Brujas y nigromantes 3 (Equilibrio) - Raquel Brune

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Summary

Sabele ha vuelto a la ciudad para reunirse con sus amigas y celebrar la fiesta más especial del año para las brujas, Samhain, también conocida como Halloween. Sin embargo, pronto se da cuenta de que las cosas han cambiado desde su marcha. Lucíaía y Rosita guardan un peligroso secreto, Ame se prepara para conocer a su prometido y lo más inquietante de todo: la fina línea que separa la Tierra de mundos más oscuros e inhóspitos se tambalea. Tras negarse a firmar un nuevo Tratado de Paz, Cal, al frente de los nigromantes, se convierte en el principal sospechoso de los extraños acontecimientos que asolan Madrid y de poner en peligro el delicado Equilibrio de las magias de vida y muerte. A medida que el «Emperador» incrementa su poder y gana aliados en toda Europa, aumentan los recelos de las brujas y de la Guardia, hasta que una peculiar invitación pondrá el destino de la comunidad mágica en manos de una sola bruja.

Genre
Fantasy
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
71
Rating
n/a
Age Rating
13+

****

Un coche negro con los cristales tintados se abría paso a través de las ajetreadas y, a su vez, cautivadoras calles de Roma. Llegaban tarde al encuentro que tanto les había costado concertar en la agenda de su ocupado anfitrión, pero Caleb no se sentía impaciente: le agradaba mirar por la ventanilla del coche y ver las tiendas y trattorias a su paso. No podía decirse lo mismo de su acompañante. Abel se removía en su asiento, inquieto, agitando las piernas y mordisqueándose las uñas. Estaba deseando que comenzase la función. Los últimos tiempos habían sido ajetreados, y Caleb

había aprendido por las malas a cubrirse las espaldas. El que en otro tiempo había sido uno de sus más apasionados enemigos, se había convertido en un seguidor que le obedecía a ciegas, una especie de sabueso fiel que se entregaba a los poderosos como una polilla a la lámpara. Era justo el tipo de acompañante que necesitaba: alguien fuerte, voraz y que no le cuestionase.

Alguien de quien podía deshacerse sin problemas llegado el momento. No disfrutaba de su compañía, pero eso era lo de menos. Con o sin Abel, Caleb nunca viajaba solo.

La Voz se había vuelto tan fuerte y persistente que casi había olvidado que no formaba parte de él. En las últimas semanas había llegado a creer ciegamente que eran la misma persona, que ambos experimentaban lo mismo, deseaban lo mismo y que caminaban unidos hacia el mismo destino, el que los dos merecían, el que iba a cambiar el mundo tal y como brujas y nigromantes lo conocían.

Apenas había amanecido y la fresca mañana de octubre se despertaba perezosa, teñida por un brillo anaranjado y dorado, cuya languidez auguraba la llegada de días más cortos. El otoño estaba a la vuelta de la esquina, el inicio de lo que las brujas marcaban en su calendario bajo el nombre de «la estación oscura». Para un nigromante como él, todas las estaciones transcurrían marcadas por las sombras. Caleb sonrió en el asiento trasero del coche de lujo que habían alquilado. Se avecinaba una época de tinieblas, sí, en eso las brujas estaban en lo cierto, pero lo que no podían imaginar era que llegaban para quedarse, no como una pasajera ilusión, sino para anunciar el principio de una nueva era en la que hasta la luz se uniría a ellas.

El chófer condujo a través de las intrincadas callejuelas del centro, dando frenazos y acelerones para evitar a los viandantes, motos y furgonetas en pleno reparto, mientras Caleb repasaba en su móvil los numerosos mensajes y correos que se acumulaban en su bandeja de entrada.

Durante su extensa gira europea había dejado a José, su padrino, íntimo amigo y consejero de su padre, al cargo de la Hermandad de Madrid. Se suponía que era su más cercano consejero y aliado, pero Caleb sabía que sus ideas no estaban del todo alineadas con su visión de futuro. Igual que el resto de nigromantes de la ciudad, le había jurado lealtad mediante un antiguo y sagrado ritual. Sin embargo, José se había atrevido a introducir una modificación inesperada al final de la fórmula:

«Juro servir a la voluntad de mi líder con mi cuerpo, mi magia y mi vida. Hasta que la diosa Muerte me reclame, le pertenezco… siempre y cuando su mandato sea justo y noble».

Había sido una impertinencia por su parte, pero Caleb estaba tranquilo. Se veía como un dirigente justo y noble, el único capaz de representar semejantes ideales. Llevaba toda la vida rodeado de traidores y corruptos, así que solo tenía que asegurarse de hacer todo lo contrario que ellos. Aunque nunca era mala idea prevenir, y otra de las cosas que Caleb había aprendido en su breve tiempo al mando era que el viejo dicho «mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más» era tan popular por un buen motivo.

Por fin, el coche se detuvo ante la entrada de un discreto palacete cercano a la basílica renacentista de Sant’ Agostino in Campo Marzio. Abel se bajó del coche tan rápido que aún seguía en marcha cuando abrió la puerta. Plantó sus botas militares en el suelo romano como un conquistador que cubre de banderas la tierra reclamada. Caleb no movió un solo músculo de su cuerpo hasta que el chófer hubo abierto la puerta del flamante BMW. Bajó del coche con una calma que contrastaba con el nerviosismo perpetuo de su acompañante.

Cuatro hombres perfectamente trajeados, acompañados por unas sombras que habían adoptado la forma de perros guardianes, les esperaban junto a la puerta del palacete para escoltarles a su interior. A excepción de las cámaras de seguridad, que les vigilaban en cada esquina, la decoración del modesto palazzo parecía no haber sufrido la más leve transformación desde su construcción seiscientos años atrás. A Caleb no le sorprendía. Todos los líderes de la hermandad nigromante que había conocido eran reticentes al cambio, al menos hasta que se les ofrecía una mejor opción que ni siquiera ellos podían rechazar.

«Ten cuidado. No están contentos con tu visita», le advirtió la Voz. No era una gran revelación. Al principio ninguno de ellos lo estaba.

Caminaron como un rebaño conducido a través de las salas de elevados techos, decorados con frescos y suelos de piedra y mármol. Era hermoso, sin duda, pero Caleb no pudo evitar imaginar a los nobles que lo construyeron y que disfrutaron de aquella opulencia mientras las gentes de la ciudad trataban de sobrevivir. Recorrieron las estancias una tras otra a través de aquel edificio construido antes de que la civilización occidental incorporase ideas como los pasillos y la privacidad. El tour llegó a su fin cuando llegaron a un amplio despacho coronado con un retablo, enmarcado en pan de oro, que narraba un relato ambientado en las profundidades del infierno, o quizás en el día del juicio final.

Por mucho que le hubiese gustado poder admirar la obra de cerca, Caleb no estaba solo en la estancia. Desde un moderno sillón que contrastaba con el resto de la decoración, le observaba un hombre de mediana edad custodiado por otros dos hechiceros. Ninguno de los escoltas se retiró. El aroma de la diminuta taza de café que sostenía entre las manos se propagaba por toda la sala. —Il famoso Saavedra nella mia umile dimora —dijo poniéndose en pie.

Pasó del italiano a la lengua de la muerte, aquella que todos los nigromantes conocían, aunque el resto de la humanidad la hubiese olvidado—. ¿A qué se debe semejante honor? —preguntó, sin un ápice de la modestia que trataba de aparentar.

Exceptuando la ropa cara, el aspecto de Vincenzo Di Vaio era el de un hombre corriente de estatura media, facciones masculinas, nariz lo bastante grande como para desentonar en su rostro y una piel tostada por sus veranos en la Toscana. Tenía una barba de unos pocos días que comenzaba a tornarse gris, al igual que su cabello, lo que hacía que sus cejas negras destacasen aún más. Sin embargo, no había nada de corriente en Di Vaio, y la energía dominante en cada uno de sus pasos lo ponía en evidencia. Di Vaio era un hombre consciente del poder que tenía y que sabía utilizarlo. No se iba a dejar amedrentar por un muchacho, poco mayor que un niño.

—De verdad que no se me ocurre qué podría querer «el emperador» de un simple líder local como yo. ¿Un café, quizás? Es lo único que puedo ofrecerte —dijo señalando una segunda taza, otra prueba de que le esperaba. La Voz tenía razón. Había ojos vigilándole por doquier, incluso cuando se creía a salvo.

Caleb sonrió al oír el apelativo con el que Di Vaio pretendía burlarse de él. El de emperador era un título que nunca había buscado, pero tanto sus nuevos y fieles seguidores como los escépticos que se negaban a formar parte de sus planes se habían acostumbrado a llamarle así, como si nunca se hubiesen referido a él de otro modo. Unos lo hacían para adorarle y otros en un vano intento de ridiculizarle a él y a sus aspiraciones. A Caleb no le importaba lo que dijesen de él o qué nombres le reservasen. A veces, había que dejar que los enemigos creyesen que tenían la opción de resistirse. Abel, en cambio, palpitaba con rabia tras él. Para ser un simple sirviente, se tomaba muy en serio a sí mismo y no le agradaba que pusiesen su valía en entredicho. Abel no distinguía entre su orgullo y el de aquel a quien servía. Caleb tuvo que indicarle con un gesto de su mano que fuese paciente.

Avanzó un solo paso hacia Di Vaio, y sus guardaespaldas adoptaron una posición defensiva. A pesar de la soberbia de su líder, le consideraban una amenaza. Perfecto.

—Vengo a darte la oportunidad de que te unas a mí antes de que sigas diciendo por ahí que no soy más que un niño jugando a ser mayor en el despacho de su padre. —Sonrió y, tras un instante de shock inicial, Di Vaio se echó a reír.

—Eres directo, eso me agrada —dijo. Dio un último sorbo a su café antes de depositarlo sobre el escritorio.

—Ojalá pudiese decir lo mismo.

La risa se extinguió poco a poco y la tensión entre sus seguidores fue palpable. Parecía que, a pesar del gusto del italiano por las amenazas veladas, tenía la misma tolerancia hacia los insultos que Abel.

—Podrías haberte ahorrado el viaje —dijo tajante. El juego se había acabado—. No voy a aceptar.

Caleb cogió aire en un melancólico suspiro.

—Si me hubiesen pagado cada vez que he oído esas palabras, sería aún más rico de lo que soy. El líder de París las dijo, igual que el de Burdeos, el de Marsella, el de Mónaco… también las oí en Ginebra y en Berna, así que no me sorprende encontrarme con ellas en Roma.

—Vaya, qué pena. Se diría que no eres muy popular. No te preocupes, la ambición es un buen atributo, quizás cuando seas mayor…

Caleb tenía veinticuatro años, aunque sentía el peso de una eternidad crujiendo en sus huesos. Las decenas de milenios vividos por la Voz, se habían convertido en los suyos propios, y aun así, le miraban por encima del hombro porque «solo era un muchacho». Jóvenes, viejos… ¿qué sentido tenía un concepto como la edad cuando las dimensiones inabarcables de un poder infinito se tendían ante ti?

—Oh no, creo que no me he explicado bien. Todos ellos dijeron lo mismo que tú. Al principio, no dudaron en rechazarme, pero acabaron por cambiar de opinión.

La autosuficiencia se esfumó de la expresión de Di Vaio. La velocidad con la que Caleb movía sus fichas en el tablero era tal, que a los informadores se les debían de haber escapado los resultados de las visitas diplomáticas del joven líder.

—¿Sí? No me esperaba mucho menos de Morvan, la verdad —dijo Di Vaio refiriéndose al líder parisino—. Me temo que tengo malas noticias para ti: yo no soy como ellos.

—Eso creen todos, pero en realidad hay muy pocas personas especiales en este mundo, y menos aún que sean imprescindibles.

Caleb dio otro paso hacia delante y la tensión, palpable en el aire, hizo que los guardaespaldas de Di Vaio se lanzasen al ataque. Sin embargo, ninguno de ellos podía mover un solo músculo, incluyendo a Di Vaio, cuyos ojos bailaban de un lado a otro, convertido en poco más que una estatua de carne y hueso. Las sombras que seguían las órdenes de Caleb se habían introducido en sus cuerpos, apoderándose de ellos tan rápido que ni siquiera las habían visto.

Casi podía oír lo que el líder de Roma estaba pensando. Imposible. Petrificar a siete nigromantes poderosos de esa forma, sin tener que pronunciar una sola palabra no era un poder al alcance de la gran mayoría de los nigromantes, y él… Todos creían que había perdido su magia. Para aumentar su impresión, Caleb caminó hacia él y se quitó poco a poco los guantes negros que cubrían sus manos. Estas permanecían intactas. Una de las primeras cosas que había hecho después del ritual de la jura de lealtad había sido deshacerse de las marcas que las sombras habían dejado en su carne, el precio que los nigromantes pagaban por su poder. Todos menos él.

—¿No me crees? —preguntó Caleb, mientras se quitaba la chaqueta de traje—. Muchos piensan que es un truco… —se remangó la camisa para demostrar que su brazo también había resultado ileso tras el uso de la magia —… un espejismo. Pero, en el fondo, todos sabéis que no es así. Lo podéis sentir, ¿verdad? Las sombras me obedecen, sin condiciones.

Devolvió a la vida el cuerpo de Di Vaio con un chasquido de dedos, le agarró por el cuello de su cara camisa de algodón hecha a medida y le atrajo hacia sí con la autoridad de un hombre que se sabía dueño de todo cuanto quisiera poseer.

—Tienes dos opciones, Vincenzo: rebelarte contra mí y renunciar a toda tu magia ahora mismo, y con ella, a tu miserable vida, o entregarme el veinte por ciento de tu poder y tu lealtad. Solo el veinte. No te supondrá más de un par de años de vida, si te adaptas bien. A cambio, podrás formar parte de un grandioso imperio que ningún nigromante se atrevería a soñar.

Di Vaio vaciló.

—¿Te atreverías a matar a uno de los tuyos a sangre fría? —preguntó, tan solemnemente como se lo permitieron las circunstancias—. Sabes bien lo que dicen nuestras leyes al respecto.

—Leyes que ya no me interesan. Leyes de un mundo viejo y marchito. Mírame a los ojos —ordenó Caleb, y supo lo que Di Vaio encontraría en ellos. La verdad escondida en los oscuros irises de Caleb era el recordatorio de que había fuerzas tan poderosas y crueles en este mundo que ni siquiera un nigromante o una bruja podían domarlas.

Caleb soltó al hombre y Di Vaio cayó de rodillas al suelo. Tras unos cuantos segundos para asimilar lo que había visto y experimentado, Di Vaio alzó la mirada hacia él, con una mezcla visceral de admiración, asombro y terror.— A… acepto.