El Secreto del Inframundo

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Summary

Nadie en el Olimpo conoce su nombre. Nadie en el mundo mortal sabe que existe. Erebia ha vivido siempre en el Inframundo, protegida por el silencio y por una decisión tomada mucho antes de que pudiera comprenderla. Lejos de la luz y de las miradas de los dioses, su existencia ha permanecido al margen, integrada en un reino donde nada necesita ser visto para existir. Allí abajo, todo se sostiene en equilibrio. Pero incluso lo que se oculta deja huella. Cuando las fronteras entre los mundos comienzan a ceder, con imperceptibles desviaciones, aquello que fue apartado durante siglos empieza a reclamar espacio. No como una amenaza inmediata, sino como una consecuencia inevitable. Porque ningún secreto permanece intacto para siempre. Y ningún equilibrio es eterno.

Genre
Fantasy
Author
Melinoe
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I


El Inframundo no ofrece espejos. Las aguas reflejan lo que fuiste, no lo que eres, y las sombras no juzgan: acompañan. Aprendí pronto que aquí abajo todo existe en equilibrio.

Vivía en una parte del palacio que no era de paso. Columnas altas, mármol oscuro, pasillos que no conducían a ningún sitio importante. No era un lugar olvidado, solo apartado. Tranquilo.

Allí nadie llegaba por casualidad.

Tánatos aparecía a veces.

No anunciaba su llegada. Simplemente estaba allí, sentado en el borde de una balaustrada, con las alas plegadas y la mirada perdida en algún punto que yo no podía ver.

—Llegas tarde —le dije una vez, sin reproche.

—Siempre llego a tiempo —respondió con una leve sonrisa.

Tánatos no hablaba mucho. No lo necesitaba. A su alrededor, el Inframundo parecía respirar más despacio. Me gustaba caminar con él por los pasillos vacíos, escuchar cómo sus pasos no dejaban eco.

—¿Nunca te cansas de esto? —le pregunté una vez—. De llevarte a los que ya no pueden quedarse.

Me miró con atención, como si midiera cada palabra.

—No me llevo a nadie —dijo—. Solo acompaño.

Aquella respuesta se me quedó grabada.

Con él no fingía nada. Podía ser yo misma. A veces hablaba más de lo habitual, como si su silencio me diera permiso.

Había escuchado otras voces también. Las de algunas almas de los Campos Elíseos. Tranquilas. Serenas. De ellas había aprendido fragmentos del mundo de arriba: palabras sueltas, colores difíciles de imaginar, historias que nunca parecían del todo completas.

No preguntaba demasiado. Escuchaba.

Una vez, mientras caminábamos junto al río sin nombre, rompí el silencio.

—¿Cómo es? —le pregunté una vez a Tánatos, sin mirarlo.

No respondió enseguida.

—¿El qué? —preguntó, aunque sabía a qué me refería.

—Arriba —aclaré—. El mundo de los vivos.

El silencio se tensó, apenas perceptible.

—Es ruidoso —dijo al final—. Demasiado lleno de cosas que no esperan.

—¿Y el sol? —insistí—. ¿De verdad es tan distinto de cualquier otra luz?

Tánatos me miró entonces, con una atención más cuidadosa.

—No se parece a nada de aquí —respondió—. Por eso cansa.

Aquella respuesta no me tranquilizó.

Me intrigó más.

—Dicen que el mar nunca se queda quieto.

—Es cierto —confirmó—. Incluso cuando parece en calma.

Guardé silencio unos segundos, imaginándolo.

—Debe de ser bonito.

Tánatos bajó la mirada.

—También es peligroso.

Lo miré entonces.

—¿Por dónde se sale? —pregunté.

Tánatos se detuvo.

—¿Salir? —repitió.

—Arriba —aclaré—. Al mundo de los vivos.

No lo miré cuando lo dije. Observé el agua oscura, esperando que siguiera fluyendo igual.

—No hay un solo camino —respondió al cabo—. Hay pasos. Umbrales. Lugares que no siempre están abiertos.

—¿Y tú los conoces?

—Sí.

—¿Y mi padre?

Tánatos tardó un segundo más en responder.

—También.

Asentí despacio.

—Entonces existen —dije—. No son solo historias.

—No —respondió—. Existen.

Guardé silencio unos segundos más. El río seguía fluyendo con la misma calma de siempre, como si nada de lo que hablábamos pudiera alterarlo.

—Las almas de los Elíseos dicen que el cielo cambia de color —añadí—. Que no es siempre igual. Aquí todo lo es.

Tánatos no me contradijo.

—Arriba nada se mantiene mucho tiempo en el mismo estado —dijo—. Ni la luz, ni el mar, ni las personas.

—¿Y eso es malo?

—Depende de quién lo mire.

Me quedé pensando en ello.

—Supongo que por eso hablan tanto —murmuré—. De lo que fueron. De lo que dejaron atrás.

Tánatos inclinó ligeramente la cabeza.

—Porque arriba todo ocurre una sola vez.

Esa idea me dejó quieta.

—Aquí no —dije.

—Aquí las cosas permanecen.

Deslicé los dedos sobre la piedra fría del borde del río.

—Quiero verlo —dije al fin—. No ahora. No de cualquier manera. Pero… quiero saber cómo es estar allí sin que me lo cuenten otros.

No fue una súplica.

Tampoco una decisión cerrada.

Fue una verdad dicha en voz baja.

Tánatos no respondió de inmediato. Observó el agua, las sombras, el camino por el que transitaban las almas.

—Hay deseos que no nacen de la falta —dijo—. Nacen de la comprensión.

—Entonces lo entiendes.

—Lo entiendo —admitió—. Pero entender no significa abrir puertas.

No insistí.

—¿Crees que mi padre lo sabe? —pregunté, casi sin mirarlo.

Tánatos tardó un poco más en responder esta vez.

—Tu padre sabe muchas cosas —dijo—. Algunas antes incluso de que se digan en voz alta.

Eso no me sorprendió.

—¿Y aun así…?

Tánatos me miró con una atención distinta, más grave.

—Aun así, hay razones para la cautela.

No dije nada más.

El río siguió avanzando sin desviarse, arrastrando reflejos que no me pertenecían. Tánatos retomó el paso y yo lo seguí, dejando atrás la conversación como quien deja una pregunta sin responder.

Aquella noche, al regresar a mis estancias, soñé con el sol, con el mar.

Soñé con un lugar que no conocía,

y con la certeza de que quería verlo con mis propios ojos.