Capítulo 1. Saint Eleanor
El uniforme del internado me apretaba como si no estuviera hecho de tela, sino de normas.
Falda gris a la altura exacta de la rodilla. Blazer azul oscuro. Camisa blanca perfectamente abotonada. Saint Eleanor no dejaba espacio para la improvisación... ni para respirar.
-No te quites la chaqueta -me advirtió la secretaria sin mirarme-. Es obligatorio.
Claro que lo era.
El edificio principal se alzaba frente a mí como una amenaza elegante: paredes de piedra clara, ventanales altos, relojes antiguos marcando horas que parecían ir más despacio solo para fastidiarme. Mis maletas ya habían desaparecido en manos de alguien más eficiente que yo, y mi madre caminaba a mi lado en silencio, tensa, como si temiera que en cualquier momento fuera a salir corriendo.
No lo hice.
Aunque ganas no me faltaban.
-Es un buen lugar -dijo al fin, rompiendo el silencio-. Te ayudará a centrarte.
Centrarme.
Esa palabra siempre me daba risa.
-Creo que no soy la única que tiene que centrarse -respondí sin mirarla.
Sentí cómo se detenía. El aire se volvió espeso, incómodo. No me respondió. Nunca lo hacía. Y ese silencio suyo era justo lo que más odiaba.
Nos despedimos rápido. Frío. Incorrecto.
Como todo entre nosotras últimamente.
Cuando crucé las puertas del internado, supe que estaba sola de verdad.
Las clases comenzaron ese mismo día. El salón estaba lleno de rostros nuevos: algunos curiosos, otros aburridos, otros demasiado seguros de sí mismos. Me senté al fondo, junto a la ventana, el único lugar desde el que podía fingir que estaba en cualquier otro sitio.
Fue entonces cuando lo sentí.
No lo vi primero.
Lo sentí.
Esa incomodidad rara en el pecho, como si algo antiguo se removiera sin permiso. Alcé la vista justo cuando alguien tomaba asiento dos filas delante de mí.
Chico. Cabello oscuro. Espalda recta.
Nada especial... y, aun así, todo mal.
Giró un poco la cabeza, lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran. Fue un segundo. Uno solo. Pero bastó. Había algo en su mirada que me resultó insoportablemente familiar.
Fruncí el ceño. Él también.
Perfecto.
Desprecio mutuo instantáneo.
Durante la clase no paró de corregir al profesor en voz baja, como si necesitara demostrar que sabía más que todos. Yo no paré de golpear el bolígrafo contra la mesa, solo para hacerlo callar.
-¿Te molesta algo? -susurró.
-La gente que va de lista me molesta -respondí sin pensar.
Sonrió. No una sonrisa amable. Una peligrosa.
Como si hubiera ganado algo.
-Entonces vamos a llevarnos genial.
El primer choque fue en el pasillo, después del almuerzo. Yo iba tarde cuando alguien me cerró el paso.
Él.
-Mira por dónde caminas -dijo.
-Muévete.
-No.
Alcé la vista, desafiante. Él era más alto, pero eso nunca me había detenido antes.
-¿Siempre eres así de insoportable o es solo conmigo?
-Solo contigo -contestó-. Tienes ese talento especial.
Lo empujé con el hombro al pasar. Escuché su risa a mi espalda y apreté los puños. No sabía por qué me enfurecía tanto. Solo sabía que lo hacía.
Esa noche, acostada en la cama de mi habitación, con el internado en silencio, un recuerdo me asaltó sin avisar.
Un niño.
Una casa que ya no era mía.
La risa suave de alguien.
Y unos ojos.
Los mismos que había visto ese día en Saint Eleanor.
Abrí los ojos de golpe, con el corazón acelerado.
No.
Era imposible.
Mi padre decía que aquel niño era el hijo de un vecino. Nada más.
Sentí un nudo en el estómago que no supe deshacer. Porque si él era parte de un recuerdo que yo había enterrado... entonces Saint Eleanor no era solo un castigo.
Era el principio de algo que nunca quise recordar.