Prólogo
El comienzo de los Heikkinen, un imperio que hoy en los tiempos sería el más poderoso, déjame contar sus inicios.
La casa abandonada había sido consumida por el fuego, una ruina que guardaba secretos de dolor y fugaces alegrías. Si preguntas por su historia, solo escucharás relatos confusos, fragmentos que nadie puede confirmar. Nadie sabe la verdad. No queda nada más que escombros y ecos de gritos ahogados.
No fue brujería.
Y sí, todos murieron.
Las paredes, ennegrecidas por las llamas, yacían silenciosas. Los muebles, cubiertos de cenizas, algunos rotos, no dejaban rastro de la vida que allí habitó. Todo se perdió en aquel incendio, como si el tiempo se hubiese detenido en ese instante.
Desde entonces, nada ha cambiado. La casa sigue intacta, congelada en el pasado, y nadie se atreve a cruzar su umbral. Quienes pasan cerca sienten una tristeza profunda, una angustia inexplicable que cala hasta los huesos.
Si pudieras vivir de nuevo, estoy seguro de que evitarías los mismos errores.
La vida está llena de giros inesperados. Justo cuando crees estar en tu mejor momento, todo puede derrumbarse y volverse peor.
Una sociedad que lo tenía todo fue destrozada por una serie de eventos. Ya no hay tiempo para juegos. Los niños deben crecer, aunque el mundo parezca derrumbarse.
—Señor Heikki, tiene un minuto para tomar una decisión importante. Todos esperan su respuesta.
La voz resonaba nerviosa a través de los monitores, desde la carpa donde el jefe Heikki, un hombre de 36 años, se mantenía firme junto a su equipo, observando pantallas y comandantes listos para la batalla.
—¿Señor Heikki? ¡¿Qué debemos hacer?! —La tensión se sentía en cada palabra de los militares, conscientes de que sus vidas pendían de un hilo.
Heikki era un líder fuerte, conocido por su temple y sus cálculos precisos. Si ganaban esa guerra, su nombre sería recordado por generaciones.
“No más muertes”, se prometió.
—Luz verde —ordenó finalmente, tomando su radio—. ¡Ahora!
Con ese comando, lo jugó todo. La probabilidad de sobrevivir era mínima. El enemigo acechaba en cada sombra.
En un mundo enloquecido, la ciudad era un caos donde solo el más fuerte sobrevivía, y la esperanza se había perdido.
No importaban creencias ni estatus; en ese momento, todos eran iguales.
Luego del golpe decisivo, los radios comenzaron a anunciar la victoria.
—¡No hay señales de vida! ¡Ha caído el enemigo! —gritó un comandante, contagiando la emoción a todos.
Una ola de aplausos inundó la carpa, mientras se recordaba a los que no llegaron a ese momento.
—¿Señora, me escucha? ¡Fue un varón! —La partera sostenía al recién nacido, cuyo llanto rompía el silencio.
La joven madre, de cabello cobrizo, apenas podía contener la emoción.
—¿Un varón? —preguntó con una sonrisa tímida.
—Sí, señora. Muchas felicidades.
Pero el padre, la persona más importante, no estaba allí.
—Tuvo que atender asuntos familiares —pensó ella.
Algunos luchaban por sobrevivir, otros por dar vida.
—¡Estás loco! ¡Mataste a tus padres! —la joven gritaba, incrédula—. ¡Querían lo mejor para ti! ¡Te vendieron al mejor pintor de Alemania! ¡Debemos irnos, mi padre Friedrich nos espera!
Pero fue la peor forma de asegurar el futuro.
—No comparen a sus hijos. No subestimen su fuerza.
—¡Vendieron a mi hermana como esclava! —gritaba Alesso Bălan, con sangre en manos y ropa, lleno de rabia y desesperación—. ¡No la dejaré ir! ¡Mis padres destruyeron mi vida!
Su novia estaba dando a luz, y él no pudo estar presente. Ese día supo que su hermana se había suicidado, dejando una carta desgarradora que revelaba las torturas y traiciones sufridas.
—¡Te vendieron con nosotros! ¡Debes casarte conmigo! —exigía una joven, esperando a su futuro esposo antes de que la policía descubriera la tragedia.
En un instante, una chispa encendió la casa, consumiendo el pasado en llamas.
El mundo debía ser perfecto.
Todos esperaban que nadie más sufriera.
Estaban equivocados.
Esto apenas era el principio.
Una cadena de muertes, desapariciones y corazones rotos.
Y, al final, la peor condena:
Quedarte solo...