríe sin mirarlo.
—¿Así cómo?
—Como si el mundo no pudiera tocarte.
Eso. Eso es lo que lo enloquece.
Jungkook no está celoso de una persona. Está celoso de un estado. De la manera en que Jimin parece completo, centrado, poderoso en su calma. Como si hubiera encontrado una frecuencia secreta donde todo encaja.
Jimin levanta la vista por fin. Sus miradas chocan. No hay vergüenza. Nunca la hubo entre ellos. Solo expectativa.
—Ven —dice Jimin.
Y Jungkook va. Siempre va.
Se sienta a su lado, dejando un espacio mínimo, calculado. No se tocan todavía. El deseo entre ellos es una cuerda tensada, vibrando sin romperse. Jungkook respira hondo, como si ese aire le costara algo.
—Te miro y siento que no soy suficiente —confiesa, voz baja, peligrosa—. Como si tu cuerpo supiera cosas que yo no.
Jimin gira hacia él, rodilla rozando rodilla. El contacto es mínimo, pero suficiente para que Jungkook trague saliva.
—No compitas con lo que soy —responde Jimin—. Quédate con lo que tenemos.
Las palabras se deslizan suaves, pero el impacto es brutal. Jungkook asiente. No discute. Nunca discutiría algo así.
Jimin se acomoda, sin prisas. No es un espectáculo; es un acto íntimo, propio. Jungkook observa con una devoción casi religiosa. No hay morbo en su mirada, sino reverencia. Obsesión, sí, pero una que nace del amor y se transforma en hambre emocional.
—Mírame —pide Jungkook.
Jimin lo hace.
Y el mundo se reduce a eso.
Los ojos de Jungkook se oscurecen. No por deseo inmediato, sino por acumulación. Por todo lo que se guarda. Por cada noche que se queda despierto solo para asegurarse de que Jimin duerma bien. Por cada pensamiento que no dice. Por cada vez que quiere tocar y no lo hace.
—Te amo —dice, como si fuera una verdad recién descubierta—. De una forma que no sabía que existía.
Jimin se inclina hacia él. Apoya la frente en la suya. El gesto es pequeño, pero Jungkook siente que se le aflojan las costillas.
—Lo sé —susurra Jimin—. Por eso confío.
La palabra pesa. Confianza. No es ligera. Jungkook la sostiene como quien recibe algo frágil y sagrado.
El tiempo pasa. No hay urgencia. El silencio vuelve, pero esta vez cargado de algo más denso. Jungkook estira la mano, duda un segundo, luego roza los dedos de Jimin. No aprieta. No reclama. Solo confirma que está ahí.
—¿Puedo? —pregunta.
Jimin asiente.
Y ese permiso es todo.
El contacto es lento, cuidadoso. Jungkook se mueve como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo, uno que se habla con la piel y se entiende con el pecho. Jimin cierra los ojos, confiado, presente.
No hay palabras innecesarias. El coqueteo no está en frases directas, sino en miradas que prometen, en sonrisas mínimas, en la forma en que Jungkook se acerca y se detiene justo antes de cruzar una línea invisible.
—Eres hermoso cuando te concentras —murmura Jungkook—. Como si el mundo pudiera desaparecer y no te importaría.
—Porque contigo no tengo que sostenerlo todo —responde Jimin—. Tú cargas lo que yo dejo caer.
Esa frase se le queda a Jungkook clavada en el pecho.
El aire se espesa. No por prisa, sino por intensidad. Jungkook no quiere correr. Quiere quedarse. Quiere memorizar. Quiere ser testigo.
—A veces —confiesa— tengo miedo de querer demasiado.
Jimin sonríe, cansado pero feliz.
—El amor no se rompe por exceso —dice—. Se rompe por abandono.
Jungkook se inclina y besa su frente. No busca más. Todavía no. Ese beso es una promesa, no una demanda.
La noche avanza. La casa guarda su secreto. No hay testigos. No hay culpa. Solo dos adultos eligiéndose una y otra vez, incluso en los detalles más íntimos, más vulnerables.
Cuando finalmente se recuestan juntos, Jungkook rodea a Jimin con cuidado, como si el abrazo fuera una forma de protección y no de posesión. Jimin se acomoda contra su pecho, suspira.
—Mírame mañana igual —dice, medio en broma, medio en serio.
Jungkook sonríe en la oscuridad.
—Siempre —responde—. Como si fuera la primera vez.
Y en esa casa que huele a calma y deseo contenido, Jungkook aprende lo más difícil:
amar no es tomar.
Es quedarse.
Es mirar.
Es esperar
Fin
Psd: La imagen de la portada no es mía, se estará reemplazando en pocos tiempo.