Prólogo: Antes de aprender a quedarse
Eileen tenía doce años cuando aprendió a despedirse.
No lo sabía en ese momento. Solo sentía ese nudo raro en el pecho mientras sostenía la mano de Hoseok en la estación, viendo cómo los adultos hablaban de mudanzas, oportunidades y futuros que no incluían la palabra nosotros.
—No va a ser para siempre —le dijo él, con una sonrisa que intentaba ser valiente.
Eileen asintió.
—Te voy a escribir —prometió.
Hoseok apretó su mano.
—Yo te voy a esperar.
El tren llegó.
Y con él, la primera fractura invisible.
Años después, Eileen aprendería a despedirse de muchas cosas más:
de su casa,
de sus padres,
de su nombre dicho con cariño,
de su cuerpo entendido como propio.
Aprendería a sobrevivir en silencio.
A sonreír cuando dolía.
A pensar que el amor siempre venía con condiciones.
Y Hoseok…
Hoseok crecería creyendo que amar era quedarse incluso cuando no sabía cómo ayudar. Que proteger no siempre era rescatar, sino sostener sin asfixiar.
Pero eso tampoco lo sabían aún.
El tiempo los separó.
El miedo los marcó.
La vida los endureció.
Y aun así…
Aun así, el mundo no terminó de romperlos.
Porque algunas historias no empiezan con encuentros.
Empiezan con pérdidas.
Empiezan con dos niños que no sabían que algún día aprenderían algo esencial:
Que el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte que ya no tienes que huir.
Mucho tiempo después, cuando Eileen volvió a Corea con el alma cansada y el cuerpo en guardia, no reconoció de inmediato al hombre que la esperaba.
Pero él la reconoció a ella.
No como la niña que se fue.
Sino como la mujer que había sobrevivido.
Y ahí, sin promesas grandiosas, sin rescates heroicos, comenzó lo más difícil:
Quedarse.
Elegirse.
Sanar.
Esta no es una historia de perfección.
Es una historia de regreso.