ONE SHOT
El humo aún flotaba en el aire, espeso y acre, como un velo que cubría las ruinas de lo que había sido el escondite de Tony. Los cuerpos de los secuaces yacían dispersos, inertes, mientras el grupo —Babe, Charlie, Alan, Jeff, Dean, North, Sonic, Chris y Pete— se reagrupan en el centro del caos.
Tony había caído por fin, su reinado de terror había terminado en un estallido de violencia y poderes descontrolados. Babe, exhausto pero aliviado, se giró hacia Charlie, quien estaba a unos pasos de distancia, con la mirada perdida y confusa. La amnesia lo había convertido en una sombra de sí mismo, un extraño en su propio cuerpo después de absorber los poderes de Jeff.
—Charlie.— murmuró Babe, su voz suave pero firme, extendiendo una mano hacia él.— Ven, vamos al taller X-Hunter. Todo ha terminado ahora. Podemos...podemos intentarlo de nuevo.
Charlie parpadeó, frunciendo el ceño como si intentara procesar las palabras, pero no se movió. El grupo observaba en silencio, el peso de la victoria empañado por la tensión no resuelta entre los dos.
De repente, el eco de dos disparos retumbó en el espacio confinado, cortando el aire como cuchillos. Babe se congeló, su cuerpo rígido. Todos giraron la cabeza hacia la fuente del sonido: Willy, tambaleante y cubierto de sangre propia, con una pistola humeante en la mano. Su rostro estaba retorcido en una mueca de odio y posesión enfermiza, los ojos inyectados en sangre fijos en Babe.
—No fuiste mío…— gruñó Willy, su voz ronca y entrecortada por el dolor de sus heridas.— Entonces no serás de nadie.
Babe bajó la mirada hacia su pecho. Dos manchas rojas se expanden rápidamente en su camisa, tiñendo la tela de un carmesí oscuro. Un hilo de sangre escapó de la comisura de sus labios, cálido y metálico. Sus rodillas flaquearon, y en cuestión de segundos, el mundo se inclinó. Cayó de rodillas ante los demás, el impacto sordo de su cuerpo contra el suelo rompiendo el aturdimiento colectivo.
—¡Babe!— gritó North, su voz quebrada por el pánico.
Sonic se llevó las manos a la boca, ahogando un sollozo.
—¡Dios, no!
Dean, con los ojos ardiendo de furia, se lanzó hacia Willy sin dudar.
—¡Hijo de puta!— rugió, derribándolo al suelo con un tackle brutal. Willy intentó levantar el arma de nuevo, pero Dean se la arrebató de un golpe y la descargó contra su cabeza. Un disparo final resonó, y el cuerpo de Willy se convulsionó antes de quedar inmóvil. Dean se levantó, jadeando, con las manos temblorosas.— Se acabó. Ese bastardo ya no lastimará a nadie más.
Mientras tanto, algo se rompió dentro de Charlie. Fragmentos de recuerdos inundaron su mente como un torrente: el rostro de Babe sonriendo bajo la luz de la luna, sus besos apasionados en la oscuridad, las promesas susurradas en momentos de intimidad. El dolor en el pecho de Babe se reflejaba en el suyo propio, como si una barrera invisible se hubiera derrumbado.
—Mi amor…— susurró Charlie, su voz temblorosa y cargada de emoción. Lágrimas brotaron de sus ojos mientras corría hacia Babe, arrodillándose a su lado y tomándolo en brazos con delicadeza desesperada.
—¡Babe! ¡Babe, por favor, despierta! ¡No me dejes, no ahora!
Babe yacía inerte, su respiración superficial y entrecortada, el color drenándose de su rostro. Charlie presionó una mano contra las heridas, intentando estancar la sangre, pero sus dedos se tiñeron de rojo.
—¡Te amo, Babe! ¡Recuérdalo! ¡No puedes irte así! ¡Lucha, maldita sea!
Los demás se acercaron rápidamente, formando un círculo protector alrededor de ellos. Jeff, aún débil por sus propios poderes, se agachó junto a Charlie.
—¡Tenemos que llevarlo al hospital ahora mismo! ¡Alan, ayúdame!
Alan, con el rostro endurecido por una mezcla de preocupación y resentimiento, no esperó.
Se inclinó y tomó a Babe en brazos con fuerza, levantándolo como si fuera un niño herido. No miró a Charlie, ni pidió permiso; el rencor bullía en su interior. Charlie había ocultado la verdad sobre Tony, había luchado solo, había perdido la memoria por sus decisiones egoístas y ahora...esto.
—Muévete.— espetó Alan secamente a Charlie, su voz cortante como un filo.— No hay tiempo para dramas. Si lo amas tanto, síguenos y reza para que llegue vivo.
Charlie se levantó tambaleante, las lágrimas surcando sus mejillas mientras asentía.
—¡Alan, por favor, cuídalo! ¡No lo sueltes!—
Jeff puso una mano en el hombro de Charlie, incitandolo a moverse. — Vamos, Charlie. Babe es fuerte, pero necesita ayuda médica ya. North, Sonic, avisen a los demás en el taller. Dean, Pete, Chris —cubran la retaguardia, asegúrense de que no haya más sorpresas.
El grupo se movilizó como uno solo, corriendo hacia los vehículos estacionados afuera. Alan depositó a Babe con cuidado en el asiento trasero de uno de los autos, presionando una tela improvisada contra las heridas.
—Aguanta, Babe.— murmuró Alan, su voz suavizándose por un momento.— No nos dejes ahora, después de todo esto.
Charlie se subió al lado de Babe, tomando su mano fría y besándola.
—Lo siento...lo siento tanto. Recuerdo todo ahora. Nuestro amor, nuestras peleas, todo. No te vayas, mi amor. Por favor…
Mientras el auto rugía hacia el hospital, el silencio se rompió solo por los sollozos ahogados y las sirenas distantes que imaginaba en su mente. La batalla contra Tony había terminado, pero la lucha por Babe apenas comenzaba.
El auto derrapó frente a la entrada de emergencias del hospital, las llantas chirriando contra el asfalto mojado por la lluvia reciente. Alan saltó del asiento del conductor, abriendo la puerta trasera con un golpe seco mientras gritaba a todo pulmón:
—¡Ayuda! ¡Necesitamos ayuda aquí! ¡Herido de bala, está sangrando mucho!
Charlie, aún con las manos manchadas de sangre de Babe, salió tambaleante, su rostro pálido y surcado por lágrimas secas.
—¡Por favor! ¡Es mi...mi pareja! ¡Dos disparos en el pecho! ¡Está inconsciente!
Los demás —Jeff, Dean, North, Sonic, Chris y Pete— se bajaron rápidamente, formando un escudo humano alrededor del vehículo. North y Sonic corrían adelante, agitando los brazos para llamar la atención.
—¡Médicos! ¡Enfermeras! ¡Vengan rápido, se está muriendo!
En cuestión de segundos, un equipo de emergencias salió empujando una camilla, sus uniformes blancos contrastando con el caos nocturno. Una enfermera, con el cabello recogido en un moño apretado, se acercó primero a Alan, quien aún sostiene a Babe en brazos.
—¡Dénmelo! ¿Qué pasó?
Alan depositó con cuidado el cuerpo inerte de Babe en la camilla, su voz ronca por la adrenalina.
—Disparos...dos balas en el pecho. Perdió el conocimiento hace minutos. ¡Está perdiendo sangre a chorros!
El médico principal, un hombre de mediana edad con gafas empañadas, palpó rápidamente el pulso de Babe mientras lo empujaban hacia adentro.
—¡Hemorragia masiva! ¡Preparen el quirófano! ¿Tipo de sangre? ¿Alguna alergia conocida?
Jeff, caminando al lado de la camilla, respondió jadeante:
—O positivo. No alergias que sepamos. ¡Sávenlo, por favor!
Charlie intentaba seguirlos, extendiendo una mano hacia Babe.
—¡Babe! ¡Aguanta, mi amor! ¡No me dejes solo ahora que te recuerdo todo!
Pero una enfermera lo detuvo en la puerta del área restringida, su tono firme pero compasivo.
—Lo siento, familia y amigos esperan afuera. Haremos todo lo posible.
El grupo se congregó en la sala de espera, un espacio estéril con sillas plásticas y el zumbido constante de las luces fluorescentes.
Alan se dejó caer en una silla, frotándose la cara con manos temblorosas, aún resentido con Charlie pero demasiado exhausto para confrontarlo ahora. Jeff se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
—Va a estar bien...tiene que estarlo.
Charlie paseaba de un lado a otro como un animal enjaulado, mordiéndose las uñas.
—Esto es mi culpa...Si no hubiera perdido la memoria, si no hubiera intentado manejar todo solo contra Tony...¡Dios, Babe, lo siento tanto!
Dean, con los nudillos enrojecidos por el golpe a Willy, puso una mano en el hombro de Charlie para calmarlo.
—No es momento para culpas, Charlie. Babe es fuerte, como un pitbull. Sobrevivirá.
North y Sonic se acurrucaron juntos en un rincón, Sonic sollozando suavemente.
—No puedo creer que Willy...ese loco. ¿Por qué? ¿Solo por qué Babe no lo quería?
Pete y Chris se mantenían en silencio, vigilando la puerta del quirófano como guardianes, listos para cualquier noticia.
Las horas se arrastraron como eternas. El reloj de la pared marcaba las 3 a.m. cuando finalmente la puerta se abrió. El doctor salió, quitándose la mascarilla quirúrgica, su rostro cansado y surcado por arrugas de fatiga. Sus ojos eran serios, pero había un atisbo de empatía en ellos mientras se acercaba al grupo, que se levantó de inmediato.
—¿Familia de Babe?— preguntó el doctor, su voz grave y profesional.
Charlie dio un paso adelante, su voz quebrada.
—Sí, soy...soy su pareja. ¿Cómo está? ¿Sobrevivió?
El doctor suspiró, ajustándose las gafas.
—Escuchen con atención. Babe sufrió una hemorragia masiva debido a los dos disparos en el pecho. Las balas estaban peligrosamente cerca del corazón —una perforó el pulmón derecho y la otra rozó la aorta, causando una pérdida de sangre crítica. Eso provocó un paro cardíaco en la mesa de operaciones. La hemorragia redujo el flujo sanguíneo al corazón, lo que llevó a una arritmia ventricular y, finalmente, al paro. Tuvimos que reanimarlo con desfibrilación y transfusiones masivas.
Alan frunció el ceño, cruzando los brazos.
—¿Y ahora? ¿Está...?
—Hicimos todo lo posible.— continuó el doctor, su tono comprensivo.— Extrajimos las balas, estabilizamos las heridas y detuvimos la hemorragia. Está vivo y estable por ahora, en la unidad de cuidados intensivos. Pero...entró en coma. Su cuerpo sufrió un shock tremendo, y el cerebro podría haber experimentado hipoxia breve durante el paro. No podemos predecir cuándo despertará —podrían ser días, semanas, o más. Solo queda esperar, monitorear sus signos vitales y esperar que su cuerpo se recupere.
Jeff ahogó un gemido, cubriéndose la boca.
—¿Podemos verlo?
El doctor asintió.
—Uno a la vez, por ahora. Manténganlo calmado, hablenle si quieren. A veces, las voces familiares ayudan.
Charlie sintió que el mundo se derrumbaba de nuevo, pero se obligó a mantenerse en pie.
—Gracias, doctor. ¿Hay...hay esperanza?
—Siempre hay esperanza.— respondió el doctor con una sonrisa fatigada.— Es joven y fuerte. Luchen con él.
Mientras el doctor se alejaba, el grupo se abrazó en silencio, el peso de la espera cayendo sobre ellos como una losa. Charlie fue el primero en entrar a la UCI, tomando la mano fría de Babe junto a la cama, rodeado de pitidos de máquinas y tubos.
—Mi amor...despierta pronto. Te necesito. Todos te necesitamos.
La unidad de cuidados intensivos estaba en penumbra, solo iluminada por las luces verdes y rojas de los monitores y el resplandor frío de las lámparas sobre la cama. Babe yacía inmóvil, conectado a un ventilador mecánico que subía y bajaba su pecho con un ritmo constante y artificial.
Tubos, cables y vendajes cubrían casi todo su torso; su rostro, normalmente tan arrogante y lleno de vida, ahora parecía frágil, pálido como el papel.
Charlie no se había movido de su lado en las últimas cuarenta y ocho horas. Estaba sentado en una silla dura junto a la cama, con la mano de Babe entre las suyas, acariciando suavemente sus nudillos con el pulgar. Tenía los ojos enrojecidos, la barba de varios días y la ropa arrugada, pero no le importaba. Cada pocos minutos inclinaba la cabeza y besaba los dedos de Babe, como si con eso pudiera transmitirle toda su fuerza.
—Mi amor…ya recuerdo todo, ¿sabes?— susurró Charlie con voz ronca, apenas audible sobre el pitido constante del monitor cardiaco.— Recuerdo la primera vez que me miraste como si fuera el único en el mundo. Recuerdo cómo me abrazabas después de cada carrera, oliendo a gasolina y a victoria…Recuerdo cuando me dijiste que nunca me dejarías ir. Ahora soy yo el que no te deja ir a ti. Así que despierta, Babe. Por favor…despierta.
La puerta se abrió con un leve chirrido. Alan entró primero, seguido de Jeff, Dean, North, Sonic, Pete y Chris. Todos traían el cansancio grabado en la cara, pero también una determinación silenciosa. Alan llevaba una bolsa con comida; Jeff, un ramo pequeño de flores blancas; North y Sonic, una manta suave que habían comprado porque las del hospital eran demasiado ásperas.
Alan se acercó a la cama y miró a Babe un largo segundo antes de girarse hacia Charlie.
El resentimiento aún estaba ahí, en la tensión de su mandíbula, pero la preocupación era más grande.
—¿Has comido algo?— preguntó Alan, dejando la bolsa en la mesita.
Charlie negó con la cabeza sin soltar la mano de Babe.
—Charlie, tienes que comer.— intervino Jeff con suavidad, colocando las flores en un jarrón junto a la ventana.— Babe no querría verte así cuando despierte.
—Cuando despierte.— repitió Charlie con una sonrisa amarga.— No se si lo haga.
Dean se cruzó de brazos, apoyándose en la pared.
—Ese cabrón es demasiado terco para quedarse en coma eternamente. Lo conoces. En cuanto se aburra de dormir, abrirá los ojos y empezará a quejarse de la comida del hospital.
North soltó una risa entrecortada que sonó más a sollozo.
—Sí…y lo primero que dirá será algo como '¿Quién demonios dejó que Charlie se acercara tanto a mi cama con esa cara de muerto?'
Sonic se acercó y puso la manta sobre los pies de Babe con cuidado, como si temiera despertarlo demasiado pronto.
—Le trajimos esto. Es la misma tela que la manta que tiene en el taller…la que siempre usa cuando se queda a dormir allí después de trabajar hasta tarde.
Chris y Pete se mantuvieron cerca de la puerta, vigilando el pasillo por costumbre, como si aún esperaran que algún enemigo fuera a aparecer.
Alan suspiró y finalmente se sentó en la otra silla al lado de Charlie. El silencio entre ellos fue pesado unos segundos.
—Lo siento.— dijo Charlie de repente, sin mirar a Alan.— Sé que estás enfadado conmigo. Tienes razón en estarlo. Oculté lo de Tony, tomé decisiones solo, perdí la memoria…y ahora Babe está aquí por mi culpa.
Alan apretó los labios, mirando la mano entrelazada de Charlie y Babe.
—No todo es por tu culpa.— concedió al fin, con voz baja.— Willy era un psicópata. Eso no lo provocaste tú. Pero…sí, Charlie. Me cabreó que decidieras cargar con todo solo. Que prefirieras sacrificarte antes que confiar en nosotros. En mí. En Babe.— Hizo una pausa.— Él te habría seguido al infierno si se lo hubieras pedido. Y tú lo apartaste para 'protegerlo'. Mira dónde estamos ahora.
Charlie agachó la cabeza, una lágrima cayendo sobre la sábana.
—Lo sé.— susurró.— Si pudiera volver atrás…le diría todo. Pelearíamos juntos. Como siempre debimos hacerlo.
Jeff se acercó y puso una mano en el hombro de cada uno.
—Ya está. Lo importante es el ahora. Babe nos necesita a todos enteros. No divididos.
North se sentó en el suelo junto a la cama y apoyó la barbilla en el colchón, mirando a Babe.
—Ey, jefe…date prisa en despertar, ¿vale? El taller está hecho un desastre sin ti gritándonos que lo ordenemos. Y…y te extraño, ¿sabes? Todos te extrañamos.
Sonic se sentó a su lado y tomó la otra mano de Babe con delicadeza.
—Cuando despiertes, te prepararé ese postre horrible que tanto te gusta…el que lleva demasiado chocolate y nueces. Aunque siempre dices que está empalagoso.
Uno a uno, los chicos se acercaron. Dean le apretó el hombro a Babe con fuerza contenida.
—No te atrevas a rendirte, Pitbabe. Tienes una deuda conmigo: una revancha en la pista.
Pete simplemente inclinó la cabeza en un gesto respetuoso. Chris sonrió con tristeza.
—El equipo X-Hunter no es lo mismo sin su alfa, jefe.
Charlie levantó la vista hacia todos ellos, los ojos llenos de lágrimas pero también de gratitud.
—Gracias…por estar aquí. Por no rendirse con él. Conmigo.
Alan exhaló lentamente y, por primera vez desde que todo empezó, extendió la mano y la puso sobre el antebrazo de Charlie.
—No nos vamos a ir a ninguna parte.— dijo con firmeza.— Ni de Babe. Ni de ti. Somos familia. Y las familias se quedan, aunque se quieran matar entre ellas a veces.
Charlie asintió, apretando la mano de Babe con más fuerza.
—Entonces esperaremos.— murmuró.— Todos juntos. Hasta que abra los ojos y nos regañe por estar haciendo tanto drama alrededor de su cama.
Los chicos sonrieron entre lágrimas. Se acomodaron como pudieron en la habitación: algunos en sillas, otros en el suelo, uno apoyado en la pared. El monitor seguía marcando un ritmo constante.
Y en la quietud de la UCI, rodeado de las personas que más lo querían, Babe siguió respirando.
Esperando su momento para volver.
El sol de la tarde filtraba a través de las cortinas entreabiertas de la casa de Babe, un lugar que Charlie conocía como la palma de su mano. O al menos, lo había conocido antes de que la amnesia lo borrara todo.
Ahora, de pie en la entrada, con Jeff a su lado cargando una bolsa de ropa limpia, Charlie sentía una punzada de nostalgia mezclada con culpa. La casa estaba impecable, como siempre: el sofá donde solían acurrucarse después de las carreras, la cocina donde Babe preparaba desayunos caóticos, el dormitorio que había sido su refugio. Pero ahora todo parecía un eco vacío sin Babe.
Jeff lo empujó suavemente hacia adentro, cerrando la puerta con un clic.
—Vamos, Charlie. No vas a volver al hospital oliendo como un taller mecánico después de una explosión. Dúchate primero, y luego comes algo. Órdenes de Alan, y créeme, no quieres que venga a verificar.
Charlie suspiró, arrastrando los pies hacia el baño.
—No tengo hambre, Jeff. Solo quiero volver con Babe. ¿Y si despierta mientras no estoy?
Jeff cruzó los brazos, su expresión fue firme pero compasiva.
—No despertará en las próximas horas, y si lo hace, Sonic nos llamará de inmediato. Ahora, muévete, o te meto yo mismo bajo la ducha.
A regañadientes, Charlie entró al baño, el vapor del agua caliente empañaba el espejo mientras se desvestía. El aroma del jabón de Babe —ese con notas de sándalo que siempre usaban juntos— lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Se quedó bajo el chorro más tiempo del necesario, dejando que el agua lavara no solo el sudor y la sangre seca, sino también las lágrimas que no podía contener. Cuando salió, envuelto en una toalla, Jeff ya había preparado ropa limpia en la cama: una camiseta de Babe y pantalones que Charlie reconoció como suyos de antes.
En la cocina, Jeff estaba removiendo algo en una olla —un estofado simple que había improvisado con lo que encontró en la nevera.
Charlie se sentó en la isla, pero no tocó el plato que Jeff le puso delante.
—Come.— ordenó Jeff, sosteniendo una espátula de madera como si fuera un arma.— O te juro que te obligo a cucharadas. Babe me mataría si te dejo desfallecer.
Charlie miró la espátula y no pudo evitar una risa débil, la primera en días.
—De tanto que has estado con Babe, ya agarraste sus mañas. ¿Desde cuándo amenazas con utensilios de cocina? Eso es puro Babe cuando se pone mandón.
Jeff soltó una carcajada genuina, bajando la espátula pero sin soltarla del todo.
—¡Ja! ¿Sabes qué? Me siento orgulloso. Ese malhumorado de Babe tiene sus trucos, y funcionan. Es como un pitbull disfrazado de humano: gruñe, pero lo hace por amor. Si no fuera por su personalidad terca y gruñona, no habríamos llegado tan lejos como equipo. Así que sí, si tengo que canalizar su 'modo jefe' para que comas, lo haré con gusto.
Charlie pinchó la comida con el tenedor, obligándose a tomar un bocado. El sabor era reconfortante, pero su mente estaba en otro lado. Después de unos minutos de silencio, levantó la vista hacia Jeff, quien se había sentado frente a él con una taza de té.
—Jeff...¿Qué pasó con Babe después de que...después de que terminara con él? Antes de que todo se fuera al infierno con Tony y mi memoria. No me acuerdo mucho, pero sé que lo lastimé. Cuéntame la verdad, por favor. Necesito saber.
Jeff suspiró, dejando la taza en la mesa y cruzando las manos. Su expresión se suavizó, pero había un toque de tristeza en sus ojos.
—Está bien, Charlie. Te lo contaré, pero no será fácil oírlo. Después de que rompiste con él aqui...Babe se derrumbó por dentro. Cuando se enteró de la verdad sobre Tony —que lo hiciste para protegerlo, que Tony te quería por tus poderes y planeaba matarlo a él y a cualquiera que se interpusiera— se sintió traicionado. Profundamente. Pensó que confiaban el uno en el otro lo suficiente como para enfrentar todo juntos, pero tú elegiste apartarlo. Nunca lo dijo en voz alta, ¿sabes? Se lo calló, como siempre hace con sus dolores más grandes. En cambio, fue detrás de ti, como un imán que no puede resistirse. A pesar de que tú elegiste lo contrario, él decidió quedarse a tu lado, vigilándote desde las sombras si era necesario.
Charlie tragó saliva, el tenedor quieto en su mano.
—¿Traicionado? Dios...no quería eso. Solo quería mantenerlo a salvo.
Jeff asintió, su voz baja y reflexiva.
—Lo sé. Pero de alguna manera, me da pena Babe. Cualquier otra persona te habría mandado a la mierda por decidir por su vida, por tratarlo como si no pudiera manejar el peligro. 'Vete al diablo, Charlie, si no confías en mí', algo así. Pero no Babe. Él se aferró con uñas y dientes. Siguió luchando por ti, por nosotros, incluso cuando todo se complicaba. Y luego...lo de tu memoria. Eso fue desgarrador verlo, Charlie. Babe se hizo el fuerte delante de ti —sonreía, te cuidaba, actuaba como si nada lo rompiera. Pero una noche, lo escuché llorar en su habitación. Solo, en la oscuridad. Fue como oír a una persona que ha llegado a sus límites absolutos, gritando en silencio. Sollozos ahogados, como si el mundo se le viniera encima. Pero al día siguiente, se levantó y siguió ignorando esos límites por amor a ti.
Charlie sintió un nudo en la garganta, las lágrimas amenazando con caer de nuevo.
—Yo...no tenía idea. Pensé que estaba bien, que lo superaba.
Jeff sacudió la cabeza, con una sonrisa triste.
—Babe se estaba cansando, Charlie. De Tony, de la situación constante de peligro, de ti y de la relación que tenían. Era como si cada día le pesara más: las mentiras, las decisiones unilaterales, el miedo a perderte. De seguro habrá querido alejarse por completo de ti. Lo habrá pensado varias veces —'¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué no lo dejo ir y me salvo a mí mismo?'—. Lo vi en sus ojos, en cómo se aislaba a veces. Pero siempre elegía quedarse. Luchaba como siempre, con esa terquedad que lo define. Por ti. Por el amor que siente, que es más grande que cualquier cansancio.
Charlie dejó caer el tenedor, cubriéndose la cara con las manos.
—Soy un idiota. Lo amo tanto, Jeff. Si despierta...cuando despierte, le diré todo. No volveré a apartarlo nunca más.
Jeff se levantó y rodeó la isla para poner una mano en el hombro de Charlie, apretándolo con fuerza.
—Eso es lo que él necesita oír. Ahora termina de comer, y volvemos al hospital. Babe nos espera, y tú tienes que estar fuerte para cuando abra los ojos y te regañe por no haberte cuidado.
Charlie asintió, obligándose a seguir comiendo, el peso de las palabras de Jeff asentándose en su pecho como una promesa. La casa de Babe —su casa— ya no se sentía tan vacía. Era un recordatorio de lo que tenían que reconstruir, juntos.
Días después, la casa seguía envuelta en un silencio que dolía. Charlie había vuelto del hospital tras otra larga vigilia junto a Babe, con los ojos hinchados y el corazón pesado.
Jeff lo había obligado a regresar para descansar un poco, pero el descanso era imposible. Subió las escaleras lentamente, como si cada paso pesara toneladas, y abrió la puerta de la habitación que había sido de ambos.
La cama king size estaba perfectamente tendida, como si Babe hubiera salido solo un momento y fuera a regresar. El lado de Charlie tenía aún su almohada ligeramente hundida, la de Babe intacta. En la mesita de noche, un marco con una foto de los dos en Phuket: Babe riendo con la cabeza echada hacia atrás, Charlie besándole la mejilla bajo el sol.
Charlie se sentó en el borde de la cama, tomó el marco y pasó los dedos por el vidrio, como si pudiera tocar la piel de Babe a través de la imagen. Luego dejó el marco y acarició la sábana del lado de Babe, inhalando el leve aroma que aún quedaba: esa mezcla de colonia cara y aceite de motor que era tan él.
Al meter la mano bajo la almohada de Babe —un gesto automático, como cuando buscaba su mano en la noche—, sus dedos rozaron algo rígido. Frunció el ceño y sacó un sobre blanco, sin remitente, solo con el nombre “Babe” escrito en su propia letra.
Lo abrió con cuidado. Dentro había un boleto de avión impreso: Thai Airways, salida desde Bangkok a Londres Heathrow. Fecha: tres semanas atrás. Ida solamente. No regreso.
Charlie se quedó helado, el papel temblando ligeramente entre sus dedos. La fecha era justo después de que Babe lo hubiera enfrentado en su nuevo departamento, cuando Charlie aún lo rechazaba, cuando había absorbido los poderes de Jeff y su cuerpo empezaba a fallar. Cuando más se alejaba.
El aire se le escapó de los pulmones como si alguien lo hubiera golpeado.
En ese momento sintió una presencia en la puerta. Levantó la vista. Jeff estaba allí, apoyado en el marco, con expresión seria y los brazos cruzados.
Charlie alzó el boleto con la mano temblorosa.
—¿Tú sabías de esto?
Jeff suspiró y entró, cerrando la puerta detrás de sí. Asintió lentamente.
—Sí. Lo sabía.
Charlie apretó el boleto hasta arrugarlo.
—¿Cuándo? ¿Por qué no me lo dijiste?
Jeff se sentó en la silla del escritorio, mirándolo fijamente.
—Después de que Babe te enfrentó en tu departamento. Cuando tú seguías diciendo que no podían estar juntos, que era por su bien, que Tony…Todo eso. Él volvió destrozado, Charlie. Esa misma noche me lo contó. Había comprado el boleto esa tarde. Me dijo: “Jeff, me voy a Londres. Empiezo de cero. Lejos de Tailandia, lejos de todo esto. No puedo seguir mirando cómo se mata poco a poco por ‘protegerme’.” Planeaba irse sin decirle adiós a casi nadie. Solo empacar e irse.
Charlie sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Iba a irse? ¿Iba a correr de los problemas? ¿Me iba a dejar así, sin más?
Jeff lo miró con una seriedad que cortaba.
—Babe tenía derecho a rehacer su vida, Charlie. Tú habías tomado una decisión por los dos: romper, alejarte, cargar solo con Tony, absorber poderes que te estaban destruyendo. Le dijiste que no podían estar juntos. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Qué se quedará eternamente esperando a que cambiaras de idea mientras te veía desmoronarte?
Charlie se puso de pie, la voz subiendo de tono.
—¡Lo hice para protegerlo! ¡Tony iba a matarlo! ¿Preferías qué lo dejara expuesto?
—¡No se trata de preferir, Charlie!— replicó Jeff, también alzando la voz.— Se trata de que Babe es adulto, fuerte, y te ama lo suficiente como para pelear a tu lado. Pero tú decidiste por él. Le quitaste la elección. Y cuando vio que seguías alejándote, que ni siquiera la verdad lo hacía volver a ti…decidió protegerse él mismo. Por una vez.
Charlie dio un paso hacia él, los ojos brillando de furia y dolor.
—¿Y eso lo justifica? ¿Comprar un boleto e irse al otro lado del mundo sin decir nada? ¿Abandonarme cuando más lo necesitaba?
Jeff se levantó también, los dos frente a frente.
—¡Eres un puto egoísta, Charlie!— estalló.— Todo gira alrededor de lo que tú necesitabas, lo que tú decidiste, lo que tú creías mejor. ¿Y Babe? ¿Sus sentimientos? ¿Su dolor al verte perder la memoria, al cuidarte como un extraño, al tragarse cada lágrima para no hundirte más? ¡Él también necesitaba algo! ¡Necesitaba vivir, no quedarse congelado en una relación que tú mismo rompiste!
Charlie apretó los puños.
—¡Yo no quería romper nada! ¡Todo lo que hice fue por amor!
—¡Pues tu amor lo estaba matando igual!— gritó Jeff.— ¡Lo estabas empujando a un punto en que huir era la única salida sana!
El silencio cayó pesado entre ellos, solo roto por sus respiraciones agitadas. Charlie se dejó caer de nuevo en la cama, el boleto arrugado en su mano. Jeff se pasó las manos por el cabello, exhalando con fuerza.
Después de un minuto eterno, Jeff habló más bajo.
—Lo siento…no debí gritarte así.
Charlie negó con la cabeza, la voz ronca.
—No…tienes razón. En mucho de lo que dijiste. Yo…yo fui egoísta. Pensé que sacrificándome lo salvaba, pero solo lo lastimé más. Si él hubiera subido a ese avión…lo habría perdido para siempre. Y sería mi culpa.
Jeff se acercó y se sentó a su lado en la cama.
—Yo también lo siento. No debí llamarte egoísta. Sé que lo hiciste pensando en él. Solo…duele verlo sufrir tanto, ¿sabes? Y a veces la frustración sale con quien está más cerca.
Charlie miró el boleto una vez más y luego lo dejó cuidadosamente sobre la mesita, como si fuera algo frágil.
—Gracias por contármelo. Aunque duela como el infierno.
Jeff puso una mano en su hombro.
—Babe no se fue, Charlie. Al final no subió a ese avión. Porque, a pesar de todo, te eligió otra vez. Canceló el viaje el mismo día que decidimos ir todos contra Tony. Dijo que no podía irse sabiendo que estabas en peligro.
Charlie cerró los ojos, una lágrima rodando por su mejilla.
—Entonces ahora me toca a mí elegirlo a él. Todos los días. Sin decisiones unilaterales. Sin alejarlo “por su bien”.
Jeff sonrió débilmente.
—Exacto. Y cuando despierte…dile eso. Dile todo.
Charlie asintió, tomando la mano de Jeff un segundo en señal de paz.
—Gracias, Jeff. Por ser su familia cuando yo no podía serlo.
Jeff apretó su mano antes de soltarla.
—Somos todos su familia. Y la tuya también. Ahora vamos…volvamos al hospital. Babe nos está esperando.
Charlie se levantó, dejando el boleto sobre la mesa como recordatorio silencioso de lo cerca que habían estado de perderlo todo.
Juntos salieron de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, dejando atrás el fantasma de un adiós que nunca ocurrió.
Meses después, el hospital se había convertido en una segunda casa para todos.
Babe seguía en coma, estable pero inmóvil, su habitación llena de flores marchitas y tarjetas de "mejorate pronto" que ya nadie actualizaba. Charlie pasaba la mayoría de sus días allí, hablando con Babe como si pudiera oírlo, mientras los chicos rotaban turnos para no dejarlo solo. Pero esa tarde, Alan había insistido en que Charlie saliera un rato.
—Ve a caminar, come algo decente.— le había dicho. Charlie obedeció a regañadientes, pero al volver, encontró a Alan solo en la habitación, de pie junto a la ventana, mirando el tráfico de Bangkok abajo.
Charlie entró en silencio, cerrando la puerta con un clic suave. Alan no se giró de inmediato, pero su postura tensa decía que lo había oído. El aire estaba cargado, como antes de una tormenta en la pista de carreras.
—Alan.— murmuró Charlie, quitándose la chaqueta y colocándola en la silla.— Pensé que Jeff estaría aquí.
Alan se volvió lentamente, cruzando los brazos sobre el pecho. Sus ojos, normalmente cálidos, ahora eran duros, evaluadores.
—Le pedí que se fuera un rato. Necesitamos hablar. Solo nosotros dos.
Charlie frunció el ceño, sintiendo el peso de esas palabras. Se acercó a la cama de Babe y tomó su mano inerte, como ancla.
—Si es sobre Babe, ya sé lo que piensas. No necesitas repetírmelo.
Alan soltó una risa amarga, sin humor.
—Ah, ¿sí? ¿Sabes lo qué pienso? Porque yo creo que no tienes ni idea, Charlie. Te he visto estos meses, sentado aquí como un mártir, susurrándole promesas a Babe como si eso borrara todo. Pero yo lo conozco desde hace más de diez años. Era un chaval terco cuando vino por primera vez al taller, corriendo carreras para sobrevivir. Lo vi crecer, lo vi convertirse en el PitBabe que todos admiramos. Es como mi hermano pequeño. Y tú...tú llegaste y lo rompiste más de lo que ya estaba.
Charlie levantó la vista bruscamente, su agarre en la mano de Babe apretándose.
—¡Lo rompí? ¡Todo lo que hice fue por él! Tony lo quería muerto, Alan. Si no lo hubiera apartado, si no hubiera absorbido esos poderes...¡estaría muerto ahora! ¿Preferías eso?
Alan dio un paso adelante, su voz subiendo de tono.
—¡No se trata de preferir, joder! Se trata de que lo trataste como a un niño indefenso. Babe es el alfa del equipo X-Hunter, el que nos lidera en la pista, el que enfrenta a cualquiera sin pestañear. Y tú decidiste por él: 'Oh, mejor termino contigo para protegerte'. ¿Sabes lo qué le hizo eso? Lo vi después de esa ruptura. Se encerraba en el taller, trabajando hasta caer exhausto, con los ojos rojos de no dormir. Me decía 'Estoy bien, tío Alan', pero yo lo conozco. Estaba destrozado. Traicionado por el hombre que amaba. Y luego, cuando perdiste la memoria...Dios, Charlie, lo vi adaptarse a un extraño en tu cuerpo. Fingía fuerza, pero por las noches lo oía caminar de un lado a otro, como un fantasma.
Charlie se puso de pie, enfrentándolo cara a cara, el dolor convirtiéndose en ira.
—¡Y yo qué! ¿Crees qué fue fácil para mí? Absorbí esos poderes para ayudar a Jeff, para que no sufriera, y pagué con mi mente. Olvidé a Babe, el amor de mi vida. ¿Sabes lo qué fue despertar recuerdos en medio de esa batalla, viendo cómo Willy le disparaba? ¡Casi lo pierdo por completo! Tú eres su mejor amigo, su 'hermano mayor', pero yo soy su novio. El que lo eligió sobre todo, incluso sobre mi propia seguridad. Si estás celoso porque él me ama a mí de esa manera…
Alan lo interrumpió con un gruñido, señalándolo con el dedo.
—¡Celoso! ¿Eso crees? No estoy celoso, Charlie. Estoy furioso porque lo pusiste en este puto coma indirectamente. Tus decisiones egoístas nos llevaron aquí: ocultando la verdad sobre Tony, luchando solo, perdiendo la memoria y arrastrándonos a todos a una guerra que pudimos haber evitado si hubieras confiado en el equipo. En mí. En Babe. Lo conozco desde que tenía dieciocho, lo vi pasar por pérdidas, por traiciones en las carreras. Nunca lo vi tan roto como contigo. Y ahora míralo: conectado a máquinas porque un loco obsesionado le disparó después de que tú lo dejaras vulnerable.
Charlie retrocedió un paso, el rostro pálido, pero su voz temblaba de emoción.
—Tienes razón en algo. Fui egoísta. Pensé que cargando solo lo salvaba, pero solo lo lastimé más. Jeff me lo dijo: Babe compró un boleto a Londres, iba a irse para siempre. Por mi culpa. Lo empujé al límite. Pero tú...tú también tienes culpa aquí, Alan. Siempre has sido su protector, pero ¿dónde estabas cuando necesitaba qué alguien lo convenciera de no aferrarse a mí? ¿Por qué no lo detuviste si veías que lo destruía? ¿O es que en el fondo sabes qué nuestro amor es real, y eso te molesta porque significa que no eres el único que lo cuida?
Alan se quedó en silencio un momento, el pecho subiendo y bajando. Luego, su expresión se suavizó ligeramente, el enojo dando paso a un cansancio profundo.
—No me molesta que lo ames, Charlie. Me molesta que lo ames mal. Pero...sí, quizás debí haberlo empujado a alejarse antes. Lo vi sufrir y pensé que era su elección. Como hermano, quise respetarla. Pero al final, todos fallamos un poco.
Charlie exhaló, sentándose de nuevo en la cama, mirando a Babe.
—Lo amo, Alan. Más que a nada. Estos meses aquí me han hecho darme cuenta de que no puedo decidir por él nunca más. Si despierta...cuando despierte, seremos un equipo. De verdad.
Alan se acercó y se sentó al otro lado de la cama, mirando también a Babe.
—Bien. Porque si no, te juro que te parto la cara yo mismo. Pero...lo siento, Charlie. Por resentirte tanto. Sé que lo hiciste por amor, aunque fuera equivocado. Y Babe te necesita. Todos lo necesitamos.
Charlie extendió la mano sobre la cama, y Alan la tomó, un apretón firme como pacto.
—Yo también lo siento.— dijo Charlie.— Por no confiar en ti antes. Eres su familia, y eso te hace parte de la mía. Empecemos de nuevo. Por él.
Alan asintió, soltando la mano pero con una sonrisa pequeña.
—Por Babe. Y que despierte pronto, porque si no, vamos a envejecer en esta habitación discutiendo como un matrimonio viejo.
Ambos rieron suavemente, la tensión disipándose como niebla. Fuera, el sol se ponía sobre la ciudad, y en la quietud, el monitor de Babe pitaba constante, como un recordatorio de que la lucha no había terminado, pero ahora la enfrentarían juntos.
La luz de la mañana entraba suave por la ventana de la UCI, bañando la habitación en un tono cálido que contrastaba con el frío de los monitores. Babe abrió los ojos lentamente, como si le pesaran toneladas. El techo blanco, los pitidos constantes, el olor a desinfectante…todo le golpeó de golpe.
Intentó mover la mano derecha; respondió, pero con una lentitud extraña, como si su cuerpo no fuera del todo suyo.
Una enfermera joven, que estaba ajustando el suero, se giró casualmente y ahogó un grito de sorpresa al verlo despierto.
—¡Señor Babe! ¡Está despierto!— Sus ojos se llenaron de lágrimas de alivio mientras pulsaba el botón de llamada con urgencia.— ¡Doctor! ¡Doctor Somchai, venga rápido! ¡El paciente de la 407 ha despertado!
En menos de un minuto, el doctor entró acompañado de otra enfermera. Era el mismo cirujano que lo había operado meses atrás: alto, serio, con gafas de montura fina. Se acercó a la cama con calma profesional, pero una sonrisa sincera asomó en sus labios.
—Bienvenido de vuelta, Babe. Soy el doctor Somchai. ¿Me escuchas bien?
Babe intentó hablar; la garganta le ardía como si hubiera tragado arena. Asintió débilmente.
—Perfecto. Vamos paso a paso. ¿Sabes tu nombre?
—Babe…— respondió con voz ronca y quebrada.
—¿Sabes en qué año estamos?
—2026… creo.
—Muy bien. ¿Recuerdas qué te pasó?
Babe cerró los ojos un segundo. Imágenes borrosas: disparos, sangre, el rostro de Charlie lleno de lágrimas. Asintió de nuevo.
—Dos disparos en el pecho. Excelente memoria. Ahora te haré unos análisis rápidos: sangre, reflejos, fuerza…para ver cómo está todo después de tanto tiempo. No te preocupes, es rutina.
Le tomaron muestras, le revisaron pupilas, le pidieron que apretara la mano, que moviera los pies. Babe obedeció en silencio, sintiendo cómo cada movimiento le costaba un esfuerzo inmenso.
Alan había llegado corriendo al enterarse por mensaje de Jeff. Estaba en el pasillo, nervioso, hasta que lo dejaron pasar. Se quedó de pie junto a la cama, con los brazos cruzados para disimular el temblor de sus manos.
Quince minutos después, el doctor regresó con una carpeta en la mano y expresión grave. Se sentó en la silla junto a la cama, mirando directamente a Babe.
—Los resultados preliminares son buenos: estás estable, el corazón responde bien, no hay infección. Pero…hay secuelas que debemos hablar con claridad.
Babe tragó saliva. Alan dio un paso más cerca, como escudo.
—Las dos balas causaron daños importantes.— continuó el doctor.— Una perforó el pulmón derecho y dañó tejido muscular y nervioso. La otra rozó la aorta y afectó al pericardio. El paro cardíaco que sufriste durante la cirugía provocó una breve falta de oxígeno al cerebro y al corazón. El coma prolongado…también dejó huellas. Tendrás debilidad muscular generalizada, especialmente en el lado derecho del torso y brazo. La capacidad pulmonar está reducida al 65 % por ahora. Y hay daños en algunas fibras nerviosas que afectan la coordinación fina y la respuesta rápida.
Babe escuchaba en silencio, el rostro cada vez más pálido.
—Como corredor profesional.— prosiguió el doctor con tacto.— esto significa que tu futuro en las pistas debe quedar en pausa. No indefinidamente, pero sí por un tiempo largo. Necesitarás rehabilitación integral: fisioterapia intensiva, terapia respiratoria, fortalecimiento muscular, posiblemente terapia ocupacional. Puede tomar meses, incluso un año o más, para que tu cuerpo vuelva a acercarse al rendimiento de antes…si es que vuelve al 100 %. No te mentiré: hay atletas que lo logran, pero otros deben adaptarse a un nuevo límite. Dependerá de tu disciplina y de cómo responda tu organismo.
El silencio que siguió fue denso, pesado como plomo.
El doctor puso una mano suave sobre el antebrazo de Babe.
—Eres joven y fuerte. Tienes todas las posibilidades de recuperarte mucho. Pero hoy, lo importante es que estás vivo y despierto. Paso a paso.
Se levantó, asintió a Alan con respeto y salió, cerrando la puerta con suavidad.
Babe miró el techo fijamente. Sus ojos brillaban, pero luchaba por no dejar caer las lágrimas. Hasta que una primera gota se escapó, rodando lenta por su mejilla. Luego otra. Y otra.
Alan sintió que el corazón se le partía. Dio un paso hacia la cama.
—Babe…, mírame. Esto no es el final. Eres el cabrón más terco que conozco. Vas a volver a…
Babe negó con la cabeza, un movimiento pequeño pero firme. Un sollozo ahogado escapó de su garganta.
—Déjame solo, por favor — dijo con voz rota, apenas audible, pero cargada de una firmeza que no admitía réplica.
Alan se quedó congelado un segundo. Quiso insistir, quiso abrazarlo, decirle que todo iba a estar bien. Pero conocía a Babe demasiado bien: cuando ponía esa barrera, era porque necesitaba romperse a solas antes de dejar que alguien lo ayudara a recomponerse.
—Está bien.— murmuró Alan, la voz temblorosa.— Estoy aquí fuera. Cuando quieras, solo llámame.
Salió de la habitación despacio, cerrando la puerta tras de sí. Se quedó apoyado en la pared del pasillo, con la frente contra el azulejo frío.
Dentro, los sollozos de Babe se escuchaban amortiguados pero inconfundibles: profundos, dolorosos, como si estuviera llorando no solo por su cuerpo, sino por todo lo que había creído que era. El PitBabe invencible, el rey de la pista, el que nunca se rendía…ahora reducido a una cama de hospital, con un futuro incierto.
Alan cerró los ojos con fuerza, sintiendo sus propias lágrimas. Sabía que ese llanto era necesario. Babe tenía que tocar fondo para luego levantarse.
Y cuando estuviera listo, todos estarían ahí para ayudarlo a volver a correr. Aunque fuera un paso a la vez.
El pasillo de la UCI estaba inusualmente silencioso esa mañana, hasta que los pasos apresurados de Charlie rompieron el aire como un trueno. Venía corriendo desde el estacionamiento, con el cabello revuelto, la chaqueta a medio poner y los ojos llenos de una mezcla de esperanza y terror. Jeff le había enviado un mensaje breve pero explosivo: “Babe despertó. Ven YA.”
Charlie irrumpió por la puerta automática, jadeando.
—¿Dónde está? ¡Déjenme verlo!— gritó casi sin aliento, dirigiéndose directo a la habitación 407.
Alan, que estaba sentado en una de las sillas del pasillo con la cabeza entre las manos, se levantó de inmediato y lo interceptó con suavidad pero firmeza, poniéndole ambas manos en los hombros.
—Espera, Charlie. Espera un segundo.
Charlie intentó zafarse, la voz temblorosa de impaciencia.
—¡Alan, déjame pasar! ¡Despertó! ¡Necesito verlo, necesito decirle que—
—No ahora.— lo cortó Alan con voz baja pero decidida.— Acaba de hablar con el doctor. Le dieron las noticias sobre las secuelas…y está…está mal. Me pidió que lo dejara solo. Está llorando, Charlie. Solo. Necesita espacio.
Charlie se quedó congelado, el rostro palideciendo.
—¿Llorando? ¿Qué…qué le dijeron exactamente?
En ese momento llegaron los demás en tropel: Jeff y Alan ya estaban, pero Dean, North, Sonic, Pete y Chris aparecieron por el ascensor casi al mismo tiempo. North y Sonic venían tomados de la mano, los ojos rojos de tanto llorar de alegría en el camino. Dean traía una bolsa con frutas; Pete y Chris parecían haber corrido también.
—¿Ya entró alguien?— preguntó Dean sin aliento.
—¿Está despierto de verdad?— añadió Sonic, la voz aguda por la emoción.
Alan levantó una mano para calmarlos y los reunió en un semicírculo frente a la puerta cerrada de la habitación. Bajó la voz para que Babe no pudiera oírlo desde dentro.
—Escúchenme todos. Sí, Babe está despierto. Abrió los ojos hace unas horas, reconoció a la enfermera, respondió preguntas básicas. El doctor lo evaluó y…físicamente está estable. Pero las secuelas son serias.
Jeff se acercó más, preocupado.
—¿Qué tan serias?
Alan respiró hondo antes de continuar.
—Las balas dañaron el pulmón derecho, tejido muscular, nervios y rozaron la aorta. El paro cardíaco y el coma prolongado dejaron huellas. Tiene debilidad generalizada, más en el lado derecho. Capacidad pulmonar al 65 %. Problemas de coordinación y respuesta rápida. El doctor fue claro: como corredor profesional, su carrera queda en pausa indefinida. No puede competir hasta que haga rehabilitación intensiva…meses, quizás más de un año. Y no hay garantía de que vuelva al 100 %. Puede que tenga que aceptar un nuevo límite.
Un silencio pesado cayó sobre el grupo.
North se llevó una mano a la boca.
—Dios…la pista era toda su vida.
Sonic empezó a llorar en silencio, apoyándose en North.
Dean apretó los puños, la mandíbula tensa.
—Ese hijo de puta de Willy…si no estuviera ya muerto, lo mataría otra vez.
Pete miró la puerta cerrada con tristeza.
—Y él…¿cómo lo tomó?
Alan bajó la mirada.
—Se quedó callado mientras el doctor hablaba. No dijo nada. Cuando se fue, intentó contenerlo, pero…empezó a llorar. Lágrimas silenciosas al principio, luego no pudo más. Le pedí que me dejara ayudarlo, que habláramos…Me miró y, con voz rota pero firme, me dijo: “Déjame solo, por favor”. No insistí. Lo conozco. Necesita romperse solo antes de que lo ayudemos a reconstruirse.
Charlie dio un paso hacia la puerta, pero Alan volvió a detenerlo suavemente.
—Charlie, no. Si entras ahora lo vas a presionar más. Dale tiempo.
Charlie negó con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—No puedo quedarme aquí fuera sabiendo que está llorando solo. ¡Soy su pareja, Alan! ¡Necesita saber que estoy aquí, que no me voy a ningún lado!
Jeff se acercó y puso una mano en el brazo de Charlie.
—Y lo sabrá, pero cuando él esté listo para oírlo. Si forzamos la puerta ahora, va a cerrarse más. Babe es orgulloso. Siempre lo ha sido. Perder la pista…es como perder una parte de su identidad. Necesita procesarlo sin audiencia.
Chris habló por primera vez, voz grave.
—Todos queremos entrar y abrazarlo, decirle que lo queremos, que vamos a estar con él en la rehabilitación…pero ahora mismo cualquier palabra puede sonar a lástima. Y Babe odia que lo miren con lástima.
Pete asintió.
—Alan tiene razón. Dejémoslo solo un rato. Cuando esté listo, nos llamará.
Charlie se dejó caer en una de las sillas del pasillo, cubriéndose el rostro con las manos.
Los sollozos ahogados de Babe se filtraban apenas a través de la puerta, débiles pero inconfundibles.
—Esto es mi culpa.— susurró.— Si no hubiera tomado esas decisiones estúpidas…si hubiéramos enfrentado a Tony juntos…nada de esto habría pasado.
Alan se sentó a su lado y le puso una mano en la nuca.
—No, Charlie. Esto es culpa de Willy y de Tony. Tú tomaste decisiones pensando en protegerlo. Erradas o no, fueron por amor. Ahora lo que importa es cómo lo acompañaremos de aquí en adelante.
Dean se apoyó en la pared, cruzado de brazos.
—Rehabilitación intensiva, ¿eh? Pues que empiece mañana mismo. Lo vamos a sacar de esa cama aunque tengamos que cargarlo entre todos.
North sonrió entre lágrimas.
—Y el taller sigue siendo suyo. Cuando pueda volver, aunque sea en silla de ruedas, la pista lo esperará.
Sonic sorbió por la nariz.
—Y yo le haré todos los postres que quiera. Engordará cinco kilos y luego lo pondremos en forma otra vez.
Todos soltaron una risa suave, contenida, llena de cariño.
Charlie levantó la vista hacia la puerta cerrada, la voz temblorosa pero decidida.
—Cuando me deje entrar…le diré todo. Que lo amo más que a las carreras, más que a nada. Que su valor no está en la velocidad, sino en quién es. Y que voy a estar a su lado cada día de esa rehabilitación…aunque me grite, aunque me eche, aunque se rinda cien veces. No me voy a mover.
Alan le apretó el hombro con fuerza.
—Esa es la actitud. Y todos estaremos ahí con ustedes. Como siempre.
El grupo se quedó en el pasillo, en silencio solidario, escuchando los sollozos que poco a poco se volvían más espaciados, más calmados. Esperando el momento en que
Babe estuviera listo para dejarlos entrar.
Porque sabían que, tarde o temprano, el PitBabe más terco del mundo volvería a levantarse.
Y esta vez no lo haría solo.
Una hora después, el pasillo estaba casi vacío. Los chicos habían bajado a la cafetería para dar espacio, y Alan vigilaba desde lejos, sentado en una silla con los brazos cruzados.
Cuando vio que la puerta seguía cerrada y no se oían más sollozos, asintió levemente hacia Charlie.
Charlie respiró hondo, se pasó una mano temblorosa por el cabello y empujó la puerta con cuidado.
La habitación estaba en penumbra; las persianas a medio bajar dejaban entrar franjas de luz que caían sobre la cama. Babe tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, el rostro pálido y húmedo por las lágrimas ya secas. Cuando oyó la puerta, giró la cabeza despacio y lo vio.
Sus miradas se encontraron un segundo eterno. Babe fue el primero en romper el silencio, la voz ronca y cansada.
—Supongo que ya lo sabes todo.
Charlie asintió, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Se acercó a la cama sin prisa, arrastrando la silla para sentarse lo más cerca posible. Tomó la mano de Babe con cuidado, como si temiera romperla.
—Sí. Alan me contó lo que dijo el doctor.— Hizo una pausa, apretando ligeramente sus dedos.— Pero antes quenada…tengo que decirte algo. Recuperé la memoria. Toda. Hace meses, cuando…cuando te dispararon. De pronto todo volvió: cada momento contigo, cada pelea, cada noche. Todo.
Babe lo miró fijamente, los ojos enrojecidos.
Una pequeña sonrisa amarga asomó en sus labios.
—Me da gusto por ti, Charlie. De verdad.
Charlie negó con la cabeza, la voz quebrada.
—No. No me da gusto si eso significa que tú estás aquí sufriendo. Babe…lo siento tanto. Siento haber sido un idiota egoísta. Siento haberte alejado pensando que te protegía. Siento haber tomado decisiones por los dos, haberte mentido, haberte hecho creer que no confiaba en ti. Tú eres el hombre más fuerte que conozco, y yo te traté como si no pudieras soportar la verdad. Perdóname, por favor.
Nuevas lágrimas brotaron de los ojos de Babe y rodaron lentas por sus mejillas. Intentó girar la cara, pero el movimiento le dolía.
—Lo hecho, hecho está, Charlie…No cambia nada.— Su voz se quebró.— Mira nada más dónde vine a terminar. Postrado en esta puta cama, con medio pulmón hecho mierda, sin poder moverme bien, sin saber si volveré a correr algún día. Me siento…inútil. Malditamente inútil.
Las palabras salieron cargadas de rabia y dolor, y un sollozo escapó de su garganta.
Charlie se inclinó hacia adelante, apoyando la frente contra la mano de Babe.
—No eres inútil. Nunca lo has sido y nunca lo serás. Eres Babe, mi Babe. El que me enseñó lo que es amar de verdad, el que me sostuvo cuando yo me derrumbaba, el que nunca se rinde. Y ahora me toca a mí sostenerte a ti. Soy tu novio, voy a estar aquí todos los días, en cada sesión de rehabilitación, en cada paso que des aunque sea pequeño. No voy a irme a ninguna parte.
Babe soltó una risa amarga entre lágrimas, un sollozo que sonó casi como una carcajada rota.
—Ya no eres mi novio…Tú terminaste conmigo, idiota. ¿Lo recuerdas?
Charlie levantó la cabeza, los ojos brillantes pero decididos. Se acercó más, hasta que sus rostros estuvieron a centímetros.
—En mi mente nunca dejaste de serlo. Ni un solo segundo. Incluso cuando no recordaba tu nombre, mi corazón sabía que eras mío y yo tuyo. Y ahora que recuerdo todo…te amo más que nunca. Así que no, Babe. No acepto esa ruptura. Fue una decisión estúpida que tomé solo, y la revocó aquí y ahora.
Babe lo miró largo rato, la respiración agitada.
Las lágrimas seguían cayendo, pero en sus labios tembló algo parecido a una sonrisa real, pequeña, cansada, pero genuina.
—Idiota…—.murmuró, la voz más suave.— Siempre has sido un idiota.
Charlie sonrió entre lágrimas y se inclinó para besar con suavidad los nudillos de Babe.
—Y tú siempre has sido un terco insoportable. Pero somos nosotros. Y vamos a salir de esta juntos. Te lo prometo.
Babe cerró los ojos un momento, dejando que las lágrimas cayeran sin vergüenza. Luego apretó débilmente la mano de Charlie.
—Quédate un rato…solo un rato.
Charlie asintió, sin soltar su mano.
—Me quedo todo el tiempo que quieras. Toda la vida, si me dejas.
El silencio que siguió ya no era pesado. Era el silencio de dos personas que, después de tanto dolor, volvían a encontrarse.
Semanas después de despertar, Babe fue trasladado a una sala de rehabilitación del mismo hospital. La habitación era amplia, con ventanales que daban a un pequeño jardín, barras paralelas, pesas ligeras, una camilla de fisioterapia y una bicicleta estática adaptada. El aire olía a desinfectante y a esfuerzo.
Esa mañana era el primer día oficial de rehabilitación intensiva.
Babe estaba sentado en una silla de ruedas al borde de la camilla, vestido con una camiseta holgada y pantalones de chándal.
Todavía tenía el torso vendado, el rostro más delgado y ojeras marcadas, pero en sus ojos ya brillaba esa chispa terca que todos conocían. Charlie estaba a su lado, de pie, con las manos en los bolsillos para no mostrar lo nervioso que estaba. Alan, Jeff y North habían venido también; los demás esperaban fuera para no abrumarlo el primer día.
La fisioterapeuta principal, una mujer de unos cuarenta años llamada Khun Ploy, fuerte pero de voz suave, se acercó con una sonrisa profesional.
—Sawasdee ka, Khun Babe. Hoy empezamos despacio, ¿vale? El objetivo no es romper récords, sino despertar poco a poco ese cuerpo tuyo. Primero evaluación de fuerza y movilidad, luego ejercicios básicos.
Babe asintió sin mucho entusiasmo.
—Adelante. Cuanto antes empiece, antes salgo de aquí.
Khun Ploy sonrió con comprensión.
—Primero te ayudo a ponerte de pie. Apóyate en las barras paralelas. Charlie puede estar cerca por si necesitas apoyo moral, pero no físico, ¿de acuerdo?
Charlie levantó las manos en señal de rendición.
—Solo miró. Prometido.
Con esfuerzo visible, Babe se incorporó de la silla. Las piernas le temblaron al recibir todo el peso; el lado derecho respondía más lento. Agarró las barras con fuerza, los nudillos blancos. Dio un primer paso vacilante, luego otro. Solo tres metros, pero sudaba como si hubiera corrido una maratón.
—Joder…— masculló entre dientes.— Parece que peso doscientos kilos.
—Pesas lo mismo que siempre.— dijo Khun Ploy con calma.— Pero tus músculos han estado de vacaciones cinco meses. Hay que convencerlos de que vuelvan al trabajo.
Babe soltó una risa seca.
—Mis músculos siempre han sido unos vagos de mierda, entonces.
Alan, desde el fondo, soltó una carcajada.
—Ese es el Babe que conocemos.
Después de las barras, pasaron a ejercicios sentados: levantar una pesa de un kilo con el brazo derecho. Babe lo intentó tres veces y en la tercera la pesa se le escapó de la mano, cayendo al suelo con un ruido metálico.
El silencio que siguió fue pesado. Babe miró la pesa en el suelo como si fuera un enemigo personal.
—No puedo ni levantar un puto kilo.—.dijo en voz baja, la frustración palpable.
Charlie se agachó inmediatamente, recogió la pesa y se la puso de nuevo en la mano, cerrando sus dedos alrededor.
—Hoy no puedes. Mañana quizás haya dos repeticiones. Pasado, cinco. En un mes, me lanzas la pesa a la cabeza si te cabreo. Paso a paso, amor.
Babe lo miró, los ojos brillantes por la rabia contenida.
—No quiero pasos, Charlie. Quiero correr. Quiero subirme a un coche y sentir la adrenalina otra vez. Esto…esto es humillante.
Khun Ploy intervino con suavidad pero firme.
—Khun Babe, la humillación sería rendirte el primer día. Lo que estás haciendo ahora es valiente. La mayoría de pacientes con tus lesiones ni siquiera intentan levantarse la primera semana.
Babe respiró hondo, cerró los ojos un segundo y volvió a intentarlo. Esta vez logró ocho repeticiones lentas antes de que el brazo le fallara otra vez.
Cuando terminaron la sesión —cuarenta y cinco minutos que parecieron eternos—, Babe estaba agotado, sudoroso, tembloroso.
Khun Ploy lo ayudó a volver a la silla de ruedas.
—Muy bien para un primer día. Mañana repetimos y añadimos respiración diafragmática para el pulmón. Descansa, come proteína y duerme. Tu cuerpo necesita combustible.
Charlie empujó la silla hacia la salida de la sala. Babe iba en silencio, mirando sus manos.
Al llegar a la habitación, Charlie cerró la puerta y se arrodilló frente a la silla para quedar a la altura de sus ojos.
—Sé que hoy ha sido una mierda.— dijo en voz baja.— Sé que te sientes roto. Pero yo te vi ahí dentro, Babe. No te rendiste ni una vez. Eso no lo hace cualquiera. Eso lo hace el hombre del que me enamoré como un idiota.
Babe tragó saliva, la voz ronca.
—¿Y si nunca vuelvo a ser el de antes, Charlie? ¿Y si este es el nuevo techo?
Charlie tomó su rostro entre las manos con infinita ternura.
—Entonces encontraremos un nuevo circuito. Uno que no necesite 300 km/h para que sigas siendo el rey. Porque tú no eres solo el PitBabe de la pista. Eres el Babe que lidera un equipo entero, el que hace que todos queramos ser mejores, el que me mira como si yo fuera lo único que importa en el mundo. Eso no te lo quitaron dos balas ni cinco meses de coma.
Babe cerró los ojos y apoyó la frente contra la de Charlie. Por primera vez en semanas, dejó escapar un suspiro que no era de frustración, sino de alivio.
—Quédate conmigo esta noche.—murmuró.— No quiero dormir solo.
Charlie sonrió contra su piel.
—No me voy a ninguna parte. Ni hoy, ni mañana, ni en ninguna sesión de rehabilitación aunque me grites que te deje en paz.
Babe soltó una risa débil.
—Te gritaré mucho, prepárate.
—Lo estoy deseando.
Y así empezó, de verdad, la rehabilitación de Babe: con dolor, con rabia, con lágrimas contenidas…pero también con amor incondicional a su lado, recordándole cada día que valía la pena seguir luchando.
Han pasado cuatro meses desde que Babe empezó la rehabilitación intensiva.
La sala de fisioterapia del hospital se ha convertido en su segundo hogar: barras paralelas desgastadas por sus manos, pesas que han ido subiendo de peso poco a poco, una cinta de caminar que al principio solo soportaba pasos lentos y ahora permite trotes cortos. Babe ya no usa silla de ruedas; camina con un leve cojeo que solo se nota cuando está cansado, y el lado derecho de su torso ha recuperado gran parte de la fuerza, aunque aún le falta sensibilidad fina en los dedos.
Esa mañana, Charlie empujaba la puerta de la sala con el hombro mientras cargaba una botella de agua y la mochila de Babe. El propio Babe iba delante, sin bastón por primera vez en semanas, vestido con una camiseta ajustada que dejaba ver las cicatrices rosadas en el pecho y el progreso muscular que tanto le había costado.
Khun Ploy, la fisioterapeuta, los esperaba con una sonrisa amplia.
—Hoy es día de pruebas, Khun Babe. Vamos a medir cuánto has avanzado oficialmente.
Babe soltó un bufido, pero sus ojos brillaban con algo que parecía esperanza.
—Mientras no me hagan correr un maratón, adelante.
Primera prueba: barras paralelas. Hace meses apenas podía dar diez pasos seguidos. Ahora caminó los diez metros de ida y vuelta sin apoyarse más que lo necesario, con paso firme.
—Excelente.— anotó Ploy.— Equilibrio al 90 %. El nervio peroneo ha respondido muy bien.
Segunda: prensa de pecho con mancuernas.
Empezó con un kilo; hoy levantó 15 kilos en cada mano, diez repeticiones perfectas. El brazo derecho tembló en la última, pero no falló.
Charlie, desde el fondo, aplaudió en silencio con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Tercera: capacidad pulmonar. Soplar en el espirómetro. El primer día apenas llegaba a 2.8 litros. Hoy marcó 4.6.
Khun Ploy levantó las cejas, impresionada.
—Capacidad al 82 % de tu nivel previo al accidente. Para alguien con daño pulmonar como el tuyo, es excepcional.
Última prueba: cinta de caminar. Velocidad progresiva. Babe empezó caminando a 5 km/h, luego trote suave a 8, y finalmente —con el corazón latiendo fuerte y una sonrisa desafiante— llegó a 12 km/h durante dos minutos seguidos sin dolor torácico ni mareo.
Cuando la cinta se detuvo, Babe se inclinó hacia adelante, jadeando, sudoroso, pero riendo. Una risa real, profunda, de las que no se oían desde antes del coma.
—Joder…lo hice.— dijo entre respiraciones.— Sentí la adrenalina otra vez.
Charlie se acercó corriendo y lo abrazó por la cintura, con cuidado pero firme.
—Te dije que volverías a correr, cabrón terco.
Babe le revolvió el pelo, todavía riendo.
—Aún no es una carrera, idiota. Pero…es un puto buen comienzo.
Khun Ploy se acercó con la carpeta de resultados.
—Oficialmente: estás listo para pasar a rehabilitación ambulatoria. Tres sesiones semanales aquí, el resto en casa o en un gimnasio. En seis meses más, si sigues así, podremos hablar de volver a conducir…y quizás, solo quizás, de pruebas ligeras en pista a baja velocidad. Pero sin presión. Tu corazón y tu pulmón ya han hecho milagros; no los forcemos.
Babe se quedó callado un segundo, procesando. Luego miró a Charlie y a Ploy alternadamente.
—Seis meses…—repitió.— Puedo vivir con eso.
Salieron de la sala juntos. En el pasillo los esperaban Alan, Jeff, North y Sonic con una pancarta improvisada que decía “¡EL REY VUELVE!” en letras torcidas.
Alan fue el primero en abrazarlo, fuerte y sin palabras. Jeff le dio un golpe suave en el hombro sano.
—No llores, jefe.— bromeó North, aunque él mismo tenía los ojos húmedos.
Babe miró a su equipo —su familia— y por primera vez en meses no intentó ocultar la emoción.
—Gracias.—.dijo simplemente, la voz ronca.— Por no dejarme rendir aunque quise mil veces.
Charlie le tomó la mano y entrelazó sus dedos.
—Y gracias por dejarme estar a tu lado aunque te grité, te empujé y te dije que te fueras unas cuantas veces.
Babe soltó una carcajada.
—Te lo sigo debatiendo, pero…hoy no.
Caminaron hacia la salida del hospital bajo el sol de la tarde. Babe iba despacio, pero erguido. Sin bastón. Sin silla. Con su gente alrededor.
No era el final del camino, pero por primera vez en mucho tiempo, Babe sintió que el horizonte volvía a ser suyo.
Habían pasado casi siete meses desde que Babe salió del hospital y convirtió la casa en su gimnasio personal. La sala de estar se había transformado: colchonetas en el suelo, pesas ordenadas por peso, una barra de dominadas instalada en el marco de la puerta, una cinta de correr plegable junto a la ventana. Charlie se había convertido en su fisioterapeuta, entrenador, motivador y, sobre todo, su apoyo incondicional.
Esa tarde, después de una sesión especialmente intensa (dominadas, sentadillas con peso, ejercicios de respiración profunda y una serie final de sprints cortos en la cinta), Babe se quedó de pie en medio de la sala, respirando agitado. Se quitó la camiseta empapada en sudor y se miró en el espejo de cuerpo entero que habían colocado contra la pared.
Sus hombros estaban más definidos, el pecho marcado por las cicatrices pero con músculo nuevo cubriéndolas como una armadura. El abdomen volvía a mostrar esas líneas duras que tanto le gustaba presumir antes. Movió el brazo derecho: ya no temblaba. Flexionó los dedos: respondían al instante. Respiró hondo y sintió el aire llenarle los pulmones sin esa opresión que lo había acompañado meses.
Por primera vez en mucho tiempo, su cuerpo no se sentía roto. Se sentía…vivo. Más vivo que nunca.
Una sonrisa enorme, casi infantil, se le dibujó en la cara.
—¡Charlie!— gritó hacia la cocina.— ¡Ven aquí, rápido!
Charlie apareció en segundos, con una toalla en la mano y expresión preocupada.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
Babe negó con la cabeza, la sonrisa cada vez más grande. Se acercó a él con pasos seguros, sin cojera, y de pronto lo agarró del cuello con ambos brazos, colgándose casi de él en un abrazo impulsivo y lleno de euforia.
—¡No me duele nada, joder! ¡Me siento fuerte! ¡Más fuerte que antes, Charlie! Mira esto…— Flexiona el bíceps contra el hombro de Charlie.— ¡Mira cómo responde todo! ¡Puedo respirar hondo sin que me joda el pulmón! ¡Es como si mi cuerpo hubiera decidido compensar todo el tiempo perdido!
Charlie soltó una risa sorprendida, envolviendo inmediatamente la cintura de Babe con ambas manos, atrayéndolo más contra sí. Inhaló profundo: el aroma familiar de sudor limpio, jabón y esa esencia única de Babe que tanto había extrañado durante los meses de coma y recuperación.
—Dios…hueles a vida, amor.— murmuró contra su hombro, la voz baja y cargada de emoción.— Te veo y no me lo creo. Estás…estás aquí. Fuerte. Entero.
Babe siguió hablando, excitado, las palabras saliendo atropelladas contra su oído.
—¡He hecho veinte dominadas seguidas! ¡Veinte, Charlie! ¡Y sin que me tiemble nada! Y en la cinta he corrido a 15 km/h cinco minutos sin parar. ¡Cinco minutos! Me siento…me siento invencible otra vez.
Charlie sonrió contra su piel, pero la sonrisa se volvió algo más profunda, más hambrienta.
Empezó a dejar besos suaves y húmedos en el cuello de Babe: primero uno, luego otro, subiendo lentamente hacia la mandíbula.
Babe se quedó quieto de golpe, un escalofrío recorriéndole la espalda. La voz se le cortó a mitad de frase.
—Charlie…
Charlie no respondió con palabras. Una mano subió hasta tomar el cuello de Babe con firmeza pero ternura, inclinándole la cabeza hacia atrás. Y entonces lo besó. No fue suave ni tímido: fue un beso hambriento, desesperado, lleno de meses de contención, de miedo, de deseo reprimido.
Sus labios devoraban los de Babe con una necesidad casi animal, la lengua buscando la suya como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido. Babe gimió contra su boca, las manos apretándose en la nuca de Charlie.
Charlie lo empujó suavemente hasta que la espalda de Babe chocó contra la pared junto al espejo. Sin separar los labios, murmuró contra ellos, la voz ronca y temblorosa:
—Te extrañé tanto, mi amor…Extrañé besarte así. Extrañé esta boca deliciosa que sabe decir tantas palabrotas, gruñir a todo el mundo…y gemir solo para mí.
Babe soltó una risa entrecortada que se convirtió en jadeo cuando Charlie volvió a atacar sus labios, mordisqueando el inferior antes de lamerlo con calma.
—Idiota…— susurró Babe contra su boca, pero no había reproche, solo cariño.— Me vas a dejar sin aire otra vez.
Charlie sonrió contra sus labios, sin soltarlo.
—Entonces respira conmigo.— dijo, y lo besó más despacio esta vez, profundo, como si quisiera grabar cada rincón de su boca.
Las manos de Charlie bajaron por la espalda desnuda y sudorosa de Babe, recorriendo los músculos nuevos con reverencia. Babe, a su vez, se aferró a su camiseta, tirando de ella hacia arriba para quitársela.
Cuando por fin se separaron lo justo para respirar, sus frentes seguían juntas, los ojos cerrados.
—Te amo.—.susurró Charlie, la voz rota.— Te amo tanto que duele.
Babe abrió los ojos, brillantes, y le acarició la mejilla.
—Y yo a ti, cabezota. Ahora cállate y bésame otra vez…que mi cuerpo está más vivo que nunca y pienso demostrarte cuánto.
Charlie rió bajito, y volvió a devorar esa boca que tanto había extrañado.
En esa sala llena de esfuerzo y sudor, entre pesas y recuerdos de dolor, por fin volvían a ser solo ellos dos: enteros, vivos, y más enamorados que nunca.
El hospital olía igual que siempre: a desinfectante y café barato de máquina. Babe y Charlie entraron juntos a la consulta de control, tomados de la mano sin disimulo.
Babe caminaba erguido, con paso firme y seguro, la camiseta ajustada marcando el pecho recuperado y las cicatrices ya casi invisibles bajo la tela.
El doctor Somchai y Khun Ploy los esperaban con las historias clínicas abiertas. Después de los saludos, empezaron las pruebas finales: espirómetro, electrocardiograma en esfuerzo, prueba de fuerza muscular, reflejos, coordinación. Babe las pasó todas con nota alta, incluso bromeando mientras corría en la cinta a 16 km/h sin que el monitor cardíaco pitara una sola alarma.
Cuando terminaron, el doctor cerró la carpeta con una sonrisa satisfecha.
—Todo perfecto, Khun Babe. Capacidad pulmonar al 98 %, función cardíaca normal, fuerza muscular simétrica, sin secuelas neurológicas detectables. Oficialmente, estás dado de alta de rehabilitación. Puedes volver a tu vida normal…con sentido común, claro.
Babe se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Doctor…dos preguntas importantes. Primera: ¿puedo intentar conducir en pista? Nada extremo, solo vueltas suaves para sentir el coche otra vez.
El doctor asintió sin dudar.
—Sí. Empieza con sesiones cortas, casco puesto, alguien de confianza en el asiento del copiloto la primera vez. Tu reflejo y coordinación son excelentes.
Babe sonrió de oreja a oreja. Luego, con la expresión más seria del mundo, preguntó:
—Y segunda…¿puedo tener sexo?
Charlie, que estaba bebiendo agua, casi se atraganta. Lo miró con ojos abiertos como platos y le dio un codazo disimulado en las costillas.
—¡Babe!
El doctor Somchai soltó una risa breve y profesional, mientras Khun Ploy se tapaba la boca para disimular la sonrisa.
—Absolutamente sí.—.respondió el doctor.— Sin restricciones. Tu corazón y tu resistencia cardiovascular lo soportan perfectamente. Solo escucha a tu cuerpo las primeras veces, como con todo lo demás.
Babe dejó escapar una sonrisa amplia, traviesa, satisfecha.
—Perfecto. Muchas gracias, doctor. Ploy, gracias por todo.
Se despidieron con apretones de manos y promesas de volver solo para controles anuales.
En el ascensor, solos, las puertas se cerraron y Charlie cruzó los brazos, mirando a Babe con reproche.
—¿En serio tenías qué preguntar eso delante de todos? ¡Joder, Babe!
Babe se encogió de hombros, tranquilo, apoyándose en la pared del ascensor con los brazos cruzados también.
—Debía estar informado, cachorro. No voy a intentar nada arriesgando mi salud después de todo lo que hemos pasado.
Charlie frunció el ceño.
—Vale, pero al menos lo hubieras dicho con más tacto. “¿Puedo retomar la actividad sexual plena?” o algo así, no soltarlo como si pidieras permiso para comer picante.
Babe se recostó más contra la pared metálica, mirándolo con esa sonrisa lenta y peligrosa que Charlie conocía demasiado bien.
—Pues lo dije así porque quería saber si puedo follar con mis acompañantes de cama.
Charlie enarcó una ceja, la mandíbula tensa.
—¿Qué carajos acabas de decir?
Babe se encogió de hombros otra vez, fingiendo inocencia.
—Lo que oíste. Además, soy soltero. Puedo estar con quien yo quiera. Como en los viejos tiempos, ¿no? Una noche aquí, otra allá…
Se mordió el labio inferior deliberadamente, observando cómo los ojos de Charlie se oscurecían de celos. Estaban tan cerca en el espacio reducido del ascensor que podía sentir el calor del cuerpo del otro.
—¿Qué sucede, cachorro?— susurró Babe, la voz baja y burlona.— ¿Estás celoso, mi amor?
Ese “mi amor” salió cargado de provocación.
Charlie gruñó en el fondo de la garganta, dio un paso adelante y golpeó la pared junto a la cabeza de Babe con la palma abierta. El sonido retumbó en el ascensor, pero Babe ni se inmutó. Al contrario, sus ojos brillaron divertidos.
Antes de que Charlie pudiera decir nada, Babe se inclinó y lo besó. No fue suave: fue un beso provocador, hambriento, con dientes rozando el labio inferior de Charlie y lengua reclamando territorio. Sus manos subieron al cuello de Charlie, dedos enredándose en el cabello de la nuca, tirando ligeramente para profundizar el beso.
Cuando se separaron lo justo para respirar,
Babe murmuró contra sus labios:
—Tuyo. No lo olvides nunca.
Charlie jadeaba, los ojos todavía oscuros, pero ahora con deseo más que con enfado.
—Eres un hijo de puta manipulador.— gruñó.
Babe rio bajito, satisfecho.
—Y tú caes siempre. Me encanta.
El ascensor pitó al llegar a la planta baja.
Babe se apartó un paso, tomó la mano de Charlie y entrelazó sus dedos como si nada.
—Vamos, cachorro. Tenemos que darle la noticia a los chicos. Van a flipar.
Salieron al pasillo, Babe caminando con esa seguridad renovada, la sonrisa enorme.
—Gracias.— dijo de pronto, deteniéndose un segundo para mirar a Charlie a los ojos.— Por no rendirte conmigo. Por empujarme cada día que quise mandar todo a la mierda. Por estar ahí. Te amo, ¿sabes?
Charlie sintió que el pecho se le hinchaba.
Apretó su mano.
—Y yo a ti. Siempre. Ahora vamos, que Alan ya debe estar mandando mensajes cada dos minutos preguntando qué pasa.
Babe río, lo abrazó por la cintura y juntos salieron del hospital hacia el coche, listos para compartir la mejor noticia que el equipo X-Hunter había esperado durante meses:
Su rey estaba de vuelta. Completamente.
El taller X-Hunter bullía de actividad esa tarde, como siempre: el olor a aceite y metal caliente flotaba en el aire, mezclado con el rugido lejano de un motor siendo probado.
Alan estaba bajo un capó abierto, con grasa en las manos y la cara concentrada; Jeff revisaba un tablero de datos en su laptop; Dean, North y Sonic charlaban alrededor de un banco de herramientas, mientras Pete y Chris pulían un chasis con trapos viejos.
Todos levantaron la vista cuando oyeron el rugido familiar de un coche aproximándose: el auto de Babe, conducido por Charlie, aparcando justo en la entrada con un derrape suave pero controlado.
Babe bajó primero, con esa arrogancia renovada en el paso, la camiseta negra ajustada y jeans que le quedaban perfectos.
Charlie lo siguió, cerrando la puerta del conductor con una sonrisa orgullosa.
—Ey, equipo.—.saludó Babe, alzando la voz para que todos lo oyeran.— ¡El rey ha vuelto oficialmente!
Alan dejó caer la llave inglesa con un clang metálico y se limpió las manos en un trapo, acercándose con los ojos brillantes.
—¿Qué? ¿Ya? ¿Qué dijo el doctor?
Los demás se congregaron alrededor, formando un semicírculo improvisado. North y Sonic se apoyaron mutuamente, expectantes; Dean cruzó los brazos con una sonrisa ladeada; Jeff cerró la laptop; Pete y Chris dejaron los trapos y se unieron.
Babe se cruzó de brazos, disfrutando el momento, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Todo perfecto. Análisis al 100 %. Pulmones, corazón, músculos…todo como nuevo. Alta de rehabilitación. Puedo volver a la pista: vueltas suaves al principio, pero sí, puedo conducir de nuevo. ¡X-Hunter va a volver a dominar!
Un estallido de vítores y aplausos llenó el taller. Alan fue el primero en abrazarlo, fuerte y paternal, dándole palmadas en la espalda.
—¡Maldita sea, Babe! ¡Sabía que lo harías! ¡Bienvenido de vuelta, hermano!
Jeff lo abrazó a continuación, con una sonrisa cálida.
—Eres un jodido tanque. Nadie se recupera así.
North y Sonic se lanzaron sobre él en un abrazo grupal, Sonic soltando un grito de alegría.
—¡El jefe está de vuelta! ¡Vamos a celebrar con una carrera de práctica!
Dean le dio un golpe suave en el hombro.
—Te dije que Willy no te derrotaría. Ahora a entrenar, pitbabe.
Pete y Chris asintieron con sonrisas reservadas, pero sinceras.
—Felicidades.
Charlie observaba desde atrás, el pecho hinchado de orgullo, pero sin robar el foco.
Babe levantó las manos para calmarlos, todavía sonriendo.
—Esperen, esperen…Y lo más importante, aparte de la pista…— Hizo una pausa dramática, la sonrisa volviéndose traviesa, pícara.— Puedo tener sexo. Puedo estar en paz ahora.
Un segundo de silencio atónito, y luego el taller explotó en risas. Alan se llevó una mano a la frente, sacudiendo la cabeza; Jeff rio a carcajadas; North y Sonic se doblaron, apoyándose en el otro para no caer; Dean soltó una risotada profunda; Pete y Chris intercambiaron miradas divertidas, sonriendo.
Charlie, rojo como un tomate, dio un paso adelante y le dio un codazo no tan suave en las costillas.
—¡Babe! ¡Joder, no puedes soltar eso así! ¿Delante de todos?
Babe se frotó el costado, pero sin dejar de reír.
—¿Qué? ¡Es la verdad! El sexo lo es todo en mi vida. Tengo meses de abstinencia…¡Meses! Fue un calvario para mí. ¿Saben lo qué es eso? ¡Como si me hubieran quitado el motor al coche!
Más risas estallaron. Alan negó con la cabeza, resignado, pero con una sonrisa.
—Siempre tan sinvergüenza, hombre. Ni un coma te cambia esa boca suelta.
Jeff intervino, entre risas.
—No cambias, Babe. Ni un ápice. Primero la pista, segundo el sexo…¿Algo más en la lista de prioridades?
North se limpió una lágrima de risa.
—Eres incorregible. ¿Y Charlie? ¿Lo has torturado lo suficiente con eso?
Sonic añadió, con voz fingidamente escandalizada.
—Hombres…siempre pensando con la de abajo. ¡Pero al menos eres honesto!
Dean soltó una carcajada.
—Clásico Babe. Directo al grano, sin filtros. Me alegra que estés de vuelta, pero por Dios, ten un poco de tacto la próxima vez.
Pete y Chris asintieron, Chris murmurando con una sonrisa.
—Sinvergüenza total.
Babe se encogió de hombros, sin arrepentirse ni un poco, abrazando a Charlie por la cintura para calmarlo.
—Venga, no es para tanto. Solo estoy feliz. Todo vuelve a la normalidad. ¿Qué les parece si celebramos con una barbacoa esta noche? Invito yo.
Alan aplaudió la idea.
—Hecho. Pero nada de detalles sobre tu "paz interior", ¿vale?
Más risas llenaron el taller, el ambiente cálido y familiar como en los viejos tiempos. Charlie, aún un poco rojo, besó la sien de Babe con resignación cariñosa.
—Eres imposible.— murmuró.
Babe le guiñó un ojo.
—Y por eso me amas.
El equipo se dispersó poco a poco, volviendo al trabajo con sonrisas persistentes, mientras Babe y Charlie se quedaban un momento abrazados, el taller resonando con la promesa de un futuro sin sombras.
La barbacoa en el taller había sido perfecta: carne a la parrilla humeante, cervezas frías, risas hasta que la noche cayó y las luces del taller se apagaron una a una. Los chicos se despidieron con abrazos fuertes, palmadas en la espalda y promesas de volver pronto a la pista. Babe y Charlie fueron los últimos en irse.
Condujeron en silencio cómodo durante un rato, la música baja en el auto, hasta que Babe señaló una desviación.
—Para ahí, un poco más adelante. Quiero ver las estrellas un rato.
Charlie sonrió, giró el volante y tomó una carretera secundaria que se alejaba de las luces de la ciudad. Aparcó en un mirador elevado, con vista al valle oscuro y un cielo lleno de estrellas. Apagó el motor, bajó las ventanas y reclinó los asientos. El aire fresco de la noche entró, trayendo olor a pino y tierra.
Babe no tardó en moverse. Se quitó el cinturón y, con agilidad felina, se subió al regazo de Charlie, a horcajadas sobre él, las rodillas a ambos lados de sus caderas. El espacio era estrecho, pero perfecto para estar pegados.
—Así está mejor.—.murmuró Babe, rodeando el cuello de Charlie con los brazos.
Charlie rió bajito, apoyando las manos en su cintura.
—Mucho mejor.
Empezaron a hablar de todo lo vivido: el coma, los meses de rehabilitación, las noches en que Babe quería rendirse, las mañanas en que Charlie lo obligaba a levantarse.
Recordaron las peleas, las reconciliaciones silenciosas, las veces que se miraron sin decir nada y supieron que seguían enamorados. Reían al recordar anécdotas del taller, las bromas de los chicos, la cara de Charlie cuando Babe soltó lo del sexo delante de todos.
Babe se reía con ganas, la cabeza echada hacia atrás, y al volver a mirar a Charlie, escondió el rostro en su cuello, todavía riendo contra su piel.
Charlie aprovechó el momento. Inclinó la cabeza y depositó un beso lento y húmedo justo bajo la oreja de Babe, luego otro más abajo, rozando con los dientes la piel sensible.
—Joder…— gruñó Charlie, la voz ronca de repente.— Tengo unas putas ganas de follarte, mi amor. La última vez que lo hice fue en el sofá de ese estúpido departamento…y han pasado meses. Meses sin estar dentro de ti.
Babe soltó un jadeo suave contra su cuello, moviéndose ligeramente sobre su regazo.
—Pues aquí me tienes…hazlo.
Charlie no esperó más. Una mano subió al cabello de Babe, agarrándolo con fuerza —no para lastimar, sino para dominar— y tiró suavemente hacia atrás para exponer su cuello y luego devorar su boca. El beso fue feroz, hambriento, lengua invadiendo, dientes chocando, gemidos ahogados.
Mientras lo besaba, la otra mano de Charlie bajó a la cintura de Babe, desabrochando el botón de los jeans con urgencia. Bajó la cremallera y, con ayuda de Babe que levantó las caderas, le sacó los pantalones y la ropa interior de un tirón, dejándolos caer al suelo del coche.
Ahora Babe solo llevaba la camiseta negra ajustada, que marcaba cada músculo de su torso recuperado, los pezones endurecidos visibles bajo la tela. Estaba expuesto, duro, temblando de anticipación.
Charlie rompió el beso para mirar hacia abajo, los ojos oscuros de deseo.
—Mírate…joder, qué bonito estás así. Solo con esta camiseta, el culo al aire para mí.— Sus manos bajaron directo al trasero de Babe, amasándolo con fuerza, separando las nalgas.— Este culo perfecto…siempre tan apretado, tan mío. Me muero por abrirte y metértela hasta que grites mi nombre.
Babe gimió, moviéndose contra él, buscando fricción.
—Charlie…por favor…
Charlie sonrió con malicia, una mano manteniendo el agarre en el cabello, la otra bajando entre las nalgas. Rozó la entrada con la yema del dedo, seco al principio, solo para sentir cómo Babe se tensaba y luego se relajaba.
—Estás tan sensible…—.murmuró, lamiendo el labio inferior de Babe.— Voy a prepararte bien, amor. Quiero que me sientas todo.
Escupió en sus dedos —el sonido obsceno resonando en el silencio del coche— y volvió a la entrada. Presionó con el índice, lento, hasta que la punta entró. Babe soltó un gemido largo, la cabeza cayendo hacia atrás.
—Así…relájate para mí.— ordenó Charlie, la voz dominante, ronca.— Quiero sentir cómo me aprietas. Joder, estás caliente por dentro…como si me hubieras estado esperando todo este tiempo.
Movió el dedo despacio, entrando y saliendo, curvando ligeramente para rozar ese punto que sabía que volvía loco a Babe. Cuando sintió que se abría más, añadió un segundo dedo, estirándolo con paciencia pero firmeza.
Babe jadeaba contra su boca, las caderas moviéndose instintivamente, buscando más.
—Charlie…más…por favor…
Charlie aceleró el ritmo, masturbándolo con los dedos, entrando profundo, curvándolos, presionando justo ahí. Su otra mano soltó el cabello para bajar y apretar una nalga, abriéndolo más.
—Escucha cómo suenas…tan mojado ya solo con mis dedos. Vas a correrte así, ¿verdad? Antes de que te folle como mereces. Quiero verte deshacerte en mi regazo, amor…quiero que me supliques que te llene.
Babe gimió más alto, el cuerpo temblando, la camiseta pegada al pecho por el sudor. Se aferró a los hombros de Charlie, clavándo las uñas.
—Charlie…no pares…estoy tan cerca…
Charlie sonrió contra su cuello, mordisqueando la piel mientras sus dedos seguían el ritmo implacable.
—Entonces córrete para mí, mi amor. Quiero sentir cómo aprietas mis dedos…y luego te voy a follar hasta que no puedas ni caminar mañana.
El coche se llenó de gemidos, respiraciones agitadas y el sonido húmedo de los dedos moviéndose dentro de Babe. La noche fuera era testigo silencioso de su reencuentro más íntimo, después de tanto tiempo separados por el dolor…ahora solo quedaba placer, amor y la promesa de que nada volvería a separarlos.
Babe temblaba entero sobre el regazo de Charlie, el orgasmo golpeándolo como una ola violenta. Sus caderas se movieron solas, apretando los dedos de Charlie con fuerza mientras gemía alto contra su cuello, el cuerpo convulsionando en espasmos. El semen caliente se derramó entre sus abdominales y la camiseta, empapando la tela.
—Charlie…joder…— jadeó Babe, la voz rota, intentando recuperar el aliento.
Pero Charlie no le dio ni un segundo de tregua. Con una sonrisa oscura y los ojos brillando de deseo puro, sacó los dedos de un tirón brusco. Babe soltó un gemido sorprendido, el vacío repentino haciéndolo arquear la espalda.
Charlie se desabrochó los pantalones con una sola mano, liberando su erección dura y palpitante. La tomó por la base y, sin aviso, la alineó con la entrada aún húmeda y abierta de Babe. De una embestida brutal, profunda y sin piedad, se hundió hasta la raíz.
Babe gritó, la cabeza echándose hacia atrás contra el techo del coche, los ojos abiertos de golpe por la sorpresa y el placer abrumador.
—¡Eres un animal!— jadeó, las manos clavándose en los hombros de Charlie.
Charlie rió contra su cuello, una risa baja, ronca y cargada de lujuria. Empezó a moverse inmediatamente, embistiendo con fuerza, sin dar tiempo a que Babe se acostumbrara. Cada golpe era profundo, violento, haciendo que el coche se balanceara ligeramente.
—Un animal, ¿eh?— gruñó Charlie, mordiendo el lóbulo de la oreja de Babe antes de lamerlo.— Pues este animal va a follarte hasta que no recuerdes ni tu nombre, amor. Mira cómo se abre este culo…tan apretado, tan jodidamente perfecto. Te sientes tan bien alrededor de mi polla…como si hubieras estado esperándome todos estos meses.
Babe gimió alto, las caderas intentando seguir el ritmo brutal, pero Charlie lo dominaba por completo: una mano en su cintura, marcando el movimiento, la otra en su nuca, manteniéndolo quieto para devorarlo.
Bajó la boca al cuello de Babe, chupando con fuerza hasta dejar marcas rojas, luego mordió la piel sensible justo sobre la clavícula. Babe se estremeció, un gemido ahogado escapó de sus labios.
—Charlie…más fuerte…— suplicó, la voz temblorosa.
Charlie obedeció. Embistió más rápido, más profundo, el sonido de piel contra piel llenando el coche junto con los jadeos y gemidos. Bajó la cabeza y, a través de la camiseta empapada, atrapó un pezón con los dientes, mordisqueándolo antes de chuparlo con fuerza. Babe arqueó la espalda, gritando su nombre.
—Así…—.murmuró Charlie contra el pecho, lamiendo el pezón endurecido antes de pasar al otro.— Tus pezones tan sensibles…me encanta cómo te pones cuando te los muerdo. Vas a correrte otra vez solo con esto, ¿verdad? Sin que te toque la polla…solo con mi boca y mi polla destrozándote por dentro.
Subió de nuevo, capturando la mandíbula de Babe con una mano, obligándolo a mirarlo mientras lo follaba sin piedad. Besó su boca con violencia: lengua invadiendo, dientes rozando labios, chupando hasta dejarlos hinchados. Luego bajó a la oreja, lamiendo el contorno antes de morder el lóbulo y susurrar palabras sucias.
—Eres mío, Babe. Este culo es mío. Esta boca…mía. Voy a llenarte hasta que chorree, voy a marcarte por dentro para que mañana, cuando camines, sientas que sigo dentro de ti. ¿Quieres eso, amor? ¿Quieres que te folle tan fuerte que no puedas sentarte sin recordarme?
Babe solo podía gemir, los ojos vidriosos, el cuerpo entregado por completo al dominio de Charlie. Sus manos se aferraban a la camiseta de Charlie, tirando de la tela como si quisiera fundirse con él.
—Sí…joder, sí…hazlo…fóllame más fuerte…
Charlie gruñó de satisfacción, acelerando el ritmo hasta que el coche parecía temblar con ellos. Besaba, chupaba, mordía cada pedazo de piel al alcance: cuello, mandíbula, oreja, labios. Cada embestida era una reclamación, cada gemido de Babe una victoria.
Iban a correrse juntos otra vez, y esta vez no habría pausa. Solo ellos, el deseo acumulado de meses, y la certeza de que, después de todo el infierno, seguían siendo el uno del otro. Completamente. Sin reservas.
Charlie seguía embistiendo con fuerza animal, perdido en el placer, cuando de repente Babe se tensó por completo y puso las manos en su pecho, deteniendo los movimientos con un jadeo brusco.
—Espera…espera…me siento mal— dijo Babe, la voz entrecortada, tocándose el centro del pecho con una mueca de dolor fingida.— Duele…aquí…
Charlie se congeló al instante. El deseo se evaporó en un segundo, reemplazado por puro pánico. Sus ojos se abrieron como platos, el rostro palideciendo.
—¿Qué? ¡Babe! ¡Joder, Babe!— Intentó salir de él con cuidado pero urgente, las manos temblando.— Vamos al hospital ahora mismo. Respira despacio, amor, no te muevas…
Babe lo miró un segundo más con esa expresión de “dolor”…y luego estalló en una risa baja, malvada, los ojos brillando de diversión pura.
—No, estoy bien…es una broma.
Charlie se quedó quieto dentro de él, procesando. La preocupación dio paso a la incredulidad, y luego a una furia ardiente. Sus manos se cerraron en puños sobre las caderas de Babe.
—¿Una puta broma? ¿Estás de coña?— gruñó, la voz temblando de rabia.— ¡Me has dado el susto de mi jodida vida, hijo de puta!
Babe siguió riendo, esa sonrisa satisfecha y arrogante que Charlie odiaba y amaba al mismo tiempo.
—Te lo mereces.— dijo con calma, encogiéndose de hombros lo mejor que podía en esa posición.— Por haberme dejado hace tiempo. Por decidir por mí, puto egoísta.
Charlie soltó un rugido bajo. Una mano subió rápido al cabello de Babe, agarrándolo con fuerza —no para lastimar, sino para dominar— y lo acercó hasta que sus narices casi se tocaban. Lo miró fijamente, furioso, los ojos oscuros ardiendo.
—¿Te hace gracia asustarme con tu corazón, cabrón? ¿Después de todo lo qué pasamos? ¡Eres un hijo de puta irresponsable! ¡Si vuelves a hacer una broma así te juro que te dejaré atado y sin correrte en una semana!
Babe no borró la sonrisa. Al contrario, la hizo más amplia, desafiante. Y entonces empezó a moverse otra vez: lento al principio, subiendo y bajando sobre la polla de Charlie con deliberada provocación, apretándolo adrede.
Mientras se movía, se inclinó y atacó el cuello de Charlie: primero un beso húmedo, luego chupó con fuerza la piel justo bajo la oreja, dejando una marca roja. Mordió el lóbulo, lo lamió, bajó a la mandíbula y la mordisqueó antes de subir a la boca y devorarla con lengua y dientes.
—Venga, cachorro…— susurró contra sus labios, la voz ronca.— Castígame entonces. Fóllame hasta que no pueda ni hablar.
Charlie gruñó como un animal herido y enfurecido. La mano en el cabello tiró más fuerte, obligando a Babe a arquear el cuello hacia atrás. Con la otra mano agarró su cadera y empezó a embestir hacia arriba con violencia bestial, cada golpe profundo y salvaje, haciendo que Babe rebotara sobre él.
—Te voy a follar hasta que llores, joder.— rugió Charlie, la voz rota por la furia y el deseo.— ¡Hasta que aprendas a no jugar con mi puto miedo! ¿Quieres bromas? Pues toma: voy a destrozarte el culo hasta que mañana no puedas sentarte sin acordarte de lo cabrón que eres.
Babe gimió alto, el cuerpo temblando con cada embestida brutal. Siguió atacando: mordió el cuello de Charlie con fuerza suficiente para dejar marca, chupó la piel hasta hacerla arder, lamió la línea de la mandíbula antes de volver a la oreja y morderla mientras jadeaba.
—Más…dame más, Charlie…castígame…
Charlie perdió el control por completo. Lo sujetó por las caderas con ambas manos ahora, levantándolo y bajándolo con fuerza sobre su polla, follándolo como si quisiera castigarlo y adorarlo al mismo tiempo. Cada embestida era un reclamo, cada gruñido una promesa.
—Eres mío, Babe. Mío para follarte, mío para preocuparme, mío para cabrearme. ¡Y si vuelves a hacer una puta broma con tu corazón te juro que te ató a la cama y no te dejo correrte en un mes!
Babe gritaba su nombre ahora, el cuerpo temblando al borde otra vez, las uñas clavándose en los hombros de Charlie. El coche se mecía con violencia, las ventanas empañadas, el aire cargado de sudor, sexo y rabia convertida en placer puro.
No había ternura esta vez. Solo necesidad cruda, violenta, bestial. Dos hombres que habían pasado por el infierno y ahora se reclamaban el uno al otro con toda la fuerza de haber sobrevivido.
Y cuando por fin se corrieron —Babe primero, gritando contra el cuello de Charlie, Charlie siguiéndolo con un rugido ahogado dentro de él—, fue como si todo el miedo, toda la rabia y todo el amor se liberaran en un solo instante brutal y perfecto.
¡FIN!