Prologo
Cuentan los silencios más antiguos que, antes de que existiera un amanecer, una estrella murió gritando luz. Su voz se quebró en el vacío, y de ese eco roto nació una oscuridad hambrienta... y dentro de esa oscuridad, algo comenzó a latir.
No era forma. No era nombre. Era un instinto: el deseo de crear.
De ese impulso surgió Ella.
Una luz que tembló hasta tomar cuerpo. Una presencia que aprendió a respirar con el universo recién nacido. Y allí, suspendida entre polvo y silencio, abrió los ojos por primera vez.
Dicen que donde posaba sus manos nacía orden. Que donde cerraba los párpados brotaba la vida. Que donde sonreía... aparecía un mundo entero.
Entre todos, hubo uno que amó más que a ninguno.
La Tierra.
La envolvió en océanos azules, la coronó con montañas jóvenes, la llenó de criaturas diminutas que aprendían a crecer bajo su mirada. Pero la soledad pesa incluso a los seres que nacen de la luz. Y así, para acallar el silencio del cosmos, creó hijos.
Los primeros. Luego los segundos. Más tarde los terceros. Y cada vez puso en ellos demasiado de sí misma.
Los amó como solo una madre puede amar.
Y aquel amor, tarde o temprano, siempre la hería.
Algunos se perdieron en sus pasiones. Otros se dejaron consumir por el poder. Otros... simplemente repitieron errores que el universo ya había olvidado.
Dicen que ese día la Madre lloró. Y que su llanto hizo temblar los cimientos invisibles del planeta.
A partir de entonces, temió volver a equivocarse.
Cuando creó nuevas razas para restaurar el equilibrio —hijas nacidas del fuego, del agua, del viento, de la tierra y de la flora— lo hizo con cautela. Con distancia. Con ese amor que protege incluso cuando duele.
Pero aun así comprendió una verdad dolorosa: ninguna de sus creaciones estaba a salvo del destino. Ni siquiera las que nacían del poder elemental del mundo.
Por eso, en un acto secreto que ni sus primeros hijos conocerían, sembró bajo la tierra una esperanza silenciosa. Figuras humanas envueltas en capullos de roca y energía, dormidas como semillas a la espera del momento correcto. Guardianes sin nombre. Eco de un último deseo.
El tiempo pasó. Las eras se borraron unas a otras. Los mitos se desgastaron. Las razas cambiaron. Los humanos desaparecieron.
Y aun así, bajo las raíces más antiguas del mundo, las semillas seguían soñando con despertar.
El universo calló. La Madre también.
Pero un susurro quedó suspendido en la memoria del planeta, en un lugar donde las palabras ya no existen y solo vive la intuición:
Que la tierra recuerde. Que la vida vuelva a latir. Que lo dormido encuentre su momento.
Porque incluso ahora, después de incontables eras, el mundo sabe que una de esas semillas está a punto de abrir los ojos.