La primera mirada

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Summary

En una universidad donde las sombras parecen susurrar historias que nadie se atreve a contar, Maya Sáez descubre que algunas miradas pueden cambiarlo todo. Un profesor respetado, un aula demasiado silenciosa, y una sensación que crece como un nudo imposible de ignorar.

Genre
Other
Author
Yuleisi
Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 — Aula 204

El campus estaba lleno de ruido: pasos, risas, motores rugiendo, conversaciones mezcladas. Pero en cuanto Maya entró al edificio de Humanidades, sintió el aire más frío, como si el pasillo la observara, lo que la hizo recordar esa extraña sensación que tuvo antes de salir del pequeño estudio donde vivía, si bien no ocurrió nada fuera de su rutina algo dentro de si misma la hizo presentir que este nuevo semestre no iba a ser del todo fácil.

El aula 204 estaba iluminada solo por la mitad de los fluorescentes, lo que creaba sombras recortadas en los escritorios. Maya llegó cinco minutos antes, buscó asiento en la tercera fila, como siempre hacía… no tan adelante como para llamar atención, no tan atrás como para perder detalle.

Poco después la puerta se abrió sin prisa, como si quien estuviera del otro lado no necesitara anunciarse para que otros lo notaran igual. El profesor Luis Méndez entró con paso seguro, pero sin arrogancia. A simple vista se veía que bordeaba los 39 o 40 años, no había nada exagerado en él, pero aun así destacaba.

Su presencia llenó el salón, un hombre de apariencia seria, bien conservado, con ese tipo de atractivo que no nace ni de la moda, ni del gimnasio sino del tiempo y como uno decide llevarlo y él sabía muy bien cómo llevar sus hombros rectos que realzaban aún más aquel metro ochenta y postura tranquila casi inmutable, imponente.

Pero si algo destacaba más que su apariencia misma no era su ropa, ni ese cabello negro como la noche misma: era cómo miraba.

Cuando sus ojos de un gris tan claro como intenso encontraron los de Maya, se quedaron allí en lo que a él le pareció un lienzo verde cual bosque en plena primavera, solo un segundo más de lo educado. Ese segundo fue suficiente para que el estómago de ella se tensara.

—Buenas tardes —dijo él, con una voz que parecía amable, pero algo en ella se sentía ensayado, como una máscara que había usado muchas veces.

Comenzó a hablar sobre el programa del curso. Sus palabras eran precisas, fluidas. Sabía manejar la atención de un aula como un director de orquesta… pero cada cierto tiempo, sin razón aparente, dejaba que su mirada regresara a Maya.

No era la mirada de un profesor examinando a una estudiante nueva; era otra cosa.

Mientras explicaba la primera tarea, se acercó lentamente a la fila donde ella estaba. Maya sintió su cuerpo tensarse sin querer. Él se detuvo justo al lado de su pupitre.

—¿Cómo te llamas? —preguntó sin ver la lista.

—Maya Sáez.

—Interesante. —La palabra cayó como un gotero frío—. Tienes un rostro que uno no olvida.

No sonrió.

Solo siguió hablando del proyecto grupal, como si no hubiera dicho nada extraño.

Cuando terminó la clase, Zoé su mejor amiga la esperaba afuera.

—¿Qué pasó? Tienes la cara rarísima —dijo Zoé.

Maya respiró.

—Me dio mala espina… él. Cómo me miraba.

—¿Te dijo algo?

—Nada “Cuestionable”. Pero… no me gustó.

Zoé suspiró.

—Maya, ese profesor tiene fama. No estás imaginando cosas. Ten cuidado.

—¿Cómo que tiene fama? — preguntó Maya queriendo alejarse a prisa del aula

—Hay rumores de que se acerca a las alumnas de forma extraña como si estuviera buscando algo en ellas, aunque nunca se ha mencionado algo físico —dijo Zoé tomándola del brazo caminado a la par.

Maya asintió, pero la inquietud ya estaba sembrada.

Después de despedirse de Zoé, Maya tomó el bus hacia su pequeño estudio. El trayecto era corto, apenas diez minutos. Su edificio era modesto, pintado de un amarillo pálido que se descascaraba en los bordes. Subió las escaleras, abrió la puerta y dejó escapar un suspiro al entrar. Su estudio era pequeño, sí, pero acogedor: una cama sencilla, una mesa plegable que hacía de escritorio, una repisa con plantas que se las ingeniaba para mantener vivas, y una kitchenette donde cabía lo justo.

Colgó su mochila en la silla y se cambió a ropa más cómoda: un pantalón suave y una camiseta vieja. Hoy no tenía turno en su trabajo online, y esa libertad normalmente la disfrutaba. Pero esta vez… algo la acompañaba, una sombra que no sabía cómo sacudir.

Aun así, se obligó a seguir su rutina. Abrió la laptop, preparó un té y encendió la pequeña lámpara de escritorio. La luz cálida era lo único que lograba romper un poco la sensación de vacío del estudio.

Cargó la plataforma de su empleo remoto—atención al cliente de una empresa que vendía software educativo—pero no había tickets pendientes. Sus ingresos eran modestos, pero suficientes para pagar alquiler, comida y sus estudios. A sus 22 años, vivir sola y mantenerse era motivo de orgullo… aunque a veces también pesara.

Decidió repasar las notas del curso. Intentó concentrarse en fechas, conceptos, reglas… pero la imagen del profesor volviendo a mirarla una y otra vez le nublaba la atención. Cada vez que su recuerdo aparecía, sentía algo incómodo en el pecho, como un aviso que su mente no había terminado de descifrar. Maya sabía reconocer cuando una intuición la estaba llamando.

—No voy a dejar que esto me afecte —murmuró para sí misma, apretando los labios.

Se acomodó, enderezó la espalda y volvió a leer.

Poco a poco su respiración se estabilizó, y el ambiente del estudio recuperó algo de calma. Era su espacio, su mundo seguro. Recordarlo le reconfortó.