Capítulo 1 - EL PRIMER ECO

Mi primer recuerdo… mi primer recuerdo es lejano en tiempo y memoria, según supe por mis padres tenía apenas nueve meses cuando aprendí el mundo era un lugar de bordes filosos. Estaba allí, indefenso sobre aquel mueble de madera fría, sintiendo el aire helado de la montaña colarse por las rendijas de la cabaña. Frente a mí, mi madre, una extranjera de piel trigueña, cabello rizado color chocolate y ojos miel que parecían siempre estar buscando un horizonte que no era este.
- ¡Mira lo que hizo! - gritó ella, y su voz no era de una madre, sino el sonido de una cuerda de un violín demasiado tensa rozada por un arco de alambre de espino. Sonaba hueca, despojada de cada gramo de vida, como si las palabras no vinieran de sus pulmones, sino de esa maldad oculta.
- ¿No vas a hacer nada? – recuerdo ver la neblina entrar en su rostro, transformando su belleza en una máscara roja de furia contenida que contrarrestaba con la suavidad inocente de su sweater rosa pálido. Llamaba a mi padre, que se acercaba con la pesadez de una tormenta de piedra. Él no estaba enojado, no, él estaba vacío. La ubel vaporis ya había envuelto su corazón hacia unos años y comenzaba a devorar su compasión lentamente.
Sin una palabra, sin vacilar, ni un rastro de duda, su mano bajó sobre mi piel desnuda. No fue un golpe, fue una sentencia.
- ¡Eso querías? Listo, hecho está dijo pasivamente como quien avisa que sale a comprar mercado o que va a sacar el perro a pasear.
En ese instante y de inmediato, cuando aún no podía decir palabras, pero entender las que escuchaba y oír mis propios pensamientos, mi llanto broto no solo por dolor físico. Lloré por qué, por primera vez, mis dones se activaron. Sentí el eco de su vacío golpeando mi propio corazón. Sentí la hipocresía de mi madre que ahora le gritaba - ¡Bruto! ¿Cómo pudiste darle siendo tan chiquita? ¡Mira cómo le dejaste! - Mientras sus propios ojos seguían brillando con esa satisfacción oscura y alivio de haber logrado que otro hiciera el trabajo sucio.
Allí, entre pañales de tela, gritos y ardores, mi joven cerebro imprimo el conocimiento y supe que mi familia no era un refugio, era una trampa.