Capítulo 1
Título: No me olvides.
Tenía que admitir que se tomó su tiempo para caer en cuenta. Una mañana simplemente despertó. Se encontró con un repentino tiempo libre.
A pesar de tener unas largas vacaciones inesperadas, su reloj biológico no le permitía dormir más de la cuenta.
La cama estaba fría a su lado, demasiado fresca para un invierno tan helado. Era una prueba física de que su acompañante se había marchado hacía tiempo.
Nathaniel se había levantado con entusiasmo, recordando que su madrugadora pareja, siempre le preparaba un desayuno ostentoso antes de ir al trabajo.
Se decepcionó, sin embargo, al salir del dormitorio y no sentir ningún aroma particular a comida. Pensó por un momento que el fuerte y fragante olor a café lo cubría, pero al llegar a la cocina no encontró ningún plato con tostadas o huevos revueltos.
Ariel estaba sentado en la pequeña mesa, leyendo con desinterés el periódico en una de sus manos. Tenía una taza de café en la otra.
El hombre pelirrojo le dedicó una mirada desapasionada como saludo. No hubo abrazos efusivos, tampoco besos apresurados. Ni siquiera una sonrisa rápida y ligera.
—Buenos días, cariño. —Había saludado, recibiendo solamente una mirada breve, una mueca irritada y un saludo forzado:
—Nathaniel —fue la única respuesta que recibió después de eso.
El silencio que siguió le resultó incómodo, pero tan familiar que le hizo estremecer.
Buscó en el refrigerador para tener algo que hacer. Tenía todo y más de lo que necesitaba, pero él ni siquiera recordaba la última vez que fue a comprar alguna de esas cosas.
Preparó las tostadas él mismo. También los huevos revueltos. Incluso pensó que una pequeña ensalada de frutas podría endulzar la mañana extrañamente amarga.
Hizo trozos un par de manzanas. Sus movimientos eran bruscos y desordenados, como si hubiera perdido la práctica. Eso también le hizo preguntarse la última vez que tuvo un cuchillo en sus manos.
Preparó café, porque no quedaba ni un poco en el termo. Y al notar de vistazo la taza vacía de su novio. Decidió hacer suficiente para ambos.
Panqueques y jugo de naranja se agregaron a su menú. Llevó los platos a la mesa, sirviendo con lentitud, temblando ligeramente cuando no supo reconocer los vasos habituales, así que se obligó a tomar unos aleatoriamente.
Dio vueltas de las que podría recordar en su vida. Buscando a tientas dónde se guardaban las cucharas, dónde se guardaba el café, o en qué recipiente estaba el azúcar.
Cada vez que pensó en preguntar, se estremecía al voltear el rostro y observar a su novio. Su pelo estaba hasta los hombros, sus lentes eran un marco plateado perfecto para sus ojos grises.
Pero su mirada era pétrea, indiferente mientras leía el periódico con lentitud. Sus labios formaban una curva permanente hacia abajo.
Lucía distante a pesar de estar solo a unos pasos. Nathaniel no sabía cómo acercarse, y le asustaba profundamente el ambiente austero del lugar.
Le tomó más tiempo del que le gustaría poner la mesa. Pero logro hacerlo, aunque a duras penas. Cuando se sentó en la silla frente a Ariel, él hombre levantó la vista momentáneamente, observó la comida, ladeó la cabeza y dirigió su mirada sombría a Nathaniel.
—Gracias —murmuró, y él tembló al darse cuenta.
Ariel era casi irreconocible, tenía arrugas en las comisuras de sus ojos que no deberían estar presentes tan marcadamente, cuando apenas había cumplido los treinta.
Las curvas de sus labios formaban una mueca permanente, algo que le rompió un poco el corazón.
Pero tampoco recordaba que el cabello del hombre fuera tan largo. Ni siquiera debería ser rojo.
Nathaniel tembló al no lograr encontrar una fecha, en la que ese color se haya hecho presente.
Cuando Ariel se sirvió otra taza de café, la mano de Nathaniel, que llevaba un bocado de panqueques a su boca, se detuvo en el aire repentinamente.
Su novio odiaba el café. Decía que el sabor era demasiado fuerte, que prefería las cosas dulces y no necesitaba algo que le amargara la vida. Sin embargo, en ese momento, Ariel no agregó ni una cucharada de azúcar a su bebida.
Tomó un largo trago sin inmutarse. Sin la absurda mueca de asco que hizo la primera vez que Nathaniel le hizo probarlo. Y esa vez la taza estaba más llena de azúcar que de café. Aún así, Ariel afirmó que el amargor le consumía los labios.
El otro hombre volvió a tomar el periódico, recordándole dolorosamente que Ariel tampoco solía leerlo.
Fue su culpa, se dio cuenta tardíamente. Poco a poco empezó a recordar algunas cosas que lo arrastraron hasta este punto tan abrumador.
Su novio siempre hacía el desayuno. Lo habían decidido cuando se mudaron juntos diez años atrás. Todo por la retorcida costumbre de Ariel de levantarse demasiado temprano.
Él siempre se aseguraba de llenar la mesa, antes de que Nathaniel se marchara al trabajo. Pero una mañana decidió que estaba demasiado ocupado, como para detenerse y valorar el esfuerzo.
Esa vez se marchó sin mirar la mesa. Tampoco se molestó en recibir el entusiasta abrazo de buenos días de su novio. Fue la primera de muchas mañanas, hasta que Ariel desistió, cansado de cocinar en vano.
Cada vez que se iba sin un beso de despedida, él otro le dirigía un ceño fruncido, que ahora dominaba por completo su rostro antes amable.
Al verlo picotear los huevos revueltos, recordó con incomodidad que pasados por agua eran los favoritos de Ariel.
Algo se apretó en su pecho al verlo untar mantequilla a su tostada, cuando su novio tenía una afición a la mayonesa que él mismo había dejado abandonada en la encimera.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de angustia, mientras intentaba recordar la última vez que tuvieron intimidad. Soltó un sollozo al darse cuenta de que quizás ni siquiera compartían habitación.
Al escucharlo, Ariel levantó la vista, pero no preguntó, no hizo ningún comentario. Simplemente se levantó de la mesa, dio por terminado su desayuno, y se marchó sin decir palabra.
Nathaniel no podría evitar por más que lo intentara, que las lágrimas se derramaran y mancharan su rostro. Recordó a Ariel llorando en una cama que no era la que se suponía que compartían.
El rostro del hombre había estado rojo, había levantado la vista para mostrarle unos ojos llenos de dolor y desesperación. Pero él mismo siguió de largo por el pasillo. No miró atrás, pero escuchó los sollozos aumentar en frecuencia y volumen.
Se levantó de la mesa, queriendo ir tras su amado, pero se derrumbó en medio del pasillo. Se dio repentinamente cuenta de que probablemente no parecía amarlo tanto.
Lloró, su cuerpo tembló con una fuerza desgarradora. Su respiración se cortó, y él se ahogó en sollozos como nunca lo había hecho.
Cubrió su rostro enrojecido de vergüenza con sus manos. Deslizó sus dedos por su cabeza. Y sintió que su cabello estaba cortado al ras, cuando él siempre lo había mantenido largo.
Recordó que en su adolescencia lo cuidaba con esmero, porque su rostro era su inseguridad más fuerte y su cabello le permitía ocultarlo. Eso fue hasta que Ariel le confesó que el pelo largo le parecía sexy. Desde ese momento dejó de ser solamente un mecanismo de defensa.
Lloró, sus sollozos se convirtieron en gritos de dolor y rabia consigo mismo. Porque tampoco recordaba desde cuando Ariel usaba lentes.
Por un momento consideró haber olvidado el color de sus ojos. Pero tembló de horror al recordar la pícara mirada miel, que lo había embobado hacía años.
Ariel llegó al pasillo. Mientras, él se hundía al fondo de una miseria que había construido.
Unos dedos delicados de posaron en su mentón, y él se estremeció con dolor. Levantó la vista hacia unos ojos grises que le resultaban familiares, pero también completamente desconocidos.
Esa mirada gris tormenta se suavizó al verlo. Pero Nathaniel sollozó más fuerte, sintiéndose poco merecedor de consuelo.
—¿Nath? ¿Qué sucede? —Preguntó una voz de tenor que le estremeció el corazón. —Nunca te había visto así.
Y Ariel le dirigía una suave sonrisa, la primera desde hacía tanto tiempo que él ni siquiera podía recordarlo.
Se arrojó a sus brazos, rompiéndose en pedazos cuando Ariel pareció sorprendido de que buscara su tacto activamente.
Lloró y gritó hasta que la garganta le ardía. Sentía las manos de su novio acariciar suavemente su espalda, en un pequeño gesto de consuelo.
Lentamente fue reconstruyendo fragmentos de cosas que cambiaron irrevocablemente. Como el hecho de nunca haber notado que su amante se había mudado a la habitación de invitados.
Levantó el rostro, separándose un poco del fuerte abrazo que tenía sobre Ariel. Llevó una de sus manos a su mejilla, lentamente, temiendo un rechazo. Pero el hombre permaneció inmóvil.
Soltó un pequeño sollozo cuando acercó su boca a la de Ariel. Llevaban meses sin besarse, y su novio, quien normalmente siempre se lanzaba sin miedo, ahora estaba inmóvil, con una mirada confusa entre sorprendida y esperanzada.
Nathaniel se abalanzó sobre esos labios. Lo besó con fiereza, con una pasión desbordante, con temor a terminar de perderlo todo.
Soltó un pequeño gemido de dolor, angustiado cuando Ariel permaneció quieto. Pero el otro hombre deslizó sus dedos hasta su nuca cuando intentó alejarse, y estrelló su boca contra la suya.
Su corazón se rompió en pedazos, sintiendo la desesperación de Ariel a través de su beso desenfrenado. Apretó los ojos con fuerza, que se llenaron de lágrimas mientras su pecho se agitaba con dolor, y abrazó a su novio como si esa fuera la misión de su vida.
—Perdóname —rogó en el momento donde el oxígeno fue necesario.
Ariel simplemente volvió a besarlo, pero esa mañana no dejó de disculparse, aunque una sola palabra no tuviera la capacidad de reescribir años de dolor.
Pidió perdón entre besos. Lo abrazó con fuerza y se dejó desnudar, no solo el cuerpo, sino también el alma.
Siguió sollozando mientras lo guiaban a la cama. Rogó disculpas mientras lo recostaban en el grueso edredón.
No soltó a Ariel, y él tampoco se alejó, ni siquiera cuando el dolor en su pecho fue tanto, que necesitó algo a lo que aferrarse, y sus uñas se clavaron en sus brazos desnudos.
Esa mañana entregó su corazón y cada pedazo de sí mismo. algo que nunca había hecho antes. Jamás le había dado esa confianza a su amado.
Y él lloró al pensarlo porque, ¿qué tipo de amor era ese?
Pidió perdón incluso entre gemidos. Entre las caricias que extrañaba con todo su ser y había tenido el descaro de abandonar.
Pidió perdón a pesar de las suaves palabras de Ariel. Aquellas que le decían que todo estaría bien. Aquellas que juraban perdonarlo.
Se disculpó contra los labios que intentaban acallar sus súplicas. Se arqueó hacia el placer, pero entre sus gritos de éxtasis, se enredaban el nombre de Ariel y la palabra perdón.
Cuando ambos cayeron desnudos y exhaustos en la cama, él siguió murmurando disculpas, hasta que el cansancio fue más fuerte y lo obligó a dormir.
Pero durmió con la promesa en sus labios de que volvería a enamorarlo. De que haría todo lo que estuviera a su alcance, para revivir las llamas de su amor a partir de las pequeñas brasas que le quedaban.
Volvería a traer luz a esos ojos apagados. No se permitiría caer nuevamente en la costumbre, a dar por sentado que todo estaba bien.
Volvería a conocer a su amado, porque pasamos los años convirtiéndonos en alguien nuevo cada día.
Nathaniel seguiría pidiendo perdón. Pero también rogará al cielo no haber perdido por completo la oportunidad de mejorar. Porque hasta ahora no había pensado en lo desgarrador que sería no tenerlo.
—Te amo —Le dijo a antes de quedarse dormido. Casi vuelve a derrumbarse por no poder recordar la última vez que lo dijo, pero el cansancio lo venció y cerró los ojos.
Ariel sonrió, sus ojos se llenaron de lágrimas, con la esperanza flotando en su interior.
—Yo también te amo —respondió, aunque sabía que Nathaniel ya no podía escucharlo.
Solo esperaba que valiera la pena.