La Orquídea Murciélago

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Summary

En un valle donde la fe justifica la crueldad y lo diferente nace condenado, un castillo olvidado resguarda un secreto que los hombres llaman pecado. Entre jardines oscuros y flores prohibidas, una presencia ancestral observa cómo la devoción se convierte en traición y el amor desafía las leyes del tiempo y la muerte. Porque no todo lo oscuro es maligno… y hay amores que no salvan, condenan.

Genre
Romance
Author
J. Angel
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1. Hijos de la crueldad



Se dice que lo extraño nace condenado, y que lo condenado, tarde o temprano, es ejecutado.

Las almas de lo anómalo y lo incomprendido son dispersas cual polvo de ceniza sobre un mar sombrío de descanso, amor y creencia.

“El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

—Corintios 13:7

En un valle donde los árboles susurraban plegarias antiguas y las flores brotaban como heridas abiertas sobre la tierra, veintisiete caballeros avanzaban montando sus corceles. Sus armaduras, relucientes y sedientas de sangre, chocaban al ritmo de un corazón colectivo hecho de fe y crueldad. Eran una muralla imposible, bestias disfrazadas de hombres, adoctrinadas para castigar los pecados bajo la mirada del Señor.

En el centro de la formación cabalgaba el príncipe Versalino IV: cabellos dorados como el amanecer, ojos que fingían inocencia… pero en su pecho latía un deseo enfermizo de ver la muerte ajena y de profanar almas puras.

Todos marchaban hacia la llamada tierra de los malévolos y pecadores, donde las flores eran descritas como abominaciones dignas de ser erradicadas. Se contaba que allí dormía un ser engendrado por el diablo y parido por la fealdad misma del mundo.

Hubo un punto en el camino donde el verde expiró, y el bosque, en un último suspiro de color, dio paso a tonos de sombra. La luz fue engullida. El gran general acarició la empuñadura de su espada como quien toca un juramento, y alzó la mano, dispuesto a blandir acero contra aquello que aguardara al otro lado.

Al final del sendero—donde ni el sol osó poner pie—las nubes, grises y densas, se amontonaron, abriendo paso a un castillo gótico tan silencioso que parecía contener la respiración. Sobre su entrada reposaban seis gárgolas humanoides, cada una mitad monstruo, mitad animal: gato, lobo, cuervo, zorrillo, león y caballo. Todas observando en eterna vigilia la única vía de acceso. El castillo se erguía sobre una colina cuyo borde caía directamente hacia un vertedero atestado de pirañas. Nadie que cayera allí sería recordado.

El general descendió de su caballo. Con respeto casi reverencial, golpeó la puerta de madera y roca. Nadie respondió. Los árboles, deformes e imponentes, tocaban las ventanas en alturas imposibles, como si la naturaleza intentara devorar la estructura.

Sin más espera, el general desenvainó su espada —acero fundido con precisión divina— y con dos tajos quebró la cerradura. Los guerreros y el príncipe cruzaron umbral.

La oscuridad interna era densa, pero unas difusas luces moradas permitían que los ojos se adaptaran lentamente. Caminaron unos pasos. En el centro, una mesa de roca tallada con símbolos que ninguna lengua viva podía leer. Más allá, por un enorme ventanal, alcanzaron el patio. Allí, un jardín se extendía como un lamento: plantas de colores apagados, sombras vegetales.

Pero una especie reinaba sobre todas.

Su color era tan profundo como la medianoche: pétalos casi negros, ensombrecidos, extendidos como alas congeladas en pleno vuelo. Del centro colgaban filamentos largos, semejantes a hilos de sombra que se movían con la brisa como susurros de un secreto ancestral. No era una flor que gritara belleza… era una que susurraba verdad.

Pero para los intrusos no fue más que una aberración, y con ignorancia comenzaron a cortarlas.

El general no se movió. Algo en su interior percibía que aquella planta hablaba sin voz. Que su existencia era un rezo. Pero el deber pesó más que la conciencia, y ordenó hacer lo que el príncipe exigía.

Fue entonces cuando, desde la ventana del segundo piso, apareció una silueta oscura, apenas perceptible, con ojos blancos que resplandecían como lunas muertas.

Y el silencio se rompió.

Diez de los veintisiete caballeros, junto con el general, fueron alcanzados por un fluido negro que descendió sobre ellos como una maldición líquida. Su olor era el hedor de la podredumbre, de lo que muere antes de nacer.

—¡Acabad con ellos! —ordenó el príncipe, sin titubeo—. Han sido tocados por el pecado del demonio.

Y el dolor llegó antes que el juicio.

Con una agitación bestial, los soldados se abalanzaron sobre sus propios compañeros. No hubo compasión. No hubo duda. La masacre fue instantánea. El general desenfundó, dispuesto a resistir, pero una hoja inesperada le atravesó por la espalda.

El príncipe había decidido el destino antes que la plegaria.

Un fuego gélido recorrió su columna, mordiendo hasta las entrañas. Sus piernas flaquearon. Cayó de rodillas.

Entonces lo vio.

Desde una ventana frente a él, una figura lo observaba. Una mirada nacida de la oscuridad, cargada de tristeza, decepción y un dolor que jamás conocería nombre. La realidad se tornó borrosa. El acero se deslizó de su mano. Su mente se apagaba.

Lo último que alcanzó a ver fue cómo el príncipe y los caballeros restantes abandonaban aquel lugar, dejando tras de sí un silencio tan profundo… que ni siquiera la muerte se atrevió a respirarlo.