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Summary

¿Qué tal si una catástrofe bélica mundial acaba con el mundo como lo conocemos hoy en día? Para el teniente Joe G., la respuesta llegó una noche de octubre. En una trinchera olvidada, bajo un cielo roto por la artillería, Joe y sus cinco hombres no esperaron a ver el fin de la civilización; simplemente decidieron dejar de luchar por ella. Desertaron, convirtiéndose en fantasmas antes de que el mundo se volviera uno. Diez años después, el pasado ha dejado de ser un recuerdo para convertirse en una emboscada.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo — Desertores

Desertores

24 de octubre de 2015. 01:47 a. m.

Llovía.

El terreno entre las trincheras era una franja muerta: barro, ceniza, restos calcinados. No se escuchaban disparos. El silencio no era paz; era espera.

El teniente Joe G. fumaba apoyado contra el talud de la trinchera. La AK soviética descansaba a su lado, manchada de barro seco. Aspiró el humo con fuerza, como si pudiera llenar algo que llevaba días vacío. El reloj vibró en su muñeca: 02:00.

El silencio le zumbó en los oídos.

Pensó en los días anteriores. En la ofensiva inútil. En los cuerpos recogidos al amanecer, apilados como desechos. Pensó en la munición que ya no tenían y en los refuerzos que nunca llegaron. Promesas del alto mando. Palabras.

Su escuadra —cinco hombres— estaba unos metros más adelante. Operaban como un grupo de tareas menores, carne de relleno para misiones que no merecían nombre. No se sentía orgulloso de ninguna. Aun así, esas misiones le habían comprado un ascenso.

Un disparo seco rompió la quietud.

Luego otro.

Y luego todos a la vez.

Las ametralladoras encendieron la noche. Joe no se movió. No corrió. No gritó. El cansancio lo mantenía rígido por dentro. Caminó hacia sus hombres con paso rápido, agachado, mientras las balas silbaban a su alrededor como insectos furiosos.

El equipo disparaba y reía.

Siempre habían sido así. Tal vez por eso seguían vivos.

—Hola, chicos —dijo cuando estuvo cerca.

—Hola, jefe —respondió el de la RPK sin dejar de disparar—. ¿Tienes un cigarro?

—Me fumé el último —dijo Joe—. Pero si hoy pasan de cien, les debo una caja a cada uno. Hasta al que no fuma.

—Si me promete una chica, no dejo a nadie respirando —dijo el más bajo del grupo.

Rieron. Una risa breve, nerviosa.

Joe miró al frente. Las llamaradas enemigas eran demasiadas. Aquello no iba a terminar pronto.

Entonces el cielo cayó.

El tableteo fue devorado por explosiones. El suelo tembló. El aire se volvió denso. Morteros. Artillería. Todo lo que tenían. La vibración le sacudió los dientes. Sintió el golpe en el pecho antes de escucharlo.

Entendió algo con claridad brutal: no iba a ser una noche larga.

La segunda andanada cayó sobre las trincheras.

Tierra. Roca. Metal.

Carne.

Joe miró a sus hombres. No gritó al principio. No hizo falta.

—¡Recojan lo que puedan! —rugió— ¡Nos vamos ya!

—¡Señor, eso es desertar! —gritó uno.

—Prefiero desertar que desaparecer bajo artillería —dijo el más bajo.

Eso bastó.

Corrieron.

Las explosiones los perseguían. Las rocas los golpeaban. El ruido era un animal furioso. Las trincheras estaban estrechas, llenas de cuerpos, armas abandonadas, sangre seca. Avanzar era tropezar. Caer. Levantarse.

Muy pocos vieron a los seis hombres huir.

Cuando alcanzaron el bosque, casi nadie quedaba con vida detrás.

Al amanecer del 25 de octubre, no hubo testigos. Nadie pudo contar qué ocurrió esa noche.

Solo seis hombres sabían cómo había empezado todo.

Y estaban lejos del campo de batalla.