Un lugar llamado Charoita

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Summary

Tristan L. Rayle despierta en un lugar que no aparece en ningún mapa, rodeado de sombras y paisajes que parecen hablar en susurros. Ha llegado a Charoita sin entender cómo ni por qué, pero pronto descubrirá que en este extraño sitio nada es casual. Con preguntas sin respuesta y su alma a medio armar, deberá enfrentarse a todo aquello que lo empuja, lo niega.

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Un lugar llamado Charoita

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Letrame editorial.

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© Joseph Sánchez

Primera edición: 2025

Capítulo 1

El visitante de bronce


Las páginas antes blancas dejan de serlo, las teclas son golpeadas, y forman la idea que ronda insistente. Esto ocurre muy, muy lejos de Tristán L. Rayle. La arena blanca yace bajo el varón de cabellos ébano: una suave sábana que lo mantiene dormido por largos periodos, el tiempo no es precisamente correcto. Abre los ojos castaños con cuidado. Pestañear es el primer movimiento en su cuerpo delgado y levemente musculoso. Formaba un ovillo, y su cerebro comenzaba a funcionar con cada segundo. En un principio creyó estar recostado en su cama, claro. ¿Por qué no? Sería lo más coherente, sin embargo, se da cuenta de que un gélido aire levanta «la sábana», alzando los finos granos sobre él sin introducirse entre sus largas pestañas. Entonces escucha las olas a su espalda, y decide levantarse con lentitud, luego de aclarar la vista, reprime un gemido de sorpresa cuando la playa donde ha despertado no es Grezka (el sitio al cual pertenecía), ni siquiera cercano a él, porque alza la mirada y ve un centenar de viviendas: hermosas, enormes y hechas de madera de cedro. Sin embargo, lo extraordinario es que se encuentran construidas alrededor de troncos gruesos de secuoyas gigantes, aseguradas por vigas de acero, a no menos de cincuenta metros del suelo. Las luces de las antorchas revoloteando por doquier le indicaron que no estaba solo en ese sitio, un sitio por demás extraño. Siete yardas lo mantienen alejado del ajetreo. Caminó con las piernas aún débiles.

Los pantalones cortos que porta se han rasgado del lado derecho en la parte de abajo, y su pecho desnudo sufre por una brisa proveniente del océano.

Estaba oscuro, aunque la luz de la luna lo bañaba todo. El miedo que sintió no le permitía admirar la bella imagen.

Él era el primero de tres hijos de una mujer amable y de un hombre que en su juventud fue apasionado al boxeo y luego un piloto más de los muchos otros.

Elizabeth Rayle.

Jason Leth.

Estos nombres significaron protección y seguridad para él.

Una torre en la punta de la montaña más alta a la lejanía en medio de la isla fue lo segundo en presentarse ante sus ojos incrédulos, pasando las múltiples viviendas, en la brecha marcada por altos postes. Una torre gigantesca (en verdad lo era), pues a pesar de la distancia que los separaba, podía saber que era exactamente eso: una torre que podría tocar las nubes. Era recta, perfecta, y muy impresionante.

Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. Probablemente se tratase de una pesadilla. Cerró los ojos intentando engañarse de que así era. Quería darle crédito a su increíble imaginación, que la arena entre los dedos de sus pies era producto de ella, la brisa que cortaba con cada nueva ola… Ese no era su conocido mundo, pues la misma luna nunca estuvo más grande y brillante.

Al abrir los párpados nuevamente casi cae hacia atrás, a unos pocos metros era observado.

Nervioso, y apartando la incertidumbre, permaneció quieto mientras el extraño se acercaba con curiosidad, pero en sus pasos era evidente que mantenía cierta precaución. A dos metros se detuvo, pasando la vista desde los pies a los cabellos de Tristán, los rulos y la piel ligeramente tostada por el sol debían resultar algo único para el chico pálido, quien veía con detenimiento y con interés casi palpable.

Tristán no pudo más, y preguntó con voz temblorosa, aunque el otro adolescente no notó este detalle:

—¿Puedes ayudarme? Mi nombre es Tristán…, desconozco tanto, creo que un poco de ayuda me vendría bien —habló demostrando su desesperación—. He despertado recién, y nada parece decirme que esto, todo, sea real.

El joven enfrente suyo parecía no haberle escuchado, los ojos púrpuras le veían con una intensidad capaz de intimidar al más valeroso, recibía una orden silenciosa de permanecer quieto. Tristán volvió a preguntar con más confianza al no percibir intenciones hostiles:

—¿Puedes entenderme? Necesito ayuda. Parece increíble, puedes creer que miento, o que he perdido la cabeza, pero no estoy donde debería estar. Solo dime hacia dónde ir, busco un sitio en específico —decía en un hilo de voz. Al cabo de sus palabras, el pálido joven se acercó a paso decidido, por lo cual, dio varios pasos atrás, metiéndose los pies al agua. La baja temperatura no le importó en ese segundo. No se sentía preparado para una confrontación.

—¿Qué clase de cosa podrías ser tú? ¿Por qué eres tan diferente? Hazme saber tus intenciones —ordenó con tono autoritario, tenía el cabello plateado que llegaba por debajo de la mandíbula marcada y se agitaba como las páginas de un libro abierto.

Tristán detuvo sus pasos al oírle. Decidió acercarse, pero con una desconfianza natural.

—He dicho que necesito ayuda, caí hace poco. No sé nada más —repitió, y aquel le sonrió ampliamente. ¿Por qué se le había asemejado a bestias come hombres al vislumbrar esa mueca? Definitivamente nada estaba bien.

—¿Dices que vienes de arriba? Suena interesante. ¿Puedes enseñarme? —Adoptó una expresión pensativa—. No, es más probable que seas un mentiroso sagaz. Me estoy pensando en qué hacer a continuación, pues la imagen que me ofreces no es la mejor.

Tristán le miró sin comprender. Sentía que hablaba con un infante, aunque obviamente era un adolescente muy cercano a su edad: cumplía quince años ese mismo día. Pero claro, ya no estaba seguro de si habían pasado más de algunas horas en letargo. No había modo de saberlo. Exactamente el 19 de marzo del año 1970 sería la fecha en que dejaría todo lo que alguna vez llamó «casa», muy atrás.

Se dejó caer en la arena seca, tan blanca como la piel del extraño.

«Si este no es el infierno… ¿A dónde fui a caer?».

Se había jactado muchas veces de ser excepcionalmente habilidoso en casi cualquier cosa que se había propuesto hasta entonces, no necesitó de otros para sentirse bien. Había desestimado a los chicos del equipo de baloncesto, como también a las chicas que se habían tomado su tiempo en acercarse (aunque siempre con bastante cortesía). ¿Su egocentrismo era una causa suficiente para merecer ser desechado? Porque así se sentía.

¡Claro que esa no era la razón! Pero fue tanta la convicción por olvidar que ya no era él quien había asesinado al otro chico…, sino un rostro deforme y ajeno a la actualidad.

—Te ayudaré. Ven conmigo, mi madre tal vez tenga idea de lo que hablas, y quizá…, sabrá lo que eres —oyó Tristán, y la mano fría le ayudó a levantarse. En poco tiempo estuvieron por debajo de las viviendas, una a una. Un par de niños les observaron pasar: fascinados y estáticos, pero al adentrarse más, el dígito se disparó. Fue tragado por la inmensidad del bosque, del nuevo mundo de oscuridad y aire frío.

—¿Cómo te llamas? Yo ya te he dicho mi nombre…

—Oh, es cierto, mi nombre es Dilan, recuerda bien este nombre, pues soy algo fenomenal —dijo este, y formó una mueca altiva.

Las personas se asomaban desde las ventanas en lo alto, para verle y murmurar. Todos ellos compartían los rasgos que definían a Dilan físicamente: melenas plateadas, ojos en su mayoría de tono púrpura, y una figura esbelta y alta. ¡Cuánta bulla y locura había despertado!

Múltiples escalones se presentaban uno tras otro, a cada puerta, escaleras paralelas y puentes angostos que unían puntos aleatorios con balcones. Algunas gotas livianas cayeron en su rostro y luego una suave llovizna empezó a cubrir todos los rincones, por lo que Dilan le jaló sin delicadeza alguna, guiando entre las escaleras, en los siguientes niveles, hasta llegar a una casa en lo alto de un árbol (mucho más sobresaliente del resto).

—¡Vamos, esta lluvia es peligrosa!

Entraron a la casa, atravesando un marco ostentoso de puerta doble. En el centro del gran espacio, una chimenea cóncava con dos salientes daba calidez al lugar, las rocas que rodeaban las brasas impedían crear un incendio. También observó muebles de tonos claros, había cuadros en las paredes, de animales singulares: ranas de tonos llamativos, osos negros gigantes, mandriles albinos y otros más, todos en marcos pequeños y pintados por manos hábiles. Se respiraba el olor a pino desde la primera percepción olfativa.

Recibió la indicación de tomar asiento en una silla mecedora, y una manta fue puesta en sus hombros.

—Gracias.

¿Desde cuánto hacía que no era atacado por ese temor, igual a cuando se escondía en su cama bajo las mantas? Justo eso quería hacer.

Cientos de dudas resonantes sacudían su cerebro, y ninguna fue contestada. Procuró mantener la compostura, bebiendo la cosa negra y caliente que fue dispuesta en sus manos, al menos eso ayudó un poco. Ciertamente el sabor era desagradable, pero bebió hasta la última gota, absorbiendo el calor brevemente. Transcurrieron horas dolorosas, reteniendo sus ansias por escapar. Suponía que el alba estaba ya muy próxima.

Por su parte, Dilan le veía fijamente desde un costado, reposando en otra silla. En su mundo nunca nadie había nacido con el cabello que no fuera plateado o rubio, sin mencionar el extraño color de los ojos de aquel chico (con la luz correcta eran dorados e hipnóticos).

Entonces, Tristán decidió que ya era suficiente silencio.

—Lo siento, creo que me estaba quedando dormido con el calor de las brasas. ¿Cuándo saldrá el sol?

—¿Es una enfermedad? Dormir es un hábito propio de las criaturas pequeñas. No se te permitirá hacerlo más. —Dilan había oído cuentos de todo tipo, algunos contaban de los habitantes de «La Ciudad de Roca» cruzando las mareas agitadas, se decía que no poseían la resistencia propia de su gente. Los nobles serían los únicos en obtenerla, su derecho sobre los de clases inferiores, el insomnio perpetuo los diferenciaba de los menos puros. La Fruta Primaria regalaba esta curiosidad, un tesoro invaluable y codiciado, pero que solo crecía en los suelos de tierra—. En cuanto a lo segundo… ¿Qué es un sol? Dime lo que significa para ti.

Cuando se está en una pelea como las que ya estaba acostumbrado, no debía sorprender el que se llevase uno que otro golpe, pero Tristán sentía ser molido por cientos de ellos, las sorpresas llegaban sin tregua.

—¿Puedes ser sincero? Lo suplico… ¿Crees que morí? —salió de sus labios.

—No me parece que tengas esa suerte —respondía Dilan—. Puedo ayudarte en la búsqueda del camino hacia tu retorno si lo pides, no porque me sienta con esa responsabilidad, o porque mi corazón me dice que lo haga. Es más sencillo: me encuentro aburrido y sin mucho por hacer.

—Eres parte de la pesadilla, me queda claro —dijo, ganándose una penetrante y dura mirada.

—No disfruto de tu sufrimiento, pero me es indiferente —escupió Dilan—. Cuida cómo te refieres a mí, mi temple es algo caótico.

Fueron interrumpidos por el abrir de la puerta, por ella entraba una mujer de cabello largo y una belleza extraordinaria, Tristán pensó por un momento que sería un hada (o al menos así se vería una). Un rostro similar a una escultura perfectamente tallada en un mármol blanquecino, pero con una expresión dura y cargada de desdén cuando posó sus ojos sobre él.

—Dilan, ya he oído lo que sucede. Es cierto, no es como nosotros —expresó la mujer, quitando el abrigo grisáceo de sus hombros, dejándolo en el perchero para acercarse y tomar con la palma de la mano enguantada el rostro de Tristán.

—Vas a asustarlo, madre. Es más frágil de lo que parece. Lo encontré en la playa, aparentemente cayó de las luces verdes. Pienso conservarlo.

Y tal como había previsto: su madre tampoco sabría la naturaleza de aquel.

Tristán apartó la mirada hacia una esquina, liberando el agarre. La mujer tomó asiento en un sofá afelpado de tono canela, aunque con la vista en el ventanal, donde se apreciaba la inmensa luna a través de las ramas cuando se abrió paso sobre los nubarrones cargados de electricidad. Las hojas violetas de un tono casi metálico ocultaban el ajetreo allá abajo, las voces se imponían a los rugidos del cielo.

—¿Él te agrada, Dilan? Pienso que no debería estar aquí. Buscaré una jaula donde pueda estar cómodo, no quiero meterlo a los establos… podría enfermar a los caballos.

—Aún es pronto para decidir eso, ¿a qué se debe la pregunta? Me tomaría más de estas pocas horas para tomar una decisión…

Un sentimiento de ira invadía a Tristán, que parecía ser ignorado por madre e hijo. Se envolvió por completo con la manta, nada parecía calmar los escalofríos, ni siquiera la llama de la chimenea.

—Probablemente sea expulsado de Charoita. Debemos considerar todas las opciones disponibles. Seguramente morirá, míralo… Es muy inferior a nuestra sangre —continuaba la mujer, pronunciando el nombre de «Hegrees» con hosquedad. Una mujer más joven y menos hermosa acudió desde fuera, recibiendo órdenes al oído, murmurando una débil afirmación y abandonando el interior una vez más.

—Me niego a permitir eso. ¿No lo ves, madre? Nunca había llegado algo parecido a nuestro hogar.

El muchacho, ofuscado, caminó de un lado al otro. Afirmó que aquel otro era propiedad suya, por ende, solo él pretendía designar su futuro. No le tomó más de unos segundos…

Ejecutor personal.

Recipiente de secretos.

Mensajero de única voz.

Recolector de almas impuras.

Estos fueron los posibles destinos que Tristán hubiese seguido, adiestrado y pulido hasta brillar en alguno. Siendo partícipe de un círculo escabroso en rincones sin luz. Pero fue interrumpido antes de convencer.

—Es suficiente, Dilan. ¡Esa no es decisión tuya! ¡Incluso si es sacrificado, no tienes nada que hacer al respecto! Por el momento tú lo vigilarás. Que esa cosa no se acerque a mí —terminó de decir con voz firme. Ella poseía el nombre de Malika, la primera en portarlo.

Tristán bajó la sombría mirada a los troncos casi consumidos, y apretando los puños con fuerza hasta dejar de sentir los dedos. Estuvo tentado de vociferar cual animal rabioso, los buenos modales querían ser olvidados, y hacer saber cuánto le estaba molestando ser menospreciado a tan poco de saberse perdido. ¿Era tan mala idea marcharse y deambular hasta encontrar un lugar propio? Se le antojó como una gran aventura.

El que dijo llamarse Dilan fue sorprendido por el repentino actuar de Tristán, que se levantaba con premura, abandonando lo que le fue ofrecido y saliendo a la intemperie. Se apresuró a seguirle tomando el abrigo de su madre. No hubo tiempo de ponerse las botas.

—¡Espera! ¡Te dije que la lluvia es peligrosa!

Para entonces la tormenta caía incesante. La playa apareció y Tristán se sumergió sin pensárselo, casi deseando no haberlo hecho, el agua demasiado helada y las ventiscas no tuvieron misericordia. Los temblores de su cuerpo le impedían nadar con la fuerza que intentaba, apenas pudo avanzar unos pocos metros, pues el dolor por las bajas temperaturas parecía quemar su piel. Los espasmos llegaron con fuerza. Siguió un poco más, sumergiendo el rostro, yendo en lado opuesto en que se movía la luna. La espuma se amontonó contra su rostro, y las olas que tomaban fuerza con la tormenta lo deseaban fuera. Estuvo a nada de golpearse el rostro con las rocas emergentes, los remolinos submarinos estaban muy cerca y no estaba seguro de hacia dónde lo llevarían.

—¡Será mejor que regreses! —Dilan se retiró el abrigo para meterse de un salto en las aguas impetuosas, nadando rápidamente hasta atrapar al otro, pasando su brazo alrededor del torso de Tristán. Le arrastró como pudo de regreso a la orilla: siendo toda una proeza, pues este se oponía, además de darle golpes en el rostro, aunque sin mucha fuerza. Mascullaba furibundo con cada forcejeo del tonto chico. ¡Odiaba que hicieran oídos sordos a toda orden suya!—. ¡Quédate quieto! ¡Si no salimos de la lluvia morirás! —Tristán pareció calmarse con ello. Por segunda ocasión fue guiado de regreso a la casa en las alturas, donde todo era menos gélido, cubierto de pies a cabeza por el abrigo que repelía la humedad en exceso—. Tu ignorancia nos matará a ambos…

El viento era agresivo, pero los pernos gigantes que aseguraban un firme agarre de la estructura al tronco bastaban para infundir confianza. Existían tantos buenos constructores, y tantos buenos guerreros, como también tantos buenos pescadores, en un balance que aseguraba un trayecto lineal hacia la prosperidad.

Dilan le lanzó una pequeña toalla mullida a la cara. El piano en la esquina sur recibió parte de la furia del muchacho, haciéndose pedazos cuando un puntapié le fue arrojado.

—Retira el agua deprisa, muy pocos son capaces de soportar el veneno que contiene —decía entre dientes.

Obedeció, dándole la espalda cuando Dilan tiró sus ropas al suelo. Sintió vergüenza, cambiando las pocas prendas por otras que le fueron entregadas, que consistían en un pantalón de tela de tono gamo y una camisa de seda color cobre, remarcando su torso delgado. Las botas eran de piel, apenas tibias. Esperó y pidió por un abrigo, pero la respuesta fue un bufido.

Dilan vistió un pulcro pantalón oscuro y una camisa de velo blanco que devolvía la luz dorada, parecía querer hacer alarde de su musculatura (exigía a todo aquel observador vestir de lana y lino, así siendo el único varón en portar camisas de traslucir). Y calzó zapatos lustrosos en vez de las botas de antes.

Minutos después, ambos yacían sentados frente al fuego, arropados con mantas secas. Tristán no había querido articular ni una palabra más, entrando en un estado de catatonia. Tras su nuca, casi sentía la voz de Owen Bailey chocar con su piel, que decía obscenidades de todo tipo, falacias destinadas a romperlo y murmullos de una mente perturbada. Aquella voz gruesa sin un ápice de empatía o remordimiento. ¿Cómo fue que ese chico había cambiado tanto en apenas tres años? Lo recordaba sonriente y afable en lo que cabía.

Pero se dijo que esa duda era ya algo viejo y resquebrajado. Surgían otras más urgentes y necesitadas.

Dilan lo dejó en la peculiar sala, desapareciendo detrás de una puerta gruesa de madera labrada y de un hermoso tono petróleo, con ornamentos de plata.

«Tal vez es un castigo ejemplar para lo que he hecho», pensó Tristán, cerrando los ojos por el cansancio, ya no quería recordar lo ocurrido, o de lo contrario el pánico sería incontrolable. Al abrirlos nuevamente, la lluvia ya había finalizado. El olor de la madera mojada se elevó a su alrededor. Debía tener cuidado al dejarse vencer por el sueño, sus pequeños hermanos solían hablar dormidos. ¿Qué sería de él, si revelaba las circunstancias en que había culminado su día, aquel 19 de marzo?

—Hum. Eres muy extraño, sigo sin comprender por qué has desobedecido después de lo que he dicho. No aprecias la vida, ¿cierto? O tal vez solo eres demasiado estúpido —dijo Dilan con indiferencia. Ocupaba un lugar a su lado. Al no obtener respuesta se levantó harto—. Mi padre y mi madre murieron hace mucho tiempo. Muy triste, has de pensar… No les preocupaba morir, o si yo los necesitaba. No les importaba qué sucedería conmigo… me dejaron a mi suerte. Sabiendo esto, ahora sabes que otros también conocen la desesperación.

Dilan había pasado años rompiéndose la cabeza en busca de la respuesta sobre lo ocurrido, finalmente llegó a la conclusión de que aquellas personas nunca merecieron la vida, y guardó gran resentimiento. Captó la incredulidad en los ojos marrones, continuó con voz tenue:

—No sientas pena por mí, te cuento esto porque no me gustaría que murieras de una manera tan patética como esa. Si vuelves a cometer una tontería como la de antes, yo mismo te asesinaré.

Tristán estaba convencido de que no le metía. No le dio tiempo a pensar en nada más, porque la mujer de cabello largo apareció en el umbral de la habitación continua. Ella lo ignoró completamente para dirigirse a su hijo:

—Dilan, ya ha parado la tormenta. Termina tus tareas, este extraño se quedará aquí bajo mi vigilancia. Te recomiendo que te despidas de él: es muy probable que su ejecución sea esta misma noche —amenazó Malika, cortó el contacto visual antes de decidir que no esperaría ni un segundo más para ello.

La mujer regresó a la habitación, pero las paredes no eran suficientes para poner la distancia adecuada entre «eso» y ella.

—Espera aquí, no quiero ir tras de ti como ya lo hice, a menos que desees ostentar grilletes y cadenas en tu estadía que queda por delante.

Tristán asintió, inquieto por lo que había escuchado. ¿Ejecución? La palabra era muy bien conocida en su limitado conocimiento. Pasaron los minutos hasta que Dilan regresaba, portando algo en la mano.

—Bien, parece que tienes unas horas más de vida. Tranquilo, estoy seguro de que mi madre pretende hacerte huir. —Le extendió la mano libre en un intento por ayudarle a ponerse de pie. Tristán dudó. ¿Cómo podía estar tranquilo luego de ser amenazado con matarlo, y haber puesto en duda su futuro? Había visto como su amigo guardaba la daga a un costado de su cintura. Aceptó la mano fría, no habiendo de otra.

Afuera, a los costados pasaban niños, adolescentes y adultos en diferentes direcciones, aunque estos últimos eran una minoría. Revoloteando en charlas alegres los dejaron continuar su camino. En ellos no encontró narices rojas por el frío, ni temblores recorriendo sus cuerpos, o alientos produciendo vaho… Otra diferencia interpuesta.

Veía las antorchas moverse a través de los árboles. Un número incontable se movía a la distancia, alejados de las viviendas.

—¿Qué están haciendo esas personas?

—Recogen la savia de las cortezas, la necesitamos para encender el fuego —respondió Dilan vagamente, caminando a un costado de la casa con Tristán siguiendo sus pasos. Existían tres tipos de savia especiales: la rojiza, usada para las antorchas, lámparas y fogatas. Otra de color púrpura que era venenosa y de olor desagradable, mas no letal, y la oscura como el petróleo: usada para métodos de tortura. Los desafortunados que optaban por ir contra las leyes sufrían con esta sustancia corrosiva.

El muchacho entró a lo que sería un teleférico de acero. El transporte era desconocido para el recién llegado, fue como ver un autobús suspendido en el aire por dos líneas de cables. Por dentro estaba revestido de madera, con asiento suave y esponjoso, y dos lámparas de farol en la parte de atrás y adelante, ubicadas sobre sus cabezas. Fácilmente había cabida para diez personas en aquella góndola, no obstante, esta era pequeña si se la debía comparar con las muchas otras en las costas del este.

—¿Te irás en eso? ¿Es seguro?

—Sube, vendrás también, quiero enseñarte algo, Tristán. Tal vez no te agrade, pero es necesario.

—¿Adónde me llevarás? Después de lo que has prometido ya no podré confiar más en ti.

Dilan se soltó a reír suave y cortamente, se apartó algunos de los cabellos de su rostro al recibir una brisa que se coló entre los árboles. Aquel pelinegro tenía una expresión divertida.

—No te culpo, sin embargo, vendrás porque yo lo ordeno…, y se hará. Admito que no tengo ni un poco de entusiasmo en subir a la Torre, pero ya lo dije, tienes que verlo por ti mismo. Debemos subir ahora, ya que el trayecto es largo, y teniendo en cuenta que tardaremos un par de horas…, cuéntame sobre tu mundo, quiero saberlo todo.

Abordó impaciente, pues no creía posible quedarse más tiempo esperando, aun cuando el miedo a lo desconocido se abrazó a él. Pasó las siguientes horas intentando dar las descripciones de aquel lugar: las altas montañas verdes y gloriosas, los pequeños arroyos de aguas turquesas de las lagunas pasando las colinas. La llegada de los visitantes convocaba siempre a un estado de curiosidad por ver rostros encendidos de la fascinación ante la belleza innegable del lago Azulado. Era transitado sin duda, y en los inicios de cada temporada lo era aún más. Las palabras no podían bastar, en expedición contando con diez años, en compañía de Owen Bailey y August Bailey (padre) registraron en fotografías la belleza del cañón ubicado cerca de las limitaciones del lugar, que al colindar con el mar se convertía en un cruce para botes, de veinte kilómetros rectos con una ligera curva en ambos extremos.

Pero claro, no se acercaría a contarlo tal y como Hilton Vaart lo haría, pero no se le debía reclamar, ni mucho menos. Entre temblores y dolencias lo hizo magníficamente. Aquel hombre viejo y sabio tenía casi un siglo encima de él, un orador muy elocuente y de habla sagaz. También estuvo entre las personas que pudieron haberle extendido consideración, y una taza humeante de té. El padre de su querida madre cuidó muchas veces de su integridad física y mental, otorgando sabiduría en largas líneas claridosas.

Conservó cada recuerdo como una fotografía que seguía a otra. Los peñascos verdes, magníficos edificios antiguos con décadas encima, nombres y rostros de los vecinos cercanos, e incluso de los menos agraciados. Libros magníficos. Leyendas, mitos y demás. No se calló.

Dilan prestaba atención mientras giraba la manivela para ascender poco a poco hacia la montaña central, siguiendo un ángulo recto hasta llegar a la primera de las cinco torres de vigilancia: esta era reducida en tamaño, pues el destino final poseía grandes dimensiones y gran porte sobre las otras. Continuó el trayecto afianzando los pies y las manos a los soportes. Imaginó la casa pequeña y de tablones viejos de Tristán cuando fue mencionada, los caminos largos y angostos surcando los montes nevados en invierno. Las calles, caminos tapizados de piedra negra, plazas y puertos ocupados por individuos que viajaban para admirar el reducido mundo al que su acompañante se recluía.

—Los veranos eran hermosos, parecía un mar verde cuando subía a las colinas. Muchos insectos volaban por todas partes como enjambres descontrolados, además de aves que cantaban por todo el bosque, a mis hermanos les encantaba esconderse, y correr en la pradera viendo los rebaños de ovejas en docenas del anciano Youd. El cielo era de un tono suave, casi siempre estaba acompañado por nubes blancas o grises… El sol brillando en lo alto de todo eso que he descrito. Tal vez ya no podré verlo nunca más, ni tampoco las caras de los que he dejado atrás. —Fue bajando el tono hasta quedar en silencio.

Dilan suspiró, empezaba a disfrutar de la narración.

—No puedes saberlo. Quizá algún día puedas regresar. Proponérselo es el primer paso para conseguirlo.

—¿De verdad lo crees? —formuló Tristán, poco convencido.

—Sí, aunque admito que no me gusta la idea —decía Dilan—. Entiendo por qué quieres regresar con tanta desesperación, suena fascinante. —Encontraba muy interesante la forma de vida de la que se le había hablado—. En mi corta existencia he podido ver cosas increíbles, aunque aterradoras, pero ahora sé que aún hay mucho más. Si puedo ayudarte a regresar a tu hogar, lo haré.

—¿Lo harás? ¿Escuché bien? Creo que sería difícil, no quiero pensar que será imposible…

—Tienes razón. Ciertamente parece una tarea bastante liosa, pero no soy ningún perezoso. —Daba manotazos a los animales pequeños y alados que habían descansado sobre su camisa.

¿Perezoso? Ciertamente no lo parecía, entonces, ¿cómo se estaría definiendo a Dilan? La seguridad desbordada y la fascinación por crear suplicios sería un buen inicio de partida para descubrirlo.

Más animado, Tristán ayudó con la tarea de hacerles subir, era sencillo, en un principio, pero después de un largo tramo ya sentía el intenso dolor de sus brazos, hombros y espalda. La manivela era lo que controlaba el avance o retroceso del vehículo, por ello le era posible hacerlo, pero seguía siendo una ardua labor.

—… Dilan, ¿por qué no he visto ancianos aquí? Ni uno solo.

Desde que había llegado tenía esa duda, el abuelo Goyri le incitó a ser valiente muchas veces.

—Lo notaste, y tienes razón, es sencillo: los adultos se encargan de salir a pescar. La probabilidad de llegar a la tercera edad es de un poco menos del cinco por ciento. Los adultos son los únicos que tienen permiso de salir a mar abierto, aunque hay pocas excepciones que no obedecen esa regla. Aun así, tus posibilidades de vivir más de un año son todavía menos que eso, tienes mucho en tu contra y muy poco a tu favor.

Tristán no lo pudo comprender, él había salido a pescar infinidad de veces con su padre, e incluso con sus hermanos menores. Aquella regla le cerraba la posibilidad de salir en alguna balsa o barco para intentar buscar algo que le dijera algo coherente.

—Da igual, si quisieras salir de la isla, es poco probable que encuentres una forma de regresar con tanta facilidad.

Asintió con el ánimo turbado, y fijó su mirada al paisaje, pues las antorchas que se movían por todos lados le indicaban que los demás habitantes seguían en su labor de recoger la savia, dudaba que fueran a detenerse pronto, pues Dilan nunca mostró cansancio en todo el recorrido que ya habían hecho. Parecían luciérnagas desde ahí, vagando entre los cientos de árboles. Oyó a Dilan proferir por encima de los silbidos del viento, como si hablara con un niño de seis años:

—Pronto llegaremos, la Torre es el lugar donde se tiene la mejor vista de Charoita, nuestro mundo. Estás a nada de conocer sus maravillas… Mi hermano se encarga de vigilar las costas, o eso ha dicho. En realidad, procura vigilar mi camino desde las alturas. Probablemente él te agradará, es más blando con las personas. También estará encantado de verte.

Para entonces la torre de mármol ya estaba a una distancia donde la podía apreciar con más detalle: viendo los innumerables balcones de donde surgían los cables que descendían por doquier. Con la superficie lisa y brillante. Se alzaba como un dedo gigante y pálido, señalando la interminable y fulgurante capa. Tristán terminó atiborrado de sensaciones y sentimientos múltiples, la embriaguez de una extraña y opulenta felicidad lo llevó a asomar la cabeza fuera de la góndola.

Entonces, al fin pudo encontrar el enorme parecido que Charoita guardaba con su hogar. Los campos haciendo brechas en el mar de árboles gigantes, cataratas nacientes del interior de las montañas. Atrevidas rutas al borde de peñascos de roca lisa albergaban viviendas de estructuras perfectas, aisladas unas de otras. En la lejanía encontró cascadas de arena escarlata, resbalando desde una cantera estéril, yendo a parar sobre caminos sinuosos.

En su rostro fue evidente la fascinación y admiración debido a la vista privilegiada. Y, como si no fuera suficiente con ello: un centenar de aves pequeñas de plumaje plateado salieron de las muchas ramas: revoloteando a su alrededor, atrapando algunas pocas luciérnagas, para después seguir su camino hacia una altura aún mayor e irse finalmente. Tristán sonrió con emoción, pensando fugazmente que a su hermano menor le gustaría estar viviendo lo que él, aunque pronto desestimó la idea. Samuel solía decir que la noche era lo ideal para encontrar cosas interesantes, los paseos nocturnos por la plaza principal habían sido una cuestión importante en aquellos tiempos añorados… ¿Su antigua vida había concluido? Sentía que así era. El renacimiento logró ahuyentar el entusiasmo de su cuestionable ser.

—Probablemente extrañas a tu familia. ¿No es así? Ellos deben de estar preocupados, pero es importante que te mantengas tranquilo, yo te cuidaré a partir de hoy.

Tristán sonrió, quizá él era quien debía cuidar a ambos. Pero debía dejar la imprudencia antes de tomar ese rol. Su intención de formar una coalición en un tiempo pasado fue escasa, por no decir nula.

—No tienes por qué hacerlo, ya no soy un niño, y tener que ser una carga no es nada agradable.

—Es algo que yo he decidido. Tristán, eres muy débil para sobrevivir sin ninguna ayuda, si llego a morir debes hacer lo posible por mantenerte con vida.

—Lo intentaré… —prometió, creía que Dilan decía exageraciones para hacerle temer.

El teleférico tocó el suelo al fin, con la suavidad correcta para hacer su llegada desapercibida. Tristán desvió su atención a su alrededor viendo con curiosidad las dimensiones del gigantesco salón, apenas dándose cuenta de que habían llegado a su destino. Las paredes parecían talladas con símbolos muy sutiles, casi imperceptible a la vista. Levantó la mirada al techo, donde esculturas de bellos rostros estaban talladas de forma meticulosa en la roca blanquecina, simulando salir a la superficie desde un lago de leche, pues solo se veían un poco más del rostro y medio torso: como si intentaran ocultar su desnudez.

—Se dice que Los Monjes fueron los que crearon este lugar, los rostros que ves son de los primeros hijos de Charoita, sus pies fueron los que pisaron por primera vez nuestro hogar —decía Dilan entusiasmado, llegar y pasear la mirada sobre las figuras delicadas era tan reconfortante como recordaba. Cada uno de los rostros miraban a los costados como si realmente pudieran verse unos a otros, en algunos de ellos se les podía apreciar una muy sutil sonrisa—. Casi puedo oír sus historias, imaginar sus primeros pasos en la piedra inerte que fue Charoita hace siglos.


Nota de autor: Por motivo de promoción, mostré este primer capitulo. Puedes encontrar mi libro en Amazon. Aunque también está la opción de buscarme en Patreon y subscribirte para continuar leyendo.