No mires atrás

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Summary

En una tierra donde el silencio pesa más que los gritos, una criatura infernal acecha sin prisa. No necesita ojos para encontrarte, ni brazos para atraparte. Solo espera... golosa de tu miedo. No mires atrás es un relato de horror psicológico donde la amenaza se esconde en lo que no se dice.

Genre
Horror
Author
Gabriela
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

No mires atrás...

O podrías encontrarte con algo aterrador.

El murmullo de los grillos sonaba ensordecedor, mezclado con el siseo de las plantas agitadas por el viento que creaba una atmósfera llena de vida aterradora. Me causaba un escalofrío en todo el cuerpo, además del frío que me calaba los huesos. Un escalofrío permanente me recorría desde que decidimos adentrarnos en ese lugar. ¿Por qué demonios estábamos caminando a las tres de la mañana en medio de una parcela gigantesca y tenebrosa? La respuesta era sencilla: por un perro.

—¡Marcy! ¡Marcy! —gritaba mi amiga, intentando escudriñar algo en la oscuridad absoluta.

Buscábamos a la pequeña perra de pelaje marrón chocolate con manchas blancas como malvaviscos. Una mestiza que Elizabeth había criado después de salvarla de la muerte hacía ya cinco años. Era lo que más nos unía. Recordaba perfectamente aquel día, igual de gélido, en que ella llegó al consultorio con un perrito tembloroso, empapado y cubierto de barro y sangre, sus propias lágrimas surcándole el rostro mientras suplicaba ayuda.

Aunque nos caíamos tan mal como el agua y el aceite. Elizabeth era la chica brillante y habladora que siempre destacaba por su bondad; yo, la cínica que se encargaba de señalar los puntos débiles de esa misma bondad cada vez que emprendíamos una misión. Quizá por eso nunca nos dejaron separarnos. Y poco sabía que esta noche acabaría uniéndonos más que nunca, a pesar de nuestras diferencias.

Habíamos llegado a ese lugar como médicas voluntarias de la Cruz Roja, a una zona vulnerable en las tierras de Haití, a un pueblo remoto que sobrevivía mayormente de sus cultivos. Cultivos que, aunque no sabía de qué eran, de noche se transformaban en monstruos gigantes que parecían querer devorarnos. Me pasé las manos por los brazos, tratando de calmar los nervios de estar afuera a esas horas y en ese sitio. De día era hermoso, pero de noche... la historia cambiaba por completo. Me lo habían advertido y ahora podía confirmarlo. La noche estrellada era como fotografías editadas que en este momento se burlaban de mí y de mis pensamientos estúpidos. Estrellas fugaces surcaban el cielo y las titilantes parecían querer engullirnos.

Nos alojábamos en una casita que parecía a punto de derrumbarse con la primera lluvia fuerte; por suerte, no había llovido desde que llegamos hacía dos días. Allí estaba Elizabeth, llamando a Marcy mientras intentaba alumbrar con su celular en la penumbra. Llevaba puesto ese abrigo blanco que le había regalado su novio el año pasado, el mismo que siempre le decía que no sacara en este lugar, pero al que ella se aferraba. Tenía el cabello negro desordenado, recogido en una coleta deshecha, y, cosa rara, no llevaba maquillaje. En ese momento, Marcy era más importante que lucir impecable.

—Debimos haberle puesto una correa —dije con voz temblorosa y casi como un gruñido—. Así esto no habría pasado.

Me quejaba, pero en el fondo sabía que era extraño. Marcy no era una perra curiosa ni aventurera. Que se hubiera alejado tanto no tenía sentido. Además, era todo menos valiente: desde que unos chicos casi la matan a patadas, le aterraban la noche, la oscuridad, los ruidos fuertes y, desde luego, los hombres. Creo que en eso se parecía a mí. Odiaba estar haciendo esto, pero Marcy era tan importante para mí como para Elizabeth. Aquellas noches con ella, moribunda y entre la vida y la muerte, fueron las que me enseñaron a tener paciencia con Elizabeth y a apreciar los momentos con ella. Cuando lloramos las dos por un perrito que apenas podía respirar. Cuando pensamos que moriría después de tanto esfuerzo, de tanto dolor por un alma inocente. Supimos que no éramos tan diferentes como pensábamos. Aprendimos a convivir por conveniencia. A manejar nuestro trato. Ahora éramos algo así como amigas lejanas. O bueno, eso pensaba yo. No sé ella.

Así que cuando Marcy había desaparecido después de un chillido que nos paralizó a ambas, que nos hizo salir a buscarla sin importar que un animal salvaje nos atacara —aunque en esta área nos dijeron que era muy raro verlos—, salimos. Aquel chillido era uno de esos sonidos que solo emite un animal cuando algo grave le ocurre. Pensamos que, como siempre, había salido a hacer sus necesidades cerca de casa. No era grande ni agresiva, sino más bien cobarde y torpe, incapaz de meterse en problemas. Quería encontrarla y salvarla, ignorando el miedo que sentía al enfrentarme a una noche tan desconocida.

Y ahora estábamos aquí, en la oscuridad, buscando a un perro que se confundía con la tierra y las plantas gigantes, entre hierbas largas que no sabía identificar. Yo llevaba una chaqueta gruesa y una mochila con herramientas de emergencia, por si la encontrábamos con heridas graves.

—Dani, ¿crees que la encontremos? —preguntó Elizabeth con su suave voz, moviendo el celular de un lado a otro, silbando con la débil esperanza de que la perra apareciera con su andar alegre.

—No lo sé. Está difícil ver algo. Además, ni mierda se escucha para saber si está cerca.

Nos detuvimos a escuchar. Algo me inquietó: el sonido. Solo sentía el silbido del viento golpeándome. No había nada más: ni aves, ni insectos, ni el rumor de las plantas. Nada. Respiré hondo para ahogar el otro sonido que retumbaba en mis oídos: mi corazón acelerado sonaba como golpes en mi cabeza, cada uno más fuerte que el anterior. Bum, bum, bum... Era un silencio aterrador que me ponía cada vez más nerviosa, sobre todo al recordar la advertencia que nos hicieron los aldeanos ese mismo día, mientras les administrábamos vacunas.

«Hoy es día de demonios —nos dijo un hombre viejo y ciego, apoyado en un bastón nudoso—. No salgan y cierren temprano». Era extraño que nos dijera eso; siempre hablaba de sus nietos, su granja o sus gallinas. Elizabeth y yo lo ignoramos... hasta ahora. Ahora aquella frase que apenas entendí gracias a mis estudios de haitiano se repetía en bucle en mi cabeza.

—No salgan... ¿Y si algo atacó a Marcy y se la llevó lejos? —dije, preocupada, a Elizabeth.

Quería regresar, dejar de buscar a Marcy y decirle a Elizabeth que algo más estaba pasando. Pero me creería loca, y si hacía eso sabía que algo entre nosotras se fracturaría. Mientras avanzábamos por el camino pedregoso que conducía a la casa, un chillido más grave, húmedo y gutural rasgó el silencio inerte y violento. Me detuve en seco, con el corazón encogido; hasta mi propio sonido me parecía efímero después de aquello. Miré a Elizabeth, que también me miraba con sus ojos café apenas visibles en la oscuridad. Sentí un peso repentino en la nuca y la sensación de una mirada clavándose en mi espalda. Llevé la mano hacia Eli —que se veía pálida incluso con la poca luz— y la tomé. La luna llena nos bañaba con su claridad fantasmal, pero no era suficiente para aquella oscuridad que nos tragaba.

—Eli —llamé por fin, aquel apodo que tanto me costaba pronunciar, apretando su mano. Un contacto que en otro momento nunca habría hecho.

—Dani —dijo casi sin aire, mirándome de reojo mientras apretaba mis dedos—, creo que encontramos algo que no es Marcy —su voz temblaba. Abrazó mi brazo, pegándose a mí, tiritando de frío, de miedo, o de las dos cosas.

—No, no encontramos nada. Eso nos encontró a nosotras.

Giramos rápidamente. Aunque no había nada a la vista, el escalofrío que me recorrió los hombros y la presión en el pecho persistían. Como si algo nos observara desde las sombras. Como si manos sucias e impuras pasaran sobre mi cuerpo con gusto, con el gusto de lastimarme hasta dejar de ser yo.

—¿Sientes eso? —pregunté al borde del llanto. No quería llorar y verme débil. Yo no era la débil, y nunca podría serlo. Pero algo ahí me estaba rompiendo sin siquiera estar presente.

Elizabeth lloraba en silencio; sus hipidos los sentía a través de su pecho contra mi brazo. Su mirada viajaba entre el camino —hacia donde habíamos escuchado el chillido de Marcy— y la casa que se erguía como un refugio distante.

De pronto, el chillido agudo de Marcy volvió a escucharse, esta vez acompañado de ladridos frenéticos. La agarré del brazo con más fuerza, lista para correr, cuando oímos pasitos precipitándose hacia nosotras. Los arbustos se agitaron con violencia y un perro marrón y peludo irrumpió entre las ramas, chillando y gruñiendo mientras cojeaba desesperadamente.

—¡Marcy! —Elizabeth chilló, con la voz quebrada.

La perra nos miró, avanzó hacia nosotras con determinación y se plantó frente a nosotros, ladrando con una ferocidad que no le conocía. No me atreví a seguir su mirada. La tomé en brazos, escuchando sus quejidos. Su pata estaba rota; se notaba por el ángulo antinatural y cómo la arrastraba. Sangre seca y fresca se mezclaba en su pelaje cerca de las patas traseras, y una parte de su cola había desaparecido. ¿Qué tipo de animal haría algo así? Parecía un corte limpio. La sangre salía a borbotones, aunque ella parecía más asustada que adolorida. El cazador estaba cerca, y ella lo sabía.

Saqué con rapidez una gasa y un pañuelo para ponerle de forma provisional, pero antes de hacerlo, un zumbido me llenó la cabeza. Marcy chilló con fuerza. Un miedo primordial se apoderó del lugar. Puse la gasa para parar el sangrado mientras me preparaba, y miré a Elizabeth. Ella miraba detrás de mí con los ojos dilatados, pálidos, como si su alma hubiera escapado de su cuerpo; la piel antes amarillenta se veía pálida, y parecía haber envejecido de repente.

—Dany —dijo con un tono urgente y lleno de pánico estático—. Es hora de correr.

Me quitó la mochila y echamos a correr. Sabíamos que no sería una carrera corta; nos habíamos alejado demasiado. Nuestra respiración se volvió agitada mientras recorríamos aquel sendero maldito. Sentía que lo que fuera que nos perseguía se acercaba, cada vez más rápido. Marcy intentaba bajarse de mis brazos, dificultando la carrera.

En la oscuridad, las ramas de los gigantescos árboles que nos rodeaban eran invisibles, como sus raíces: gruesas y duras, sobresaliendo de la tierra. Cuando estábamos por cruzar uno de esos árboles milenarios, Elizabeth pisó mal. Cayó de boca con un estruendo seco, roto por su chillido de dolor.

—Me dañé el tobillo —dijo, rota, como si fuera el final.

—Vamos —temblé de pavor. La ayudé a levantarse lo más rápido que pude, mientras ese zumbido seguía sonando en mi cabeza, pesado y chicloso, como una lengua que chasquea por placer ante un postre divino.

Elizabeth miró atrás. Abrió la boca brevemente, como si fuera a decir algo, pero las palabras cayeron en el silencio mortal. Se aferró más a mi brazo, pero sin dejar de mirar atrás. Como si algo la estuviera llamando, pero ella se negara a los horrores que la esperaban al regresar. No dejaba de voltear. Había dejado de llorar, y ahora solo miraba, hipnotizada, casi sin pestañear. No me soltaba; esa era la única razón por la que seguía en movimiento.

Mi respiración se aceleraba, el pecho a punto de estallar por el pánico. No sabía qué estaba pasando, pero mi instinto no me dejaba voltear. Ahora tenía que cargar a Marcy, que parecía cada vez más débil, y a Eli, cuya mente parecía secuestrada por lo que fuera que veía atrás. Quería salir corriendo de todo, pero sabía que no podía dejarlas atrás. Nunca me perdonaría por eso. El jadeo ansioso de Marcy me ayudaba a mantener un ritmo. De pronto, me lamió la cara, apenas con energía, como si supiera que estaba a punto de desmoronarme. Lágrimas salieron de mí, calientes, una señal de que aún seguía viva. De que todas estábamos vivas.

Ver la casa fue un cambio radical. Era la luz al final del túnel. Un cielo esperado de calma y paz. Escuché otra vez aquel zumbido, más fuerte que antes, y el chillido húmedo que quería paralizarme. ¿Mi cuerpo sabía que era la presa antes que mi conciencia? Quizá por eso mi cabeza dolía cada vez que iba en contra de mi instinto paralizado por el terror.

Sentí frío en el hombro. Un líquido corría por allí, rojo y con un olor nauseabundo.

Miré hacia arriba.

Aquel árbol que parecía perfecto para estar a su sombra era una especie de nido de muertos. Animales y formas que mi mente se negaba a procesar, siluetas que no podían ser, que no debían ser humanas, se encontraban ahí, rotas, envueltas en aquel líquido que ahora me corría por el hombro. Quería gritar. Seguí caminando hacia la casa. Como él dijo: cierren temprano y no salgan. Entonces ese monstruo no podía entrar allí. Era mi única y última esperanza. Y que Dios nos bendiga, porque solo el demonio podría ser capaz de algo así.

Ninguna de las dos habló en todo el trayecto. Elizabeth solo respiraba acelerada, mirando atrás cada tanto.

—Se está burlando, Dany —susurró, su voz áspera—. Debemos correr mientras estemos más cerca de la casa. Todo lo que veamos es solo una señal de su crueldad.

Elizabeth parecía entender algo que yo no, como si algo le hablara sobre lo que estaba pasando. Empezó a rezar. Clamaba a Dios, a Jesucristo y al Espíritu Santo por nuestra seguridad. El tono de su voz era una súplica espasmosa que me calaba en cada parte del cuerpo. En mi interior, aquella duda sobre el creador se dispersaba... Si el horror de los demonios existía, ¿por qué no el amor de un Dios? Creí. Tuve fe por primera vez en mi vida. Y la fe era lo único que movía mi cuerpo sucio y pecador hacia la seguridad de la casa.

Cuando estábamos a solo unos metros, Elizabeth paró de rezar.

—Corre. Déjanos y vete tú. Esa cosa nos atrapará antes de llegar a la puerta.

Negué con la cabeza. No podía. Mi alma gritaba que moriría con ellas.

—Aguanta. Solo aguanta. Dios mío, ayúdanos —susurré, incapaz de contener el deseo de una protección divina ante aquel depredador demoníaco.

Nos miramos a los ojos. Solo segundos. Marrón y ámbar chocaron en un baile frenético. Mis lágrimas y las suyas se mezclaron. Mi voz rota fue una súplica y un trato: nada sería igual si sobrevivíamos. Sus labios temblaron. Miré a Marcy, quieta, con los ojos cerrados, pero su pecho aún se movía. Respiraba a duras penas. Había perdido mucha sangre. En mi cabeza pasaron todos los procedimientos para ayudarla. Pero debía llegar. Por ella. Por ella era todo esto.

—¡Ahora! —dije.

Empezamos a correr. Elizabeth lloraba de dolor, pero no importaba mientras estuviera viva. Íbamos de la mano, yo acelerando su paso al máximo. En ese momento, sentí que la tierra temblaba. Un gruñido que fragmentó mi confianza retumbó en la noche. Marcy se despertó. En su ladrido se escuchó su fuerza y el miedo que sentía.

—¡CORRE, APÚRATE! —gritó Elizabeth, tratando de soltar mi mano.

Negué, sin mirar atrás.

La puerta se veía lejana, aunque estuviera a solo unos metros. Vi a Elizabeth resbalar. Sentí el piso temblar bajo nosotros. La presión en mi cabeza aumentó. La sensación de que eso estaba a solo un par de pasos de atraparla me quemó por dentro.

Un poco más. Solo un poco más.

Se lo repetía al cerebro. Le pasé a Marcy a Elizabeth y, por fin, miré atrás.

Aquella monstruosa criatura aguardaba.

Sin apuro, golosa de nuestro miedo, se burlaba. Hacía tiempo que podría habernos matado.

Sus patas, dobladas como las de una cabra con pezuñas gigantes, solo necesitaban dos zancadas para alcanzarnos. Su cuerpo, bañado en sangre, y el aura nauseabunda que brotaba de su hocico peludo y de su cabeza sin ojos —parecida a la de un jabalí— gritaban su origen: el infierno.

En sus costados se abrían dos enormes orificios sangrantes, como si sus brazos hubieran sido arrancados. Quizá era el líquido del árbol, quizá una señal de nuestra salvación: sin brazos, atraparnos sería más difícil. Pero sus patas podían aplastarnos, y al carecer de ojos, se guiaba únicamente por el olfato y el oído.

—Da-da.

Entonces entendí qué hacer.

Le señalé a Eli que no hiciera ruido. Si le explicaba, el sonido nos delataría. Todo encajaba. Las flores blancas, el árbol de tronco pálido y vibración muerta. Aquel sentimiento de que todo era falso. El zumbido, ese instinto que solo estaba jugando con nosotras.

La jalé por las axilas, haciendo ruido con las hojas secas. El monstruo se movió lentamente. Parecía entender de dónde venía el ruido, pero al haber tantos sonidos pequeños, se confundía. Solo quedaban unos metros. Le mostré con señas a Elizabeth que tirara piedras lejos para confundirlo más. Así lo hizo, mientras yo tiraba de su cuerpo débil sobre la tierra más despejada que encontraba.

La noche era una cómplice cruel.

Apreté los dientes. Cuando vi la luz tenue filtrarse por la rendija de la puerta, sentí un alivio visceral. En un movimiento desesperado, Elizabeth lanzó algo —una piedra— que golpeó un cartel lejano de los pueblerinos. El eco sonó como una explosión.

El monstruo se lanzó hacia el sonido, alejándose.

Con gestos frenéticos, le señalé que se apoyara en mí. Le quité a Marcy y, en un último esfuerzo, logramos cruzar el umbral. La puerta se cerró a nuestras espaldas con un golpe sordo que resonó como el portazo del cielo.

Sentí una calidez dura, anhelada. Dejé a la moribunda Marcy con Elizabeth y me abalancé sobre la puerta, corriendo el cerrojo. Recordé lo que decía mi mamá: sal para las alimañas. Aunque no funcionara, esparcí un círculo de sal en la entrada y alrededor nuestro. Sea lo que fuera esa cosa, no creía que llegara el día.

El viejo lo había dicho: esperen dentro y no salgan.

Hicimos lo que pudimos con las heridas de Marcy. Paramos el sangrado, la limpiamos. Ayudé a Elizabeth a vendarse el tobillo. Ella lloraba en silencio. El zumbido se acercaba otra vez. Mientras más fuerte, más cerca estaba. Yo me mantuve firme. Hasta no tener seguridad, no podría descansar. Un frío interno me recorría, pero no me movería del círculo.

De pronto, el techo retumbó. La casa tembló. Abracé a Marcy, y Elizabeth se aferró a mí. Marcy estaba inconsciente, su respiración era un hilo tenue. Cerré los ojos con fuerza, rezando para que se alejara. La casa tembló de nuevo, más fuerte. Si no hubiera visto al monstruo, habría pensado que era un terremoto. Pero lo sabía. Era solo una forma de hacernos salir. Guardamos silencio. No le daríamos más motivos para quedarse.

El temblor cesó. En su lugar, regresó el murmullo suave de la noche. El canto de los grillos, que antes me daba nervios, ahora sonaba como una sinfonía. Era el sonido del mundo normal, del peligro conocido. Marcy abrió los ojos, y movió lo poco que le quedaba de su cola, donde antes las manchas blancas parecían malvaviscos y ahora solo mostraban la crudeza de su supervivencia.

Elizabeth y yo nos miramos. Por primera vez, no había juicio, ni cinismo, ni distancia en nuestras miradas. Solo el reconocimiento puro de haber cruzado el infierno juntas. Y por primera vez, nos dimos un abrazo. No por obligación, ni por consuelo, sino por una felicidad silenciosa y devastadora.

Habíamos mirado atrás. Habíamos encontrado lo aterrador. Y, milagrosamente, estábamos vivas para contarlo.