Marcas invisibles - SaneGiyuu (omegaverce) 18+

Summary

-No me mires con lástima -dijo Giyuu con firmeza, llevándose las manos al vientre-. No necesito tu compasión. Yo no te necesito. -Pero yo... yo los necesito a ustedes. Te necesito a ti... aunque me rechaces, aunque no puedas verme sin recordar todo lo que hice. -Los ojos de Sanemi bajaron, como si le costara enfrentarlo-. Y también lo necesito a el. A ese pequeño ser que crece dentro de ti... aunque ni siquiera lo conozca... aunque tal vez nunca me dejes acercar. 🚨 Advertencia 🚨 -contiene violencia detallada (sexual y física) -contenido 18+ explicito -psicológia -no hay final féliz --- -Tiene buena ortografía -En emisión

Genre
Thriller
Author
Nocturna
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAP 1 - El peor error 1/3

El restaurante Sukiyaki era uno de los más concurridos del centro: elegante, con luces cálidas y un ambiente siempre animado. Los fines de semana se llenaba de alfas jóvenes entre risas y bebidas, lanzando comentarios atrevidos a los meseros omega.

Sanemi Shinazugawa, uno de esos alfas impulsivos, comenzó a frecuentarlo. No por la comida ni la compañía, sino por él.

—¡Vamos, Sanemi, no te hagas el tonto! —rió Tengen Uzui, dándole un codazo mientras sostenía una copa entre los dedos engalanados por anillos brillantes-. Desde que lo viste esa vez no dejas de venir. ¡Admítelo!

A su lado, Douma, un alfa más excéntrico y peligroso, sonrió como un gato satisfecho mientras observaba a los omegas pasar con bandejas.

—Te gusta ese omega serio —canturreó con burla, apoyando el mentón en la palma—. El de los ojos de hielo. Siempre tiene cara de que quiere golpearnos. Tan encantador.

Sanemi bufó, reclinándose en la silla. Llevaba los brazos cruzados y una sonrisa despectiva.

—¿Gustarme? —soltó una carcajada áspera—. No me jodan. Solo está bueno para...

Y haciendo un gesto vulgar con la mano, girando la muñeca hacia abajo como si empujara a alguien por detrás. El grupo estalló en carcajadas.

—¡Por todos los cielos, Sanemi! —rió Uzui, golpeando la mesa—. Eres un maldito. Aunque no te juzgo, tiene un buen trasero.

En ese instante, como si el universo les jugara una broma, Giyuu Tomioka apareció al lado de su mesa, cargando una bandeja con bebidas. Su expresión era la misma de siempre: fría, imperturbable, con un dejo de fastidio que no se molestaba en disimular. Sus ojos ni siquiera miraron directamente a Sanemi.

—Aquí está su pedido —dijo con voz baja, dejando cada copa con precisión.

—Oye, lindo omega —canturreó Uzui mientras lo miraba de arriba abajo—. ¿Me pasas tu número? Te ves muy lindo... y sexy.

Las risas no se hicieron esperar. Douma silbó y Sanemi solo sonrió, mirando a Giyuu con descaro.

Giyuu no dijo nada. Ni una palabra. Solo los miró por Un segundo, con el ceño fruncido y los labios apretados. Luego se dio la vuelta y se marchó, sin dignarse a responder.

Sanemi se quedó viéndolo hasta que desapareció entre las mesas.


—Ahí está el pedido de esos sujetos..

Su voz resonó con un matiz de molestia e irritación. Con un movimiento algo brusco, colocó la libreta sobre la mesa. Sus ojos permanecieron fijos en el objeto por un segundo más de lo necesario, como si así pudiera descargar en él la incomodidad que sentía.

—Pasa algo Tomioka?... Te veo algo.. Molesto.

Preguntó la beta con su habitual sonrisa. Mientras hablaba, sostenía la libreta con delicadeza, repasando con la mirada el pedido escrito, y en cuanto terminó de leer, comenzó a preparar todo.

—No es nada.. Solo.. Me hizo sentir algo incómodo.. Esos sujetos.. Se nota que son unos idiotas.. Alfas como ellos no valen la pena.. Son solo unos imbéciles en busca de distracción —dijo con enojo, el azabache y la beta ya iban trabajando juntos 2 años por lo que el podía expresarse mejor cuando estaba junto a ella.

Fruncio el ceño cruzándose de brazos y apoyandose contra la pared, aun podía recordar su niñez.. No era nada agradable recordarlo.. Pero inconscientemente lo hacia y eso lo lastimaba mucho aunque no lo demostrase.

La pelimorado dio un suspiro dejando de sonreír ya terminando de servir la comida y bebida poniéndolos sobre una bandeja.

—Se que ahí alfas que en verdad no valen la pena.. Pero.. También existen alfas que si lo valgan.. —las manos de el azabache se apretaron con fuerza en puños empezando a temblar ligeramente del enojo que trataba de contener— Alfas que de verdad respetan a los omegas y que incluso los aman.. Solo ahí que esperar al indica-

—¿Es fácil para ti decirlo no? ¡Eres una beta! ¡Tu no tienes porque preocuparte en el amor! ¡¡No tienes que preocuparte por un maldito celo!! o por las feromonas de los alfas!! ¡¡O por la puta voz de mando!!

Su voz ya no sonaba neutra.. Sonaba enojada y frustrada, su mirada fija a los ojos morados de la beta.

—Si vas a decir algo! Dilo por experiencia! Yo.. Yo se como son los alfas.. Creeme.. Mi padre... Era una basura..

Se sintió algo ofendida al ser llamada de atención pero sabia que Tomioka tenía razon.. Ella no tenía experiencia.. Bajo la cabeza y asintió.

—Si.. Entiendo Tomioka.. Solo quería hacerte sentir mejor.. Lo siento..

La beta se volteo hacia la mesa agarrando la bandeja con la comida del alfa y se lo dio al azabache.

—Ya puedes llevarlo al cliente.

Tomioka sostuvo la bandeja de comida asintiendo y dando un suspiro tratando de mantener la compostura... Una vez calmado salió de camino hacia la mesa en donde estaban esos molestos alfas.

—Aqui está el pedido.

El azabache colocó con cuidado la comida y la bebida sobre la mesa, procurando no interrumpir la conversación que se desarrollaba frente a él. Luego, sin emitir palabra alguna, se retiró con pasos tranquilos. Los alfas, absortos en sus propios chismes y asuntos, apenas notaron su presencia. Para él, aquello fue un verdadero alivio; no sentía el más mínimo deseo de interactuar con ellos. En silencio, agradeció esa indiferencia, pues le permitía mantenerse al margen y conservar la calma que tanto valoraba

.


Pasaron los días.

Y Sanemi comenzó a ir al restaurante más seguido. A veces con sus amigos. A veces solo. Ya no tenía excusas. Ya no lo ocultaba.

Algo en Tomioka le llamaba la atención de una manera retorcida: su forma de caminar con dignidad a pesar de que era un omega. La forma en que ignoraba sus comentarios con la cabeza en alto. Esa constante mirada de hastío que parecía decirle: "No eres nada". Ese desdén lo irritaba... y lo fascinaba.

Lo observaba desde su mesa, en silencio. Analizaba cada uno de sus movimientos, desde cómo equilibraba las bandejas hasta la forma en que su uniforme ajustado marcaba sus caderas, su espalda firme, sus manos tensas. Quería saber qué se sentía romper esa fachada. Qué pasaría si lo hacía gritar... Llorar... Suplicar...

Y eso lo enfermaba, aunque no lo supiera.

Una noche, más cerca del cierre, Giyuu se acercó con su libreta.

—¿Qué desea ordenar? —preguntó con el tono neutro de siempre, sin mirarlo directamente.

Sanemi alzó la vista desde el menú. No respondió de inmediato. Solo lo miró.

Giyuu tenso, incómodo. Apretó los labios y no dijo nada, aunque sus ojos hablaban por él: Apresúrate, imbécil.

Pero Sanemi no hablaba. Se limitaba a sostenerle la mirada, ladeando apenas la cabeza, como un lobo acechando. Sabía que Giyuu no podía marcharse hasta que él pidiera algo. Y le gustaba.

—...Pollo teriyaki. Con sake caliente —dijo finalmente, con una sonrisa ladina.

Giyuu anotó rápido sin responder. Se dio la vuelta y se fue con pasos tensos, deseando que ese alfa dejara de venir.


Terminada la cena, Sanemi se quedó unos minutos más, solo por verlo recoger los platos. Lo observaba desde su mesa, apoyado en el respaldo de la silla, mientras Giyuu limpiaba con rapidez y recogía los servicios usados.

Cuando se inclinaba para tomar los cubiertos, Sanemi podía ver su nuca, la línea de su espalda, esa piel tan pálida y sin ninguna imperfección, cómo sus manos fuertes apilaban los vasos. No había servilismo en él. Giyuu hacía su trabajo con eficacia y frialdad, sin tratar de agradar a nadie, También su aroma.. Se sentía más fuerte.. Más que los días anteriores... Ese aroma sólo lo calentaba cada vez más.

Eso... eso lo volvía más deseable


Esa noche Sanemi volvió a casa inquieto. No era la primera vez que deseaba a alguien. Pero sí la primera que sentía esa necesidad tan marcada de quebrarlo.

Sanemi cerró la puerta de su casa con fuerza, sin molestarse en encender la luz. La habitación quedó en penumbra, iluminada apenas por el resplandor pálido que entraba desde la ventana. Se dejó caer en el sillón, con las manos aún crispadas.

Se llevó una mano al rostro, respirando hondo. Pero su otra mano temblaba. La había escondido en el bolsillo durante casi toda la cena, porque cada vez que lo miraba —cada vez que veía su ceño fruncido, su semblante neutro, sus dedos tensos sujetando la bandeja—, una ola de fuego se le acumulaba en el estómago. Un deseo inquietante, malsano, que no sabía si nacía de algo más torcido.

Y ahora estaba solo. Con la imagen de Giyuu agachándose a recoger los platos sucios, ajeno a la mirada fija que le taladraba la espalda.

Sanemi bajó la vista a su entrepierna. La tela del pantalón estaba visiblemente levantada. Su respiración se volvió más pesada.

—Tch... Qué asco —murmuró, pero no había asco real en su voz. Solo una risa baja, ronca, que sabía que nacía del deseo mas retorcido.

Se echó hacia atrás, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sillón, con los ojos clavados en el techo oscuro.

Y lo peor... lo peor era que su cuerpo lo deseaba como si no tuviera memoria. Como si fuera un instinto. Como si ya lo hubiera marcado sin querer y ahora no pudiera separarse de él, como un maldito animal.

Una sonrisa torcida y enferma cruzó su rostro. No había ternura. Solo ansiedad. Deseo. Y una sed que no se saciaba.

Había pasado horas en ese restaurante. Viendo. Observando. Esperando que ese maldito omega levantara la mirada siquiera una vez para reconocerlo. Pero no... ese omega azabache ni siquiera se dignaba a fruncir el ceño por él como lo hacía antes. Esa frialdad... esa indiferencia lo corroía.

Pasó varios minutos en el sofá, recordando cómo Giyuu lo ignoraba. Cómo parecía no temerle.

¿Por qué no me miras como los otros omegas? preguntó. ¿Por qué no te tiembla la voz cuando me hablas? ¿Por qué no te rindes...?

Y sin darse cuenta, esa obsesión se fue convirtiendo en un deseo oscuro.

Un deseo que esa noche... se volvería acto.