Capítulo 0
Una hilara yacía inerte en medio de una laguna de sangre sobre la mesa de cristal del Aula Magna, en los cielos. Las alas y cuerpo de águila del animal, se estiraban en forma de cruz de cara a las nubes, que sollozaban la muerte de una de sus más fieles guardianas.
Alrededor, los seis serafines que observaban al animal palidecían ante la imagen, envueltos en un silencio que podía romperse con el fino filo de una wolffia. Nadie se atrevía a apartar la vista de la criatura, ni mucho menos evitarla. No cuando el escrito del papiro clavado dolorosamente por una flecha en su pecho, anunciaba un mensaje tan perturbador.
”Melione ha sido secuestrada. Las pruebas culpan al Firmamento. La guerra contra los cielos y los humanos es declarada“.
Aquello parecía no tener sentido, ni para los mismos desquiciados monstruos del abismo.
La ninfa del averno, Melione, reina y musa de los demonios, era una de las comarcas más poderosas y atesoradas en el bajo mundo. Encargada de administrar los recursos vitales de su pueblo, de proteger los ciclones que daban paso a la dimensión, y de asegurar el balance total de sus especies, formaba una pieza fundamental para que el infierno prevaleciera.
Si Melione era robada de los demonios, significaba el comienzo de la destrucción del universo. Si Melione era robada del averno, significaba que alguien había quebrantado el sagrado Tratado de Paz.
—¿Cómo lo han hecho? —preguntó Asbael, el tercero al mando de los serafines, con la cabeza gacha.
—Han usado una flecha de dranda. —El quinto de ellos llamado Nuriel, contestó—. El veneno no logró asesinarla hasta que tomó la suficiente altura como para que sus hermanas la vieran y rescataran antes de caer.
Si prestaban atención, a lo lejos después de los muros de cristal blanco podían oír a las hilaras chillar de pena.
—¿Qué tan verídico es esto? —Casi se quebrantó la voz del cuarto, que hundía sus nudillos en la mesa hasta tornarse blancos por el dolor de sus guardianas— ¿Qué tan... oficial es?
Sabriel, el más joven y sexto en el orden de su jerarquía, señaló el pecho de la criatura que empapada en escarlata, perdía el brillo de sus ojos amarillos.
—Tú lo estás leyendo, Cadfael. Nos han declarado la guerra.
“La guerra”, repitieron al unísono en sus mentes, y las plumas de las seis alas que cargaban en sus espaldas temblaron.
Antes del Tratado de Paz, los cielos, el infierno y la tierra vivían en una disputa infinita por el poder. Día y noche, los ángeles y demonios buscaban incesantemente la mayor cantidad de almas que pudiesen salvar o condenar en sus territorios, y la ira y la violencia hundía a los cielos e infiernos en cruzadas que terminaban por muerte de mortales e inmortales a la par, hasta llegar a ser insostenible.
En este punto, se creó el acuerdo que aseguraba la coexistencia del bien y el mal. Hecho en condiciones en las que ninguna criatura del cielo podía pisar el suelo del infierno, ninguna criatura del infierno podía pisar el cielo, y tampoco convivir directamente con los humanos. Eran intocables entre sí, casi innombrables e imperturbables, hasta el punto de considerarse prohibidos.
Por mucha vorágine que causara el infierno, debía limitarse a las restricciones que aplicaba la ley del tratado. Y por mucha justicia que deseara cobrar el cielo, debía sostenerse a sus fronteras. Los mortales, entonces, quedarían libres de la zozobra de las especies mágicas y sus batallas, más no impunes a los susurros de los ángeles y demonios que seducían sus corazones. Las propias elecciones de los humanos dictarían su destino, y alimentarían a una de las dos dimensiones, celestial o infernal.
La “paz” finalmente, se volvió un concepto necesario para evitar el apocalipsis, y había permanecido de esa forma por las eternas lunas que le siguieron. Después del Tratado, la idea de que volvieran los días de masacres y devastaciones habían quedado en el simple olvido y en una imposibilidad.
Pero hoy, con aquel escandalizante anuncio y la noticia de la desaparición de Melione, la pesadilla que tanto habían temido comenzaba a cobrar vida frente a sus ojos.
—Es una locura. Los cielos no tenemos a Melione. —comentó Nuriel, frunciendo su ceño—. Jamás hemos puesto un pie en el infierno, ¿por qué la secuestraríamos?
—Es imposible. —Cadfael exclamó—. Y una terrible ofensa, debemos hacer algo al respecto.
Sabriel asintió en acuerdo.
—Dicen tener pruebas, pues exigimos verlas. —Abrió las palmas de sus manos.
Y Jeshouel, el segundo líder de los serafines, que contaba los respiros de su alma uno a uno desde que había sostenido el cadáver de aquella hilara hasta el Aula Magna, levantó su rostro hacia uno de sus cinco hermanos e inquirió:
—¿Qué tanto sabe el Gran Maestro de esto?
Iluminado por un haz de luz invisible pero poderoso, bañando el precioso cabello de oro y las cicatrices pálidas de la piel de sus ojos vendados por unas telas blancas, Ashmael, el primero de todos y ángel más cercano a Dios, juntó sus manos frente a sus labios que dejaron de estar sellados para proclamar:
—Lo sabe todo. —Su voz fue tersa cual canto de infante, y dura como el diamante—. En estos momentos, él habla con el infierno.
La brisa divina fue lo único que respondió entre los pilares.
—¿Qué dice, Ashmael?
Jeshouel se atrevió a indagar por segunda vez, el nudo de la garganta ardiéndole cual lamidas de fuego.
—Quiere hablar con nosotros y después, pide que reunamos a las Legiones y preparemos el Gran Salón.
Las alas de los serafines se irguieron a las alturas de inmediato, y cada uno de los cinco se enderezaron en posiciones militares como cada que el primero de sus hermanos anunciaba una orden del Creador.
—Ya lo han escuchado. —Asbael habló, envolviendo entre sus dedos el cetro de perla que hizo aparecer en el aire—. Debemos urgentemente correr la voz entre nuestros hermanos y que se enteren de todo.
Aleteos cortaron los vientos dispuestos a volar, pero Ashmael de prisa interrumpió:
—No todo.
Y ante ello los serafines se volvieron hacia su hermano, que a través de las vendas de sus ojos les encaró.
—¿A qué te refieres, Ashmael?
Segundos pasaron en silencio, la boca del primero se tornó rígida y albar ante lo que sea que le informaba Dios en su cabeza.
—Hay cosas... —murmuró, los dedos temblaron encima del cristal— ...Que el resto de los ángeles ni los mortales deben saber.
Los seis se serafines sobresaltaron, la intriga pululó venenosa de desasosiego.
Ashmael entonces agregó:
—...Por el bien de todos.