Dónde el metal se vuelve piel

Summary

Kevin y Hunter se hicieron amigos en la secundaria, unidos por una rabia que ninguno sabía nombrar. Hunter encontró refugio en el metal; Kevin, en la batería. Juntos formaron una banda, un vínculo peligroso y una cercanía que nunca se atrevieron a cuestionar. Pero la música no siempre salva. Una batalla de bandas lo quiebra todo: los celos, el orgullo y lo que jamás se dijo terminan por separarlos, dejando cicatrices que no sanan con el tiempo. Años después, el destino los enfrenta de nuevo en la universidad, donde el metal vuelve a sonar y arrastra con él deseo reprimido, culpa y una atracción que duele tanto como arde. Porque cuando el metal se vuelve piel, ya no hay forma de huir.

Genre
Lgbtq
Author
Ryu
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

La grieta en el ritmo

Hunter no podía dejar de sonreír.

El camerino olía a cables calientes, sudor viejo y metal. Para él, era el olor de algo que apenas estaba empezando. Se apoyó contra la pared, la guitarra colgándole del hombro, y miró a Kevin ajustar la batería con la concentración de siempre. Ese gesto serio, casi obsesivo, le hacía pensar que estaban en el punto exacto donde todas las bandas que admiraba habían comenzado.

-¿Sabes cuántas bandas empezaron así? -dijo, rompiendo el silencio-. En lugares de mierda, tocando como si el mundo dependiera de eso.

Kevin alzó la vista, curioso.

-¿Otra de tus historias?

Hunter soltó una risa baja.

-Black Sabbath tocando en bares vacíos. Tool siendo incomprendidos. Deftones sonando demasiado suaves para unos y demasiado pesados para otros. Nadie apostaba por ellos al inicio... y mira ahora.

Se acercó un poco más, bajando la voz, como si fuera un secreto.

-Nosotros estamos ahí. En ese punto.

Kevin dudó un segundo antes de asentir. Hunter lo notó. Siempre lo notaba.

Emily pasó detrás de ellos, saludando a alguien con demasiada facilidad. Hunter la siguió con la mirada apenas un instante. No le gustaba del todo, aunque tampoco tenía una razón clara para eso. Era... ruido. Una distracción innecesaria.

-¿Te molesta que toque con nosotros? -preguntó Kevin, sin mirarlo directamente.

Hunter se encogió de hombros.

-No. Mientras no te saque del ritmo.

No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.

Hunter apoyó la frente un segundo contra la madera fría del camerino y cerró los ojos.

Esto iba a crecer.

Lo sentía en los dedos, en el pecho, en la forma en que Kevin golpeaba los parches como si necesitara sacar algo de sí mismo.

Las luces los cegaron al salir.

El primer golpe de la batería atravesó el lugar como un latido mal contenido, y Hunter entró después, la guitarra gritando lo que nunca decía en voz alta.

Por unos minutos, todo encajó.

Kevin seguía el ritmo sin mirarlo, pero Hunter sabía exactamente dónde estaba cada golpe.

Pensó que así debía sentirse crecer.

Pensó que nada podía romper eso, pero el destino a veces juega en nuestra contra.

Emily avanzó otro paso, lento, deliberado.

El chelo se acomodó entre sus piernas y el gesto fue inevitablemente íntimo. El arco descendió despacio, casi perezoso, arrancando notas graves que parecían deslizarse, no sonar. Emily inclinó la cabeza apenas, dejando que el cabello le rozara el cuello, y sostuvo la mirada de Kevin con una calma peligrosa.

Sonrió.

No al público.

A él.

El arco subió y bajó con una cadencia que no tenía nada de inocente. Cada vibración del chelo se pegaba al cuerpo de Emily, amplificada por el movimiento de sus caderas, por la presión de sus dedos firmes sobre las cuerdas. Era música, sí, pero también era una invitación silenciosa.

Kevin tragó saliva.

Sintió el golpe del sonido en el pecho, un calor incómodo que se le deslizó por la espalda. No supo en qué momento dejó de escuchar el conjunto y empezó a escucharla solo a ella. El chelo parecía respirarle cerca, hablándole en un idioma que no entendía pero que su cuerpo reconocía.

Confusión.

Atracción.

Culpa inmediata.

Se obligó a bajar la vista, a volver al ritmo, pero Emily no aflojó. Se acercó un poco más, lo suficiente para invadir su espacio, y cuando tensó el arco, lo hizo con una presión lenta, casi cruel. Sus dedos se cerraron sobre la madera como si la dominara.

Hunter lo vio todo.

El primer gutural le explotó desde el fondo del pecho, más áspero, más oscuro. La voz le salió cargada, animal, como si estuviera raspándose la garganta por dentro. Hunter dejó que la molestia le atravesara el cuerpo y la escupió en sonido, sosteniendo el grito más de lo habitual, haciéndolo vibrar hasta doler.

El público respondió con un rugido.

Hunter encadenó otro gutural, todavía más largo, más violento. Cada grito era un golpe, una advertencia que nadie entendía excepto él. Sus dedos mordieron las cuerdas de la guitarra con furia contenida mientras mantenía el control absoluto del tempo.

Kevin reaccionó al sonido de la voz de Hunter, sacudido, como arrancado de un trance. Volvió a centrarse, aunque el chelo seguía ahí, rozándole la atención como una mano que no se aparta del todo.

Emily sonrió de nuevo, satisfecha, y cerró el fraseo con un movimiento lento del arco, casi una caricia final.

Hunter sostuvo el último gutural como si le fuera la vida en ello.

Cuando la canción terminó, el aire quedó cargado, espeso, eléctrico.

La grieta no se oyó.

Pero ya ardía.

El último acorde de la última banda todavía vibraba en el aire cuando el presentador anunció el resultado.

-Segundo lugar...

Kevin sintió cómo algo se le hundía en el pecho.

El público aplaudió igual, pero ya no sonaba igual. No cuando Hunter soltó la guitarra con más fuerza de la necesaria y bajó del escenario sin mirarlo siquiera. El eco metálico del instrumento le recordó a esos finales de Black Sabbath que no buscan redención, solo caída.

Kevin lo siguió entre cables, luces y gente que felicitaba sin saber que algo se había roto.

-Hunter, espera.

Él se giró de golpe.

-¿Esperar qué? -escupió-. ¿A que admitás que hoy no estabas aquí?

Kevin frunció el ceño.

-¿De qué estás hablando? Toqué bien.

Hunter soltó una risa corta, amarga.

-Tocaste mecánicamente. Pero no estabas conmigo. -Lo señaló con un dedo tembloroso-. ¡Estabas más pendiente de ella... de Emily... que de la batería!

La voz se le quebró sin querer.

-¡Que de mí! -gritó, y enseguida se quedó en silencio, como si acabara de decir algo que no debía.

Las palabras quedaron suspendidas, pesadas. El ruido del backstage se apagó alrededor.

Hunter se dio cuenta de lo que había dicho. Sus mejillas se tiñeron de rojo; endureció la mandíbula y desvió la mirada.

-No me mires así -añadió-. Perdimos el tempo en el tema. Y no fue por mí.

Kevin abrió la boca, pero no salió nada al principio.

-Emily solo estaba ayudándonos -dijo al final-. Es buena tocando y lo sabes.

-Claro -respondió Hunter con sarcasmo-. Y casualmente no le quitabas los ojos de encima.

Eso dolió más de lo que Kevin esperaba.

-¿Y qué querías? -explotó-. ¿Que no mirara a nadie? ¿Que solo te mirara a ti?

Hunter apretó los puños. El riff que le zumbaba en la cabeza era puro Judas Priest: recto, agresivo, sin espacio para el error.

-Yo quería que tocaras como cuando éramos solo nosotros. -Le sostuvo la mirada-. Solo tú y yo. Antes de que todo se volviera... distinto.

Kevin tragó saliva y recordó los primeros ensayos, los regaños, las manos de Hunter marcándole el pulso cuando aún no era bueno en la batería.

-Tal vez eso ya no funcione -dijo en voz baja-. Tal vez deberíamos dejar de tocar juntos.

Por un segundo creyó que Hunter iba a detenerlo. A decir algo. Cualquier cosa.

Pero Hunter no lo hizo.

Antes de que pudiera responder, la puerta del cuarto se abrió.

-¡Chicos! -dijo Emily asomándose, todavía con la adrenalina del escenario en la voz-. Estuvo increíble, en serio.

Hunter la miró apenas. Fue suficiente.

Su expresión se cerró por completo.

-Ya da igual -murmuró, más para sí mismo que para ellos.

Tomó su guitarra, pasó junto a Kevin sin rozarlo y salió del cuarto sin decir nada más.

El portazo no fue tan fuerte, pero pesó como si lo hubiera sido.

Kevin se quedó inmóvil, con las baquetas aún en la mano.

Emily lo miró, dudando.

-¿Interrumpí algo?

Kevin negó despacio.

-No -mintió.

Emily sonrió y se acercó, coqueta.

-Entonces vamos a celebrar. Un segundo lugar no está nada mal para empezar.

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Pasaron algunos días sin que Hunter y Kevin se dirigieran la palabra. Era como si el que hablara primero perdiera. Aun así, se buscaban en los pasillos, se medían en silencios. El metal seguía sonando en sus audífonos, pero ya no era refugio: era herida.

Hunter ya estaba harto de la situación pero no pensaba ceder, hasta que un día, estando en su cuarto, practicando un solo de guitarra de Iron Maiden, el teléfono vibró, era un mensaje.

Kevin:

Tenemos que hablar. Quiero arreglar las cosas.

Hunter leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

No respondió.

Se levantó de golpe, agarró la chaqueta y salió del dormitorio antes de que pudiera pensarlo demasiado. Sus pasos resonaban más fuerte de lo normal, o tal vez era su propio pulso el que le retumbaba en los oídos.

Llegó a la casa corriendo, paso por la puerta sin tocar sin pensarlo dos veces, sabía que los padres de Kevin estaban de viaje, así que se dirigió directo a la habitación donde se escuchaba un poco de ruido a lo lejos, a lo cual no le dió importancia.

La luz estaba encendida.

Hunter levantó la mano para tocar... pero se detuvo.

La puerta estaba entreabierta y se escuchaba una pieza suave de chelo en el tocadiscos.

Empujó apenas, lo suficiente para asomarse.

Y entonces se quedó completamente inmóvil.

El mundo se redujo a un solo punto frente a él.

El aire se le atoró en los pulmones.

El estómago se le hundió como si alguien le hubiera arrancado el suelo.

Kevin no estaba solo.

Hunter retrocedió un paso sin hacer ruido, como si el menor movimiento pudiera romperlo en pedazos. El mensaje seguía brillando en su pantalla, olvidado, absurdo, cruel.

Quiero arreglar las cosas...

Cerró el puño hasta que le dolió.

No dijo nada.

No entró.

No interrumpió.

Se dio la vuelta y caminó por el pasillo con la sensación de que algo dentro de él acababa de romperse.

En sus audífonos sonaba Schism de Tool, ese ritmo quebrado que hablaba de cosas que se rompen cuando nadie quiere escuchar.

Hunter pensó que nunca, una canción había sonado tan parecida a lo que sentía en ese momento.