El último abrazo

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Summary

Leonardo fue su alba, su música y su camino entre las nubes. Hoy, es solo un hombre de camisa blanca que no puede sostenerle la mirada en un juzgado. Gonzalo se enfrenta al trámite más difícil de su existencia: firmar la libertad del hombre que todavía ama para evitar que ambos mueran de dolor. La promesa de un corazón que, a pesar de la ley, se niega a dejar de esperar. Porque a veces, el último abrazo no es un adiós, sino un "hasta que vuelvas"

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El último abrazo

La sala estaba vacía. María Paz estaba a mi lado. Su cautela al hablar y al escucharme por largos momentos me daba una tranquilidad que nadie lograba. Creo que María Paz es la única persona, después de mi mamá, que me ha visto llorar tanto. Leonardo estaba en la banca del frente. Nos separaba un pasillo estrecho… Y un abismo que me resultaba incomprensible. Vestía esa camisa blanca que tantas veces usó cuando lo abracé, cuando en su pecho el mundo se detenía y no importaba nada más que sentirme hundido él y su calor. Estaba nervioso, no me miraba. Sus piernas las movía incesantemente y sus puños entrelazados jugaba con sus dedos. Miraba al infinito, aunque fingía estar mirando al juez que estaba frente a nosotros, revisando unos papeles cuyo sonido eran aterradores. Lo miré por largos minutos esperando lo mismo. Pero no lo hizo. María Paz cubrió con su gruesa mano mis puños también entrelazados, sudorosos y temblorosos. Nuevamente me daba calma.

-¿Están de acuerdo con los términos del acuerdo de divorcio presentados y desean proceder con la disolución del matrimonio? - la voz del juez sonó afilada.

Leonardo respiraba fuerte, lo podía oír. Sabía que tenía miedo.Lo conocía tanto, que podía saber lo que estaba sintiendo.

-Sí, señor - respondió él con voz temblorosa - Estoy de acuerdo con los términos y procederé al divorcio.

María Paz me miró. También el juez. Leonardo seguía con su mirada perdida en la nada, con su nerviosismo palpable a metros. No pude responder de inmediato. No tenía fuerza siquiera para levantar la vista. Recordé lo feliz que fui con él. En esos cinco breves años en que él me enseñó a respirar dulce y caminar entre las nubes. Y en cómo en cosas de semanas, en el cénit de mi vida, todo mutó en recuerdos esparcidos en el tiempo, en la calle, en la casa, en mi vida. María Paz me habló algo que no escuché. El juez nuevamente habló, lo interrumpí con una voz apenas audible, rasgada de la pena y la poca fuerza que me quedaba, lo suficiente para respirar.

-Sí, señor… estoy de acuerdo… - No pude seguir. Mi voz se hizo cenizas, el aire pesaba. Mirando el suelo trataba de respirar lo suficiente para no ahogarme en ese desconsuelo. Me perdí en el tiempo ahí, sentado, con las manos entrelazadas, mordiendo mi pulgar derecho, el mentón vibrante, con lágrimas que caían dobles por cada lado, empapando mi rostro de ruina silente.

Miré nuevamente a Leonardo. Quería que me viera, al menos para ver sus ojos. Nunca volvió su rostro. Su mirada seguía perdida en algo que no sabía descifrar. Su figura delgada, su cabello en permanente desorden con ese brillo que estuvo tantas veces en mis dedos, su perfil delgado y su barba leve que me dio cosquillas, sus orejas grandes y puntiagudas que eran el blanco de bromas que siempre respondió con otra broma, sonriendo leve con sus labios a medio abrir y su voz cálida que reía conmigo. Ese hombre delgado, de camisa alba con el titilar del brillo en su gargantilla de oro, no era el mismo que me hechizó. Esas manos cálidas, que tantas veces fueron mi consuelo, mi soporte, mi luz y mi calor, parecían ajenas a las que me hicieron reír de gusto sólo por despertar junto a él, las que me acariciaban y hacían que el mundo se silenciara. No… no era él. Era un ser desconocido, que quizá jamás me hubiera desgarrado de amor, de ese inmensurable amor que me regaló. Luego de unas breves palabras del juez, se levantó y caminó hacia la puerta que se cerró tras de él. El ahogo de mi llanto hacía eco en las paredes de la sala. Mis manos cubrían mi rostro, sin tener la mínima capacidad de detener el nudo que asfixiaba mi garganta… Leonardo fue mi alba, la luz, la música, el poema, la melodía, el dulzor y la liviandad.

Tras un breve diálogo con el juez, María Paz volvió a mí.Me acariciaba la espalda con una ternura que no conocía de ella.

-¡Tranquilo, Gonzalo!, ¿sí?… ¡Ya pasó!… -me decía suave y piadosa. El dolor era tan grande que mis pies punzaban como si pisara vidrio molido, mis dedos dolían en cada tacto. Nadie hablaba. Mi llanto era el único eco que resonaba en esa fría sala.

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Cinco fueron los años que Leonardo y yo reímos juntos. Al poco tiempo de conocernos, sabíamos que esa complicidad en todo era lo que queríamos mantener. Rompimos el miedo, la vergüenza, la rigidez. Valientes, teniéndolos el uno al otro, le fuimos contando a nuestros amigos y familia, con esa gallardía de querernos tanto y enfrentar el mundo los dos, que nos casaríamos.

-No sé si será lo correcto… lo que sé, es que mi futuro lo quiero contigo - me decía en ese tono bonaerense que era parte de su intrínseco encanto. La belleza de unir dos naciones vecinas era el diamante en la cúspide. Intentábamos cruzarnos los acentos: Leonardo, con su intenso porteño, quería hablar como chileno y yo, con ese incomprensible chileno, esbozaba un bonaerense que terminaba en carcajadas de ese Leonardo feliz, tímido y risueño que me hipnotizó. “Hagamos un acento neutro” esbozaba melódico, seguido por sus yeísmos característicos.

Recorrimos Palermo y Recoleta como lo hicimos con Bellavista y Lastarria. Fusionamos dos naciones en nuestros viajes por encima de la geografía. Derribamos Los Andes sólo con mirarnos y darnos tanto cariño sin siquiera esbozar una mínima sílaba.

Leonardo me regaló el día más feliz de mi vida: nuestra boda en Santiago. Simple y con pocos invitados que lloraron de emoción por esos exultantes novios que se prometieron el futuro. La mezcla de acentos de los invitados creó una unión indisoluble. Nada era imposible. Las fronteras las derribamos con nuestros corazones henchidos de promesas y fortaleza.Fuimos amigos y cómplices, terapeutas y confidentes. Leonardo me devolvía la infancia y la inocencia de ella. La mezclaba con la adultez agobiante y madura. Todo lo vencimos: las dudas, la distancia, los rechazos y los juicios... ¡nada nos fue imposible!... Desbordamos simplicidad, ternura, inocencia y simpatía. Nadie nos criticó. Nadie nos discriminó. Nadie se incomodó. Juntos rompimos las barreras de lo prohibido y fuimos amigos de todos. Leonardo y yo fuimos uno.

En noches silenciosas en nuestro apartamento, con luz tenue y leve música de fondo, se nos terminaban los días, las semanas, compartiendo un trago suave o mates. Dormía en su pecho cuando me acariciaba la cabeza y me cantaba a Vicentico o Fito Páez. Leonardo calmaba en mi pecho su ansiedad permanente en esas noches de luz tenue, se dormía cuando acariciaba su cabello, pidiéndole que ¡por favor! se afeitase… El reía. Nunca me hizo caso. Nunca le canté nada, me daba vergüenza, pero se quedaba dormido con la cabeza suelta, roncando apenas cerraba los ojos. Cubrimos el frío con nuestros brazos y bajamos las temperaturas con nuestra propia desnudez. Lo nuestra era más que pasión. Eran visitas extremas al éxtasis. Abracé a Leonardo sudando, con su piel resbaladiza, sumidos en el misticismo del mutuo delirio, del amor desatado, sin tener más cabida en nosotros. Nos dormíamos juntos hasta el amanecer. Nos cocinábamos, nos regalábamos, nos confesamos, conocimos nuestros miedos y nuestras frustraciones. Y estábamos ahí, para ser el regazo permanente uno del otro. No exagero cuando digo que Leonardo y yo fuimos uno. La gente nos solía cambiar los nombres.

-¡No! Yo soy Gonzalo… Leonardo es el argentino - dije tantas veces, a tantas personas, en tantos lugares.

No recuerdo exactamente cuándo Leonardo comenzó a irse, ni de los hechos ni las palabras. Todo lo confundí. O quise confundirlo. Leonardo se quejaba de su trabajo, de su jefe, de su entorno. Quería más tiempo con su familia y sus amigos. Propuse mudarnos a Buenos Aires, ir a ver los partidos de Boca juntos. Leonardo empezó a callar sus problemas, a contestar breve, a levantarse antes para salir a trotar solo los sábados en la mañana, a sentarnos separados. Su partida fue lenta y progresiva. Le pedí que confiara, que, si no estaba a gusto en su trabajo, que renunciara, yo cubriría los gastos de ambos…. Pero Leonardo se iba sin regresar… sin que lo pudiera retener. Cada semana iba más lejos y me costaba alcanzarlo. Lo confundí con depresión, con ansiedad.

Una tarde de domingo, tras un silencioso almuerzo, - los cubiertos emitían sonidos de explosiones nucleares - lucía triste, quieto y cabizbajo en el living. Tenía ojos húmedos, aspecto cansado. Me senté junto a él. Le supliqué, en llanto desconocido, que me dijera cómo le podía ayudar. Lo confundí con aislamiento, con miedo. Me tomó una mano temblando, como nunca lo había hecho. No sentí su calor ni su protección, sino compasión y perdón. Lloraba por misericordia. Hubo un largo silencio que rompió con una voz húmeda:

-Se llama Cristian - me dijo acariciando mi mano - Él también es de Buenos Aires - esbozó en súplica y compunción.

Fue el inicio del derrumbe. Por fin entendí tantas ausencias, tantos atrasos, la urgencia de hacer deporte solo. Lo confundí con agobio laboral.

En sólo dos semanas Leonardo ya sacaba sus cosas del apartamento. No quise estar presente en ese momento. Al regresar, la mitad de ese espacio había desaparecido. También la mitad de mi vida.

Me negué una y otra vez a firmar el divorcio. No era posible. Había rabia, frustración, venganza. Lo odié, lo insulté como jamás pensé en hacerlo al ser que me llenó de ilusión y me abrazaba hasta el amanecer. Nos juntamos a conversar varias veces, tratar de llegar a algún acuerdo, en cafés y restaurantes. Una vez intenté golpearlo en un bar… a ese mismo ser que acaricié y se dormía en mis brazos. Tuvimos conversas largas. Cada reunión era un puñal. Le exigí conocer a Cristian y se negó rotundamente. Cristian era mi antítesis: alto, de sonrisa perfecta, bello en sus finos trajes, atlético, dominando un Tesla negro, imponiendo estampa refinada. No tenía competencia… No tenía por donde ganar.

-¿Qué te faltó? ¿Qué no te di? ¿Fue mi culpa? - le pregunté tantas veces

-La gente simplemente cambia… como yo - me respondía

En otro intento de acuerdo, llorando frente a él en un restaurante, perdí el control:le lancé cuanto objeto tenía cerca, le grité en público, pateé la mesa, la di vuelta. Tres garzones me sostenían mientras Leonardo huía herido en su cabeza. Nunca entendí por qué agredí a quien tanto amo. Ahí comprendí que la extensión de ese dolor nos mataría.Y decidí liberarlo… para que él no muriera. Lo hice con dolor que consume, agota y golpea, pensando que su libertad lo aliviaría. A pesar de todo, él estaba sufriendo y no quería verlo así.Yo lo estoy esperando, porque tengo fe que volverá.

Cuando María Paz, nuestra abogada, logró levantarme, me llevó por el pasillo como un enfermo terminal. Lo estaba. Afuera de la sala del juzgado aún estaba Leonardo de pie, solo, llorando en silencio. Quise gritar delante de todos que aún lo amo… ¡Tanto, tanto!

Leonardo se acercó.

-¿Te puedo abrazar? - preguntó.

Nos abrazamos. Lo quise retener, suplicarle que no me dejara solo. Que lo seguiré amando porque así yo se lo prometí.

-¡Gracias! - me dijo, con sus lágrimas cayendo y sus ojos rojos de pena.

Vi cuando su espalda cubierta en esa camisa alba cruzó la puerta. Un rayo de sol lo iluminó y se perdió entre esos dardos dorados que lo hicieron desvanecer.

Solo en el apartamento, bebiendo mi té de hierbas, veo la foto enmarcada que está en la pared. Es de nuestras últimas vacaciones:abrazados, sonriendo, en un bote que flota sobre un lago turquesa con una cascada de fondo, cuando él y yo éramos todo. Cuando él era mi todo. Aún no la quitaré. No puedo.

Si quiere regresar, lo voy a aceptar. Una firma nunca cerrará mi corazón.