CAPITULO 1
El suelo estaba frío.
Amaia tenía las manos apoyadas en el metal.
Respiraba despacio.
Había ruido detrás de ella.
Respiraciones.
Movimientos contenidos.
No miró.
—Mírame —dijo el hombre.
Amaia alzó la cabeza.
El arma seguía apuntándole.
No era la primera vez.
Pero el pulso le tembló un segundo.
Lo controló.
—¿Te duele? —preguntó él.
—Sí.
—¿Entonces por qué no lloras?
—Porque llorar no cambia nada.
Alrededor había adultos.
La observaban como si fuera un objeto raro.
Ninguno decía nada.
—Te ves tranquila —continuó— pero sé que tienes miedo.
Amaia tragó saliva.
—Claro que tengo miedo —dijo— no soy estúpida.
—Entonces ríndete.
—No.
—¿Por orgullo?
—Por ellos.
El hombre giró la cabeza.
—No sabes quiénes son.
—No importa —respondió Amaia— ya lo decidí.
—Te matarán igual.
—Tal vez —dijo— pero no hoy.
El hombre sonrió.
—Hablas como si el tiempo te perteneciera.
—No —corrigió— hablo como alguien que ya perdió bastante.
Se acercó más.
Demasiado.
—Si das un paso en falso mueren todos.
Amaia apretó los dientes.
—Lo sé —dijo— por eso no voy a darlo.
El silencio pesó.
Ella escuchó personas llorando.
No giró la cabeza.
—Te tiemblan las manos —observó él.
—Porque tengo miedo —repitió— no porque dude.
El hombre chasqueó la lengua.
—Dices eso ahora. Cuando empiece…
—Ya empezó —lo interrumpió Amaia— empezó el día que me encerraron aquí.
El murmullo creció.
—¿Sabes quién soy? —preguntó él.
—No.
—Soy quien decide si viven o mueren.
Amaia lo miró fijo.
—Entonces decide bien —dijo— porque si eliges mal esto no termina contigo.
El hombre sonrió.
—¿Me amenazas?
—No —respondió— te aviso.
Él tomó un cuchillo y lo lanzó al suelo.
—Hazlo tú.
Amaia lo miró.
Respiró hondo.
—Si lo hago —dijo— ellos salen.
—No prometo nada.
—Sí lo harás —respondió— porque si no lo haces nadie aquí va a dormir tranquilo otra vez.
El hombre dudó.
Amaia tomó el cuchillo.
Le dolía el pecho.
El miedo estaba ahí.
Pero no mandaba.
—No quiero hacerlo —dijo— pero voy a hacerlo igual.
Los gritos fueron cortos.
Amaia cerró los ojos solo al final.
Cuando los abrió el lugar temblaba.
Las personas están tiradas.
—Escúchame bien —dijo con dificultad— nunca vas a escapar de esto.
Amaia lo miró.
—Ya escapé —respondió— solo que aún no lo sabes.
—Mi hijo…
—No me importa.
—Él te va a buscar.
—Que venga —dijo— yo ya aprendí a sobrevivir.
El fuego empezó a subir.
Amaia se dio la vuelta.
No miró atrás.