Prólogo
Verano del 79
Ese fue el día, cuando mi abuela volvería a su casa en Punta Verde. Y quería ir con ella, desesperadamente quería ir. Eran las vacaciones de 1979 y, para mi desgracia, estaba castigado.
En el corredor del segundo piso ya estaban las maletas listas, acomodadas contra la pared. Yo iba de lado a lado, haciéndome el fuerte, el niño grande, para no llorar, aunque las lágrimas me picaban en los ojos.
—Solo unos detalles —escuché decir a mi mamá, y en el pecho algo se me apretó.
—Susana, no te olvides de comprar las ramitas de ruda… —respondió mi abuela con su voz dulce, medio rasposa. Y eso solo me desesperaba más. Hasta las palmas de las manos sudaban.
Llevaba varios días pensando en qué hacer; me porté bien, respondí amable, hasta limpié los zapatos de mi papá, pero él ni se mosqueó.
Hacía cinco días que me había castigado, prohibiéndome ir con mi abuela, solo por un estúpido televisor que rompí sin querer.
Aunque estaba seguro que mi hermano mayor lo hizo, venía corriendo detrás de mí. Él ya no era un niño, si hasta parecía un tractor de lo grande que era y aún así me culpó. En algún momento lo haría pagar, pero primero lo primero: El viaje con la abuela.
Entré en mi habitación con un nudo en la garganta, respiraba fuerte, una figura que estaba en el suelo salió volando cuando la pateé contra la pared. Tenía solo diez años, pero mi carácter era cosa para tener en cuenta.
Que injusto me parecía, pero… ¿Qué hacer?
De pronto, me decidí. Si de todos modos ya estaba castigado, más no podrían hacerme.
Rápido, metí cosas en mi mochila de la escuela: ropa, un cepillo de dientes y una bolsita con los soldaditos verdes. Cuando, a mi parecer ya tenía lo necesario, agarré fuerte la mochila a mi costado y esperé. Las voces aún estaban en la habitación donde mi abuela se quedaba. Era mi momento, me puse en puntitas, rogando que mi papá no me viera y, como si de mi vida se tratara, corrí escaleras abajo dando un salto mortal sobre el sofá, para esconder mi mochila detrás del cabezal, cerca de la puerta. A mi nadie me va a encerrar en la casa de la ciudad, me dije.
Entonces unos pasos sonaron en el segundo piso.
—Pero, Antonio… —la escuché decir, aunque no entendí el resto.
Mi papá venía adelante, meneando la cabeza con las cejas fruncidas, como siempre. En cuanto me vio sentado derechito en el borde del sofá achinó los ojos y recorrió la sala buscando alrededor; tal vez adivinaba que algo me traía entre manos. Puse mi mejor cara de ángel haciéndome el tonto, esperando mi momento.
Fabián y Saúl, mis hermanos mayores, muy contentos, ayudaron a cargar las maletas en el auto de mi abuela. Y eso me daba más rabia, porque a mí sí me gustaba la casa de la playa, en cambio ellos, como tenían novias y se daban besos asquerosos detrás del garaje, estaban muy contentos de quedarse en la ciudad.
Hicimos todos una fila para despedirnos. El apestoso de Saul estaba de primero, con una sonrisita burlona en la boca. Él sabía lo que hizo... me las vas a pagar. Fabian, parado junto a mí, apenas si se enteraba. Él quería volver adentro rápido y Lola, la más pequeña de todos, estaba más interesada en el chupete que llevaba en su boca.
—Bueno, mija, creo que ya tengo todo… —habló la abuela y empezó a repartir besos. Saúl, como siempre meloso, le dijo que estaba triste por no ir con ella. Fabian corrió dentro de la casa inmediatamente después de decir chao, luego Lola y el último fui yo.
Agarré todo el valor que pude conteniendo la respiración.
—¡Betico, mijo! —me miró ella, agarrándome de las manos, entonces lo sentí. Cómo presionó dos veces mis palmas. Fue casi nada, pero ahí estaba.
Y, tal cual si nos leyéramos la mente, ella abrió los brazos y rompí en llanto, me aferré fuerte a su falda. Mi papá agarró mis hombros algo fuerte intentando apartarme, pero no iba a soltarla.
—Abuela, llévame, por favor — supliqué—. Me voy a portar bien... Déjame ir contigo, por favor.
Me giré hacia donde estaba mi papá y todo mi talento afloró.
—Papá, déjame ir. No voy a romper nada, te lo juro.
Mi abuelita me agarró la cara con sus manos y limpió las lágrimas que salían a chorros.
—Antonio —le habló a mi papá—, hazle la maleta al niño, que me lo llevo —ordenó, firme, sin dejar de verme a los ojos; pero más que preocupación, había un brillo divertido en ella.
No vi la reacción de mi papá, pero lo escuché protestar, negándose: “Que si Alberto está castigado, que si era un malcriado…” Pero ella enderezó la espalda y él calló la voz.
—¡Que me lo llevo dije! Ya tienes un televisor nuevo, Toño. Arréglame al niño, que tengo que irme —sentenció con su voz rasposa.
Empezó entonces a moverse más rápido, con apuro. Metió su cartera negra en el asiento trasero, haciendo ese ademán de señora de supermercado. Mi padre resopló audible, parecía que iba a decir algo, pero en su lugar me miró y suspiró. Apenas si me moví.
—¿Y bueno?— cerró la puerta del auto mi abuela y juntó sus palmas, parecía impaciente.
—Muévete a hacer una maleta, Alberto… —ordenó mi padre y no fue más. No tenía que repetírtelo.
Casi que no me lo podía creer. En un chasquido de dedos salté sobre el sofá, agarré la mochila y volví junto a mi abuela. Mi mamá que hasta el momento no había dicho nada, me abrazó suavemente dándome su permiso.
—Pórtate bien, Albertito —. Acarició mi cabello con cierta diversión en los labios.
—Bueno, ya, vámonos —Apuró mi abuela—. En mes y medio se los devuelvo. Despídase, mijo.— me empujó un poco de la espalda hacia mi padre que soltó en un gruñido: “Pórtate bien o te irá mal, Alberto”, y entró en la casa dando pisotones.
Dentro del auto y ya rumbo al pueblo, mi abuela y yo compartimos una mirada ladeada.
—Si no te ponías a llorar, habría tenido que secuestrarte, Betito —dijo, y los dos soltamos una carcajada fuerte…
Ella era mi amor más grande. La única que sí me quería…
Si te esta gustando, seguir la historia me ayuda un montón. GRACIAS! 💛









Es un buen inicio, en realidad el texto está bastante pulido... seguiré leyendo
gracias por el comentario :D