HECHIZO

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Summary

Voces del Viento — Hechizo es la confesión de una joven que, atrapada entre la soledad y un amor imposible, cruza un límite del que no podrá volver. Desesperada por conquistar a un hombre que jamás la mira, acude a textos oscuros que prometen alterar el destino. Una noche, guiada por el viento y el vacío que la consume, invoca algo antiguo en lo profundo de la selva. Desde entonces, nada ni nadie volvió a ser igual. Lo que despertó respondió a su llamado… pero no a su deseo. Su historia es un recordatorio de que hay pactos que jamás deben hacerse.

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1
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n/a
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18+

Hechizo

VOCES DEL VIENTO


Hechizo


Me cuesta contarles esto, pero debo hacerlo.

Yo fui una joven muy bella, con una buena familia y toda una vida por delante. Entre mis mayores pasatiempos estaban el baile, la fotografía y los viajes.


Al comenzar mi adolescencia empecé a notar que los hombres de mi entorno día a día endulzaban su trato, y mi madre siempre me aconsejó tomar provecho de eso para poder salir adelante en la vida.


Mi papá, por otra parte, solo venía de vez en cuando a llevarme de paseo y luego desaparecía por meses o años.


Pero a pesar de todo, yo tenía un papá que no era de mi sangre, quien me demostró hasta el final su compromiso no solo con mi madre, sino también conmigo, su semilla. Ojalá hubiera podido decírselo.


Los años pasaron y fui aceptada en la Universidad de Antioquia, donde pude extender mis vínculos sociales, y fue aquí donde mi vida cambió.


En mi clase de historia de los jueves llegó un joven un poco mayor que yo, con una actitud despreocupada y elegante.


Pocas veces intervenía en las clases para dar su opinión o cuestionar; sin embargo, cada vez que lo hacía, brillaba tan alto que me era imposible no adorarlo.


Él era ese hombre que quise toda mi vida. Mi príncipe. Al que rogué tener en mis noches más solitarias, donde no encontraba respuestas a ese vacío tan grande que me ha acompañado desde que tengo memoria.


Pero había un problema: había otra mujer. Menos bonita y hasta ordinaria para mi concepto. No sé qué tenía, pero la odié desde que la vi. La sangre me hervía cada vez que lo abrazaba y lo besaba al salir.


Llegaba a casa y no paraba de llorar y gritar al universo alaridos de frustración.

En varias ocasiones intenté persuadirlo para que la dejara, pero nunca me dio una oportunidad. Su amor por ella era tan grande que yo era invisible.


Créanme que lo intenté. Traté de leer sobre temas que me sacaran de esta obsesión tan grande, pero no era posible.


Era como si cada vez que intentaba alejarlo de mi mente, se presentara con mayor fuerza.

Lo más triste era abrir la bandeja de mensajes y encontrar a mil hombres dispuestos a hacer lo que fuera por mí… pero yo no quería a ninguno.


Entonces, en un grupo de Facebook, una noche de esas gélidas y silenciosas donde el insomnio aturde, vagando entre los comentarios donde un usuario despechado preguntaba sobre libros para el desamor, me topé con un mundo al que nunca debí llamar.


En las páginas profundas de esos textos oscuros encontré un hechizo muy simple, pero que uniría nuestras almas para caminar juntas hasta el final, como siempre debió haber sido.


Una planta de esto y unas semillas de aquello, mezcladas con el periodo menstrual y muchos dulces… Los busqué personalmente. Y como tributo para el custodio, solo requería un sacrificio; se lo di sin siquiera meditarlo.


En una reunión grupal le arrebaté de sus cosas un pequeño peluche del personaje de anime Totoro, regalado por su novia. Aquella fue la última ficha de mi plan macabro.


Las cosas simplemente se iban ordenando para que todo marchara a la perfección.

Me adentré en la selva y, mientras vagaba entre los árboles que se extendían hasta perderse en las montañas y los valles, di con el sitio perfecto.


Encendí las velas y comencé a invocar a la entidad encargada del pacto.


Con los ojos cerrados debía decir su nombre tres veces. Luego esperar tres segundos y repetirlo, y así sucesivamente.

Creo que ya había dicho más de veinte veces su nombre cuando las cosas empezaron a ponerse turbias


El frío de la noche alcanzó un nivel tan helado como si estuviera en un nevado.


Ya no hay marcha atrás, pensé.


Un olor muy concentrado se hizo presente. Los insectos y los animales se pusieron tensos, y sus alaridos contrastaban con la atmósfera opresiva que me hacía sentir ligeramente cansada, con todos mis sentidos en alerta.


Estaba bien resaltado en el texto: no debías huir del sitio sin cerrar el pacto, pues las consecuencias serían más que graves.

De repente…


Una ráfaga de viento se hizo notar desde lo lejos, desgarrando árboles y silbando con fuerza mientras se aproximaba rápidamente, hasta que se detuvo en la entrada de la cueva donde me encontraba, yo, con mis ojos cerrados, a su merced.


El demonio llegó con el viento. Y al sentir su presencia, un silencio sepulcral se extendió, acompañado de un frío que se hacía más y más intenso.


—Buenas noches, puedes abrir tus ojos.

Al hacerlo, vi a un hombre alto fumando un tabaco que emanaba un humo denso, con ese olor tan fuerte que no sabía describir. Sus prendas me llamaron aún más la atención.

Llevaba sobre su cabeza un sombrero que no dejaba ver sus facciones completas, más allá de su sonrisa perfecta, con dientes tan blancos y brillantes como las perlas del océano.

—No tengas miedo, sé para qué me has llamado.

—Quiero que su amor por mí sea tan grande que no pueda dejarme nunca más.

—Lo que quieras tendrás. Una cosa te digo: el vacío que llevas contigo es tan grande que nunca será llenado. Ese es el pago que recibirás por las cosas que alteraste en esta noche.


Después de decir estas palabras, las velas se consumieron hasta que la cera se redujo al máximo y se apagaron.


La silueta de ese ser se disolvió con el humo de su tabaco y el frío se desvaneció, como si nada hubiera sucedido.


Descendí rápidamente hasta la ciudad. Luego di media vuelta y, desde los árboles en lo alto de la montaña, pude ver la silueta de ese ser observándome en silencio.


Me bañé y me acosté a dormir.

Al día siguiente me desperté con un mensaje de aquel joven.


Quería verme, y yo, encantada por el resultado, acepté.

Al llegar al punto de encuentro noté que su actitud ya no era la misma. Su mirada cambió, incluso su forma de moverse.


Se le veía ansioso y errático, lo cual me generó un choque profundo.

Lo saludé, y al verme se abalanzó como una bestia para besarme, y mi mundo explotó.

Me dejé llevar por el momento, extasiada. Terminamos haciendo el amor como nunca en un hotel cercano.


Pasaron los días y él ya no era la misma persona. Dejó de ir a clases y su presencia en mi casa se extendió al punto de no salir ni siquiera para visitar a sus padres.


Pasaron las semanas y empecé a recibir llamadas de varias personas. Me aseguraban que la exnovia de él estaba desaparecida y no daban con ella de ninguna forma.

Al llamarlo para preguntarle por ella, se ponía muy agresivo y no daba respuestas claras.


Mis deseos se fueron apagando hasta el punto de verlo como una carga. Aquel joven brillante y elegante que conocí ya no existía.

Consumida por la desesperación, recurrí a muchos brujos y personas esotéricas para dar marcha atrás al pacto, pero ya era demasiado tarde.


Justo cuando creí que no podía ponerse peor, me topé de frente con el horror absoluto.

Venía con la cabeza agachada, dando pasos lentos y torpes, sin ganas de llegar a ningún lado, cuando noté algo muy extraño.


Allí estaba él, mirándome desde la ventana, con la mirada perdida y una sonrisa macabra.

—¿Qué te sucede? —pregunté, mirándolo con desdén.

Me hacía señas para que entrara a la casa, pero algo en mí decía que las cosas no marchaban bien.


Abrí la puerta y encontré a toda mi familia brutalmente asesinada en la sala.


Estaban tirados en el suelo mientras, de fondo, sus palabras frías se clavaban como un puñal:

—Estas son todas las personas que no creen en nuestro amor. Ahora que ya no están aquí, podemos ser felices para siempre.


Su mirada no era la misma. Su tono y sonrisa se me hicieron inquietantemente familiares.

El pacto nunca fue para mí.


Lo que dejé pasar a esta realidad es mucho peor.

Quise dejarlo y buscar ayuda, pero esa misma noche regresé a la cueva para buscar el entierro con los restos de las cosas que habían ocasionado este daño.


Llegué al lugar, pero ya no había nada. Solo silencio.


Un vacío tan grande que me llevó a la conclusión final.


A la fecha, mi cadáver sigue colgado allí, sin posibilidad de ser encontrado por nadie.