Nunca fue solo rencor — Leah

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Summary

Nunca pensé que una fiesta pudiera convertirse en una advertencia. Halloween no había llegado todavía, pero su recuerdo me perseguía como una herida abierta: luces rojas, cuerpos sudando, música retumbando en el pecho... y Nico sobre la tarima, bailando como si el mundo entero le perteneciera. Como si yo no existiera. Como si no supiera que lo estaba mirando. Dicen que el odio nace del orgullo. El mío nació el día que entendí que Nico no era solo arrogante, provocador y peligroso... sino alguien capaz de desarmarme con una sola mirada. Nos llevamos mal desde siempre. Cruces de palabras, miradas afiladas, silencios cargados de algo que ninguno quiso nombrar. Yo lo odiaba por lo que representaba. Él me provocaba porque sabía exactamente dónde dolía. Lo que no sabía -o fingía no saber- es que algunas guerras no se ganan. Y que el odio, cuando se alarga demasiado, empieza a parecerse demasiado al deseo. Esta no es una historia de amor bonita. Es una historia de orgullo roto, decisiones impulsivas y sentimientos que nacieron donde no debían. Porque cuando Nico bailó esa noche, cuando sonrió sabiendo que me tenía atrapada, entendí algo aterrador: |No todos los enemigos quieren destruirte. |Algunos solo quieren quedarse contigo mientras todo arde.

Genre
Romance
Author
Leah
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

«Narrado por Lyra Wood»

«Vaquero»

La mansión de los Crowe estaba transformada en un caos perfecto de Halloween: luces naranjas parpadeantes, telarañas falsas colgando de los candelabros de cristal, calabazas talladas en cada esquina y un DJ disfrazado de esqueleto pinchando reggaetón viejo escuela mezclado con beats modernos. El aire olía a humo de máquina de niebla, alcohol caro y perfume caro. Todos los hijos de los multimillonarios de la ciudad estaban allí, disfrazados de cualquier cosa que les permitiera lucir cuerpos perfectos y egos más grandes.

Yo me había escondido en un rincón del salón principal, con mi disfraz de ángel caído -alas negras, corsé ajustado y una expresión de aburrimiento eterno-. No quería estar allí, pero mis padres habían insistido: "Es tradición, Lyra. Los Crowe siempre hacen la mejor fiesta de Halloween".

Y entonces lo vi.

Alguien subió al escenario improvisado en el centro del salón -una tarima elevada con luces estroboscópicas- y la multitud estalló en vítores y silbidos. Era Nico Crowe, por supuesto. ¿Quién más iba a robarse el show en su propia casa?

Llevaba un disfraz de vaquero que parecía hecho a medida para torturarme: sombrero negro ladeado, camisa a cuadros desabotonada hasta el pecho dejando ver esa piel bronceada y definida que yo fingía no notar nunca, chaleco de cuero, jeans ajustados que marcaban todo lo que no debía mirar, botas altas y un lazo enrollado al cinto como si realmente supiera usarlo.

El DJ bajó el volumen un segundo y gritó al micrófono:

—¡Y ahora, el rey de la noche! ¡Nico Crowe con su performance especial!

La música empezó de golpe: el ritmo pesado y sensual de «Vaquero», esa canción vieja de reggaetón que acababa de volver viral en TikTok. Los graves retumbaron en mi pecho mientras la letra explotaba:

«Vaquero, vaquero, vaquero, ¡vaquero!»

Nico sonrió con esa arrogancia que tanto odiaba (y que, en secreto, tanto me afectaba) y empezó a moverse.

Dios mío.

Se movía como si la tarima fuera solo para él y para quien quisiera mirarlo.

Las caderas ondulando al ritmo, lentas y precisas, un rollo sensual que hacía que la camisa se abriera un poco más con cada giro. Bajó la mano por su pecho, despacio, siguiendo el beat, mientras cantaba la letra mirando directamente a la multitud... o eso creí.

Hasta que sus ojos grises encontraron los míos al otro lado del salón.

«Mami soy tu vaquero»

Se mordió el labio inferior, dio un paso adelante en la tarima como si estuviera montando algo invisible, las caderas empujando hacia adelante en un movimiento que era puro fuego. La multitud gritaba, las chicas chillaban, pero él no apartaba la mirada de mí.

Giró el sombrero con una mano, lo lanzó al aire y lo atrapó de vuelta, todo mientras su cuerpo seguía ese vaivén hipnótico, provocador, imposible de ignorar.

Sentí que el calor me subía por el cuello. Apreté la copa en mi mano con tanta fuerza que casi la rompo.

Él sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y yo, aunque me muriera de rabia admitirlo, no podía dejar de mirar.

Porque en ese momento, bajo las luces de Halloween, Nico Crowe no era solo mi enemigo de toda la vida.

Era el vaquero que, sin decir una palabra, acababa de lanzar el lazo directo a mi corazón.

Y yo no tenía ni idea de que, meses después, ese lazo ya no me dejaría escapar.