PARADISE ON FIRE

Summary

Ran Haitani gobierna desde las sombras, donde el silencio pesa más que las balas y el lujo es solo otra forma de violencia. Kyomi es luz… y la luz siempre termina siendo devorada por la noche. Su encuentro no fue casualidad. Fue destino, error y condena. Mientras Tokio duerme bajo el control de Bonten, ambos aprenden que hay vínculos que no se rompen sin sangrar, y que algunas pasiones nacen para destruir todo a su paso. Porque cuando el amor nace en la oscuridad, nunca sale ileso.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

—No me importa a dónde vaya, solo necesito salir viva de este edificio —Pensó Kyomi mientras bajaba las escaleras de emergencia, casi sin aire.

El eco metálico de las puertas se cerraba detrás de ella como si alguien la persiguiera, aunque no escuchaba pasos. Ese silencio era peor. El tipo que la habia encarado en el pasillo, el que intentó sujetarla... no sabía si seguía alli arriba. Solo sabía que su cuerpo se movia por puro instinto.

Los tacones resonaban en cada escalón del estacionamiento subterráneo. Fluorescentes parpadeantes. Ese olor a humedad y concreto. Filas de autos oscuros que parecían esconder sombras con dientes.

Kyomi apretó el portafolio contra su pecho. No podía volver al departamento. No podía volver arriba. No podía quedarse ahi.

El primer auto con luces encendidas, estacionado de forma casi estratégica, le pareció su única salida. Un Audi negro, impecable, el motor en reposo pero listo para rugir.

No lo pensó: corrió hacia él, abrió la puerta del copiloto y se lanzó adentro, jadeando.

Y ahi lo vio.

El hombre del asiento del conductor no se sobresaltó. No gritó. No levantó las manos. Solo la miró con esos ojos amatistas helados. Y en su mano derecha, apoyada en su muslo, un arma negra, pesada, real.

La boca de Kyomi se abrió apenas.

—O-Oiga... yo...

Él ladeo el rostro, estudiándola, como si ya la hubiera visto antes. La sangre seca en su camisa, la mirada lenta... todo en él decía peligro. Un peligro hermoso, elegante, prohibido.

—¿Te subes sin preguntar... a un auto con un hombre armado? —Su voz salió grave, suave, molesta y divertida a la vez—. Qué valiente. O que tonta.

Kyomi tragó saliva, el corazón descontrolado.

—E–Enserió, no sabía que usted... tenia...

Su mirada cayó a su pistola. Él también la miró. Y sonrió.

Esa sonrisa.

Lenta. Arrogante. Indecente.

La clase de sonrisa que hacía que una mujer olvidara respirar.

—Te acabas de meter en el peor auto posible, preciosa—. La voz del hombre atravesó la cabina como una caricia afilada.

Kyomi parpadeó, todavía temblando, mirando como la pistola descansaba sobre su muslo como si fuera un accesorio más. No habia tensión en sus dedos, no habia prisa. Ese era el verdadero terror: la calma de alguien que ya ha matado antes.

—Y... y-yo no sabia -susurró ella, incapaz de sostenerle la mirada por mas de un segundo.

Él ladeó la cabeza, estudiándola como si fuera un enigma interesante. Sus ojos amatistas, brillantes bajo la luz tenue del tablero, la recorrieron de arriba abajo sin disimulo.

Primero sus piernas temblorosas, luego la mano aferrada al portafolio, luego su rostro pálido.

Y sonrió.

Dios.

Una sonrisa lenta, atrevida, cálida en el peor sentido posible. Una sonrisa que insinuaba que disfrutaba verla asustada.

—Eso ya lo noté —murmuró él, con diversión oscura—. Pero mira qué sorpresa... no gritaste. No saliste corriendo. Te sentaste a mi lado como si esto fuera un taxi.

Kyomi abrió la boca, sin saber qué responder.

El arma, la sangre en su camisa, la forma en la que su pecho subía y bajaba sin prisa...

Ese hombre era peligro puro. Peligro vestido de lujo.

—Te han dicho alguna vez que tienes muy mal instinto de supervivencia? —añadió él, encendiendo el motor con una sola mano, mientras la otra seguía cerca del arma.

El Audi vibró, fuerte, sólido.

Kyomi tragó saliva.

—S-solo necesitaba escapar —logró decir, respirando hondo—. No sabía que... usted era...

—Armado. —Él completó la frase sin dejarla terminar—. Sangrando. —Pasó un dedo por la herida en su ceja, como si le divirtiera—. y muy mal humorado.

Sus ojos amatistas se clavaron en los de ella. Ese momento la paralizó.

Se sintió atrapada. Agarrada. Elegida.

—Pero aún asi te subiste —remató él, con una sonrisa que casi quemaba—.

—Interesante.

El auto comenzó a moverse, lento al principio, como un depredador desperezándose.

Kyomi retrocedió en el asiento, intentando pensar.

—P-Puedo bajarme si quiere...

—No. —La palabra cayó como un disparo. Él no levantó la voz; ni siquiera la endureció. Simplemente sonó como una verdad absoluta.

Kyomi lo sintió en la piel.

—Ya estás aqui —continuó él, apoyando el codo en la ventanilla, tan relajado que parecía absurdo—. Y tengo curiosidad.

—¿C–curiosidad... de qué?

Él volvió a mirarla, esta vez despacio, como si su mirada la recorriera centímetro a centímetro.

—De saber qué clase de mujer se mete sin permiso al auto de un desconocido armado... y ni siquiera intenta huir.

Kyomi quiso hablar, pero el no le dio tiempo.

—Toma aire, preciosa —susurro—. Vas a necesitarlo.

El Audi aceleró. El rugido del motor llenó el estacionamiento subterráneo. En cuestión de segundos, subieron la rampa y se lanzaron a la salida, las luces blancas de Tokio filtrándose por el parabrisas.

La ciudad paso de ser un monstruo oscuro a un mar de neón. Edificios altos. Puentes, autos. Sirenas a lo lejos.

Kyomi sintió cómo su estómago se hundía mientras el Audi se deboraba la carretera con una velocidad casi indecente.

Ran Haitani —aunque ella aún no sabía su nombre —apoyó la mano en la palanca de cambios y dijo, sin mirarla, con esa voz baja que parecía hecha para perder el control:

—Bienvenida al peor lugar donde pudiste sentarte esta noche.

El auto se perdió entre las carreteras de Tokio, llevándose con el su aire, su cordura... y toda posibilidad de volver atrás.

Kyomi trago saliva, intentando no mirar el arma que descansaba entre su muslo y el asiento. El auto avanzaba tan rápido que las luces de Tokio parecían arañazos de neón en el parabrisas.

—¿Puedo... puedo bajarme aqui? —Preguntó ella, apenas un hilo de voz.

Ran soltó una carcajada baja, oscura, peligrosamente entretenida.

—¿Aqui...? —repitió, levantando una ceja mientras esquivaba un auto, sin perder una sola gota de control—. ¿Quieres decorar el pavimento con esos tacones, preciosa?

Ella abrió los ojos, indignada.

—¡No voy a quedarme aqui con un tipo armado!

Ran sonrió.

Una sonrisa tan lenta, tan malditamente arrogante, que podría desarmar a cualquiera.

—Lástima —murmuró—. Porque acabas de ser ascendida.

—¿Ascendida a qué?

Él la miró solo un segundo, ese segundo que bastó para perforarle el aire.

—A rehén involuntaria.

Kyomi dio un brinco en el asiento.

—¡¿Qué?! ¡No, no, no! Esto es un mal sueño. Eso es. Un mal sueño horrible. Voy a fingir que nada de esto está pasando y que mañana...—

—Oh, no vas a fingir nada —la interrumpio Ran, su voz ronca, baja, completamente deliciosa—. Créeme, preciosa... si esto fuera un sueño, no estaría manejando tan suave.

Y santo Dios...

Si.

Manejaba demasiado suave.

El pantalón oscuro se tensaba sobre sus muslos cada vez que hacía un cambio. Sus dedos largos rozaban la palanca con una precisión que se sentía indecente. La muñeca firme giraba el volante como si dominara a la ciudad entera.

Cada movimiento era una provocación.

Cada maniobra, una invitación peligrosa.

Kyomi intentó no mirarlo.

Intentó no notar como el cinturón cruzaba su torso marcando sus abdominales. Intentó no ver cómo la vena de su antebrazo se tensaba cuando frenaba.

Y falló miserablemente.

—Yo... yo no pienso quedarme aqui —insistió ella, pero sonó más débil de lo que pretendía.

Ran ladeo la cabeza, divertido.

—Tu boca dice que no.

Tus ojos dicen que no puedes dejar de mirarme.

Ella enrojeció tan fuerte que él soltó una risa suave.

—Tranquila —añadió, su voz un murmullo cargado de calor—. No voy a hacerte nada... que no pidas tú primero.

Kyomi se quedó muda.

Ran volvió la mirada al caminó, esquivando otro auto con la naturalidad de quien nació para romper reglas. El motor rugió bajo sus manos.

—Tienes suerte —murmuró Ran sin mirarla—. Si hubieras caído en otro auto, quizá ya no estarías respirando.

Kyomi frunció el ceño.

—¿Y qué te hace pensar que contigo estoy más segura?

Ran rió. No una risa común... sino una que vibró en el pecho, en el aire, en la piel de ella.

—Porque yo decido quién muere y quién no, preciosa. Y hoy... no pienso dejar que te toquen.

El auto acelero; la ciudad quedó atrás como un espejismo.

A medida que avanzaban, kyomi no sabía si eran las luces de Tokio perdiéndose o si era ella perdiéndose en él.

Ran entrecerró los ojos, atento a los retrovisores.

—De todas las opciones que tenias... elegiste la más peligrosa

—La única abierta —replicó ella.

—No —corrigió él con voz baja, profunda—. La elegiste porque me viste a mi.

El silencio se tensó. Ella no respondió, pero el rubor traicionó sus mejillas.

Ran sonrió otra vez... ese tipo de sonrisa que te deja sin defensa alguna.

—Relájate, nena. Si fuera a hacerte daño, no te estaría hablando. Se inclinó ligeramente hacia ella, sin tocarla, pero invadiendo todo su aire. —O no te estaría hablando de esta forma.

Kyomi sintió la respiración atrapársele. Él volvió la vista al camino, como si no hubiera dicho nada, como si no acabara de trastornar toda su calma.

Las carreteras se extendieron como venas luminosas, serpenteando hacia la oscuridad. Tokio quedó atrás, oculta, distante. Nadie podría seguirlos. Nadie podría encontrarlos.

Y Ran lo sabia.

—El auto ya se perdió en las carreteras de Tokio, preciosa —dijo él, bajando un poco la voz, como si fuera un secreto que quisiera lamerle en el oido—.

—Y tú también.

🐈‍⬛

Después de varios minutos deslizándose entre avenidas húmedas y luces que parecían derretirse contra el parabrisas, el auto de Ran se detuvo en un semáforo abarrotado.

La lluvia golpeaba los cristales con una insistencia creciente, marcando un ritmo que hacía la atmósfera aún más cerrada, más eléctrica.

Kyomi iba callada.

Demasiado callada.

Ran giró apenas el rostro hacia ella, una sonrisa ladeada dibujándose en sus labios firmes y seguros, como si disfrutará del silencio incómodo.

—¿Vas a quedarte así, calladita, toda la noche? —su voz era baja, profunda, peligrosamente entretenida.

Ella apretó la mandíbula sin mirarlo. —Sólo lléveme a la estación.

Ran alzó una ceja.

—¿A cuál?

Ella no dudó

—Ebisu está bien. Desde ahi puedo moverme.

Un beat.

La lluvia.

Las luces rojas del semáforo pintando su piel.

Ran la miró con descaro, como si analizará cada detalle de su expresión.

—Tsk... —Chasqueó la lengua con burla—. Eso es mucho pedir para alguien que ni siquiera me ha dicho su nombre.

Kyomi lo fulminó con los ojos. Una mirada fría, firme, desafiante... una que a cualquier otro hombre le habría helado la sangre.

—No se lo diré.

Ran soltó una risa suave, grave, deliciosa. No se burlaba de ella, se saboreaba la insolencia.

—Qué cosa más interesante eres, preciosa... —susurró, mientras sus largos dedos jugaban con los anillos negros de onix, haciéndolos girar lentamente como si fueran parte de un ritual privado.

—Ninguna mujer me habla asi.

—Ninguna se atreve.

La luz del tablero era tenue, apenas suficiente para darle un brillo espectral al contorno de su cuello.

Kyomi todavía no habia visto la garganta donde descansaba el tatuaje inconfundible de Bonten... y él parecía disfrutar cada segundo de ese desconocimiento.

Afuera, la lluvia comenzaba a caer con más fuerza.

Ran apoyó el codo en la ventana y ladeó la cabeza hacia ella, acercándose un poco más, sin tocarla, pero ocupando su espacio como si le perteneciera.

—Te metiste en el auto de un desconocido armado, preciosa.

Su voz bajó un tono, cálida y afilada al mismo tiempo. —Podrias, al menos, agradecer.

Kyomi frunció los labios, irritada.

—Gracias.

Ran sonrió.

Una sonrisa lenta.

Sucia.

Altamente satisfecha.

—Asi si —murmuró como si la palabra hubiera sido un regalo personal para él.

El tráfico seguía detenido.

La lluvia seguía cayendo.

Y la tensión entre ellos...

Esa apenas comenzaba.

Ran captó el cambio antes que ella misma: la respiración entrecortada, los hombros crispados, el portafolio apretado contra su pecho como si fuera un escudo inútil

La vio de reojo.

Un animalito acorralado.

Hermosa... pero acorralada.

Sin pensarlo, Ran deslizó la mano hacia el arma que descansaba entre el asiento y su muslo. El clic del seguro, apenas audible, corto el aire como un bisturí. Kyomi pegó un respingo casi imperceptible, pero él lo notó. Claro que lo notó.

—No te asustes —murmuró Ran, con esa voz baja, grave, divertida.... mortal—. No suelo disparar dentro del auto.

La frase fue suave, casi cariñosa.

Pero el filo de la amenaza estaba ahi, oculto entre cada sílaba.

Suficiente para que la mente de kyomi hiciera el resto.

La sangre se le heló.

Para ella, ese comentario fue la confirmación final: ese hombre si podía matarla. Ahí mismo. Sin razón, sin explicación.

El semáforo aún estaba en rojo cuando el pánico tomó el control.

Kyomi actuó sin pensar:

Tiró del seguro, abrió la puerta del Audi y salió disparada hacia la lluvia, hacia el caos del tráfico, hacia cualquier lugar dónde él no estuviera.

—Tssk —Ran solo alcanzó a exhalar, entre divertido y sorprendido.

Los cláxones estallaron alrededor de ella. Un taxi frenó de golpe.

Los faros iluminaron su figura empapándose como si la ciudad quisiera tragarsela entera.

El viento azotó su cabello naranja transformándolo en una llamarada descontrolada sobre su espalda. Su blazer beige se le pegó al cuerpo como una segunda piel, revelando cada curva temblorosa. Los tacones rojos resbalaban en el asfalto oscuro, pero ella siguió corriendo, casi tropezando, sosteniendo con desesperación el portafolio contra su pecho.

Corría como si escapara de un monstruo.

Porque en su cabeza, eso era Ran Haitani ahora: una sombra elegante, armada, impredecible... y demasiado peligrosa para seguir respirando al lado de ella.

Y aún asi, aunque el seguía dentro del auto, aunque no la persiguió...

Ran la siguió con la mirada.

La ciudad rugia, frenética, pero él solo veía a una mujer casi traslúcida contra la lluvia, con tacones rojos y una valentía que ningun arma podía intimidar.

—Increíble —murmuró, rozando su colmillo con la lengua, ese gesto sucio tan suyo—. Sobrevive al tiroteo... y al mio también.

Se estiró un poco, dejando que la lluvia golpeara el vidrio.

—Demonios... —murmuró con una sonrisa torcida—. Ni siquiera se su nombre... y ya me dejó plantado.

Sus ojos se entrecerraron, brillando con un deleite endemoniado.

—Bonita —susurró con una media sonrisa torcida—. Valiente...

Y con una maldita habilidad natural para el caos.

El semáforo cambió a verde y él avanzó lento, casi perezoso, sin apartar la mirada de la dirección en la que ella habia huido. Sus ojos brillaban, feroces, como si acabara de descubrir un juego nuevo.

—Huye entonces, preciosa... —susurró—. Quiero ver hasta donde llegas.