Kakushi idiota | GotoxSanemi

Summary

Un Kakushi cualquiera, jamás imaginó tener un amorío con el gran Pilar del Viento, Sanemi Shinazugawa.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Goto, un Kakushi cualquiera, jamás se imaginó envuelto en algo así. Un amorío con el mismísimo Pilar del Viento, Sanemi Shinazugawa, no figuraba ni en sus delirios más absurdos. Y, sin embargo, ahí estaban cuerpo a cuerpo, desesperados y hambrientos, como si cada roce fuera una cuenta regresiva. Sabían que el tiempo era breve para ellos, pero eso solo volvía todo más feroz.

—¡Mierda! ¡Sí, sí, sí! —jadeaba Sanemi con su voz quebrada, entre el placer y la desesperación.

El impacto de cada embestida lo sacudía por completo, dejándolo sin aliento, con la cabeza nublada por el deseo. Sus uñas se clavaron en la espalda de Goto, marcándolo con la misma urgencia con la que él lo estaba tomando.

En un arrebato, jaló su cabello azabache, obligándolo a unir sus bocas en un beso sucio, descontrolado, una maraña de labios y lenguas enredándose con brutalidad ya que el sabor de Goto le encantaba. Le sabía tan jodidamente bien que junto al calor de sus cuerpos, lo tenía enloquecido.

Con la espalda contra la pared, sintiendo el cuerpo del kakushi dominándolo por completo, Sanemi se aferró con sus piernas alrededor de la cintura, presionándolo con fuerza, instándolo a empujar más hondo y más rápido. Dios, lo estaba volviendo loco. Cada embestida era un golpe directo a su punto más sensible, un choque brutal que arrancaba jadeos cada vez más necesitados de su garganta.

Qué obsceno se sentía todo esto, gracias a que Goto sabía exactamente lo que le gustaba. Coincidían tan bien. Cada movimiento era preciso, calculado, pero al mismo tiempo salvaje y primitivo. Lo levantaba sin esfuerzo y eso le fascinaba, por fin alguien con la fuerza suficiente, y lo sostenía con unas manos hambrientas que apretaban con avidez su carne, arrancándole gemidos entrecortados. Maldita sea, era perfecto.

El sonido de piel chocando contra piel, el eco de su propio placer reverberando en el aire, el roce húmedo y lujurioso de sus cuerpos uniéndose sin restricciones... todo era demasiado. Demasiado bueno.

—¡Más fuerte! Cógeme más fuerte —suplicó el Pilar con la voz ya rota.

Y Goto, con esa sonrisa torcida y el aliento caliente contra su oído, se lo concedió sin piedad.

Sanemi no era silencioso, para nada. Le encantaba gritar, gemir sin contención, dejar que su voz se quebrara en jadeos cargados de placer. Y esta vez no fue la excepción. Se entregó por completo al exquisito vaivén, sin miedo ni reservas, dejándose empujar contra la pared con tanta brutalidad que, por momentos, creyó que esta cedería bajo la presión de su cuerpo taladrado una y otra vez.

Lo tenía tan contra sí, tan atrapado devorándolo con su boca en su cuello, con sus manos firmes, que Sanemi no pudo evitar sentirse ya satisfecho. Tembló cuando los dientes rozaron su cuello y bajaron por su nuez de Adán en besos húmedos y desesperados, como si Goto quisiera comerlo entero, consumirlo sin tregua. El calor le subió de golpe, le nubló el juicio y... ¡Sí! ¡Dios, sí! Que lo hiciera, que no se detuviera jamás. Que siguiera cogiéndolo así, por favor. Puta madre, este hombre lo tenía vuelto loco.

Él nunca se detuvo a pensarlo, pero en algún momento dejó de ser simple deseo. Le gustaba. No solo la intensidad, no solo el placer... él. Goto. Su olor, su sudor impregnándose en su piel, su aliento cálido sobre su clavícula. Le daba ansiedad tenerlo tan cerca y no poder tocarlo como quisiera, no poder besarlo sin que nadie vea.

Lo necesitaba.

Y la idea de aferrarse a su cuerpo por horas, oler el aroma del Kakushi, de sentirlo hasta deshacerse juntos en un clímax abrumador, lo hacía temblar más que cualquier herida de batalla.

A punto de correrse, Goto comenzó a separarse de Sanemi, intentando controlar su propio cuerpo, pero el otro se aferró con fuerza, clavando los dedos en su espalda y moviendo las caderas con un ritmo frenético, desesperado por mantenerlos juntos.

—Adentro —demandó con voz ronca y los ojos oscurecidos por el deseo.

Goto lo miró sorprendido, como si necesitara confirmar que lo había oído bien. Pero el Pilar no le dio tiempo a dudar y lo besó con furia, mordiendo su labio inferior, empujándolo sin espacio para la indecisión. Quería sentirlo, quería que se vaciara en su interior.

El kakushi gimió contra su boca y, sin resistirse más, dejó que su cuerpo se descontrolara. Sus embestidas se volvieron erráticas, más profundas y más crudas. Lo agarró con rabia de la cintura, pegándolo aún más contra sí, buscando hundirse hasta el fondo.

Sanemi sintió la calidez esparcirse dentro de él y sonrió con satisfacción, disfrutando de la sensación, de la forma en que Goto temblaba al venirse dentro de su cuerpo.

Él siguió empujando, dando estocadas en seco mientras la tensión se desvanecía poco a poco. Tiró la cabeza hacia atrás con los ojos entrecerrados por el éxtasis, el pecho le subía y le bajaba en respiraciones pesadas. Nunca antes se había venido dentro del Pilar. Y ahora entendía que era completamente diferente por lo apretado que se ponía.

Cuando recuperó el aliento, bajó la mirada y lo encontró jactándose de él con aire victorioso. Disfrutando de haberlo llevado hasta ese punto. El Kakushi solo le desvió los ojos y lo bajó de sus brazos, notando como al separarse su propio semen escurría lentamente por los muslos de Sanemi, ensuciando su piel. La imagen lo hizo estremecerse.

Un poco exaltado, buscó en los bolsillos de su uniforme mal puesto algo para limpiarlo, encontrando un simple pañuelo para luego extendérselo.

—Ten —murmuró, esperando algún insulto por dejarlo así de pegajoso.

Sin embargo Sanemi levantó una ceja y sonrió con sorna, esa maldita sonrisa que volvía loco a Goto y le daba a entender su tan violenta satisfacción.

—Limpia tu puto desastre, Kakushi —ordenó con tono áspero, aunque sus movimientos dejaban entrever una coquetería apenas disimulada.

Se giró con lentitud, dejando que sus manos resbalaran por la pared en una caricia obscena. Alzó la cadera con suavidad, arqueando la espalda mientras un gemido apenas contenido le escapaba de los labios. Movió el trasero en un vaivén provocador, conociendo exactamente lo que mostraba, cómo se exponía con el agujero aún lleno, brillante y marcado por el rastro tibio del semen.

—Límpiame bien —ronroneo, con esa maldita voz ronca que sabía exactamente cómo tentarlo.

Goto apretó la mandíbula y, mierda, le costaba resistirse. Esta ya sería la quinta vez que se venía el Pilar junto a él, y su cuerpo empezaba a reclamarle descanso, pero Sanemi simplemente no tenía suficiente. Últimamente le exigía más de lo que realmente podía en un día y no por las ganas, si fuera por él, le joderia el culo todo el día, pero el tiempo era limitado.

Dejó sus tareas a medias junto a sus compañeros cuando el cuervo del Pilar apareció con una "misión urgente y exclusiva en su finca". Por supuesto que ya sabía para qué era. Pero no podía evitar dejar a los demás kakushis confundidos con su repentina partida. Si seguían así, iban a correr rumores.

Aunque... ¿qué importaba? Si tenía a este hermoso hombre ofreciéndose frente a él.

Inspiró hondo, controlando su impulso al apretar los dientes y envolver decidido su mano con el pañuelo antes de empezar a limpiar. Si eso quería, lo haría a su manera.

Comenzó por los tobillos ya pegajosos del Pilar, hasta a donde había llegado su simienta. Paso el paño con tortuosa lentitud, asegurándose de que sintiera cada roce muy bien. Subió con calma, recorriendo la piel cálida y sudorosa de sus muslos fornidos, aplicando más presión a medida que ascendía.

Entre sus piernas se tomó su tiempo, pasando el pañuelo suavemente, asegurándose de no dejar ni un rastro de su semen sin limpiar, aunque en realidad lo hacía más para regodearse en su parte favorita. Su propia respiración se volvió más pesada al sentirse excitado por la escena, y cada movimiento hacía que su verga se volviera a endurecer, palpitante, lista para volver a hundirse en tan hermoso trasero. También los gemidos del Pilar no lo ayudaban, lo calentaban aún más, nublándole la cabeza.

Pero tenía que cumplir su labor como Kakushi.

Llegó a la entrepierna y frotó ambos testículos, sintiendo cómo se tensaban bajo sus dedos. Sanemi soltó un jadeo ronco, apoyó las manos mejor en la pared y cerró los ojos, rendido un segundo a ese tacto. Él sonrió, disfrutando cada estremecimiento. Le fascinaba verlo así, tan jodido y tembloroso por su culpa. Subió despacio hasta esos glúteos enormes, tan redonditos que los agarró con ambas manos y los apretó fuerte, hasta hacerlos rebotar a su gusto al juguetear con ellos. Mierda, ¿cómo podía ser tan malditamente guapo?

Entonces, sin previo aviso, separó sus nalgas con ambas manos y, de un tirón brusco, metió los dedos junto con el pañuelo hasta el fondo de su ano. Sanemi soltó un gemido ronco, arqueándose con violencia contra la pared, los dedos arañando la superficie mientras le temblaban las piernas.

Goto soltó una carcajada baja que no pasó desapercibida con los ojos encendidos de puro vicio.

—¡Mierda! ¿Qué haces, idi...?

No lo dejó terminar. Le jaló el cabello blanco hacia atrás, obligándolo a alzar la cara mientras seguía follándolo con los cuatro dedos sin piedad, empujando y girando el pañuelo dentro de él.

—Tengo que dejarte bien limpio, ¿no? —murmuró contra su oído, con el aliento ardiente paseando por su cuello—. Estás hecho un desastre aquí adentro.

Sin esperar respuesta, hundió aún más los dedos dentro de él con un movimiento decidido. La tela áspera rozó sus paredes internas, provocando una sensación entre lo abrasivo y lo placentero, que hizo que Sanemi soltara un gemido quebrado, olvidándose de que este maldito lo estaba controlando a su antojo. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo resonó en la habitación, un chapoteo indecente que solo alimentaba más su deseo.

El Pilar apretó los puños contra la pared, temblando con cada roce. Y su espalda, marcada por cicatrices de mil batallas, se arqueó al fin en una rendición involuntaria cuando Goto encontró ese punto sensible dentro de él, el lugar exacto donde su fuerza flaqueaba y el control se le escurría entre las piernas.

—Ah... justo ahí —murmuró con voz ronca, casi rogando con la boca abierta.

El kakushi lo observó con atención en todo momento, deleitándose al ver como su espalda se estremecía, con sus músculos tensándose y relajándose ante cada azote. Pero su piel era lo mejor, alba, pálida como la luna misma, que contrastaba con la brutalidad de su cuerpo forjado en combate. No había un solo vello que rompiera su perfección albina. Un lienzo esculpido a base de fuerza y dolor. Era hermoso. Goto no pudo resistirse. Se inclinó y deslizó los labios por su hombro, besándolo con suavidad al principio, apenas rozándolo. Luego, chupeteó con más fuerza, dejando una marca visible. Sabía que Sanemi se enfadaría al verla después, pero qué más daba, hoy se sentía osado y le encantaba provocarlo.

Los jadeos de Sanemi se volvieron más erráticos, se quebraron en su garganta mientras su espalda se arqueaba una y otra vez, buscando inútilmente escapar de esa invasión que lo volvía loco. Su cuerpo vibraba en espasmos que subían lento por su vientre hasta apoderarse de todo. Con un gemido fuerte, casi desesperado, se derramó sobre el tatami, temblando como si lo sacudiera una corriente ardiente y eléctrica que le quemó la espalda de abajo hacia arriba.

Su respiración quedó hecha trizas, rasgando el silencio de la habitación. Goto lo sostuvo fuerte cuando sintió que sus piernas ya no podían con él, lo estrechó contra su pecho desnudo, dejando que se desplomara y descansara. Lo mantuvo ahí, envuelto en la calidez de su piel, respirando juntos, aún hambriento de cada estremecimiento que Sanemi dejaba escapar contra su clavícula.

—Dios... qué bien se sintió —confesó el Pilar, aún tratando de recuperar el aliento. Apoyó la cabeza en el hombro del kakushi con su cabello desordenado pegándose a su frente por el sudor—. Ah... ahora quítame ese maldito pañuelo del culo.

Y ahí estaba de nuevo, el grosero Pilar del Viento.

Goto rodó los ojos en negación, pero la sonrisa que le asomó en los labios lo delataba. Su mirada descendió, golosa, por el cuerpo aún tenso del Pilar, deteniéndose en el ritmo lento de su respiración, en cómo su torso y aquel pecho tan pomposo subía y bajaba con pesadez. Por buda, era puro músculo, pura rabia convertida en carne. Y él tenía permiso para tocarlo.

Deslizó las manos por su abdomen con deleite, bajando con intención de hacer lo que le mandaba hasta toparse con su límite. Y chasqueó la lengua pues no alcanzaba bien.

—Permiso —murmuró con esa cortesía burlona que tanto le gustaba usar con él.

Lo tomó de los muslos y lo arrastró hasta sentarlo sobre su regazo, haciéndolo encajar justo contra su verga. Entonces, le abrió las piernas abruptamente, alzándolas a los lados para exponerlo en una pose vergonzosa, la cual lo escucho quejarse a lo bajo, más no le importó.

Sus dedos trazaron con mucha más facilidad al tenerlo así, recorriendo lentamente su piel en donde más lo estremecía, como si pudiera leerlo en braille. Sanemi tensó el abdomen sin querer, anticipando algo más. Y llegó. Con una sonrisa ladeada, el Kakushi empezó a sacar el pañuelo, despacio, disfrutando cada milímetro que se deslizaba fuera de él. Lo dejó colgando a la mitad, saboreando el temblor que recorría al Pilar bajo sus manos, hasta que sin aviso, lo jaló de golpe.

Sanemi gimió, arqueó con violencia su espalda por el placer que le recorrió como fuego líquido.

—¡Puta madre, Goto! —escupió en delirio, temblando todavía por el efecto.

El Kakushi siguió sonriendo, satisfecho, observándolo desde abajo como si acabara de hacer la obra de arte más hermosa.

—¡Oye! Ahg, mierda... no te pases de confiado —gruñó Sanemi al recuperarse, tirando con fuerza del cabello azabache, acercándolo a su rostro en un gesto cargado de intensidad.

Goto ni se inmutó. Una risa baja, ronca, vibró en su pecho antes de abrirse paso entre sus labios. El sonido retumbó suave entre sus pechos sudorosos, colándose directo en los oídos del Pilar.

—Discúlpame —murmuró, fingiendo una cortesía que rozaba la burla. Y se inclinó despacio hasta rozarle el lóbulo con la voz rasgada—. Pero dime,¿no te encanta que sea tan atrevido contigo?

Mientras lo provocaba, dejó que sus manos se perdieran otra vez por el torso de Sanemi. Recorrió cada cicatriz como si le perteneciera, subió a sus pectorales y los masajeó con una satisfacción descarada, sintiendo cómo temblaba de nuevo bajo su toque.

Goto levantó la mirada, esperando un golpe, una maldición, cualquier explosión típica del Pilar del Viento. Pero en lugar de eso, lo vio, apenas en un parpadeo, la sombra de una sonrisa sincera dibujándose en sus labios finos. Un destello tan breve y tan suave que le encendió algo en el pecho. Y luego, como siempre, se apagó. La dureza volvió a sellar su expresión.

Sanemi se irguió de golpe, con los hombros rígidos y los músculos tensos como un resorte a punto de romperse. Con un tirón seco, se zafó de su agarre, sin mirarlo siquiera.

—Puedes largarte —espetó, girándose hacia el baño, dejando atrás la calidez de ambos cuerpos, como si no le importara en absoluto.

Goto lo siguió con la mirada, viendo cómo desaparecía tras la puerta sin más palabras. Aún impactado por lo que acababa de ver, permaneció inmóvil en el tatami, con el eco de esa bonita sonrisa bailando en su mente.

A lo largo del tiempo que llevaban en esta dinámica, Sanemi siempre se había mostrado gruñón, temperamental, un desafío constante que Goto aprendió a domar y que disfrutaba intensificar. Aunque últimamente había notado algo diferente. Pequeños cambios, casi imperceptibles, pero que ahí estaban. Y otros, más evidentes, habían ido mejorando con el tiempo.

Su comunicación, por ejemplo. No eran conversaciones profundas, ni mucho menos, pero de vez en cuando compartían banalidades antes de follar, una queja sobre el día, un comentario mordaz sobre un compañero, una burla sin demasiado veneno. Pequeñas cosas que, sin darse cuenta, los acercaban.

Y no solo eso. Al principio, Sanemi era meticuloso con los límites, con la distancia. Marcaba su territorio con firmeza, imponiendo reglas tácitas que Goto, por diversión o por instinto, solía desafiar. Usaban protección siempre, pero últimamente, eso había cambiado. Ahora, el Kakushi podía terminar dentro de él.

Y hoy... hoy incluso había sonreído.

Goto sintió su corazón revolotear, una felicidad casi infantil que le curvó los labios en una sonrisa suave, imposible de contener. Pero enseguida negó para sí mismo, sacudiendo la cabeza como si pudiera ahuyentar esa ternura inesperada. No era momento para distracciones; ¡tenía que ir a trabajar!

Suspiró al ponerse de pie, notando su erección aún palpitante. "¡Mierda!", pensó, maldiciendo la urgencia que todavía le quemaba el cuerpo. No tenía tiempo ni ganas de aliviarse otra vez, así que respiró hondo y se obligó a ignorarla. Se centró en reorganizar la habitación como de costumbre, apartó las sábanas desordenadas, puso cada cosa en su sitio y, solo cuando todo estuvo impecable, se permitió vestirse.

Salió corriendo una vez listo, cruzando finalmente la puerta de la finca para llegar a tiempo al trabajo, dejando un silencio tras de sí, como si el lugar retomara su forma de siempre, tan fría y vacía. La puerta se deslizó detrás de él con un leve crujido. Sanemi, que seguía dentro, se quedó quieto en el baño mientras se enjuagaba, sosteniendo el balde de agua sobre su cabeza y vaciándola, escuchando cómo Goto desaparecía en la nada. Sintió cómo el calor de antes se disipaba poco a poco ahora que no estaba, filtrándose entre sus costillas; quiso creer que era culpa del agua helada, aunque sabía bien que no era así, porque, por más que lo negara, todo era culpa de ese Kakushi idiota.