Capítulo 1: Hija
Tory permanecía de pie en medio de una habitación sumida en la oscuridad absoluta. Atrapada en los brazos de Miguel, se agitaba, intentando zafarse, pero cada esfuerzo la hundía más en la desesperación. Su padre se alejaba sin decir palabra, y ella, impotente, quería correr tras él… pero no podía. Solo le quedaba la silueta que se desvanecía sin mirar atrás.
El miedo la envolvió por completo cuando trató de gritar. Abrió la boca, lo intentó una y otra vez, pero el sonido no salía. La garganta, cerrada; muda. Miguel la sujetaba con más fuerza, apretando como si quisiera arrancarle el aire…
La joven despertó con un espasmo, la frente pegada al frío cristal de la ventanilla. Un dolor agudo le recorrió el cuello —castigo por una postura que ningún entrenador habría permitido— y el brazo derecho, su brazo dominante, yacía entumecido y pesado como un extraño. Se incorporó despacio, conteniendo un gemido. Sus articulaciones protestaron con un crujido sordo, el sonido de un mecanismo oxidado tras casi dos horas de inmovilidad. Viajaba en el asiento trasero de un Veynor, mientras, al volante, Miguel mantenía la vista fija en el camino. Su perfil era una escultura de atención impasible, tallada en la penumbra del habitáculo.
—Soñé contigo… —murmuró Tory, la voz aún ronca por el sueño, frotándose el cuello—. Que me sujetabas y no me dejabas ir con papá.
Miguel no se inmutó. Sus ojos, visibles en el retrovisor, se encontraron con los de ella por un instante.
—Los sueños son crueles, Tory.
—Lo sé —dijo con decepción y volvió a mirar hacia la ventana.
Tory se desperezó, el movimiento estudiado y amplio de quien está acostumbrada a calentar músculos antes de una competencia, y entre un bostezo que más parecía un suspiro de agotamiento, murmuró:
—¿Cuánto falta?
—Ya casi —respondió Miguel sin apartar la vista de la ruta—. El aeropuerto está a unos cincuenta kilómetros del centro. Con el tráfico ligero de hoy, deberíamos llegar en menos de una hora.
De pronto, el auto alcanzó la entrada a la capital de Nivaria. El aire cambió de golpe: ya no olía a carretera y polvo, sino a ozono, a tierra húmeda y a un dulzor metálico que le erizó la piel. Sus ojos —acostumbrados a calcular distancias a un blanco a setenta metros— escrutaron el paisaje que se desplegaba. La autopista elevada se abría paso entre rascacielos de bioconcreto poroso, sus fachadas cubiertas de enredaderas que destilaban vapor fresco.
Hacía veinte años que no pisaba la ciudad donde había nacido. Su padre la había arrancado de allí cuando ella tenía apenas cinco años. Desde entonces, sus recuerdos de Nivaria no eran recuerdos, sino fantasmas: destellos sin forma y aromas sin nombre.
Ahora, con veinticinco años, mientras el auto avanzaba, se dio cuenta de que nada le resultaba familiar. Los letreros holográficos flotaban sobre las calles, proyectando anuncios de candidatos políticos y promesas de futuro limpio. La gente caminaba por las aceras con módulos adheridos a las sienes, pequeños dispositivos que les llenaban los ojos de datos invisibles para ella. Tory se sintió análoga en un mundo de bits. El tiempo había transformado aquel lugar en algo irreconocible.
—¿Todo bien? —preguntó Miguel.
Ella asintió con un leve movimiento de cabeza.
Miguel había sido la mano derecha de su padre desde que ella tenía memoria. Habían compartido negocios, proyectos y largas jornadas de trabajo hombro a hombro. Gracias a esa sociedad siempre fructífera, Tory había podido estudiar en los mejores colegios y formarse en la disciplina que amaba. Incluso llegó a integrar el equipo nacional de Tiro al Blanco Moderno, entrenando junto a los mejores atletas del país, su nombre grabado en trofeos que ahora le parecían de otro siglo.
Todo lo que había alcanzado se lo debía a los negocios de su padre. Cada acierto, cada medalla, cada suspiro de gloria tenía el olor a dinero de Edwin Valente.
Dejar atrás esos logros había sido un dolor agudo y preciso, como desgarrarse un músculo. Pero nada, absolutamente nada, se comparaba con el vacío silencioso que había dejado la muerte de su padre.
Hace apenas un par de días, la rectoría del campus la había citado. Al llegar, encontró a Miguel con un rostro que jamás olvidaría: la armadura de eficiencia resquebrajada, dejando al descubierto una tristeza tan profunda que Tory supo, antes de que él hablara, que el mundo tal como lo conocía había terminado.
Recordó el instante en que Miguel le comunicó la noticia. Su padre había sufrido un accidente automovilístico mientras regresaba a la ciudad para encontrarse con ella. Maldita desventura… Un accidente había acabado con la vida de quien siempre había estado a su lado.
El Veynor negro se adentraba ahora en el corazón de Villa Sena, la capital de Nivaria. Se deslizaba por una avenida elevada entre rascacielos que no eran de cristal y acero, y estructuras retorcidas de madera viva, cuyas fachadas estaban tapizadas por cascadas de enredaderas y jardines verticales que destilaban un vapor fresco y húmedo. Los automóviles que los flanqueaban no rugían; zumbaban con un sonido eléctrico suave. Algunos flotaban apenas por encima de la calzada, suspendidos en un campo magnético que los mantenía a centímetros del asfalto.
Tory permaneció en silencio. Su mirada de tiradora —acostumbrada a detectar el más mínimo movimiento— captaba los detalles imposibles: faroles que eran esferas de líquido bioluminiscente, pantallas holográficas que se fundían con el follaje y gente vestida con telas inteligentes que cambiaban de color y patrón con el ritmo de sus pisadas. Aunque la funcionalidad era la misma que la de cualquier ciudad —comercios, restaurantes, espacios públicos—, nada era familiar. Era como si hubiera aterrizado en el set de una película de un futuro demasiado pulcro y exuberante, un futuro que olía a ozono, tierra húmeda y un dulzor metálico que le erizaba la piel.
La estética del lugar —una explosión controlada de verdes, azules eléctricos y blancos puros— le era tan ajena que generaba una ansiedad de base baja y constante. Era el mismo nerviosismo que sentía antes de un torneo decisivo, pero aquí no había un blanco claro al que apuntar, solo un ecosistema urbano perfecto que parecía rechazarla por imperfecta, por humana, por análoga.
A ese desconcierto tecnológico se sumaba la tristeza, un peso denso y opresivo que parecía querer anclarla al asiento del lujoso vehículo eléctrico. Lo entendía, con una lucidez que dolía: esta ciudad de fachada idílica sería su hogar a partir de ahora. Su sueño de convertirse en campeona de tiro este año se esfumaba en este mundo de tecnología verde y silenciosa. Había llegado para enterrar a su padre y, en un acto que le parecía de una arrogancia temeraria, hacerse cargo de los negocios que él había dejado.