Cadena de la media noche

All Rights Reserved ©

Summary

Dereck, 18 años, cuida solo a su hermana Sofía, 8. Un tatuaje azul aparece en sus brazos: es la marca de Jessica, una guardiana poderosa pero peligrosa. Monstruos que roban auras y un vampiro vecino, Frenth, los acechan. Los servicios les dan custodia total, pero Jessica y su hermana Valeria se disputan quién controlará el poder de los niños.

Genre
Scifi
Author
Britany
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

La noche de primavera había llegado y el clima era agradable, o al menos eso suponía. Me parecía un poco reconfortante. Llegué temprano a casa para ver a mi hermana pequeña, Sofía, de apenas ocho años.

—Dereck, otra vez llegas tarde —me reclamó. —No es cierto, enana. Sabes que siempre llego a las doce. Además, ya conoces cómo es el trabajo, muy agotador. ¿Cómo te fue en tu dia? —Fue extraño… nuestra madre vino para robarte dinero. Pero esta vez puse trampas para ratones y, cuando metió la mano, gritó y salió corriendo. Casi la atropella una bicicleta.

Me sorprendí al instante. Quise reír, pero el cansancio me vencía.

Al día siguiente me preparé para ir a trabajar. Pagué el arriendo y logré ahorrar un poco de dinero para la comida. Separé además una pequeña suma para comprarle un vestido a Sofía por su cumpleaños. Era lo máximo que podía hacer para darle un regalo, aunque mi madre siempre intentaba robarme el dinero para sus apuestas. Apenas podía cubrir los gastos y el cansancio me pesaba cada vez más.

Por la tarde, mientras atendía en la tienda, una llamada del colegio me tomó por sorpresa. Contesté de inmediato para saber qué había sucedido.

—Joven Ruman, necesitamos que venga. Queremos hablar con usted. Setrata de su hermana . —Claro, iré allá —respondí, desconcertado.

Normalmente mi hermana no se mete en problemas. No tuve más opción que pedirle a mi compañera que cubriera mi turno y salir a averiguar qué había pasado. Después de unos minutos llegué al colegio y la vi sentada. No parecía culpable; su rostro no mostraba que hubiera hecho algo malo. Me acerqué con preocupación.

—Sofía, ¿qué pasó? Tu directora me llamó por algo —la miré serio—. ¿Vas a decirme qué ocurre o tengo que escuchar la versión de ella?

Sofía suspiró pesadamente. —Es por algo que me apareció en el brazo. No sé… piensan que es un moretón, pero parece algo negro. La directora cree que es un tatuaje.

La miré desconcertado y apreté su hombro con una promesa silenciosa de que yo iba a solucionarlo.

Entré a la oficina de la directora. Allí había un guardia de policía con la mochila de mi hermana y también una mujer de servicios infantiles. Me puse tenso y me senté, mirando a la directora con expresión seria y preocupada.

—Veo que sabe por qué lo citamos, señor Ruman —exclamó la directora—. El tatuaje que tiene Sofía no es un asunto médico, y usted sabe que es ilegal tatuar a una niña de ocho años.

Me enderecé en la silla. —Lo sé. Mi hermana me habló de eso, de que le apareció algo en el brazo como un tatuaje. Pero yo no la tatué —los miré con firmeza.

La mujer de servicios infantiles intervino: —Soy Margaret, de servicios infantiles. Veo que usted acaba de cumplir dieciocho. ¿Por qué no vino su madre o su padre?

Sabía que esa pregunta iba a llegar. —Mi padre nos abandonó por otra mujer, y mi madre… ella se quedó atrapada en el vicio de las apuestas. Yo cuido de mi hermana desde hace años. Dejé de estudiar para reunir dinero y mantenernos. Pero les diré algo: yo no maltrato a mi hermana, ni le hice ningún tatuaje —la miré directo a los ojos—. No me separen de ella, porque es lo único que me queda.

La mujer se tensó y apartó, como si no quisiera mirarme a los ojos. Suspiré y cubrí mi rostro con las manos. —Soy un buen hermano. Siempre cuido de mi hermana, porque ella es mi única familia.

La directora se enderezó en su asiento y miró a Margaret. —¿Crees que el chico es apto después de lo que vimos? No quiero que tengamos un caso en el que el hermano maltrate a su hermana.

Margaret respondió con calma: —Haremos una investigación y revisaremos a Sofía. Si todo está bien, ayudaremos un poco al joven Ruman y a su hermana.

Mis ojos se iluminaron con alivio, aunque la preocupación seguía presente. ¿Qué pasaría si descubrían que Sofía pasaba sola hasta la medianoche? ¿Qué otras preguntas surgirían? Supuse que tendría que buscar una niñera. Miré a Margaret con seriedad. —¿Qué pasará con mis padres? —pregunté.

—Perderán la custodia total. Tú tendrás que buscar un departamento donde vivir con tu hermana —respondió ella con tono profesional.

—Gracias. Creo que es todo. Lo del tatuaje… veré qué puedo hacer.

El policía se acercó y me entregó la mochila de Sofía. —Escucha, chico. Quiero hacerte unas preguntas más. Tu hermana también fue acusada de robar un teléfono y un collar.

Lo miré confundido. —¿Robar qué collar o qué teléfono?

—Una chica la acusa —explicó.

Me contuve, pero hablé con firmeza:

—Hay cámaras en el aula. No quiero hacer dramas, pero ¿por qué no las revisan? Si no recuerdo mal, hay una chica que siempre la molesta, y la directora no hace nada. ¿Eso tiene sentido? ¿Acaso no ven el acoso? ¿O solo se levantan cuando mi hermana se defiende y entonces dicen que ella es la culpable? Si creen que agarró las cosas del supuesto robo, yo me llevaré a mi hermana a casa a descansar.

Tomé la mochila de Sofía y salí decidido, con la única intención de protegerla. Al llegar a casa la miré con ternura, le dediqué una sonrisa y apoyé mi frente contra la suya.

—Ve a hacer tus deberes, pero antes déjame ver tu brazo.

Sofía retiró el vendaje y descubrí un tatuaje extraño que se extendía desde sus muñecas. No tenía forma definida, pero algo en él me resultaba inquietantemente familiar. De repente, sentí un dolor leve en mi propia muñeca. No le di demasiada importancia y la cargué en brazos.

—Tonta, ¿en qué te metiste? Mejor ve a bañarte, cámbiate y haz tus deberes. Conseguiré una niñera para ti. —La bajé con cuidado.

—Perdón, hermano… todo esto es mi culpa. Si este tatuaje no hubiera aparecido, esa mujer no intentaría separarnos.

Me arrodillé para estar a su altura y le tomé las manos. —Solo están evaluando si soy capaz de ser tu cuidador, para comprobar que estás segura y bien atendida. ¿Sabes qué? Gracias a tus notas excelentes y a que nunca bajaste tu rendimiento, tenemos más posibilidades de seguir juntos. Supérate, pequeña. Ahora ve a bañarte.

Cuando Sofía se fue, me quedé pensando en cómo resolver todo aquello. La idea de buscar una niñera se volvió urgente. En ese momento, mi compañera me llamó para que regresara al trabajo. Suspiré con cansancio, me levanté y escribí una carta para mi hermana, explicándole que debía salir a trabajar.

Al llegar, escuché sin querer la conversación de mi compañera con su prima Samantha, quien necesitaba un empleo. La observé en silencio hasta que terminó la llamada y me acerqué con cierta ansiedad.

—Hola… quería preguntarte si tu prima podría ayudarme a cuidar a mi hermana pequeña. Le puedo pagar cinco dólares la hora. Te lo suplico.

—Le preguntaré. Si acepta, le diré que vaya a tu casa.

—Muchas gracias. No sabes la alegría que me das. Bueno, mejor sigamos trabajando.

Por dentro rogaba que Samantha aceptara. Pasaron unas horas y mi turno terminó. Me dirigí entonces a mi tercer trabajo, en una gasolinera, donde permanecí hasta la medianoche.

Al volver a casa, encontré a Sofía dormida en el sofá. La cargué con cuidado, la llevé a su habitación y la acosté en la cama. Luego me fui a mi cuarto, exhausto, con la única certeza de que debía seguir luchando por ella.

En mis sueños veía una cadena envuelta en llamas azules que serpenteaba en medio de la oscuridad. Las cadenas se enrollaban directamente en mi brazo, transmitiendo un calor intenso que no llegaba a quemarme por completo. Al alzar la vista, apareció una máscara japonesa de lobo que salió volando; antes de tocar el suelo, explotó en mil mariposas negras. No eran mariposas normales: eran grandes, inquietantes, y desprendían un terror extraño. Una de ellas se posó en mi hombro y, al instante, sentí una mano invisible y susurros inaudibles. No entendía sus palabras, mientras las cadenas se apretaban cada vez más. Entonces escuché un grito que pronunciaba mi nombre y, de pronto, una cachetada me arrancó del sueño.

Desperté sobresaltado. Mi hermana estaba a mi lado; había sido ella quien me golpeó. Me senté al borde de la cama y la miré. —¿Era necesaria la cachetada? —Sí, porque no despertabas. Estabas tieso como una roca y gritaste un poco. —Su mirada se posó en mi brazo—. ¿Y esto? ¿Tienes un tatuaje?

Levanté el brazo y vi la marca: una cadena que rodeaba mi piel, idéntica a la de mi sueño, saliendo desde la muñeca. —¿Pero qué…?

Sofía se alzó la manga y mostró su propio tatuaje, ya completo, con forma de flecha que también nacía desde la muñeca. —¿Qué crees que signifique?

—No lo sé —tartamudeé, confundido—. Tal vez nuestra madre nos tatuó mientras dormíamos.

—Hermano, ¿de verdad lo crees? Sabes que mamá anda con tipos y solo aparece los domingos por dinero. Además, ni siquiera sabe dibujar, y dudo que tenga plata para comprar una máquina de tatuajes.

—Tienes razón… pero no podemos descartar nada. Mejor no le demos tanta importancia. Vamos.

—Por cierto, una chica está en la sala. Dice que será nuestra niñera.

—Querrás decir tu niñera. Iré enseguida. Dale unas galletas, ¿sí? —sonreí dulcemente, y cuando salió, me levanté para vestirme.

Al salir de mi habitación vi a Samantha: una chica trigueña, de cabello negro y ojos café claros. Era guapa, debo admitirlo. Me acerqué con cierta timidez.

—Hola, Samantha. —Hola, tú eres Dereck, ¿verdad? —Sí. ¿Hasta qué hora puedes quedarte? —Hasta las ocho de la noche. —¿Podrías quedarte un poco más? Yo regreso a medianoche. Si quieres, puedo darte una habitación. Solo necesito una niñera hasta poder estabilizarme y conseguir un trabajo fijo. —Lo pensaré, pero por ahora solo hasta las ocho. —Está bien, entonces hasta las ocho. Ven, te enseñaré la casa. Y otra cosa: si una mujer entra gritando o forzando la puerta, llama a la policía de inmediato y escóndete, o ve a la casa de los vecinos. Te pagaré veinte dólares más si llegara a pasar. —¿Una mujer loca?

Pasé mi mano por el cuello, incómodo. —Es mi madre. Solo prométeme que lo harás, por favor. —Lo prometo.

—Gracias. Ven, te mostraré la casa. —La guié por cada habitación para que se familiarizara—. Bueno, tengo que irme. Las veré después.

Llegué un poco tarde a mi trabajo como conserje en el hospital. Había estado limpiando el ala oeste y, cuando terminé, me encontré con Antonio, uno de mis amigos. Se acercó con una sonrisa y me ofreció una cerveza. La acepté.

—¿Cómo vas, Dereck? —preguntó. Suspiré. —Cansado, como siempre. ¿Y tú? —lo miré mientras me apoyaba en la pared, tomando un sorbo de la cerveza—. Me dijeron que te reuniste con una chica. Antonio soltó una risa nerviosa. —Sí… jeje. Pero su novio nos encontró y me dio una cachetada. La chica armó un drama, empezó a justificarse, así que intenté irme… pero no antes de hacer que ella pagara la cuenta.

Me tensé un poco. —A veces no entiendo por qué las parejas traicionan. —Mis palabras salieron cargadas de recuerdos amargos. Antonio se encogió de hombros. —Traicionan porque buscan distracción. Algunos porque ya no aman, otros porque su amor simplemente se acabó y no quieren soltar ni a la amante ni a la pareja. Hay quienes no entienden que el amor terminó… y otros que lo hacen porque les resulta fácil traicionar y lastimar. —Lo que me parece es puro egoísmo, tanto hacia uno mismo como hacia la pareja. Antonio asintió con seriedad. —Creo que tienes razón, Dereck. Al final, la mayoría de las personas son egoístas.

Después de un rato fui a los casilleros para recoger mis cosas e irme a mi segundo trabajo. De pronto, algo blanco pasó frente a mí y se escondió en una esquina. Lo vi por el rabillo del ojo y me acerqué con cautela.

Allí estaba una niña de cabello blanco como la nieve y ojos heterocromos: uno azul, el otro negro.

—Pequeña, ¿qué haces aquí? Este no es un lugar para ti. Ven, te llevaré con tus padres —le extendí la mano.

Ella no respondió. Solo me miró fijamente y caminó hacia un lado, como si me estuviera evaluando. —¿Pasa algo, pequeña? —pregunté, intentando acercarme más.

En ese instante, la puerta se abrió y apareció Antonio. Me giré hacia él y, cuando volví la vista, la niña ya no estaba. Me quedé sorprendido, convencido de que había sido una alucinación. Fingí una sonrisa.

—Antonio, me asustaste. —Creo que debes descansar, Dereck. Cada vez estás peor, el trabajo te está matando. —Lo sé, pero…

—Debes descansar. Te ayudaré a encontrar otro trabajo. —Me tomó de los hombros y me sacudió con fuerza—. Tu salud se va a resentir si sigues así. No quiero que nada malo te pase. Déjame a mí, yo te ayudaré.

—Gracias, Antonio, pero sé que tú tampoco sabes qué hacer. —Podrías ser entrenador privado. Eres bueno jugando fútbol… o, ya sé, también sabes conducir. Tengo una idea. —Amigo, cálmate, me estás lastimando los hombros. —Él me soltó. —Aunque entrenador no estaría mal —admití. —Dereck, también sabes nadar, ¿verdad? Quiero que vayas a casa y descanses. —¿Eh? Ok… pero dime qué vas a hacer, no entiendo nada. Cada vez estás más chiflado. —Pronto lo verás. Ya no tendrás que trabajar en tres empleos, pero debemos estar seguros. Los ojos azules de Antonio brillaban con emoción y esperanza. Yo, en cambio, solo deseaba que no arruinara todo. Suspiré, recogí mis cosas y, en lugar de ir a casa, me dirigí directo a mi otro trabajo. Atendía a los clientes cuando, de repente, escuché la voz de Antonio. Sin previo aviso me sacó de la tienda, tirándome de los pelos y las orejas como si fuera un niño pequeño. Llegamos a mi casa y me empujó hacia adentro.

—¿Era necesario? —pregunté molesto. —Dile a tu jefa que estás mal y que no irás. Descansa. —Bien… —sabía que no podría convencerlo, así que hice lo que me pidió.

Me giré y vi a Samantha en el patio. —¿Quién es esa hermosura? —preguntó Antonio con una sonrisa pícara. —Es Samantha, la niñera que contraté para que cuidara de mi hermana. —¿Tiene novio? —¿Eh? —suspiré—. Deja de fantasear o terminarás adicto, tonto.

Antonio se rió, se acomodó el cabello y se miró en el espejo. —Antonio, no espantes a la niñera, por favor —le advertí mientras me levantaba y caminaba hacia Samantha.

—Llegó temprano, señor Ruman —me saludó ella con amabilidad. —Sí… —caí de espaldas porque Sofía se lanzó sobre mí con entusiasmo. —¡Hola, enana! —Hola, hermanito. Llegaste temprano, por fin dormirás más. —Así es, pequeña. —Miré a Samantha—. Gracias.

Me levanté, saqué la billetera y le entregué el dinero. —Puedes ir a tu casa y descansar. —Luego miré a Sofía—. Y tú, pequeña, ve a descansar también… o juega un rato. Hoy podemos pasar un día de hermanos.

—¡Sí! —exclamó Sofía con entusiasmo.

Samantha y Antonio se marcharon, aunque todavía se escuchaban a lo lejos los intentos fallidos de coqueteo de él. Sonreí con resignación. —Siento que, a este paso, no tendremos niñera —murmuré.

Volví junto a mi hermana y nos acomodamos en el sofá. Ella se acurrucó a mi lado y juntos pusimos una película. Por un momento, todo el cansancio y las preocupaciones se desvanecieron, y solo quedamos nosotros dos, disfrutando de un instante de paz