Rotas ilusiones
Narración por Alice
Eran las dos de la mañana y el silencio en el apartamento de Antonio se sentía pesado.
Me encontraba en la sala, mirando la puerta vacía. No había señales de él. “Qué raro, no me avisó que llegaría tarde”, Nuestra relación siempre había sido así: intermitente, un ir y venir de encuentros y distancias. No vivíamos juntos, pero habíamos pactado que esa noche sería especial; pasaríamos tiempo con las niñas, como una familia real. Sin embargo, el reloj seguía avanzando y él no aparecía
A unos metros, Eva, la hija mayor de Antonio, seguía inclinada sobre el mesón de la cocina, concentrada en sus tareas de la universidad. En el sofá, las gemelas —nuestras hijas—se habían quedado profundamente dormidas esperando a su padre.
— Eva, cariño… ¿Me ayudas a llevar a las niñas a su cuarto, por favor? —susurré para no despertarlas del todo.
— Claro, Liz. —Eva apartó la mirada de la pantalla de su laptop y se levantó de inmediato.
Cada una tomó a una pequeña en brazos. Después de acostarlas y darles un beso, le di las gracias a Eva. Estaba agotada, así que me retiré a la habitación de Antonio a descansar, mientras ella volvía a sus libros en el silencio de la madrugada
Narración por Antonio
.La luz del bar era escasa y el aroma a lúpulo se mezclaba con el perfume de la detective Marcela Gómez. La tensión entre nosotros había dejado de ser profesional hace varias rondas.
— Sé que no debería decir esto, pero… ¿Te gustaría ir a mi habitación? —soltó Marcela, dejando su cerveza sobre la barra y fijando sus ojos en los míos.
— Aquí la pregunta no es si me gustaría —respondí, acortando la distancia entre nosotros hasta que nuestras respiraciones se cruzaron—. La pregunta es: ¿sería una buena idea?
No hubo respuesta verbal, solo el impulso de una mala decisión.
Me desperté horas después en la cama del hotel con el cuerpo pesado. Marcela ya estaba de pie, terminando de vestirse con una eficacia fría.
— Sucedió algo —pregunté con la voz ronca, hundiendo la cara en la almohada.
— Ten. —Lanzó mi teléfono con suavidad sobre el colchón—. Tu compañera Burgess ha estado llamando insistentemente. Tal vez sea importante.
Miré la pantalla: 20 llamadas perdidas de Kim Burgess. El peso de la realidad me golpeó
— ¿Nos vemos esta noche? —me senté en la cama, buscando alguna chispa de lo que había pasado horas antes.
— Tal vez —dijo ella, dándome un último beso antes de desaparecer por la puerta.
Me duché rápido, tratando de quitarme el rastro de la noche anterior, y salí directo a mi departamento. Necesitaba fingir normalidad. Sin embargo, al aparcar, vi el coche de Burgess detenido frente al edificio. Subí las escaleras a toda prisa y la encontré justo cuando se disponía a tocar mi timbre.
Narración de Alice
Me levanté a las 6:30 AM. Antonio no llegó en toda la noche. Intenté convencerme de que se había quedado en el distrito, perdiendo la noción del tiempo entre archivos para encontrar pistas sobre el asesinato de su amigo Marcos. Como psicóloga de la unidad, debía admitir que Antonio había manejado ese duelo con una entereza envidiable, pero el vacío de la promesa rota me dolía.
Ya tenía el desayuno listo y las niñas estaban arregladas para el colegio. Escuché el clic de la puerta abriéndose.
— ¡Papi! —Las niñas corrieron a abrazarlo. Antonio se quedó congelado; su rostro reflejaba una sorpresa absoluta al vernos allí. Había olvidado nuestra noche pactada.
— ¿Nos llevas a clase, papi? —pidió Ariel con ojos de súplica.
— Mira, te hice un dibujo —añadió Amanda.
— Qué lindo, cariño… —dijo él, evitando mi mirada—. Lo siento, Ariel. Estoy cansado, no podré llevarlas hoy.
Narrador Omnisciente
En la Unidad de Inteligencia, el ambiente estaba enrarecido. No solo era el crudo invierno de Chicago, sino también la sospecha de la detective Burgess, quien presentía que Marcela Gómez no venía solo a atrapar al “Lobo”, sino que traía intenciones ocultas.
En medio del caos, Alice cumplía su función evaluando el perfil de cada miembro tras el cierre de cada caso. Sin embargo, al entrevistar a Antonio, su instinto de mujer y su formación profesional chocaron violentamente. Notó el brillo inusual en sus ojos al mencionar a la salvadoreña; una chispa emocional que no debería estar ahí.
Alice dejó la pluma sobre la mesa y clavó su mirada en la de él.
— Antonio… ¿Dónde pasaste la noche realmente?
Antonio parpadeó, rompiendo su trance. A través del cristal se veía el movimiento habitual de la Unidad, pero dentro de esas cuatro paredes el aire se había vuelto denso. Como psicóloga, Alice sabía leer cada tic, cada titubeo. Y Antonio Dawson le estaba dando todas las señales de una mentira mal ensayada.
— Las evaluaciones son claras, Antonio —dijo ella, manteniendo una voz profesional que apenas ocultaba su decepción—. Estás distraído. Tu interés por la detective Gómez ha pasado de ser una colaboración táctica a algo... emocional. Y eso pone en riesgo la investigación.
— Es solo el caso, Alice. Estoy agotado por lo de Marcos —respondió él, tratando de recuperar su tono de detective jefe.
Alice se inclinó hacia adelante. En ese momento, ya no era la psicóloga; era la mujer que había dejado su vida en pausa por él.
— No me hables como si fuera Burgess o Upton. Me quedé esperándote hasta las dos de la mañana con tus hijas dormidas en el sofá. Las niñas te hicieron dibujos, Antonio. Eva te esperó para cenar.
Él abrió la boca para justificarse, pero la mirada de Alice lo detuvo. Era una mirada que exigía una verdad que él no estaba listo para dar.
— Te lo voy a preguntar una última vez, y espero que me respetes lo suficiente como para no mentirme —sentenció ella con la voz quebrada por la rabia—. Antonio… ¿Dónde pasaste la noche?
Antes de que pudiera responder, Kim Burgess entró de golpe, agitada. Traía noticias que caerían como una bomba: Marcela Gómez estaba en Chicago por venganza personal, no por justicia. Su hijo había sido asesinado por el Lobo.
El desenlace sangriento
La unidad rastreó el escondite. Al llegar, el aire olía a pólvora. Francisco Flores, cómplice de Marcela, yacía muerto. Al fondo, Marcela torturaba al “Lobo”, fuera de sí.
— ¡Marcela, detente! —gritó Antonio, apuntándola. Sus ojos reflejaban tristeza, pero su pulso era firme.
— ¡Él va a pagar por lo que le hizo a mi hijo! —rugió ella.
— Eso no le devolverá a su hijo —insistió Voight.
Pero Marcela ya había decidido. El estruendo llenó el lugar. Marcela apretó el gatillo matando al Lobo y, casi al mismo tiempo, la bala de Antonio la alcanzó a ella. Marcela cayó al suelo, sin vida.
Narración de Alice
Habían pasado horas. Todos se habían ido de Inteligencia excepto Antonio y yo. Yo aún sentía la incertidumbre; aunque sabía la respuesta, quería que me la dijera él. Es una falta de amor propio, lo sé, pero amaba a este hombre. Llevábamos ocho años y dos hijas. Merecía respeto.
— Antonio, ¿cómo te sientes? —Mi pregunta no buscaba guerra. Solo quería saber cómo estaba el padre de mis hijas tras matar a la mujer que deseaba.
Antonio se levantó, su voz subiendo de tono con cada palabra:
— Escucha, Alice, no estoy de humor para tus preguntas psicológicas. ¿Quieres saber cómo me siento? Te responderé: acabo de matar a la mujer con la que pasé la noche.
Se acercó a mí, descargando toda su frustración.
— No sé quién te crees tú, o qué pasó por tu cabeza todo este tiempo, pero no somos una pareja, ni estamos casados, ni tenemos una relación. Solo fuiste una aventura que dio frutos y se extendió más de la cuenta. Solo eres eso, Alice: una aventura.