El principio del fin
En una noche oscura de 2025, una brisa helada recorría el aire, anunciando la inminente llegada del invierno. Las hojas secas crujían bajo los pasos de algún animal nocturno, y el silbido del viento entre los árboles parecía susurrar advertencias que nadie escuchaba. La calma del pueblo de Lindeluz, acostumbrado a la quietud del bosque, parecía eterna… hasta que un resplandor intenso desgarró el cielo de un profundo color azabache.
Una grieta de un azul pálido se abrió en lo alto, cortando la negrura de la noche y haciendo parecer que el cielo mismo se quebraba y caía en pesados fragmentos sobre el mundo. Durante un instante, todo quedó en silencio, como si la naturaleza misma contuviera la respiración. Fue inesperado, pero aquel instante marcó el principio del fin.
Los habitantes comenzaron a asomarse por puertas y ventanas, con miedo y curiosidad mezclados. Algunos se abrazaban entre sí, otros permanecían inmóviles, incapaces de apartar la mirada del fenómeno. Las velas parpadeaban, los gatos huían hacia el bosque y los perros ladraban confundidos, mientras un murmullo de incredulidad recorría las calles empedradas. Nadie sabía qué estaba por suceder, pero la sensación de que algo extraordinario y peligroso estaba por llegar se impregnaba en el aire.
De las relucientes grietas comenzaron a surgir criaturas que hasta entonces solo existían en los cuentos de fantasía. Sus formas eran difusas al principio, pero pronto se definieron como seres grotescos y poderosos. Su aparición rompió el silencio impuesto por la sorpresa de los habitantes. Sin previo aviso, aquellas entidades iniciaron una masacre, atacando a todo ser vivo que se cruzaba en su camino. En cuestión de instantes, el asombro colectivo se desmoronó y dio paso a un pánico absoluto. Gritos desgarradores llenaban las calles, mezclados con el ruido de casas derrumbándose y vidrios rompiéndose bajo el peso de la confusión.
Entre toda aquella gente se encontraba Heather, una mujer pequeña y delgada de unos 44 años, corriendo con todas sus fuerzas hacia una casa blanca al sur del pueblo, casi tragada por la espesura del bosque. Cada rama crujía bajo sus pies, y la brisa helada le cortaba la piel. Respiraba con dificultad, pero no podía detenerse; sus hijas estaban allí dentro, y sabía que debía protegerlas a toda costa. Su corazón latía con fuerza, cada golpe recordándole que el tiempo era un enemigo.
Al llegar, subió apresuradamente las escaleras, notando cómo la madera crujía bajo su peso y cómo el viento agitaba las persianas. Despertó primero a Margaret, la menor, y luego a Catherine, la mayor. Las niñas, todavía envueltas en el sueño y con los ojos entrecerrados, miraron a su madre con incredulidad y temor. Sus voces no salieron al principio; el miedo las había paralizado por completo.
Heather apenas tuvo tiempo de susurrar unas palabras cuando los primeros gritos desesperados comenzaron a escucharse desde la calle. Un rugido caótico de voces y pasos retumbaba en el aire, acompañado de una estampida que hacía temblar el suelo bajo ellas. El corazón de las tres latía con fuerza, y un frío paralizante recorrió la espalda de Heather mientras comprendía que ninguna de ellas estaría a salvo.
Con un movimiento rápido y decidido, la madre agarró a sus hijas y salió de la casa sin mirar atrás. Apenas pisaron el exterior, quedaron congeladas ante una escena que les anudó la garganta: parecía el infierno mismo extendido sobre la tierra. Incendios devoraban casas, yacían cuerpos inertes entre los escombros, y un humo denso llenaba el aire, impregnando el bosque con un olor acre que les picaba la garganta.
De repente, sin previo aviso, apareció ante ellas una extraña ventana flotante, suspendida en el aire, con un mensaje que nadie podría haber anticipado:
“La prueba de la humanidad ha comenzado”
Una sombra se desplazó sobre ellas, la del guiver, proyectando un terror instantáneo que las obligó a agazaparse junto a un carro cercano. El corazón de Heather golpeaba contra su pecho mientras susurraba:
—Niñas, rápido… al bosque.
Sin perder tiempo, las tres se adentraron en la espesura del bosque, esquivando raíces y ramas que se aferraban a sus pies. El bosque parecía contener la respiración, y durante un instante reinó un silencio extraño, como si el mundo también estuviera expectante.
Cuando estuvieron lo suficientemente lejos como para no escuchar más los gritos desesperados, se permitieron al fin respirar hondo y sentarse sobre la tierra húmeda, tratando de recuperar el aliento. Cada sonido, desde el crujido de una rama hasta el ulular de un búho lejano, parecía amplificado por el miedo y la tensión que todavía corría por sus venas.
De repente, la ventana reapareció, flotando ante cada una de ellas, pero con un brillo ligeramente distinto para cada mirada. En su superficie, caracteres luminosos comenzaron a deslizarse lentamente, formando palabras que parecían hablar directamente a sus mentes:
“La humanidad enfrenta su prueba. Los monstruos que ven han aparecido para forjar fuerza, coraje y supervivencia en su especie. Lo que ocurre es necesario para que la humanidad se fortalezca. Cada criatura, cada amenaza, es parte de un proceso que les obligará a superarse. Su supervivencia depende de su capacidad de adaptarse y volverse más fuertes.”
Catherine frunció el ceño y susurró:
—Mamá… ¿puedes ver esto?
Heather asintió, con el corazón todavía acelerado:
—Sí… y es… como si me hablara directamente a mí.
Margaret, con los ojos muy abiertos, añadió:
—¡Yo también! Pero… cada una tiene su ventana, ¿no? No es la misma.
Las tres se miraron, todavía sin comprender del todo, y una sensación de hormigueo recorrió sus brazos, como si cada fibra de su cuerpo se pusiera alerta ante lo que estaba pasando. La ventana parecía conocerlas, hablarles a cada una de manera individual, pero al mismo tiempo transmitir un mensaje común: sobrevivir era la única opción.
—Entonces… no es solo un juego —dijo Catherine, con voz temblorosa—. Nos está diciendo que esto… todo esto… es para que… nos volvamos más fuertes.
Heather apretó la mano de sus hijas, intentando transmitirles calma mientras su mente trabajaba a toda velocidad:
—Debemos seguir moviéndonos. Esto apenas comienza… y nos necesita juntas, alerta, listas.
El viento agitó las ramas a su alrededor, y las luces de las ventanas de cada una parpadearon como si fueran un faro en la oscuridad, recordándoles que aquel mensaje no era solo una advertencia: era un mandato que cambiaría sus vidas para siempre.
Con respiraciones aún agitadas, comenzaron a adentrarse más en el bosque, conscientes de que cada sombra podría ser una amenaza, y que su camino hacia la supervivencia apenas comenzaba.