No me olvides Kaisoo

Summary

Un verano, Kyungsoo es secuestrado. Hallado inconsciente tres meses después, sobrevive pero pierde toda memoria del cautiverio. Cuatro años más tarde, en Daegu, un asesino comienza a cazar a jóvenes idénticos a él, recreando su trauma. El detective Kim Jongin conecta los crímenes con el antiguo secuestro y busca a Kyungsoo para pedir su ayuda. Aunque la atracción entre ellos es instantánea, Kyungsoo se niega a colaborar... hasta que el asesino entra en su casa. Forzado a protegerlo, Jongin lleva a Kyungsoo a vivir con él. En esa cercanía peligrosa, el deber choca con un deseo imposible de contener. Mientras, el asesino cierra su círculo, enviando mensajes aterradores y atacando a todo aquel cercano a Kyungsoo. Su furia alcanzará un punto álgido al descubrir el vínculo entre el detective y su víctima. Jongin comprenderá entonces que no solo debe resolver el caso, sino salvar al hombre del que se ha enamorado. La cacería se vuelve personal.

Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Septiembre de 2015.

— ¡Mamá, mamá! —los gritos de Park Jisung retumbaron en el rio Nakdong esa mañana de principios de otoño. Jisung, un niño de diez años, extremadamente delgado y demasiado alto para los años que tenía, corría a toda prisa en medio del bosque, mientras dejaba escapar su aliento en cada zancada. La pequeña cabaña que su familia había alquilado para pasar el fin de semana, con la intención de pescar y cazar liebres o algún que otro venado, parecía no aparecer nunca ante sus ojos. Cuando por fin la divisó, tampoco aminoró la marcha

Yiseo, su hermana mayor, le salió al encuentro.

— ¡Por Dios, Jisung! ¡Vas a alarmar a todo el mundo! —le gritó y frunció el ceño.

Antes de subir los escalones de madera, Jisung se detuvo en seco para poder recuperar el aire.

— ¿Dónde está mamá? —Jisung hizo caso omiso a las quejas de su hermana y se escabulló en la cabaña antes de que ella lograra sujetarlo por el brazo. Corrió hacia la cocina y se abalanzó sobre el regazo de su madre.

— ¡Jisung, cariño! ¿Qué sucede? ¡Tu padre y yo pensábamos que estabas peleando con tu hermana!

Park Sojin acomodó los mechones rojizos de su hijo más pequeño detrás de sus orejas, y le apoyó una mano en el pecho.

— ¡Tú corazón está realmente acelerado! —dijo, y comenzó a preocuparse, sin duda, no se trataba de ninguna de las rabietas que él y Yiseo estaban acostumbrados a tener.

— ¿Qué sucede, Jisung? —Preguntó su padre mientras probaba un pedazo de pastel—. Creía que ibas a poner algunos señuelos esta mañana, estoy ansioso por ir a cazar.

Jisung respiró hondo y lanzó sendas miradas a sus padres.

— ¡Mamá, papá! —Estiró el brazo y señaló hacia fuera—. ¡Hay un joven allí, creo que está muerto!

Park Taeho se levantó de un salto, y la silla terminó estrellándose contra el suelo.

—Jisung, ¿qué dices?

— ¡Lo he visto, papá! —aseguró y abrió sus ojos azules como platos. Sojin lo sujetó de los hombros y lo obligó a mirarla.

— ¿Dónde?

—En el bosque, junto al tronco caído —explicó.

Sojin y su esposo se miraron un instante, ambos eran conscientes de que Jisung tenía una imaginación bastante activa, pero también sabían que su hijo jamás inventaría semejante historia, solo con la intención de jugar con ellos.

—Será mejor que vayamos a echar un vistazo. —Taeho se puso su viejo sombrero de fieltro y, tras de pedirle a su esposa que se quedase con Yiseo en la cabaña, tomo la escopeta que colgaba de la pared y salió en compañía de su hijo. Padre e hijo caminaban rápido por el sendero donde, segundos antes, Jisung había aparecido corriendo desesperado. Iban impulsados, sobre todo, por la ansiedad de descubrir lo que les estaría esperando en medio de aquel bosque.

—Ya falta poco —murmuró Taeho y se abrió camino a través de unos matorrales—. ¿Estás seguro de que era por aquí?—

Sí, papá. —Jisung se puso la mano sobre la frente porque los rayos de sol le estaban dificultando la visión—.Estaba allí, junto al árbol caído.

Cuando por fin el árbol al que Jisung se refería apareció ante sus ojos, Park Taeho se sintió embargado por una sensación inquietante. ¿Y si el muchacho que Jisung había visto estaba muerto? No quería ni siquiera pensar en esa posibilidad. Lanzo un vistazo a su hijo y, con ambas manos, apretó la escopeta contra su pecho. Se cercioró de que estuviera cargada y lista para ser usada, en caso de ser necesitarlo. Cualquier cosa podía suceder en un lugar apartado como aquel. No habían visto a ningún excursionista ni a ningún cazador desde la tarde anterior, y no estaba dispuesto a arriesgar la vida de su familia ni la suya.

—Tú, quédate aquí.

Jisung asintió sin siquiera protestar mientras observaba aterrado como su padre se acercaba al lugar donde, minutos antes, había visto al muchacho.

Taeho rodeo algunos pinos, creyó paralizarse de miedo cuando una bandada de petirrojos salió de entre los árboles y pasó volando casi al ras de su cabeza.

—¡Demonios! —Se acomodó su sombrero y siguió caminando.

Entonces lo vio. Estaba tendido sobre un colchón de hojas y ramas. No se movía, estaba quieto, demasiado quieto. Pasó por encima del tronco caído y se acercó a él. No estaba simplemente dormido, de lo contrario, se habría despertado al oírlo llegar. Parecía tener algo más de veinte años. Llevaba una fina camisa de algodón, pantalones sucios y su cabello negro era una mata enredada con unas cuantas hojas en la cabeza. Sus brazos estaban extendidos al costado del cuerpo, y tenía evidentes marcas de ataduras alrededor de las muñecas. Estaba descalzo, sus pies lastimados y sucios aun sangraban. ¡Por Dios! ¿Qué le había sucedido a aquel muchacho?

Se arrodillo a su lado y tomo su mano, estaba fría, húmeda, pero aun podía sentir su pulso, aunque débil.

— ¿Está muerto, papá?

Jisung le hablaba a su padre, pero sus ojos estaban clavados en el muchacho que parecía estar allí desde hacía días.

—No, Jisung, no lo está. —Puso una mano en la frente sucia del joven, estaba casi tan fría como la piel de sus manos—. Debemos ocuparnos de él antes de que sea demasiado tarde.

Jisung asintió sin pronunciar palabra, mientras su padre se colgaba la escopeta sobre su espalda y cargaba al muchacho en sus brazos.

—Tú adelántate y dile a mamá que prepare la camioneta, debemos llevarlo hasta el hospital de Gyeongsan-gun, de inmediato.

Jisung no respondió, solo dio media vuelta y empezó a desandar el sendero hacia la cabaña. De vez en cuando, se daba la vuelta y observaba cómo su padre intentaba apresurar el paso con el muchacho colgando de sus brazos.

—Resiste, jovencito —le pidió a viva voz—. No voy a permitir que mueras ahora que te hemos encontrado.

Toda la familia Park decidió acompañar a Taeho hasta el hospital de Loma Linda. Sojin y Yiseo se habían ubicado en el asiento trasero del Land Rover, junto al muchacho que, todavía, seguía sin reaccionar. Jisung, que iba sentado junto a su padre, no dejaba de contemplarlo. Temía que, en cualquier momento, su respiración pausada se detuviera definitivamente, sin duda, aquel era un temor que compartían todos en la camioneta. El miedo latente de que, en cualquier momento, el joven desconocido muriese en los brazos de Sojin.

Taeho hacía lo imposible para que los sesenta kilómetros que separaban la pequeña ciudad de Gyeongsan-gun, del río Nakdong se acortaran rápidamente, pero el tráfico, un tanto pesado esa mañana, no ayudaba demasiado.

— ¿Aún respira?

Sojin le respondió que sí a su esposo, por enésima vez.

Cuando tomaron Simsan-Ro y el edificio apareció ante ellos, Taeho recorrió el trayecto que quedaba sin importarle recibir una multa por exceso de velocidad. Consiguió estacionar en un puesto libre en la parte frontal del hospital, y, sin perder tiempo, volvió a cargar al muchacho en brazos y enfilo hacia el interior, seguido por su esposa y sus dos hijos.

— ¡Necesitamos un médico con urgencia! ¡Este muchacho se está muriendo! —grito e irrumpió en la sala de emergencias.

Dos enfermeras se acercaron a él y lo guiaron hasta un pequeño cuarto rodeado de cortinas blancas.

—Por favor, señor, recuéstelo sobre la camilla y retírese —le pidió una de las enfermeras.

Taeho lo coloco con sumo cuidado sobre la camilla fría y, antes de dejarlo allí, le apretó la mano.

—Señor, debe retirarse.

—Sí, sí. —Retrocedió unos pasos y, a través de las cortinas entreabiertas, pudo observar a los médicos abalanzarse sobre él con agujas y unos estetoscopios que colgaban de sus cuellos. Con una pequeña linterna esculcaban las pupilas de sus ojos. Escuchó palabras que no alcanzó a comprender, mientras una de las enfermeras le ponía una máscara de oxígeno que le cubría casi todo el rostro. Otra enfermera se acercó nuevamente a él para ordenarle que se marchase de allí. Echó una última mirada a aquel joven que parecía estar librando una batalla, en clara desventaja, contra la misma muerte. Salió y se reunió con su familia para hacer lo único que estaba a su alcance, orar y esperar que todo saliera bien.

— ¿Señor Park? —Un sujeto desgarbado y de cabello rojo se detuvo frente a él.

—El mismo —respondió Taeho y se levantó de su asiento.

—Soy el comisario Kang Jaesup. Tengo entendido que usted y su hijo han encontrado a un joven moribundo en los bosques que rodean el río Nakdong. —Extendió la mano.

Taeho se secó el sudor acumulado en la palma de su mano debido a los nervios y a la angustia de la espera, y respondió a su saludo.

—Así es, esta mañana, mi hijo Jisung —señaló al pequeño, que dormía sobre el regazo de su madre cerca de ellos— había salido a poner algunas trampas, y ha sido entonces cuando lo ha encontrado. Ha corrido a alertarnos y me ha llevado hasta el lugar donde lo había visto. Estaba muy mal cuando lo he encontrado. Sin perder tiempo, lo hemos traído hasta Gyeongsan, y estamos aquí esperando que nos den alguna novedad —explicó.

—Está bien. —Le sonrió afable.

Park Taeho se dejó caer en su asiento, pero se puso de pie al instante.

Un médico atravesaba el pasillo y caminaba raudamente hacia ellos. Taeho lo reconoció como uno de los que había atendido al joven en la sala de emergencias.

— ¿Los señores son familiares del joven que ha ingresado esta mañana?

—No, doctor —respondió Taeho—. Nosotros lo hemos traído, pero ni siquiera sabemos quién es.

—Doctor, soy el comisario Kang —intervino el policía—. Alguien de su hospital nos ha llamado.

—Sí, es evidente que el joven ha sufrido alguna especie de tortura. Tiene varias laceraciones en las muñecas, presenta también un deterioro general, además de desnutrición y deshidratación aguda —indicó con seriedad—. Este joven ha recorrido un largo trayecto antes de ser encontrado, sus pies están muy lastimados.

— ¿Se va a poner bien? —Taeho hablaba por él y por el resto de su familia que se había unido a la conversación para ponerse al tanto de las novedades.

—Deberá permanecer un tiempo internado, pero el pronóstico es bastante alentador. —Palmeo el hombro de Taeho— Si no lo hubiesen encontrado, no habría resistido otro día más en aquel bosque.

Taeho Park no era un hombre que se emocionara con facilidad, pero aquellas palabras le provocaron un nudo en la garganta. Asintió y se quedó en silencio mientras apretaba la mano de su esposa.

— ¿Podría hablar con el muchacho? —pregunto el comisario Kang.

—Me temo que eso deberá esperar. No ha recuperado el conocimiento todavía y, con los sedantes que le hemos dado, no lo hará hasta mañana.

—Está bien, doctor. Gracias.

—De nada, lo veré mañana.

Kang Jaesup observó una vez más a Taeho Park.

— ¿Ha verificado si llevaba alguna identificación, algo que nos indique quién es?

Taeho negó con la cabeza.

—Nada, llevaba solamente una camisa sin bolsillos, en sus pantalones no había nada y no he encontrado un bolso o algo que se le parezca junto a él. —Hizo una pausa—. Pareciera que tan solo hubiese surgido de la nada.

—No, amigo. Vino de alguna parte y, de acuerdo con lo que ha dicho el doctor, desde muy lejos. Es muy probable que alguien lo esté buscando.

—Seguramente —repitió Taeho.

—Pobre muchacho —dijo Sojin y abrazó a Jisung contra su pecho.

—Les agradecería que pasaran por la comisaría para declarar. Abriremos una investigación, y será necesario contar con su testimonio y el de su hijo. —Miró a Jisung, quien todavía parecía estar conmocionado por lo sucedido.

— ¿Es necesario que Jisung declare? —Sojin no quería que su hijo tuviera que pasar por aquello.

—Me temo que sí. —Alargó la mano y le tocó la frente al niño—. Apuesto a que Jisung estará encantado de visitar la comisaría.

Los ojos de Park Jisung lo miraron fijamente.

— ¿Hay más policías y armas allí?

Kang soltó una carcajada.

—Sí, pequeño, sí. Yo mismo me encargaré de que conozcas cada rincón de la comisaría —le prometió.

— ¡Viva! —gritó y soltó a su madre. Era increíble cómo los niños podían, de un momento a otro, cambiar su estado de ánimo; pasar de la tristeza a la euforia en solo un instante. Segundos antes, estaba abrumado por el hallazgo del joven moribundo y, después, parecía estar contento con la idea que le proponía el comisario Kang.

—Los veré allí más tarde, entonces. —Saludó a la familia Park y se marchó. Debía ponerse a trabajar en aquel caso de inmediato, alguien en alguna parte, seguramente, estaba sufriendo por la ausencia de aquel jovencito.







Kim Janghoon se aflojó el cuello de la corbata y lanzó un suspiro de alivio.

Una llamada, una simple llamada telefónica había bastado para poner fin a tres meses de angustia y terror. La había estado esperando durante tanto tiempo que ya creía imposible que, a esas alturas, alguien pudiera devolverle la paz con tan solo un par de palabras. Esa paz que le había sido robada impunemente meses atrás.

«Lo han encontrado.» Dos palabras que repicaban en su cabeza sin cesar mientras caminaba por los pasillos de la comisaria de Gyeongsan. El clima era agobiante, y una multitud de gente parecía atiborrar cada rincón de la pequeña comisaria. Deseaba llegar a la oficina de Kang y ponerse al tanto de las novedades. Había llegado desde Daegu y esperaba marcharse de allí con las respuestas que había estado buscando.

Sonrió cuando, por fin, una mujer de unos cincuenta años, pequeña y regordeta, se acercó a él.

—Disculpe, ¿podría decirme dónde puedo encontrar al comisario Kang?

— ¿Es usted el teniente Kim Janghoon, ¿verdad? —pregunto mientras estudiaba su apariencia.

Kim Janghoon frunció el ceño.

—Sí. ¿Cómo se ha dado cuenta?

La mujer se acomodó las gafas que insistían en bajar por el puente de su nariz.

—Podría decirle que, después de trabajar aquí durante tantos años, he sido bendecida con la capacidad de reconocer de inmediato a un policía cuando lo veo, pero la respuesta es más simple. Jaesup me dijo que usted vendría, y a leguas se nota que usted no es de aquí —respondió y se encogió de hombros.

—Entiendo. —Le sonrió y, a pesar de lo que le había dicho, el presintió que lo de su capacidad era más real de lo que ella creía.

—Venga conmigo.

La siguió a través del pasillo y, cuando se detuvieron ante una puerta de vidrio con las persianas cerradas, la mujer se dio media vuelta y lo miró.

—Él lo está esperando —le indicó y se alejó por donde había venido.

—Gracias… —Habría querido preguntarle su nombre, pero ella ya había desaparecido de su vista.

—Adelante. —La voz de Kang Jaesup denotaba preocupación.

—Comisario, soy el teniente Kim Janghoon de la División de Personas Desaparecidas de la Policía de Daegu —se presentó.

Kang extendió la mano y lo invitó a sentarse.

—Me alegra que haya podido venir, Teniente. —Apagó su cigarrillo en el cenicero—. ¿Fuma?

—No, lo dejé hace algunos años.

—Muy bien por usted.

Kim Janghoon estaba impaciente; deseaba escuchar lo que aquel hombre tenía que decirle.

—Cuando buscamos en la base de datos de personas desaparecidas en los últimos meses y dimos con su caso, no creímos obtener resultados tan pronto —explicó mientras se apoyaba contra el respaldo de la silla.

— ¿Están seguros de que se trata de la misma persona? —No quería pensar que su viaje hasta allí había sido en vano.

—Por completo; hemos visto las fotografías y, aunque el muchacho está bastante desmejorado, sin duda es el mismo.

Kim Janghoon respiró hondo. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro; después de tanto tiempo había comenzado a reír nuevamente.

—Quisiera verlo.

—Podemos ir ahora mismo, si quiere. Acabo de llamar al hospital, y el doctor me ha informado de que ya ha despertado.

Ambos se pusieron de pie y abandonaron la oficina con rumbo al hospital. Kim Janghoon sintió, entonces, que una luz blanca, radiante y poderosa se abría ante él después de haber estado caminando a través de un túnel oscuro y desolador.