Capítulo 1-El Plan
Introduccion
El bosque estaba ahí desde siempre.
Denso, oscuro, imposible de ver más allá de los primeros metros.Nadie lo atravesaba. Nadie lo necesitaba.Bastaba con saber dónde terminaba el camino y no cruzarlo.
Los adultos decían que era peligroso.No explicaban por qué.
Con el tiempo, el bosque dejó de ser una amenaza.Se volvió una pregunta.
El pueblo estaba al sur de todo.Tan al sur que los mapas lo achicaban, como si no valiera la pena dibujarlo bien.
Quedaba en Tierra del Fuego, rodeado de viento, inviernos largos y un bosque que empezaba donde terminaban las últimas casas.No tenía nombre importante. Para los de afuera era solo “un pueblo más”.
Había una valla.No muy alta, no muy firme. Más simbólica que efectiva.Una advertencia silenciosa.
Los chicos crecían mirando ese límite todos los días, escuchando historias que nunca coincidían del todo: animales, accidentes, gente que se perdió, ruidos raros en invierno.Nada concreto. Nada comprobable.
Y como pasa siempre en los pueblos chicos, alguien, alguna vez, decidió intentar responder esa pregunta.
El Plan.
Era mayo de 1956. El invierno todavía no había llegado del todo, pero el frío ya se sentía en los huesos. En ese pueblo, el frío siempre se adelantaba a todo.
Se juntaban siempre en la casa de Bárbara. No porque fuera la más grande, sino porque era la única que tenía una pieza propia. La puerta cerrada hacía que todo pareciera más serio, más definitivo.
Javier habló sin rodeos.
Extendió los materiales sobre la mesa: habia mapas mal dibujados, herramientas viejas, anotaciones apretadas. Explicó que habia visto mientras investigaba a la noche una grieta en el muro y que era posible pasar por ella, tambien explico que hacia falta comida y que si se calculaba bien la comida, la podrian tomar "prestada" del almacen del pueblo.
Mientras hablaba, Ana lo miraba como si ya estuvieran del otro lado.
—¿Y si nos ven robando? —preguntó Bárbara—. ¿Y si todo esto no sirve para nada?
Eduardo no decía mucho. Escuchaba en silencio, asentía de vez en cuando. Pensaba en el bosque, en los animales, en el frío que se metía en los pulmones.
Ana fue la primera en defender el plan.
—Siempre decís que sus planes son una locura —dijo, mirando a Bárbara—. Y siempre terminan funcionando. Esta no va a ser la excepción.
Javier no respondió enseguida.
Para él el miedo no existía. Solo había una pregunta que le rondaba la cabeza desde hacía años:
¿Qué hay detrás del muro?
Al final, Bárbara y Eduardo aceptaron. No convencidos, pero decididos.
—Si algo sale mal, nos vamos —advirtió Bárbara—. Los cuatro. Sin discutir.
Javier asintió. Sabía que su plan no podía fallar.
Por su propio bien, no podía.
El plan empezó de a poco.
Robaban sin llamar la atención, juntando lo justo. Bárbara era buena con los cálculos, así que iba seguido a la casa de Eduardo. Entre los dos llevaban la cuenta de la comida que faltaba y se encargaban de esconderla.
Ana y Javi eran un buen dúo. Rápidos, escurridizos. Ellos agarraban y llevaban las provisiones hasta la casa de eduard.
Nadie sospechó nada.
Y así, lento pero seguro, llegó junio.
Habían tardado un mes en juntar todo. El problema apareció con el frío.
Bárbara y Eduardo fueron a buscar a Javier.
—Ya llegó junio —dijo Bárbara—. Empieza el frío. Y vos sabés que en este pueblo los abrigos recién llegan en julio. ¿Y si durante esa semana el clima empeora? puede salir mal.
Javier no dudó.
—Es una semana antes del invierno —respondió—. Hace frío, sí, pero no tanto. Con abrigo vamos a aguantar. Después volvemos.
El plan era simple: regresar antes del gran frío.
Para no perderse, marcarían el camino con banderines viejos, restos de un evento navideño del pueblo. También iban a desaparecer de a poco, para que nadie notara la ausencia.
Eduardo explotó.
—No lo entiendo, Javi. Hay muchos riesgos. Podemos morir. ¿No tenés miedo?
Javier lo miró fijo.
—Tonto es aquel que no lo intenta. Si tienen miedo, no vayan. Ana y yo salimos igual. Y si quieren, devuelvan la comida… aunque no sé cómo van a explicar por qué la tenían ustedes.
El silencio pesó.
Bárbara y Eduardo aceptaron otra vez.
Eduardo no lo hacía por Javi.
Lo hacía por Bárbara.
Sabía que el frío los iba a alcanzar.
Y también sabía que no podía dejarla sola.