Prólogo
Epígrafe
“Ningún mortal conoce el final del camino, mas todos empiezan en el suelo sagrado de Ki.en.Gir.”
“La tierra de Ki.en.Gir, donde los dioses juegan en los cielos y el hombre encuentra su destino.”
“El tiempo no pasa en Ki.en.Gir; aquí los días son círculos y los destinos son ecos.”
“Las voces de los muertos guían a los vivos, pues en Ki.en.Gir la muerte no es el fin, sino un nuevo comienzo.”
“Al final de cada historia yace el principio de Ki.en.Gir.”
Prólogo
Siempre comenzaba igual, con el mundo desmoronándose ante sus ojos en un silencio aterrador. Las imágenes llegaban en fragmentos, con la misma precisión que una pesadilla repetida.
El anciano se sentó sobre la piedra, con el cuerpo encorvado y la mirada fija en el horizonte polvoriento. A su alrededor, nada crecía. Las casas de piedra que él había levantado con sus propias manos estaban vacías, silenciosas desde siempre.
El viento seco arrastraba partículas de polvo sin destino. A veces, las visiones lo asaltaban sin aviso, como un castigo que volvía una y otra vez. No eran sueños ni alucinaciones. Eran fragmentos. Advertencias. Ecos de lo que estaba por ocurrir... o de lo que ya había comenzado.
Sin embargo, esta vez, la visión fue distinta.
El cielo ardía. Lenguas de fuego atravesaban la bóveda celeste, el horizonte se teñía de rojo y el humo negro comenzaba a llenarlo todo. Hombres y mujeres gritaban y morían, caían uno a uno ante el avance de un enemigo que nunca debió existir en este mundo: seres sin alma que se apoderaban de todo, existían para dominar y destruir.
Sobre los campos ennegrecidos, cadáveres cubrían la tierra como semillas estériles. Hombres y mujeres con la piel abierta, los ojos vacíos. Y al fondo... Ki.en.Gir.
Las sombras se acercaban. Sin nombre. Sin forma. Pero él las conocía. Las había visto antes. Y entre los destellos, entre la sangre y el estruendo, una frase antigua emergía. La repetía una y otra vez, sin saber si lo hacía para recordar… o para advertir:
Cuando el sol se apague y las estrellas en agonía,
surgirán las cenizas, en su tenue armonía.
El último aliento, la esencia final,
los últimos humanos, el eco inmortal.
Del sueño profundo habrán de despertar,
las armas antiguas volverán a empuñar.
En sus pechos brillará el Ka-na primero,
la llama que arde, el poder verdadero.
Bajo cielos rasgados, mares de fuego,
librarán la batalla, enfrentando el ruego.
Pues en el equilibrio está su destino,
o el silencio eterno sellará el camino.
En las piedras de Ki.en.Gir quedó su verdad,
grabada en el tiempo, custodia de paz.
Manos antiguas su pacto han dejado,
para los que un día acudan a su llamado.
El anciano se llevó la mano al pecho.
—Es ahora... —murmuró.
Y aunque creía haberlo visto todo, no sabía si aquello que se avecinaba era el final… o el comienzo de algo peor.
Se quedó en silencio un momento, escuchando el vacío que lo rodeaba. Luego, con esfuerzo, se incorporó y caminó unos pasos hasta un círculo de piedras negras grabadas con runas antiguas. Apoyó la mano sobre una de ellas y dijo en voz baja, como si hablara con un recuerdo:
—Al final de cada historia yace el principio de Ki.en.Gir.
La frase no era suya. La había escuchado mil veces en los labios de sabios, en cantos olvidados, en los susurros de los ancianos antes de morir, y al fin comprendía su peso.
¿Cuándo comenzó realmente esta historia? ¿Comenzará cuando los últimos humanos despierten? ¿Fue con la primera palabra? ¿Con mi partida al exilio? Porque Ki.en.Gir no era solo un lugar: era un cruce. Un punto de convergencia donde cada era venía a morir… y donde otra, inevitablemente, nacía. ¿Entonces este era el comienzo de una nueva historia… y el final de la anterior?
—Tal vez... —dijo con la voz quebrada por el polvo y los años—... nunca hubo un principio. Solo historias repitiéndose con otros nombres.
El viento volvió a soplar, arrastrando los últimos ecos de su pensamiento. Y la pregunta quedó suspendida, sin respuesta:
¿Dónde comenzó esta historia?
Inhaló profundamente, teniendo una corazonada: no todo estaba perdido aún. A pesar de todas las visiones que veía, siempre permanecía en él un sentimiento de esperanza, una luz al final del túnel. La profecía lo dejaba claro:
“Los últimos humanos, el eco inmortal. Del sueño profundo habrán de despertar.”
—La espera ha terminado… —pensó el anciano, sintiendo cómo un impulso profundo recorría su espíritu.
Sabía que ese despertar estaba cerca. Los humanos estaban atrapados en letargo, pero a punto de cruzar el umbral. En el mismo tejido del universo, algo se agitaba: una señal de que el destino estaba en movimiento, y de que aquellos destinados a desafiar la oscuridad abrirían los ojos.
Había llegado el momento. No habría redención sin sacrificio, y los Despertados tendrían que enfrentar sombras que incluso el mismo anciano en el exilio temía.
Sabía que sus fuerzas eran limitadas, pero la llama que renacería en ellos era poderosa.
—Están por abrir los ojos… —susurró.