Hojas de otoño
El otoño es la estación favorita de todos: mía, de mis hermanos, de mis mascotas, porque, aunque no hablan, puedo ver sus colas moverse cuando saltan a la montaña de hojas amarillas. Tal vez sea el crujir, o la sensación de romper algo tan frágil lo que gusta tanto. No lo sé. Pero, incluso ahora, cuando tengo medio cuerpo atrapado entre las rocas derrumbadas, amo el color, el sonido y el tacto que me dan las pocas hojas de otoño que caen del saliente.
Cada vez que logro tomar una, la estrujo con mi única mano libre, con la esperanza de que reemplace mi apagada voz y dé un grito de auxilio.
¿Acaso no son maravillosas? Tan maravillosas que son capaces de traer recuerdos con mi familia: cuando me regañaron por subir al árbol a arrancar la última manzana, cuando me acompañaron a mi primera escalada, cuando lloraron de alegría al verme recibir la medalla; incluso cuando discutimos, después de que les dijera que iría solo esta vez…
Todos esos recuerdos eclipsan el crujido, junto al dolor de la muerte.









