El Peso de un Mundo Roto: Ecos del Primer Ciclo

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Summary

Cuando los cristales dejaron de ser simples piedras o reliquias y se convirtieron ahora en fuente de la vida y el poder, el equilibrio del mundo se quebró por completo. Maenut, un joven en su último año de secundaria se verá marcado por la llegada de amenazas interminables traídas por el destino mismo, luchando contra ellas junto a sus aliados y amigos, mientras tratan de mantener la línea entre el bien y el mal intacta

Genre
Drama/Scifi
Author
Vandalus
Status
Excerpt
Chapters
39
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

La oscuridad no era silencio.

Era un murmullo.

Una voz.

No venía de ningún lugar… y aun así estaba en todas partes.

—Ha llegado el momento…

Maenut no tenía cuerpo. No tenía forma. Solo… estaba.

Frente a él, las imágenes comenzaron a aparecer, una tras otra, sin orden claro, como fragmentos de algo que aún no entendía.

Un templo antiguo, cubierto de grietas, con símbolos que parecían latir.

Un conjunto de edificios destruidos, envueltos en humo, con el eco lejano de sirenas que nunca terminaban de sonar.

Un agujero negro suspendido en el cielo, devorando la luz a su alrededor.

BOTS marchan en filas perfectas, sus pasos sincronizados como una sentencia.

Disparos.

Sangre.

Siluetas cayendo.

—Tu destino ha despertado.

La voz no era agresiva. No gritaba. Pero cada palabra pesaba.

—Y con él… el camino que no podrás evitar.

Las imágenes se distorsionaron. Se superpusieron unas sobre otras hasta volverse irreconocibles.

Entonces… una última sensación.

Algo más allá.

Algo… observándolo de vuelta.

—Tu encuentro con aquello que trasciende lo mortal está por comenzar.

Un pulso.

Como el latido de su cristal.

—Si no estás listo… deberás estarlo.

Todo se quebró.

Maenut abrió los ojos de golpe.

El sonido del reloj, aunque presente, no llenaba la habitación ni molestaba. Era uno de esos tics constantes que se integraban al espacio, como el crujir del suelo o el murmullo lejano de la ciudad. Walter nunca lo arreglaba. Decía que le gustaba saber que el tiempo seguía avanzando, incluso cuando todo lo demás parecía estancado.

Maenut, sentado en el borde de la cama, respiraba más rápido de lo normal.

Por un segundo, no se movió.

Como si todavía estuviera allá.

Sus ojos se fijaron en el espejo del armario, donde su reflejo se desdibujaba por la luz pálida de la mañana. Su piel parecía un poco más gris bajo ese brillo frío, como si la noche aún no hubiera terminado de soltarlo.

Lentamente, llevó una mano a su pecho.

Ahí estaba.

El tenue resplandor púrpura latía con suavidad.

Normal.

Pero no se sentía igual.

El cristal no emitía calor, ni dolor. Solo una presencia constante, casi íntima. A veces Maenut sentía que no lo llevaba dentro… sino que era al revés.

Hoy… esa sensación era más fuerte.

Cerró los ojos un segundo.

Las imágenes del sueño seguían ahí. Más claras de lo habitual.

Demasiado claras.

La puerta se abrió sin aviso.

—¿Ya estás despierto? —preguntó Walter, con una taza de café humeante en una mano y una media puesta a medias en la otra.

Maenut no se giró. —No dormí mucho.

Walter se quedó observándolo desde el marco de la puerta. Conocía esa postura. Hombros rígidos, espalda recta, mirada fija. Era la forma de su hijo de decir que algo no estaba bien sin tener que admitirlo.

—¿Otra vez tuviste un mal sueño?

Maenut dudó un segundo.

Pensó en la voz.

En el agujero negro.

En esa… presencia.

—No son pesadillas —dijo finalmente—. Solo… sueños.

Walter entró en la habitación y dejó la taza sobre el escritorio, empujando a un lado algunos papeles viejos. Se rascó la cabeza, incómodo, como siempre que la conversación se acercaba a algo que no podía arreglar con herramientas.

—Naciste con eso, hijo —murmuró—. La sombra no te persigue… camina contigo.

Maenut apretó los labios.

Esta vez, esas palabras no sonaron igual.

—¿Y si un día decide dejar de caminar? —preguntó en voz baja.

Walter no respondió de inmediato. Se sentó en la cama, a unos pasos de él.

—Entonces sabremos quién eres sin ella —dijo—. Y eso no es poca cosa.

El silencio se instaló entre los dos. No era incómodo, pero sí denso. Como si ambos estuvieran pensando en cosas que no sabían cómo decir.

—Igual deberías comer algo antes de irte —añadió Walter, rompiendo el momento—. Hoy es el primer día de vuelta, ¿no?

—Sí.

—Entrenar, posiblemente conozcas nuevos amigos, un que otro drama… lo típico.

Maenut soltó un leve resoplido.

—Y si ves a Karen… no seas tan de piedra, ¿eh? La chica hace lo que puede.

—Ella no necesita que yo le diga cómo ser.

—No, pero sí que le hables de vez en cuando no estaría mal. Nadie lee mentes, ni siquiera con cristales. O bueno, de hecho sí, pero ya debes saber a qué me refiero.

Maenut giró un poco el rostro. Sus ojos se suavizaron apenas. —Hablar no es lo mío.

—Ya lo sé —sonrió Walter—. Pero tampoco lo era criar a un chico con un cristal de sombra, y mira… aquí estamos.

Una pequeña sonrisa se escapó de Maenut, casi sin querer. Walter la vio y se levantó, satisfecho. No necesitaba más que eso.

—Vamos —dijo—. Antes de que el mundo empiece a caerse y te lo pierdas.

Maenut se puso de pie.

El reflejo en el espejo volvió a enfocarse.

La sombra seguía ahí.

Pero ahora… no era lo único.

Por un instante muy breve, casi imperceptible… el reflejo pareció mirarlo primero.

Y luego, todo volvió a la normalidad.

Pero esta vez… no parecía tan ligera.