Estrellas que buscan
Era una cálida noche de verano y Miguel no podía dormir. ¿Cómo podría estando en el lugar que más amaba en el mundo? Esperó con mucho entusiasmo las vacaciones de verano, porque siempre visitaba la casa de sus abuelos.
La casa de sus abuelos era la entrada a un mundo mágico, lleno de flores y plantas de colores y aromas llamativos, árboles tan altos como los edificios de la ciudad donde Miguel vivía, y, sobre todo, animalitos muy curiosos, como los gusanos peludos que encontraba arrastrándose en el suelo o trepando los árboles.
Él y sus papás llegaron esa tarde y no pudo salir a jugar; su mamá le dijo que hablara con sus abuelos primero, pues desde el verano pasado que no se veían. Esa conversación se alargó tanto que el sol se escondió antes de que pudiera salir. Sus padres le dijeron que se durmiera temprano, y así a la mañana siguiente jugara todo lo que quisiera, pero estaba tan emocionado que no podía dormir: sus piernas no se quedaban quietas de la impaciencia y el calor en la habitación.
Se puso de pie y abrió la ventana. La luz de la luna se coló entre las cortinas, que eran movidas suavemente por el viento. Miguel lo sintió como una caricia en el rostro. Sacó la cabeza por la ventana. La noche era tan clara que veía las copas de los árboles mecerse, y, entre el sonido de las hojas, se escuchaban grillos. En el árbol más cercano a él había uno, se escuchaba más fuerte que los demás.
De pronto, vio flotar una pequeña luz, subiendo y bajando tan despacio que, de no haber estado concentrado en ella, no lo habría notado.
Era la primera vez que veía una en persona, pero supo de inmediato qué era: una luciérnaga. Recordó verlas en varias películas.
No podía dejar de mirarla: era tan bonita. En sus siete años de vida jamás vio algo tan hermoso, y estaba seguro de que, aunque pasaran treinta años, incluso cuando tuviera ochenta o si llegaba a cumplir cien, nunca experimentaría algo como eso.
Observó todo el camino que trazaba la luciérnaga. En algunos momentos la perdió de vista, cuando pasaba detrás de las hojas de los árboles y arbustos, pero siempre supo dónde aparecería. Deseó que se acercara a la ventana para poder verla mejor.
Miguel se preguntó si escuchaba sus pensamientos, pues ella comenzó a acercarse a él, y al tenerla justo cerca de su nariz, contuvo su aliento, esperando no asustarla. La luciérnaga se movió en círculos, como si lo saludara.
Lentamente, impulsado por la curiosidad, levantó su mano para tocarla, pero, justo antes de lograrlo, ella se movió hacia su velador, y reposó allí.
Él, con mucho sigilo, se arrodilló hasta quedar frente a la luciérnaga. Era casi tan pequeña como su dedo índice. Si no lo estuviera viendo, jamás creería que un bicho tan pequeño fuera capaz de emitir luz.
Sus ojos se desviaron al vaso que estaba sobre el velador. Su abuela le llevó agua por si tenía sed en la noche, pero hacía tanto calor que ya no quedaba nada. Con cuidado, levantó el vaso y lo volteó, atrapando al animalito.
Suspiró. Ahora vería todas las noches el brillo de la luciérnaga. Pensar eso lo hizo muy feliz. Tanto que no podía guardarlo, necesitaba contárselo a alguien.
Sabía que su abuela siempre era la última en ir a dormir, porque varias noches, al ir al baño, la encontró sentada con algún libro. Y a su abuela le gustaban mucho los animales y la naturaleza, era la persona perfecta para mostrarle la luciérnaga.
Salió de su habitación con cuidado, sosteniendo el vaso con una mano y cubriéndolo con la otra, mientras seguía la luz del pasillo hasta la sala de estar, donde estaba su abuela leyendo.
—Ya deberías estar durmiendo —dijo ella, sin levantar la cabeza del libro. Miguel estaba convencido de que su abuela tenía superpoderes: lo escuchó a pesar de caminar con sigilo.
—Encontré algo en mi habitación y quise mostrártelo.
Su abuela dejó de leer para mirarlo a él, y luego al vaso. Ambos posaron sus ojos en la pequeña luz, que se movía frenéticamente intentando salir.
Ella arrugó la frente, y, tras de cerrar el libro, se acercó. Cuidadosamente, con una mano sostuvo el vaso y con la otra lo tapó.
—Es un animalito muy lindo, ¿verdad? —Miguel asintió, entusiasmado—. Pero no podemos mantenerla aquí, atrapado.
—¿Por qué no? Me gustaría quedármela para siempre —dijo con tristeza.
—Este vaso no es su hogar, y es muy pequeño. No sobrevivirá mucho tiempo.
—Si tuviera un vaso más grande, ¿me la podría quedar?
—No, Miguel. Esta pequeña tiene una misión que cumplir, y no podemos interferir. —Su abuela le dio una pequeña sonrisa.
—¿Qué misión?
Ella se acercó a la ventana, y, abriéndola, dijo: —Primero la liberaremos, y luego te contaré una historia. Es muy antigua.
—¿Más antigua que tú?
La abuela levantó una ceja.
—Sí, más antigua que yo. —Quitó la mano del vaso y guardó silencio mientras observaba como la luciérnaga emprendía vuelo en la cálida noche—. Es más antigua que todo lo que conocemos.
Miguel se subió al sillón, expectante. Su abuela siempre le contaba las más magníficas historias. A su lado se sentó ella, y comenzó a narrar:
—Hay un secreto que no te he contado: cuando la vida de una persona termina en la tierra, Dios convierte su alma en una estrella, para que con su brillo guíe a todos sus seres queridos, y así, cada vez que alguien en la tierra se sienta solo, le bastaría con levantar su cabeza en la noche y mirar a las estrellas, para saber que jamás estará solo, pues hay millones de almas que lo cuidan.
—¿Nosotros también nos convertiremos en estrellas?
—Si durante tu vida tu corazón fue tan cálido como un rayo de sol, entonces Dios te convertirá en una estrella. Pero hay un problema.
»Hace muchos años, cuando las personas aún no leían ni escribían, la noche era mucho más brillante que ahora. El cielo estaba lleno de estrellas, era difícil encontrar algún espacio vacío. Ya te imaginas, entonces, que muchas almas habitaban en el cielo; y cada persona en la tierra sabía que su destino era brillar junto a ellas, por eso se esforzaban tanto en hacer el bien.
»Pero, siempre ha existido el mal, y sentía celos de que muchos prefirieran hacer el bien. Un día, con todo su odio, atacó a las estrellas, y apagó la luz de muchas. Las almas que se sumieron en la oscuridad cayeron a la tierra, y, sin su brillo, no pudieron volver a subir.
»Las almas que quedaron en el cielo se sintieron muy tristes y solas, el cielo nocturno ya no brillaba como antes, la distancia entre una estrella y otra era enorme. Y, con la pérdida de varias estrellas, las personas en la tierra fueron olvidando que su destino era convertirse en una, y muchas dejaron de hacer el bien. Parecía que el mal había conseguido su propósito.
»Sin embargo, como Dios amaba a cada una de las estrellas, no permitió que ocurriera. Para ello, pidió ayuda a las estrellas más valientes, y les encomendó una misión: bajar hasta la tierra, buscar cada una de las almas perdidas, y regresarlas al cielo, a su hogar. Como las almas perdidas alguna vez fueron estrellas, son atraídas al brillo de otra, por eso debían buscarlas en la noche, cuando la luz del sol no les dificultara encontrarlas.
»Pero había un problema: si eran descubiertas, el mal les apagaría su luz, igual que ocurrió con las estrellas caídas. Por eso, Dios les dio una nueva apariencia: la de seres que brillan en la oscuridad. Así pasarían desapercibidas para los ojos del mal, pero las almas caídas podrían encontrarlas fácilmente, porque saben distinguir el brillo de otras almas.
Los ojos de Miguel estaban abiertos de la impresión; sus manos cubrían su boca.
—Entonces, ¿las luciérnagas…?
—Sí, las luciérnagas son almas enviadas por Dios. Pero no son las únicas: gusanos en las cuevas, medusas en el mar, también en las olas puedes encontrar almas.
»Incluso creó refugios: plantas y algas que brillan en la noche, en los que las almas perdidas pueden aguardar hasta que sean rescatadas.
»Todo animalito que veas brillar es una de ellas, buscando almas, por eso no debemos atraparlos, muchas almas quedarían sin ser rescatadas. Lo mejor que podemos hacer es observarlas, valorar su trabajo duro y agradecer que tuviéramos la oportunidad de ser testigos de algo maravilloso. ¿Estás de acuerdo?
—Sí… yo no sabía eso, perdóname.
—No hay nada por lo que disculparse, no lo sabías, pero ahora sí.
—Y no lo volveré a hacer.
—Me alegra oír eso. —La abuela acarició con ternura la cabeza de Miguel mientras le sonreía—. ¿Quieres ver algo hermoso?
Miguel asintió y ambos se pusieron de pie. Salieron por la puerta. Afuera todo estaba oscuro, por lo que tuvo que sostenerse de la mano de su abuela para no tropezar.
Al llegar al patio, todo lucía normal, pero, después de que se le acostumbrara la vista, Miguel cada vez notaba más luces moverse entre la vegetación, como si bailaran una danza de la que se perdió registro hace muchos años, pero él sabía la verdad: buscaban a los suyos. Su corazón se conmovió por esa imagen.
—Es increíble, ¿verdad? Si todos dejamos que sigan su camino, podremos apreciar cosas tan bellas como estas para siempre.
Miguel no pudo hablar, solo seguía mirando, con la sensación de que, si abría la boca, todo ese hechizo desapareciera. Y entendió que la belleza de la naturaleza no estaba en atraparla en un vaso sobre su velador, sino en verla brillar libre en la noche.