Los cuentos de la abuela

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Summary

Una abuela anciana y ciega cuenta historias a su nieto que le sirve mate en un entorno rural pobre en Paraguay.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

El niño desobediente

Corrían los años ochenta cuando nació Damián, hijo único de doña Ana, una mujer de manos callosas que enrollaba cigarros desde el amanecer hasta que la luz se apagaba en su ventana. El padre, cuando supo del embarazo, salió a comprar cigarros y se perdió en alguna esquina del mundo. Nunca volvió. Doña Ana decía que no necesitaba a ningún hombre para salir adelante, y lo demostraba cada noche con los dedos manchados de tabaco y la espalda doblada sobre su mesa de trabajo.

En aquellos años, fumar era casi sinónimo de libertad, de fuerza interior, de ser alguien en la vida. Las propagandas de Marlboro inundaban las pantallas de televisión y las páginas de las revistas: un vaquero atractivo, de mandíbula cuadrada y sombrero tejano, cabalgaba con gallardía por paisajes que capturaban la imaginación. Cañones gigantescos —posiblemente el Colorado, en los Estados Unidos— se abrían ante él como heridas en la tierra. El hombre movía ganados enteros, cientos de reses levantando polvo, y los conducía hasta el borde mismo del cañón. Allí se detenía, justo al filo del abismo, sin perder la compostura ni un segundo, con la mirada regia clavada en el infinito, como si desafiara al mismísimo destino.

Finalmente caía la tarde. La luz dorada del sol bañaba el paisaje completo, tiñendo de ámbar las rocas rojas, las nubes altas, la crin de los caballos. Se escuchaban los cascos galopando, el viento silbando entre las piedras, y el protagonista —sudoroso pero imperturbable— sacaba su cajetilla, encendía un cigarrillo con parsimonia, y daba esa primera calada profunda, satisfecha, mientras al fondo resonaba la voz: “Bienvenido al mundo Marlboro”. Era épico. Era masculinidad destilada. Era la promesa de que cualquier hombre, incluso el más común, podía sentirse así de poderoso con solo encender un cigarrillo.

La propaganda había calado hondo en el pueblo, como en todo el país. Los hombres fumaban para sentirse vaqueros, las mujeres fumaban para sentirse modernas, los jóvenes fumaban para sentirse adultos. Se fumaba en las cantinas, en las oficinas, en las mesas familiares, en los patios de las escuelas. El humo era parte del aire mismo que se respiraba. Y eso significaba que doña Ana, con sus manos expertas enrollando tabaco desde el amanecer, ganaba bien. Muy bien para los estándares del pueblo. Suficiente para darle a su hijo lo que ella nunca tuvo, para vestirlo mejor que a los demás niños, para que nunca sintiera la falta de un padre en el bolsillo, aunque lo sintiera en el alma.

Damián era su mundo, su centro, su única razón para levantarse cada mañana.

Los problemas comenzaron cuando el niño tenía ocho años. Un día robó las mandarinas de ña Gumercinda, la anciana del final de la calle. Las frutas se pudrían en el suelo, es cierto, pero la anciana fue clara: “Doña Ana, solo necesitaba pedir permiso. No le negaría nada al niño, pero debe aprender”. Doña Ana se indignó. “¿Por unas mandarinas que nadie quiere? Más bien le hizo un favor, ña Gume, no sea exagerada”. La anciana la miró con esa tristeza que tienen los viejos cuando ven venir la desgracia. “Póngale límites, doña Ana. O el muchacho no va a parar”.

Pero ella no puso límites.

Cada mañana lo vestía con el uniforme blanco impecable, los mejores pantalones del mercado, aunque a veces tuviera que prescindir de su medicina para la presión. Lo veía partir a la escuela y sentía que todo valía la pena.

A los doce años, Damián ya robaba directamente del dinero que su madre recaudaba. Ella lo encontraba hurgando en su cartera y apenas decía algo: “Cuando yo muera, total, todo lo que tengo será para él. ¿Qué importa si lo toma ahora o después?“. En la escuela, los lápices y cuadernos ajenos desaparecían de las mochilas. Las madres comenzaron a marcar los útiles de sus hijos con nombres en tinta indeleble y a vigilar a Damián con desconfianza. Doña Ana los enfrentaba: “No lo entienden. Él no tiene padre y se siente inferior. Solo quiere atención, nada más”.

A los quince años, Damián comenzó a tomar cerveza a escondidas. Se juntaba con otros muchachos como él, los que andaban sin rumbo por las calles polvorientas del pueblo. Descuidó los estudios. Llegaba a casa tambaleándose, a veces se caía antes de cruzar el umbral, otras vomitaba en el patio. Y ella siempre estaba ahí, sosteniéndolo, limpiándolo. “Es pasajero”, decía a quien quisiera escucharla. “Cuando madure dejará el vicio”.

Pero Damián no maduró.

A los dieciocho años pasaba más tiempo borracho que sobrio. Robaba a su madre cada centavo, vendía lo que hurtaba a los vecinos. La policía no hacía nada —no eran objetos muy caros, decían, y además, todos conocían a doña Ana, nadie quería causarle más sufrimiento.

Entonces llegaron las primeras veces que le gritó. Luego, las primeras veces que la empujó. Y finalmente, los golpes.

—Necesito dinero, mamá —decía plantado frente a ella, con los ojos inyectados y el aliento agrio—. No soy como los otros chicos. Siempre me dijiste eso, que soy especial porque no tengo papá. Así que dame dinero, o es que ya no me quieres.

—Hijo, ya te di todo lo que tenía —respondía ella encorvada sobre su mesa, enrollando cigarros con manos temblorosas.

—¿Qué mierda te pasa, mamá? Solo te pido un poco de dinero.

Estiró la mano y tomó los billetes que ella había dejado sobre la mesa.

—Hijo, eso era para la comida.

Ella extendió la mano para detenerlo. Él le dio un golpe en la cara y se fue sin mirar atrás.

Esto se repitió durante años. Los golpes, el alcohol, los robos. Llegó a oídos del párroco, que intentó hablar con doña Ana: “Déjelo que pague las consecuencias de sus actos, señora. Es la única manera”. Pero ella seguía defendiéndolo, incluso cuando los moretones le cubrían los brazos y el rostro, incluso cuando ya no podía disimular las costillas rotas.

Un día, las consecuencias alcanzaron a Damián. En uno de sus robos, el dueño de casa le disparó. Cayó en el patio ajeno, entre las gallinas asustadas, y murió antes de que llegara la ambulancia. No tuvo tiempo de arrepentirse, ni de pedir perdón, ni de arreglar nada.

Doña Ana lloró con una desesperación que partía el aire. Sintió el peso de la culpa como una losa sobre los hombros: nunca le puso límites. Ahora era demasiado tarde.

Por respeto a ella, los vecinos acudieron al velorio. Taparon el cajón con los puros bien cerrados, pero ante el horror de todos, el cadáver abrió la tapa desde adentro. Una vez, dos veces, tres. Doña Ana gritaba, los presentes retrocedían. El cuerpo estaba definitivamente muerto: frío, rígido, con moscas zumbando alrededor.

El párroco, pálido pero firme, habló al fin:

—No puede descansar en paz porque golpeaba a su madre en vida. Las manos que se levantan contra quien les dio la vida no pueden quedarse quietas ni en la muerte.

—¿Qué hago, entonces, padre? —suplicó doña Ana.

—Dele un golpe fuerte en la mano que tocó el cuerpo de su madre. Solo así su alma descansará.

Volvieron a tapar el ataúd. La tapa se abrió de nuevo. Doña Ana, con lágrimas corriendo por las arrugas de su rostro y la mano temblando, se acercó. Levantó su mano callosa, esa mano que lo había acariciado desde niño, que lo había vestido, alimentado, protegido. Y le dio un golpe seco, fuerte, definitivo en la mano de su hijo muerto.

El sonido resonó en la sala. Todos contuvieron el aliento.

Volvieron a cerrar el ataúd.

Esta vez, la tapa permaneció cerrada.

El alma de Damián, al fin, pudo descansar. Pero doña Ana nunca más pudo cerrar los ojos sin sentir el peso de ese último golpe, el único que tuvo que darle, el que llegó demasiado tarde.