El Caminar de las Rocas

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Summary

"El Caminar de las Rocas" es un crudo y visceral descenso a los abismos de la psique humana, una obra que explora la rebelión de un hombre contra las leyes de la lógica, la naturaleza y su propia insignificancia social. Ambientada en la gris y opresiva San Petersburgo, la historia sigue a un narrador anónimo, un exfuncionario amargado y "enfermo" que vive recluido en un sótano moral y físico. Su vida es una contradicción constante: desprecia a la humanidad, pero busca desesperadamente su reconocimiento; se considera un intelectual superior, pero se siente humillado por la mancha de grasa en su solapa o la indiferencia de un oficial de caballería. Fracasado en la calle, decide llevar su guerra al ámbito social. Se impone en una cena de despedida de antiguos compañeros de escuela a quienes detesta, encabezados por el exitoso y superficial Zverkov. Vendiendo sus últimas posesiones para pagar la entrada al banquete, el protagonista se encamina hacia una velada donde la "geometría de la bilis" y la "cinética del absurdo" chocarán frontalmente.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
4.7 3 reviews
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1: La Geometría de la Bilis.

Soy un hombre enfermo… Soy un hombre maligno. No tengo nada de atractivo. Creo que mi hígado está enfermo. Sin embargo, no sé un diablo sobre mi enfermedad y no sé con certeza qué es lo que me duele. No me estoy tratando y nunca me trataré, aunque respeto la medicina y a los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso; bueno, al menos lo suficiente como para respetar la medicina. Tengo suficiente educación para no ser supersticioso, pero lo soy. No, caballeros, me niego a tratarme por pura maldad. Eso es algo que ustedes probablemente no entenderán. Bueno, yo sí lo entiendo.


Por supuesto, no puedo explicarles a quién estoy fastidiando exactamente en este caso con mi maldad; sé perfectamente que no puedo "ensuciar" a los doctores al no dejar que me curen; sé mejor que nadie que con todo esto me estoy perjudicando únicamente a mí mismo y a nadie más. Y, sin embargo, si no me trato, es por maldad. ¿Me duele el hígado? ¡Pues que me duela más!


Llevo viviendo así mucho tiempo, quizás veinte años. Ahora tengo cuarenta. Antes servía en la administración, pero ya no sirvo. Fui un funcionario malvado. Era grosero y encontraba placer en serlo. Verán, yo no aceptaba sobornos, así que debía recompensarme al menos con eso. (Es un chiste de mal gusto, pero no lo borraré. Lo escribí pensando que saldría muy ingenioso, pero ahora que veo que solo quería adoptar una postura innoble y fanfarrona, no lo borraré a propósito).


Cuando los peticionarios se acercaban a mi mesa pidiendo información, yo les rechinaba los dientes y sentía un deleite insaciable cuando lograba afligir a alguno. Casi siempre lo lograba. Eran gente tímida, ya saben: peticionarios. Pero entre los petimetres, odiaba especialmente a cierto oficial. Él se negaba a someterse y hacía sonar su sable con un ruido asquerosamente triunfal. Le hice la guerra por ese sable durante año y medio. Al final gané. Dejó de hacer ruido. Aunque eso sucedió cuando todavía era joven.


Pero ¿saben ustedes, señores, en qué consistía el punto principal de mi maldad? El asunto completo, la inmundicia más abyecta, consistía en que, a cada momento, incluso en el instante de mi bilis más severa, yo reconocía con vergüenza que no solo no era un hombre malvado, sino que ni siquiera estaba amargado; que solo asustaba a los gorriones en vano y me entretenía con ello. Tengo espuma en la boca, pero tráiganme una muñeca, denme un té con azúcar, y tal vez me calme. Incluso me conmoveré hasta el alma, aunque después, seguramente, rechinaré los dientes contra mí mismo y sufriré de insomnio por la vergüenza durante meses. Así es mi costumbre.


Y mentí sobre mí mismo hace un momento cuando dije que era un funcionario malvado. Mentí por despecho. Simplemente me divertía con los peticionarios y con el oficial, pero en el fondo nunca pude ser malo. Sentía a cada instante en mi interior muchísimos elementos contrarios a ello. Sentía que esos elementos bullían en mí. Sabía que habían estado bullendo toda mi vida y que pedían salir, pero yo no los dejaba, no los dejaba, no los dejaba salir. Me atormentaban hasta la vergüenza, me producían convulsiones y, finalmente, me hartaron. ¡Oh, cómo me hartaron!


¿Les parece que me estoy justificando ante ustedes, que les estoy pidiendo perdón por algo? Estoy seguro de que eso les parece. Pues bien, les aseguro que me es indiferente si les parece o no.


Ahora vivo en mi rincón, burlándome de mí mismo y consolándome con la agria e inútil certeza de que un hombre inteligente no puede convertirse seriamente en nada, y que solo los tontos se convierten en algo. Sí, el hombre del siglo diecinueve tiene la obligación moral de ser una criatura sin carácter; un hombre de carácter, un hombre de acción es de preferencia un ser limitado. Esta es mi convicción de cuarentón.


Pero hablemos del principio, del origen de este sótano húmedo en el que mi alma se ha enmohecido. Todo se reduce a las leyes de la naturaleza, a la aritmética, a ese muro de piedra contra el que uno se rompe la frente. Ustedes, señores materialistas y matemáticos, gritan: "¡Pero si es imposible rebelarse! Es que dos por dos son cuatro. La naturaleza no les pide su opinión; no le importan sus deseos ni si les gustan o no sus leyes. Un muro es un muro".


¡Dios mío! ¿Qué me importan a mí las leyes de la naturaleza y la aritmética si, por alguna razón, esas leyes y el dos por dos son cuatro no me complacen? Por supuesto, no romperé este muro con la frente si no tengo fuerzas para hacerlo, pero no me reconciliaré con él solo porque sea un muro de piedra y yo no tenga fuerzas.


¿Acaso no ven la burla? Existe un placer, un placer agudo y voluptuoso, en comprender la propia humillación, en sentir que se ha llegado al último muro, que es abominable, pero que no puede ser de otra manera; que ya no hay salida, que nunca se convertirá uno en otra persona; que incluso si quedara tiempo y fe para cambiar, uno mismo no querría hacerlo.


Y aquí es donde entra mi teoría sobre el caminar de las rocas.


Miren esa piedra en el camino. La ciencia dice: es inerte. La gravedad dice: pesa. La lógica dice: permanecerá allí hasta que una fuerza externa actúe sobre ella. Y yo, desde mi agujero, desde mi subsuelo moral, digo: ¡Quiero que camine! No que ruede porque yo la empuje, no. Quiero que su esencia de piedra se rebele contra su propia petrificación.


Ustedes se ríen. Dicen: "Eso es absurdo, es imposible, es la fantasía de un loco". ¡Exacto! ¡Ahí está la belleza! El hombre, señores, el verdadero hombre, no es una tecla de piano sobre la que las leyes de la naturaleza puedan tocar cualquier melodía matemática que les plazca. Si el hombre fuera solo una tecla de piano, si todo en él pudiera calcularse por tablas y logaritmos, entonces no habría voluntad, solo probabilidad.


Pero yo les digo que el hombre preferiría mil veces la destrucción y el caos, preferiría incluso sufrir, con tal de no ser una tecla, con tal de afirmar que es un ser independiente. Yo, por ejemplo, he cometido actos viles. No por provecho. No por necesidad. Sino simplemente para demostrarme a mí mismo que mi lógica no es la vuestra.


Recuerdo aquel día, el día de mi "caída" social, el día que me trajo a este sótano. No fue una tragedia griega. Fue algo sucio, pequeño, una mancha de grasa en un uniforme. Pero fue mi mancha. Y en esa mancha, en esa vergüenza pública frente a mis superiores, encontré la semilla de mi libertad. Porque si dos más dos son cuatro, eso es insolencia. Dos más dos son cuatro es un petimetre que se cruza de brazos y nos escupe. Yo admito que dos más dos son cuatro es una cosa excelente, pero si vamos a alabar todo, entonces dos más dos son cinco es también, a veces, una cosita encantadora.


Estoy solo. Afuera llueve nieve húmeda, amarilla, turbia. Cae sobre las rocas que no caminan. Pero aquí dentro, en mi cráneo, las rocas danzan, chocan y sangran. Y voy a contárselo todo. No porque me importe su juicio, sino porque necesito, como quien necesita rascarse una costra, escribirlo.


Empezaré por el principio, por aquel incidente en la taberna, cuando decidí que el mundo debía dejar de girar según Newton y empezar a girar según mi capricho.