Prólogo
El viaje había sido largo, pero ninguno parecía notarlo. El auto avanzaba por la carretera rodeada de árboles grandes y densos, tan juntos que apenas dejaban pasar la luz del atardecer. El padre conducía relajado mientras tarareaba una canción vieja que sonaba en la radio. La madre revisaba el mapa en su celular, aunque la señal había desaparecido kilómetros atrás.
—Dijeron que no había cobertura —comentó—. Supongo que eso es parte del encantó.
—Exacto —respondió él—. Nada de llamadas, nada de trabajos, solo nosotros.
En el asiento trasero, el niño pequeño cantaba una canción sin sentido, golpeando suavemente el respaldo con sus pequeños pies. A su lado, el mayor observaba el bosque con atención, como si algo ahí afuera lo llamara más que cualquier canción.
—¿Y si hay animales salvajes? —preguntó el pequeño mientras observaba de reojo el gran bosque.
—Entonces gritamos —dijo el mayor—. O corremos más rápido que papá.
—O no salen del auto sin avisar —intervino la madre, girándose para mirarlos—. ¿Quedamos?
El mayor asintió, aunque su mirada seguía fija en los árboles, cuando llegaron el sol ya estaba bajo. La cabaña era grande, de madera oscura con un muelle que se adentraba en el lago como un dedo señalando el agua quieta, todo parecía demasiado tranquilo.
—Es preciosa —dijo la madre—. Justo lo que tenia en mente.
A unos metros entre la vegetación, se distinguía otra cabaña más vieja, más cerrada.
—Esa debe ser la de los dueños —comentó el padre—. Dijeron que vivían cerca.
No le dieron más importancia, desempacaron, comieron algo rápido y cuando cayó la noche, el bosque se llenó de sonidos suaves: insectos, el agua moviéndose lentamente, ramas crujiendo a lo lejos.
—No salgan, ya es tarde. —advirtió la madre.
El pequeño se quedo dormido en el sillón, el mayor no. La curiosidad le ganó cuando vio la luz tenue provenir de la otra cabaña lejana, pensó que sería divertido entrar a explorar en aquella cabaña. Abrió la puerta con cuidado y salió sin hacer ruido.
El aire nocturno era frío, la puerta de aquella cabaña no estaba cerrada del todo, dentro de ella, el olor lo golpeó primero. Algo extraño, espeso. Vio manchas en el suelo, un trapo mal colocado en una mesa cercana… y entonces lo miró.
Tomó con cuidado lo que había encontrado, con una mezcla de asco y emoción que solo tienen los niños que aún no saben cuando algo es realmente peligroso.
—Esto va a asustarlo —murmuro.
Salió de la cabaña y comenzó a correr para llegar rápido a su cabaña nuevamente, tenía planeado asustar a su pequeño hermano con lo que había encontrado, pero… no alcanzo a hacerlo. Algo lo jalo bruscamente que ni siquiera le dio tiempo de gritar.
Minutos después, la madre se dio cuenta de que no estaba.
—¿Dónde esta tu hermano? —pregunto al pequeño que apenas despertaba.
—No se… estaba aquí— murmuró con voz somnoliento, mientras se tallaba los ojos con su pequeña mano.
El padre salió con una linterna, rodeo la cabaña llamando a su hijo una y otra vez por su nombre, no respondió, solo el eco que volvía con la voz deformada.
A unos pasos de ahí, encontraron un pequeño zapato que pertenecía a él, solo uno.
—Voy a buscarlo —dijo el padre con la voz tensa.
—No —susurro ella—. Algo no está bien… por favor.
Él no respondió, se dio media vuelta caminando hacia el bosque hasta que lo perdieron de vista, pasaron los minutos y no regresó.
La madre no esperó más, cargó al pequeño en brazos y salió corriendo hacia el auto, sin mirar atrás, sin pensar.
El sonido fue rápido, un silbido corto. El impacto la derribo, el niño cayó junto con ella.
—Mamá —lloró, intentando levantarla—. Mamá, despierta...
La sacudió, ella ya no respondió. El lago estaba en calma, el bosque inmóvil y luego… silencio.