La noche de la Jauría

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Summary

Poco antes de la media noche, el agente Pablo Ortiz recibe una llamada de emergencia: una kombi VW descarriló en las cercanías del Parque Real del Valle. Al llegar al lugar descubre que los tripulantes han desaparecido y que transportan seis jaulas cubiertas de sangre con un penetrante olor a perro y óxido. Todo parece indicar que los animales han escapado y rondan por el parque. Pronto descubrirá que ser mordido por uno de esos perros será el menor de sus problemas. En una trama que involucra a varios perros robados de clínicas veterinarias, la comisaría estatal y una misteriosa agencia preocupada por algo más que la salud pública, seis personajes se verán enfrentados a un peligro como nunca han visto, transformando para siempre al pueblo Valle Azul en una sola noche… La noche de la jauría.

Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

Pablo

Era una noche despejada y tranquila en la que el oficial Pablo Ortiz se encontraba solo en su patrulla. En la radio sonaba una melodía hipnotizante en tono bajo, un interludio de guitarra de una vieja balada romántica. Pablo ignoraba la música desde que Grace le marcó preguntando cómo estaba.

—Aburrido. —Fue su sincera respuesta.

Esa noche hacía guardia en solitario, pues, su compañero tenía alguna especie de evento religioso con su esposa, al que no podía faltar. Pablo era incapaz de entender qué tipo de fe te obliga a asistir al templo un martes por la noche en pleno noviembre, pero su compañero insistió en que hiciera el favor de cubrirle luego de que el Sgto. Cárdenas le negara el permiso y Pablo, en honor al buen amigo y colega que se considera, aceptó. Sin embargo, algo había intuido el Sgto. Cárdenas cuando se comunicó para asegurarse de que ambos oficiales se encontraban de guardia en Periférico Oriente.

Pablo atendió la radio confirmando la presencia de ambos, pero no pudo hacer nada cuando el sargento demandó hablar con su compañero. Ni siquiera intentó mentir, no era ese tipo de hombre y mucho menos esa clase de policía.

—Mi compañero… no ha podido venir, sargento —confesó Pablo y la comunicación terminó.

Ahora se sentía culpable y desanimado, además de aburrido. Todo esto resumió a Grace cuando ella, inocente, preguntó a Pablo cómo estaba, esperando que el sincero oficial le permitiese a ella resumir su día.

Pablo soltó un largo suspiro y Grace hizo lo mismo al otro lado de la línea. La respiración de ambos se escuchaba con una ligera interferencia de ruido blanco. Periférico Oriente yacía quieto y silencioso, con apenas breves segundos de turbación cuando un vehículo particular o un camión de carga pesada transitaban a más de noventa kilómetros por hora.

Grace esperaba que Pablo le regresara la pregunta, pero intuyó que aquel se negaba a salir de su estado decaído hasta que ella ofreciese algún consuelo.

—No estés agüitado, amor. No es tu obligación proteger a nadie de los regaños del jefe —aseguró Grace, con una voz queda y cargada de sueño.

—Pero le prometí a Jesús que lo cubriría…

—A ese cabrón no le debes nada, seguido le estás haciendo favores y él nunca ha hecho algo por ti.

—No hago favores porque me sienta en deuda, amor.

—Ya sé que no… e hiciste tu parte. ¿Qué más podías hacer si el sargento te pidió hablar con Jesús? ¿Fingir su voz?

Ambos rieron imaginando la escena. Una ráfaga de viento enfrió la nuca de Pablo y subió la ventanilla. Apenas si resplandecían un par de estrellas en el cielo nocturno y el ambiente apestaba a pavimento y pasto remojado.

—Podría intentarlo —declaró Pablo y habló con una voz nasal y aguda, más cercana a la voz de un niño que a la de su compañero—. Hola, sargento. ¿Apoco pensaba usted que yo faltaría a mi deber? No mame.

—Te descubriría en cuanto dijeras “no mame”, no te quedan las groserías, amor.

—¿Qué significa eso?

—Nada. Olvídalo.

El comunicador de la radio estalló con un ruido que, en el silencio de la noche, resultó tan fuerte y repentino que Pablo se sobresaltó.

—¿Qué fue eso? —preguntó Grace.

«Unidad Periférico Oriente».

—Es mi radio, amor. Tengo que contestar.

Pablo bostezó y sujetó el comunicador.

—10-8, Oficial Ortiz.

«942 en Parque Real del Valle de posible 10-37».

—10-4.

Pablo se talló el rostro con la palma de su mano para desperezarse y jaló su cabello antes de volver al celular.

—Tengo algo, amor. Debo colgar.

—Está bien —aseguró Grace—, igual ya me voy a dormir, mañana tengo muchas cosas que hacer.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Pablo reaccionando al tono de voz de Grace, lleno de frustración o decepción, no podía asegurarlo.

—Tienes algo que hacer, amor. Luego te cuento. Te amo.

—También te amo.

Pablo apagó la música y arrancó el motor de la patrulla. Encendió las luces y salió despacio del terraplén para incorporarse al carril derecho y condujo hasta el Parque Real del Valle.

La zona estaba poco iluminada y apenas era visible el lugar dónde el presunto vehículo se había salido de la carretera y rodado colina abajo hasta atravesar el cerco del parque.

Pablo avanzó en la patrulla y estacionó sobre el camino. Descendió del vehículo y aseguró el coche. Tomó su linterna, guantes y palpó el arma y la macana en su cinturón. Bajó con cuidado la pendiente, iluminando las marcas de neumático que surcaron la tierra. Llegó hasta la valla, que era apenas una cortina de alambre cromado, reventada donde las huellas de neumático indicaban el trayecto del vehículo descarrilado.

Pablo sabía que no tardarían en acudir los paramédicos y quizá también los bomberos. Por lo pronto, no parecía haber amenaza de fuego ni ruidos, gritos o cualquier otra cosa que hiciera sonar las alarmas en su cabeza.

Avanzó con cuidado por el pasto, siguiendo las huellas. El bosque hedía a madera, hierba húmeda y tierra mojada. Esquivó los charcos y levantó la linterna. Al fondo miró una kombi volcada sobre su lado derecho, con la puerta del compartimento abierta.

Pablo asintió, ahora entendía la clave 10-37. Era el típico vehículo que la gente denomina “carro de secuestrador” o de “robachicos”, aunque a él le recordaba más a la Vagoneta del Misterio. Un Volkswagen Kombi T4 de color negro, sin más ventanas que las laterales de las puertas, aunque en ese momento el lado del copiloto era inaccesible. Pablo accionó el comunicador mientras se acercaba.

—10-0, oficial Ortiz. Estoy en Real del Valle, confirmo 10-37 volcado en la zona. Compruebo estado de pasajeros.

Iluminó la cabina del vehículo desde el compartimento. El interior estaba forrado en color negro y había jaulas de perrera. Un reflejo en el piso reveló sangre, aunque dadas las condiciones, aquello era de esperar. El silencio del bosque le transmitió un escalofrío en la espalda y brazos. Esperaba escuchar algún quejido en cualquier momento, albergaba la esperanza de que los cuerpos médicos llegaran a tiempo para salvar a alguien, pero cuando alcanzó el frente de la kombi comprobó que el vehículo estaba vacío.

—Carajo —murmuró y quitó el broche de pistolera en su cintura.

Siempre había temido enfrentar una situación extraña, algo relacionado con el narco o cualquier conflicto donde tuviese que disparar para defenderse. Ahora, su mente nerviosa y sus pensamientos se aceleraron a mil revoluciones por segundo. Quizá cargaban droga en el vehículo, quizá iban drogados. Tal vez son secuestradores, van armados y se escondieron, tal vez escaparon.

Regresó al compartimento y asomó el rostro en el interior. Notó un penetrante aroma a perro e iluminó las jaulas. Los barrotes estaban reventados y tenían mechones y sangre seca. Quizá traen perros de pelea, grandes y rabiosos.

Escuchó una rama partiéndose a varios metros detrás suyo y se giró desenfundando el arma. La linterna reveló a un perro asechando entre los árboles, cuyos ojos brillaban con luz tenue. Identificó al can como un galgo, de color blanco con motas café y parecía tener un collar alrededor del cuello. Una baba espesa caía como hilillos de seda desde su hocico hasta la tierra y tenía el vientre cubierto de costras grandes y negras como garrapatas.

Contuvo la respiración y bajó el arma. El perro le miraba impasible, jadeando excitado y con el rabo muy quieto. Pablo iluminó el interior de la kombi y contó cinco o seis jaulas en el interior. Cuando volvió la linterna al perro, notó que se aproximaba, deteniéndose en cuanto la luz dio contra su cara. Pablo barrió la zona con la linterna y de nuevo al galgo, que se acercaba con un gruñido cuando la luz se iba.

Llevó una mano al comunicador sin descuidar al perro y habló despacio, conteniendo el temblor de su labio.

—10-0, oficial Ortiz. En la zona de 942, posible 10-11, solicito apoyo. 10-37 volcado sin 10-14 en el interior. Quedo a espera de 10-12.

El perro le miraba. Sus ojos eran cafés, muy claros, hinchados y enrojecidos, sus orejas caídas y el hocico ladeado exhibiendo los largos colmillos biliosos.

Pablo levantó lentamente el arma y retrocedió con un paso, queriendo tener la espalda protegida contra la kombi volcada. No había otro ruido más allá de los jadeos del galgo. De pronto, le preocupó que todos los perros regresaran, seguro de que había más en algún lugar del bosque, quizá acechándolo desde otros rincones. Temía que todos se presentaran delante de él, rodeándolo, jadeantes y ansiosos, controlados por una fuerza maligna. Sonrió y se relajó un poco por esa idea. ¿Qué clase de fuerza maligna? Su mente viajó hasta su infancia y recordó un libro llamado Cuentos e historias de la colonia; había un perro espectral en aquellas leyendas. ¿Cómo se llamaba? Sabía que era un perro negro, de ojos brillantes como carbón encendido y mandíbulas poderosas que se aparecía a los borrachos en los caminos, pero no recordaba el nombre, aunque sentía tenerlo en la punta de la lengua. Bajó la mirada, sin apartar la luz del galgo, y notó un rastro de sangre que se confundía con el barro. Había huellas de calzado perdiéndose en la oscuridad del bosque, más allá del punto donde alcanzaba la luz de la linterna.

El comunicador explotó como una pistola de aire comprimido. Pablo, sobresaltado, brincó hacia su derecha, disparando el arma cuando el perro se abalanzó contra él emitiendo un ladrido estruendoso.

«10-4, permanezca 10-12, respuesta en camino».

Fin del capítulo