Capítulo 1: Capítulo Uno: El inicio
Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco, México
El aire dentro de la oficina del Mayor olía a café amargo, humedad y el metal frío de las medallas que pendían inútilmente sobre el escritorio. La luz de la tarde entraba gris por las persianas, iluminando el polvo que flotaba sobre los expedientes apilados.
Cabo Luis Mario Moreno Haro, de veinticuatro años, se mantuvo firme ante el Mayor. Su rostro, marcado por la tensión crónica y el hollín que nunca terminaba de salir de los poros, no reflejaba la edad que su acta de nacimiento indicaba. A su lado estaba su hermano, el Sargento Samuel Moreno Haro, apodado “El Cantinflas Bélico” por su habilidad para dar órdenes con una mezcla de retórica filosófica y jerga de combate. Samuel, de veintiocho años, era la roca del equipo, su barba corta y entrecana en las sienes era el único indicio de la cantidad de vida que había tenido que gestionar.
Acababan de salir del infierno de una operación de arresto y eliminación de una célula clave del CJNG; una victoria pírrica donde el escuadrón de Luis Mario y Samuel fue el único que regresó, cojeando y con el alma hecha pedazos.
“Mayor,” la voz de Luis Mario era un susurro seco. “Solicitamos la baja. Jubilación temprana para todo el equipo. Ahora.”
El Mayor suspiró, recogiendo una lista con catorce nombres.
—Sargento, Cabo... tienen veinticinco años, veintisiete, veinticuatro. Kaiser (Alejandra Dávila) es la mayor con veintiséis. La Musa (Sofía Rivas), la francotiradora, apenas tiene veintidós. Son la mejor Fuerza Especial Conjunta que tiene el país. Han eliminado a un nido de víboras. ¿Y quieren... retirarse?
“Precisamente por eso, mi Mayor,” intervino Samuel, El Cantinflas Bélico, sin perder el temple. “Cumplimos el deber hasta la última letra. Pero ya no somos útiles aquí. Nos conocen. Nos odian. Y lo que es peor, nosotros mismos ya no nos miramos igual en el espejo. El tanque está vacío. Si nos quedamos, la próxima será una misión suicida... y no por voluntad. Necesitamos honrar la vida que nos queda. Por favor, firme.”
El Mayor miró los nombres: los tiradores de apoyo Juan “El Jhony” Rosas y Pedro “El Mudo” Solís; los especialistas en demoliciones y equipo, Omar “El Fantasma” Cortés y Rodrigo “El Chakras” Guzmán; la jefa de táctica Kaiser, la teniente Elisa “Éter” Pérez (segunda al mando, la calma pura), y la media docena de mujeres y hombres jóvenes que formaban la hermandad más disciplinada y unida de México. Todos menores de treinta años. Todos viejos de guerra.
Tras un silencio pesado como el plomo, el Mayor firmó.
Horas después, el aroma de la leña y la carne asándose llenaba el patio trasero de la modesta casa de los Moreno Haro en Tlajomulco. La tensión se había disipado en carcajadas y el sonido de una Cumbia vieja. Por primera vez en meses, no había radios de comunicación, ni patrullas, ni chalecos antibalas. Solo ropa civil y la tranquilidad de saber que habían cerrado un ciclo.
“El destino de este país está en manos de pendejos,” murmuró El Chakras, pasándole un trago a El Jhony. “Nosotros salvamos el pellejo. ¡Salud, hermanos!”
Kaiser, la mujer de mirada analítica y pelo corto, le dio un codazo suave a Luis Mario, quien miraba el fuego.
“¿Qué te aflige, Cabo? ¿Miedo a ser civil?”
Luis Mario sonrió levemente. “No es miedo, Kaiser. Es... incertidumbre. ¿A qué se dedica uno cuando la única habilidad que tiene es matar?”
“A vivir, hermano,” dijo Samuel, El Cantinflas Bélico, colocando una mano firme sobre su hombro. “A vivir. Se acabó la guerra. Mañana nos dispersamos, compramos una granja o abrimos un café. Hoy solo queda esto: Hermandad y amor en el campo de batalla.”
Justo cuando La Musa se reía a carcajadas de una anécdota contada por El Fantasma, la noche se rasgó.
No fue un disparo; fue un estruendo de furia contenida, como si la pared de una presa hubiera cedido. Una camioneta blindada y dos vehículos de asalto se detuvieron frente a la casa. Las luces de los vehículos cegaron el patio, y un grito ronco y brutal resonó: “¡Aquí pagan la traición, putos de la Federación!”
El CJNG no olvida. Esto no era un ataque, era una ejecución calculada para honrar a los caídos en el operativo de la mañana.
El Despliegue
La transición del festejo al combate fue la cosa más bella y terrible que un observador podría presenciar. No hubo pánico. Solo reflejo.
“¡Al piso! ¡Posiciones perimetrales! ¡Equipo de extracción de emergencia, ahora!” gritó Samuel, El Cantinflas Bélico, mientras empujaba a Luis Mario a un costado de la parrilla.
El escuadrón de catorce, que estaba bebiendo y comiendo, se movió como un solo organismo. Sabían que, incluso en casa, estaban cercados. Los go-bags —mochilas pre-empacadas con documentos, munición extra y kits médicos— ya estaban bajo las camas y detrás de los paneles falsos.
Kaiser (Alejandra) ya estaba en la ventana delantera, no con un fusil de asalto, sino con un sistema de cámaras termales portátil. “Once activos. Dos con .50, uno con lanzagranadas. Nos están emboscando desde el callejón de servicio.”
“¡Jhony, cobertura! ¡Chakras, barricada! ¡Luis Mario, sube por las C-4, ahora!” ordenó Samuel.
Lo que siguió fue un infierno táctico de veinte minutos. Era una batalla perdida, lo sabían. Estaban superados en armamento y número, pero su disciplina era su escudo. Cada ráfaga del escuadrón era precisa, dirigida a inmovilizar y desorientar, no a matar a la ligera. Luis Mario, moviéndose por la casa como un espectro, sentía la adrenalina helada mientras colocaba explosivos de distracción.
El Fantasma y El Mudo custodiaban la retaguardia, asegurando que nadie se colara por el techo. El piso se llenó de cristales rotos, el aire de pólvora, y los gritos de la Hermandad se mezclaron con el fuego.
Pero el enemigo era persistente y brutal. Las granadas de aturdimiento eran incesantes. La casa se estaba desmoronando alrededor de ellos.
“¡Samuel, tenemos un flanco comprometido!” gritó la Teniente Éter desde la puerta. “¡Es inútil, ya conocen el terreno!”
El Cantinflas Bélico se arrojó al suelo, esquivando una lluvia de balas que desintegró la chimenea. Su rostro, cubierto de sudor y polvo, se endureció con una resolución sombría. Miró a su hermano menor.
“Se acabó, Luis Mario. No hay granja, no hay café. Ya no hay frontera,” gritó Samuel. “¡Plan Catorce, ahora! ¡Dejamos todo! ¡Solo documentos, ahorros y munición de mano! ¡Vámonos de aquí!”
El Vuelo y el Abandono
La huida fue tan rápida como su despliegue inicial. Se deslizaron por el túnel de servicio que habían construido bajo la cochera hace años. Catorce personas, con sus mochilas repletas de la vida que habían logrado salvar y el dinero en efectivo (los ahorros de una década), salieron a la oscuridad.
Una camioneta pickup, escondida a diez cuadras, los esperaba. Kaiser estaba al volante, con El Chakras navegando usando un mapa topográfico cifrado en su muñeca. Conducían no a un aeropuerto, sino a una pista clandestina en el desierto, una mancha gris en el mapa, usada por un hombre misterioso conocido simplemente como “El Viajero”.
Llegaron en media hora. La pista estaba marcada por dos barriles encendidos. Una avioneta grande, un turbopropulsor viejo, esperaba con el motor en marcha. Junto a ella, un hombre calvo y corpulento, con una chaqueta de piloto raída, fumaba con desinterés. Era El Viajero. No hacía preguntas; solo preguntaba por el dinero.
Luis Mario, el Cabo, se acercó al hombre mientras sus compañeros cargaban las mochilas con una rapidez militar escalofriante.
“Somos catorce. Mucha carga,” dijo Luis Mario, poniendo un fajo de billetes en la mano del piloto.
El Viajero ni siquiera los contó. Guardó el dinero en el bolsillo. “Mi trabajo es llevar personas vivas de un lugar que quieren dejar a cualquier lugar que no conozcan. Sin preguntas. Ya sé lo que son. Y de quién huyen. ¿Destino?”
Luis Mario miró hacia el Oeste, donde el sol se había ocultado sobre el Pacífico, y luego hacia el Este, hacia la noche profunda. El pensamiento de que el CJNG tenía ojos y oídos en todo el continente le revolvió el estómago. Si se quedaban en América, morirían.
Miró al piloto, sus ojos llenos de la desesperación tranquila de un hombre que acaba de perder su país.
“Llévenos a donde sea. Cualquier lugar que no esté en ningún lugar de toda América."
El Viajero asintió con una lentitud que prometía entendimiento. “Eso es al Este. Muy al Este.”
Luis Mario subió la escalerilla, la última persona. El rugido del motor creció. Mientras la avioneta tomaba velocidad en la pista polvorienta, Luis Mario miró por la ventanilla, buscando el último brillo de Tlajomulco.
México se disolvió en la oscuridad. Catorce almas, militares de élite, huyendo con sus mochilas llenas de documentos que ya no valían nada y con la promesa que se habían hecho esa misma tarde: Hermandad y amor en el campo de batalla.
Ahora, el campo de batalla estaba por cambiar. La aeronave viró hacia el Océano Atlántico, llevando la Hermandad y sus cicatrices a un lugar donde las reglas de la guerra y la realidad estaban a punto de romperse.