La forma del silencio
Daniel es un chico de estatura media, de tez clara y complexión delgada. El cabello negro, corto y rizado le enmarca el rostro con un desorden permanente que rara vez logra dominar despierta sobresaltado. Se incorpora de golpe mientras el sonido insistente de la alarma aturde sus oídos aún pesados por el sueño. Se levanta con prisa y comienza a vestirse con el uniforme de la escuela, gritando al mismo tiempo, más por costumbre que por verdadera intención de conversar, con la esperanza de que alguien lo escuche desde otra habitación.
—¡¿Qué hora es?! —grita Daniel, esperando una respuesta.
—Aún estás a tiempo, cariño —responde su madre con un tono afectuoso, pero lo suficientemente alto como para dejar claro el mensaje.
—Voy enseguida —dice, justo cuando termina de acomodarse el uniforme.
Daniel entra finalmente a la sala. Sus sentidos se despiertan de golpe ante una mezcla de olores agradables. Sin pensarlo demasiado, se acerca al costado de su madre y le da un beso delicado en la mejilla, dejando las prisas en pausa por un instante.
—Buenos días —dice mientras recorre la sala en busca de su mochila.
—Buenos días, amor. Ya está listo tu almuerzo. ¿Preparaste tus cosas, verdad? —pregunta Martha sin apartar la vista del sartén. Alta, de cuerpo robusto y piel morena, se mueve con soltura por la cocina.
—Claro, mamá, ya no soy un niño, ¿recuerdas? —responde Daniel señalando el globo con forma de número dieciséis—. Ya es tarde, quedé de verme con Luis antes de la escuela.
—¿Hoy tampoco vas a almorzar? —dice ella, elevando un poco la voz—. Sabes que eso te hace daño, no quiero que te enfermes o te sientas mal.
—No te preocupes, estaré bien.
—Oye, espera... quiero hablarte de algo —dice Martha—. Algo que encontré en tu habitación.
Las prisas de Daniel se detienen en seco. Su pecho se acelera, un nudo se le forma en la garganta y las manos comienzan a sudarle. Aun así, intenta mantener la calma. Traga saliva, fuerza la voz y, haciendo gala de sus mejores dotes, actúa con naturalidad.
—¿Sucede algo? —pregunta Daniel con prisa, ansioso por esquivar el tema más que por marcharse.
La mirada de su madre titubea y se aparta de la suya, incapaz de sostenerla.
—Sí, cariño... verás —dice al fin—. Sé que quedamos en no contarle a nadie sobre tu... —hace una pausa, incómoda, y se corrige de inmediato— nuestro pequeño secreto. Pero para la próxima no olvides apagar la computadora cuando termines de usarla. ¿Entiendes, verdad?
Al escucharlo, el rostro de Daniel se enciende. La sensación de que la sangre le abandona el cuerpo, se vuelve imposible de ignorar.
—Entiendo, mamá —responde con rapidez.
No espera nada más. Sale apresurado, con la mochila colgándole apenas de un hombro, como si quedarse un segundo más pudiera delatarlo.
Ya fuera de casa, con el pecho aún acelerado y respirando a trompicones, Daniel levanta la mirada. A lo lejos lo espera una silueta conocida: Luis. Alto, de cuerpo robusto, piel morena y el cabello cortado casi al ras. Su amigo desde que tiene memoria. Al verlo, Luis sonríe y le hace un gesto apurado, indicándole que se acerque.
—Te gusta tomarte tu tiempo, ¿verdad? —dice Luis antes de darle un largo trago a su botella de agua.
—Sí... lo siento. ¿Te hice esperar mucho? —pregunta Daniel, con un dejo de vergüenza en la voz.
—No, claro que no —responde con sarcasmo—. Me encanta quedarme bajo este sol tan abrazador. Podría estar aquí horas.
—¿Estás molesto conmigo? —dice, encogiéndose de hombros—. De verdad intenté llegar a tiempo, pero la fiesta de anoche terminó muy tarde.
—No, está bien —contesta Luis, rodeándole el cuello con un brazo e inclinándose un poco hacia él—. Ya estamos aquí, eso es lo que importa. ¿Y bien? ¿Vamos a donde siempre?
Sonríe mientras toca con cuidado una de las correas de la mochila de Daniel, como ofreciéndose a cargarla.
—Claro... como prefieras —responde Daniel en voz baja, apartándose con suavidad y negando el gesto.
—¡Muy bien, entonces! —dice Luis justo antes de echarse a correr, arrebatándole la mochila a Daniel y cargándola al hombro.
Daniel observa su energía, su entusiasmo casi inmediato. Acelera el paso tras él y, sin darse cuenta, su expresión comienza a aflojarse. La tensión se le escapa del rostro. Una sonrisa tímida se le dibuja primero, y luego, poco a poco, se transforma en una carcajada que termina por mezclarse con la risa de Luis.
Llegan a las puertas de la institución. La expresión de Daniel se vacía de golpe. Frente a él se alza un portón de grandes dimensiones, una fachada brutalista que impone orden incluso antes de cruzarla. Su presencia se interpone como un muro contra el resto de su ánimo.
Por reflejo, el cuerpo de Daniel se tensa. Un escalofrío le recorre la espalda y se le instala en el pecho.
En un instante, los recuerdos regresan. No uno, sino muchos. Irrumpen en su mente como una jauría descontrolada, forcejeando entre sí, disputándose cuál de todos sus miedos será el primero en morder.
—¿Sucede algo? —pregunta Luis, sacándolo de golpe de sus pensamientos.
Daniel se sobresalta.
—¿Te sientes bien?
—Sí... es solo que estaba pensando en algo —responde, un poco avergonzado por su reacción, sin haberse dado cuenta de cuánto tiempo había pasado mirando fijamente el portón.
—Bien... adelante—dice Luis con un tono cuidadoso, consciente de lo que significa para Daniel cruzar ese lugar otra vez.
A unos metros de ellos se encuentra Pedro, un hombre de cuarenta y cinco años cuyo cuero cabelludo delata el avance implacable de la alopecia. Su piel es pálida, casi decolorada; los párpados enrojecidos acentúan unos ojos claros y cansados. Sus labios resecos evidencian una noche de alcohol mal digerido. Se sostiene a duras penas, recargado en uno de los estantes de la caseta de entrada.
—Muy buenos días, Luis... y Daniel —dice, clavando la mirada en los ojos inquietos de Daniel.
—¡Oye! —grita de pronto.
Daniel se sobresalta y ahoga un grito cuando siente la mano grande, áspera y seca del hombre cerrarse sobre la suya.
—Dile a tu padre que me llame —continúa— Y, por cierto, lamento mucho lo de tu fiesta. Prometo que no volverá a suceder.
— Si, señor, le diré que lo llame — responde, al mismo tiempo que tira con suavidad de su mano, dejando claro su intento de soltarse.
Los segundos se estiran como horas. Pedro no aparta la mirada de los ojos de Daniel. Esboza una sonrisa burlona, dejando ver unos dientes amarillentos.
— Si, sé que lo harás — dice al enderezarse en su asiento, soltando la mano de Daniel con una lentitud deliberada—. Siempre has sido un buen muchacho.
Daniel no soporta más. En cuanto percibe que el agarre se afloja apenas un instante, arrebata su mano de un solo movimiento.
La sonrisa de Pedro desaparece en un parpadeo. Lo que antes era una mueca casi pícara se transforma en un ceño fruncido.
Pedro resopla, un sonido áspero que roza el alarido, y se incorpora con brusquedad.
—Ya pueden irse, se les hace tarde — dice Pedro, ahogando las palabras entre eructos de alcohol mal digerido.
Luis espera a Daniel y nota algo distinto en él. Las comisuras de sus labios se contraen en pequeños espasmos; la mirada permanece fija en el suelo. Sus brazos, desde los hombros hasta las muñecas, se mantienen rígidos, pegados a los costados del torso.
—¿Estás bien? ¿Pasó algo? —pregunta Luis, inclinándose para buscar su mirada.
No obtiene respuesta.
Al darse cuenta de que Luis ha notado su estado, Daniel se agacha para amarrarse las agujetas. Necesita ganar tiempo. Necesita recomponerse.
—Oye, te pregunté si estás bien... — dice Luis mientras se acerca a Daniel con un paso dudoso—. Tenemos que irnos, ¿recuerdas?
A cada paso que da, su avance se vuelve más lento.
—¡Daniel! —añade al tocarle el hombro.