Capítulo 1: Lo que nunca dije en voz alta
¿Por qué no soy correspondido?
¿Por qué no encuentro el amor, o al menos algo que se le parezca?
Todavía no lo entiendo.
Me llamo Héctor. No soy un chico malo. Nunca lo fui.
Algunos dicen que soy guapo, aunque nunca supe muy bien qué hacer con eso.
Pero sí me dejé llevar por impulsos que no supe manejar, por curiosidades que aparecieron demasiado pronto, y eso hizo que mi vida en la escuela se volviera... complicada. Incómoda. A veces incluso triste.
Antes de entrar a la escuela ya tenía curiosidad por el sexo. No era morbo ni perversión. Era confusión. Preguntas que nadie respondió. Cosas que vi antes de tiempo y que se me quedaron en la cabeza sin que yo supiera qué hacer con ellas.
Con los años, esa curiosidad no desapareció. Al contrario, creció conmigo.
En secundaria fui reservado, demasiado. No salía, casi no hablaba con nadie. Aunque diga que no tenía amigos, la verdad es que sí: tenía un pequeño grupo. Joaquín y José, principalmente. Había más personas, pero siempre sentí que las desesperaba, no solo a ellos, sino a la mayoría con la que convivía.
No sé si era por mí o por mi personalidad, quizá demasiado infantil. Nunca fui bueno para socializar.
Tuve novia, sí, aunque ahora no sé si realmente pueda llamarlo así. No hubo una relación larga ni profunda; solo nos decíamos que éramos novios. Besos. Nada más.
Y aun así, desde entonces sentía que quería algo más... algo que no sabía cómo pedir ni con quién.
Luego llegó la pandemia.
Y no sé si todos vivieron algo raro en sus vidas durante ese tiempo, pero yo sí.
El mundo se cerró y yo también. Dejé de ver a mis amigos, dejé de salir por completo. Mientras yo me quedaba quieto, la vida de los demás seguía avanzando. Incluso la de ella.
Azura.
Era la chica que me gustaba. Linda, juguetona, traviesa, diferente. Nunca supe si yo le gusté o si solo quise creerlo.
La conocí en primero de secundaria; nos tocó en el mismo salón. No recuerdo bien cómo nos hicimos tan amigos, solo sé que pasó. Desde ahí todo se volvió más cercano, más natural... y más confuso.
Con ella yo no era tan tímido. La trataba como a mi mejor amiga, aunque en el fondo sentía algo más. Nunca supe dar el siguiente paso.
Durante la pandemia hablábamos mucho. Videollamadas, películas al mismo tiempo, hasta ponernos el mismo fondo de pantalla. Parecíamos novios sin serlo. No sé por qué fue así, ni en qué momento se volvió normal.
Lo único que sé es que mientras yo estaba detenido, ella siguió. Conoció gente, tuvo novios, vivió cosas que yo no.
Lo irónico es que con las chicas que no me gustaban, yo era mejor. Más atento. Más cariñoso.
Flor y Sandra, por ejemplo. No eran bonitas según los estándares de todos, pero fueron mis mejores amigas. Con ellas no había presión, no había expectativas. Yo no quería nada más... y tal vez por eso todo era más fácil.
Con Azura no.
Intento encajar, intento interactuar, pero a veces termino desesperando a la gente sin querer. No es mi intención. Nunca lo es.
Odio las despedidas. No sé manejarlas.
Tampoco sé manejar bien a las personas, aunque lo intente.
Ahora tengo 18 años. Estoy en la universidad. Y sigo siendo virgen.
No porque no quiera, sino porque nunca supe cómo llegar ahí sin sentirme culpable, torpe o fuera de lugar.
Esta no es una historia sobre sexo.
Es la historia de todo lo que pasó antes...
y de todo lo que todavía no sé cómo vivir.