Prólogo
En un mundo lleno de maldad, la presencia de Dios es fundamental.
Había una vez una joven que vivía en lo que parecía un cuento de hadas, rodeada de castillos y bosques, siendo la princesa de un reino con una familia que la amaba. Desde adentro de su palacio todo se veía perfecto, pero había un pequeño detalle: la oscuridad abundaba en su pequeño reino. La maldad de las personas caía sobre el cielo y, aunque decían ser felices, en realidad no existía pureza en sus corazones; el amor ni siquiera era recordado.
El reino Musgravita era un lugar frío y oscuro en donde solamente existía la noche; no había un solo rayo de luz que llegara al lugar. Sin embargo, no era el único reino que existía: había otro en el mismo mundo. El reino Aurum, en donde la luz rodeaba por doquier, siempre había claridad y nunca oscuridad.
Pero esto no siempre fue así, o al menos eso contaban los ancianos, aunque ya nadie sabía con exactitud qué era lo "normal". En un mundo corrompido, la idea de la normalidad ya no existía. No se sabe qué pasó realmente; las personas cuentan mitos para entretenerse. Algunos dicen que fue la maldición de un hechicero; otros, que un ser de otro mundo los castigó. Pero unos pocos dicen que fue un ser divino que, triste por la maldad del mundo, puso esta prueba en ambos reinos como una última oportunidad para arrepentirse.
Esthela, una mujer sabia, hermosa y llena de fe, le contaba esta historia cada que podía a su joven nieta Ava, la princesa heredera de Musgravita.