El primer día de independencia
Capítulo 1: El primer día de independencia
(Mi primer día de independencia.)
El día estaba tranquilo… ¡pero agitado! Adara estaba manejando en un auto que probablemente no era suyo. No tenía techo, así que el sol se reflejaba en sus gafas de sol, con la mirada fija en la carretera, la cual estaba completamente vacía.
Ella había tomado un camino más largo, el que sabía que no tendría mucho tránsito (qué inteligente). Su auto, color verde esmeralda y probablemente más viejo que el carajo, tenía el motor sonando por encima de la música que había puesto (“Thousand Miles”), mientras ella gritaba (digo, cantaba).
—¡Walking fast, faces pass and I’m homebound!
Ella se reía, disfrutando de su libertad momentánea. Porque, según ella, ¿cómo una mujer de 20 años iba a vivir y depender de sus padres? No, no, claro que no 😌. Ya tenía que darse sus propios gustos y hacer lo que quisiera. Después de todo, era una adulta que ya se había cansado de su familia, sus mascotas y sus amigos.
(En la noche)
Unas horas después, la noche amenazaba. Ella continuaba manejando por la carretera, ahora incluso más sola que por la tarde, cosa que era de esperar. Adara, a pesar de tener un sueño insoportable, seguía conduciendo mientras pensaba:
“Maldita sea, no debí tomar el camino más largo, mierda.”
“Esto me pasa por estúpida.”
“O sea, en serio, Adara, solo por no tomar un poco de tráfico… wow, estúpida, mira en lo que te metiste.”
Resopló, cansada y enojada, mientras deseaba llegar de una vez al hotel que había alquilado con la tarjeta de su madre…
(Unas horas después)
Luego de un rato, Adara seguía manejando apenas con los ojos abiertos. Se estaba quedando dormida; ya no podía con el sueño, hasta que…
¡PUM!
El auto chocó con fuerza, haciendo que ella se diera un fuerte golpe contra el guía, dándose en la sien. Soltó un grito de dolor y susto.
—¡AH! ¿Qué carajo?
El auto empezó a soltar un humo oscuro, lo que hizo que ella saliera rápidamente, casi tropezando. El olor a gas la mareó un poco. El carro estaba destrozado en la parte delantera; era un milagro que siguiera con vida.
—¡Oh no, no! ¡¿Por qué?! ¡No! —se agarró la cabeza y le dio una fuerte patada de frustración a la parte trasera del auto, haciendo que el parachoques se desprendiera (qué estúpida).
—¡No, no, no! ¡Ahhh, carro de mier—
Un suspiro frustrado se escapó de sus labios mientras comenzaba a sacar las cosas del maletero, maldiciendo en voz baja, ya que lo más probable era que tendría que irse caminando.
(Luego de unas largas horas)
Eran las 3:33 a. m. El viento frío de la noche y la niebla golpeaban la cara de Adara, que aún caminaba con una bolsa de basura que contenía su ropa, dinero y otras cosas personales.
Se notaba frustrada (cualquiera lo estaría), hasta que… un camión rojo con blanco sucio se detuvo justo a su lado. Adara entrecerró los ojos por las luces fuertes del camión y se quedó observándolo.
Una voz amable pero gruesa sonó desde adentro del camión:
—¡Oye tú! ¡Sube!
Adara lo miró, confundida.
—Oh, no, está bien, no te—
—¿Prefieres seguir caminando toda la noche? Además, hace frío y… posiblemente llueva —le interrumpió el hombre.
Los ojos de Adara se iluminaron al escuchar su insistencia. En realidad, solo había dicho que no al principio por amabilidad, porque ya estaba desesperada por subirse… aunque fuera con un desconocido.
—Eh… está bien… me… me montaré.
Se escuchó un CLICK de la puerta del camión abriéndose. Adara le dio la vuelta al vehículo para llegar a la segunda puerta y entrar. Subió las escaleras de metal con un poco de dificultad, pero lo logró. Una vez dentro, se acomodó lenta y cuidadosamente en el asiento de cuero. El olor a diésel y a pino viejo llenaba el ambiente.
Adara observó el camión y, cuando volteó hacia su derecha… lo vio. Un hombre de talla grande, con cejas marcadas, camisa ancha y gorra negra, la observaba con una sonrisa en el rostro.
—Buenas noches, señorita —dijo con un tono tranquilo.
Adara, nerviosa, respondió torpemente:
—Jaja… eh, buenas noches igual… je… emm, ¿cómo se llama usted?
El hombre se rió suavemente mientras apoyaba una mano del guía al reposabrazos.
—Mi nombre es Héctor —hizo una pausa y la observó de arriba abajo—. ¿Y tú, bonita?
Adara se sonrojó un poco.
—Mi nombre es Adara. El tuyo es muy bonito, ¿sabes?
Él la miró y soltó una pequeña risa nasal.
—No tienes que ser amable con mi nombre, ¿sabes? Es muy común.
Adara lo miro un poquito nerviosa. Y el hombre lo notó.
—¿Que hece una belleza como tu en una noche tan fea, eh? —Dijo Hector con voz amable mientras se preparaba para conducir.
—Oh bueno, eh voy de camino a un hotel.
—Okey… —Respondió Hector— Mmm es que pareces muy joven como para estar sola por la calle y…
Adara lo interrumpió.
—Tengo 20 —escupió- soy mayor. —dijo con fastudio—.
—Oye, oye no es para aue te enojes, cosita. Solo lo dije por que eres linda o acaso preferias que dijera: “Es que pareces muy señora como para estar en sola en las calles acaso tienes alzeimer y te escapaste de el horpital, ohhh.” 😱
La risa de Adara exploto.
—¡JAJA! ¿Es en serio? ¡JAJA!
(Un rato después)
Una hora pasó, larga y tranquila. Adara y Héctor siguieron hablando. La luz de la mañana ya asomaba; eran como las 4:32 a. m.
Adara no había dormido nada, a pesar de sentirse “segura”. Esperaba llegar a su destino. Héctor le insistía en que durmiera un rato, pero ella se negaba, terca como siempre.
Después de unos minutos, Adara gritó de emoción, haciendo que Héctor se sobresaltara.
—¡Ahhh! ¡Por fin, ahí está!
Héctor la miró. Desde lejos se veía el hotel. Su expresión se volvió seria y miró a Adara de reojo.
—Mmm… ¿qué opinas? ¿Caminas desde aquí o te llevo más cerca?
—Está bien, puedo caminar, no te preocupes.
Adara abrió la puerta del camión y, justo antes de bajar el primer escalón…
—Y… por cierto, gracias por ayudarme.
Se bajó antes de que él pudiera responder.
Héctor la observó alejarse, suspiró y se rió suavemente mientras encendía el camión de nuevo.
—Bueno, ya tengo una nueva amiga para ti, Nicky.
(Caminaba)
El viento de la noche y la luz del hotel, lejanos pero cercanos a la vez, golpeaban suavemente la cara de Adara, que caminaba alegre. Por fin iba a llegar, a poder dormir, a alejarse de la gente que le hacía daño… hasta que, de repente…
Una mano fuerte cubrió su boca junto con un paño que contenía algo nada agradable. Ella soltó un grito ahogado antes de desmayarse y caer en los brazos de alguien… ancho, alto y familiar. Lo último que alcanzó a ver fue una gorra cayendo al suelo… probablemente la de su secuestrador.
Unos minutos, tal vez horas… o días.
Adara abrió los ojos… ¡estaba atada! El lugar era oscuro. Las paredes parecían de metal, un metal que se movía, como si estuviera dentro de un camión.
Sus muñecas dolían por la fuerte soga que las ataba a un tubo sobre su cabeza.
Tenía los ojos vendados; no podía ver su alrededor. Respiraba rápido, asustada, sin entender qué estaba pasando.
Entonces escuchó una voz a su lado. Era baja, masculina y apenas audible. Sonaba como si tuviera miedo también, pero a la vez como si ya estuviera acostumbrado.
—Eh… hola… oye, eh…
Adara soltó un grito y dio un salto del susto.
—¡¿QUIÉN CARAJOS ESTÁ AHÍ?!
La voz guardó silencio. Se escuchó un CLICK, como si alguien se alejara un poco. Adara siguió gritando, desesperada.
—¡Oye, oye, ya cálmate! Que te va a—
—¡¿QUIÉN CARAJOS ERES, IDIOTA?! —gritó Adara, interrumpiéndolo.
—¡YA CÁLLATE, NO ENTIENDES, ESTÚPIDA! —respondió la voz, ahora más fuerte, dejando la timidez de lado, aunque el miedo seguía presente.
Adara se quedó en silencio, respirando con fuerza, intentando moverse sin éxito; las ataduras eran fuertes y precisas.
Se escuchó un suspiro cansado y, con una voz más calmada y profunda, dijo:
—Perdón por asustarte… es que no supe cómo reaccionar. Hace tiempo que no veía a alguien nuevo por aquí.
—¿A… alguien nuevo? —preguntó Adara.
—Sí… eh, olvida eso, ¿okey? —otro suspiro cansado—. Escucha, solo no grites ni me metas en problemas con él. Y… mi nombre es Nicky.
Adara suspiró suavemente.
—El mío es Adara.
—Es un gusto conocerte —respondió Nicky en voz baja.
Ambos se quedaron en silencio, escuchando el ligero CLICK de las paredes metálicas de lo que Adara pensaba que era un camión… uno muy familiar. El olor a gasolina, metal y óxido los rodeaba mientras intentaban mantener la calma, aunque parecía que él ya estaba acostumbrado a todo aquello: a la gente desesperada, a los gritos… como si ya no tuviera miedo, o tal vez, como si ya no tuviera esperanza.



