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Jimmy no miente
- ¡Estás irreconocible! ¡Pareces actor de cine ahora! - decían los curiosos que se agolpaban en grupo para ver la nueva apariencia de Jimmy. Lo miraban con atención, intentando reconocer al hombre nuevo con ropas impecables, afeitado, de pelo corto y perfumado.
-¡Es que ahora me voy a la tele a trabajar! - decía el nuevo Jimmy entre carcajadas que se mezclaban con el alboroto que causaba verlo en esos albores. Era casi otra persona, como si su alter ego galán hubiera surgido de la tierra. Los curiosos se sacaban selfis con él y grababan videos que compartían de inmediato en sus redes sociales. Era otro Jimmy, uno muy apuesto que había surgido de unos harapos viejos y malolientes, que se había revelado tras una cabellera opaca con asomos de grises, hacia un rostro blanco que resaltaba sus intensos ojos verdes, antes ocultos entre una prominente barba que apenas dejaba ver sus labios, ahora rosados y simétricos, a juego con su nariz delgada. ¡Jimmy sí era bello! Todos lo sospechaban, pero ese día lo corroboraron.
-¡Los besos los cobro a cinco lucas! - proclamaba con su lengua aún enredada, deslizando palabras torpes, aunque su aliento ese día era de menta fresca - ¡Así les pago a mis amigos que me dejaron así, po’! - soltaba entre risas, junto a las de un grupo de adolescentes que lo exhibían en la plaza como un trofeo. Jimmy estaba feliz. Nunca nadie lo había visto tan contento, risueño y atractivo. En efecto, era un grupo de adolescentes, con los que solía conversar en la plaza del pueblo, quienes le idearon esta nueva, pero propia, apariencia.
Jimmy había llegado unos cinco años a Naranjales, el pueblo con olor a viñedos y frutas frescas donde todos se conocían y se topaban en la hora del pan de la tarde por la avenida principal. Se había convertido en una especie de mito pueblerino. Decían que era gitano, pero no tenía acento que lo corroborase como tal. Decían que su familia había muerto en un accidente y que él se había vuelto loco de dolor. También que fue estafado por banqueros y lo dejaron en la calle. Nadie nunca lo visitó ni lo buscó.
-Yo soy yo no más - les decía a todos - Soy hijo de la tierra y el sol. No tengo a nadie más que al viento, la lluvia y el calor… ¡Es verdad, Jimmy no miente! - repetía ese discurso sonriente.
Su aparición en el pueblo fue como la de una deidad. Simplemente llegó. En sus primeras apariciones, recorría la avenida sin hablar, vistiendo unos harapos viejos: una chaqueta que alguna vez fue de un traje beige elegante, pantalón azul, camisa a rayas con botones gastados. Se sentaba en la plaza de Naranjales, frente a la iglesia, y permanecía horas mirando el suelo con las manos entrelazadas, como rezando extractos de su vida o armando un futuro que no terminaba de construir. Durmió en la calle esos días de primavera, sobre unos cartones viejos que les peleaba a los perros callejeros de la única avenida principal. La amabilidad de los naranjaleños era su única compañía: se turnaban para acercarse a él y darle algún cuenco con comida o una bebida de naranja helada. Él miraba por encima de sus ojos intensamente verdes, con los hombros caídos y su rostro húmedo por el calor o por alguna lágrima que había caído en recuerdo de quién sabe qué. Eran pocos los retazos de expresiones que usaba a diario, sólo lo necesario para decir su nombre y apellidos:
-Soy Jimmy Covarrubias Novoa. Ese es mi nombre - decía en un tono opaco y apenas audible que lo delataba como un hombre silencioso y pacífico. Al pasar los días, su hedor se tornó molesto, casi insoportable. El mismo sacerdote de la iglesia en la plaza, donde pasaba horas en silencio, le ayudó a mejorar su aspecto, le trajo ropa nueva y le facilitó un lugar diario donde podía usar agua. Jimmy a veces tardaba el día completo en ir y regresar la única avenida principal, de una esquina a otra, deteniéndose con atención en los pocos lugares que, recién llegado ahí, lo saludaban. Era raro saber que su aliento alcohólico estaba siempre presente y nadie sabía dónde bebía ni cómo lo conseguía. Al pasar los días ya no dormía en las calles. En un taller mecánico, en la última esquina de la única avenida, encontró algo de cobijo. Allí comenzó a trabajar: demoraba horas en lavar un solo auto, que lo hacía en silencio y con una prolijidad de quien tenía experiencia en hacerlo. Se sentaba en el suelo a limpiar las llantas. Pasaba los paños y las ceras con pulcritud y dedicación que suelen usar los expertos. Los dejaba como nuevos. Ahí ganó confianza y soltaba pocas palabras que contaban extractos esparcidos de su vida:
-Jimmy tuvo autos lindos y modernos. Tuvo un Volvo año 98. El S40 venía con un motor 2.0 automático. No era para volar, sino para llegar sin anunciarse - les decía, hablando de sí en tercera persona, a quienes, sorprendidos con tanta precisión, querían saber más de su pasado automovilístico - El último auto de Jimmy fue el BMW X5 del 2010. Automático y silencioso: lo tenía todo ¡Hasta el futuro venía en los asientos! - repetía su discurso con detalles vívidos de los dos únicos modelos que siempre describía mientras limpiaba, sumiendo en fascinación a los mecánicos, que no podían saber cómo ni cuándo adquirió tantos detalles. Él medía sus relatos, consciente de la perplejidad que causaba. Levantaba el dedo índice y les hablaba directo a los ojos de sus oyentes:- Tienen que creer, ¡Jimmy no miente!
Los pesos que ganaba los gastaba en el fresco y fino vino zonal, ese de exportación que fácilmente se podía conseguir en Naranjales. Lo bebía sentado en la plaza, turnándose en los pocos bancos disponibles bajo los árboles que daban sombra, techo o consuelo según la ocasión o estación del año. Pasaron semanas y meses y Jimmy se volvió parte del paisaje del pueblo, donde adquirió la tradición de ir cada mañana a la panadería de la esquina de la plaza, a las nueve de la mañana, con una puntualidad sagrada, en donde pedía, desde afuera y con voz fuerte, su menú matutino:
-¡Tres panes y dos huevos! - acompañando su petición con sus dedos enumerando los ítems. Había mañanas que no hablaba, simplemente pedía su menú levantando tres dedos y luego dos.
Había veces que Jimmy conversaba con la otra criatura mítica del pueblo, un joven que se paseaba por la única avenida: Jhonny que, en sus tempranos veinte, apenas hilaba oraciones con sentido. Jhonny quería ser su amigo, pero Jimmy lo dejaba hablando solo o persiguiéndolo por la calle. Jhonny emitía ruidos en lugar de palabras y saltaba cuando escuchaba música en algún local. No podía bailar y marcaba, a saltos, algo que él consideraba ritmo. La gente reía. “¡Güena Jhonny, pégate un pasito!” le gritaban los mismos locatarios que, a veces, le dedicaban el clásico tema de “Los Wachiturros” con el que Jhonny llegaba a su clímax emocional, intentando cantar con sonidos extraños, aplaudiendo en cualquier orden y saltando descontrolado, riendo con carcajadas contagiosas. La gente lo aplaudía, le tomaba fotos y videos. Hasta el mismo Jimmy se unía a las risas siendo, esas veces, uno más de los naranjaleños. Pero las apariciones de Jhonny eran breves porque su mamá o algún familiar siempre lo iban a buscar y la gente se olvidaba de su existencia hasta una nueva aparición en algunos meses más.
Jimmy podía ser elocuente, pero no hablaba más de lo que él quería decir. El tiempo abrazaba la presencia de Jimmy en Naranjales. En los actos oficiales de fiestas patrias u otros eventos de importancia, siempre estaba en alguna esquina, solitario, escuchando o aplaudiendo. En las fotos que la municipalidad publicaba en las redes sociales de dichos actos, él salía en, al menos, dos. Los comentarios nunca se referían al acto, sino a Jimmy. Los naranjaleños lo denominaron como una autoridad más. “Jimmy alcalde” se leía constantemente en los pies de aquellas fotos.
El pasado de Jimmy era un puzle que entre todos debían armar, con piezas que no calzaban y no se lograba completar. Los jóvenes de la parroquia buscaban por redes sociales a todos los Covarrubias o Novoa posibles para preguntarles por él, pero siempre negaban conocerlo. Su misterio fue más allá de un rumor pueblerino: los concejales de la comuna, en un intento definitivo de encontrarle un lugar o algún vínculo familiar, tras dos años de presencia en el pueblo, lo llevaron a la comisaría local donde le tomaron sus huellas digitales y cruzaron sus datos. Su nombre era Jaime Andrés Covarrubias Novoa.
-¡Pero si se los dije! ¡Jimmy no miente! - les decía, burlándose de las autoridades que celebraban tal linaje y se propusieron contactar sus familiares o cercanos. Su nombre
despertó un interés inusitado que los llevó a abrir una cuenta de Instagram, bajo el nombre de “¡Jimmy no miente! Busquemos la familia de nuestro amigo”. El intento fue un fracaso estrepitoso no sólo porque siempre algún sospechoso de familiar lo negaba, sino porque la cuenta de Instagram, con sólo dos fotos publicadas, se llenó de críticas de los vecinos del pueblo, quienes acusaron interés y arribismo motivado por la importancia de sus apellidos: “¿Y por qué al Jhonny nunca lo ayudan? Debe ser porque Jhonny es Muñoz y no Covarrubias” fue el primer comentario de la segunda foto y que se llenó de respuestas en apoyo. La cuenta tuvo que ser cerrada.
En uno de los autos viejos del taller mecánico, Jimmy encontró su lugar. Allí se quedaba en las noches y días completos. Lo usó de hogar para el frío de un invierno. Ese cacharro viejo era un lugar seguro donde prefería estar. Fue hasta allá donde, un día, llegó el grupo jóvenes de la iglesia, gritando todos a la vez, felices de darle una buena noticia:
-¡Jimmy, encontramos a tu hermano!- le dijeron a un Jimmy somnoliento, a las tres de la tarde, que se levantaba para recibirlos. Le mostraron una cuenta Instagram: “Investment Management”, localizada en Los Ángeles, California, donde un hombre de cabellos claros y ojos verdes, bajo el seudónimo “Frederick”, daba consejos en inglés a inversionistas novatos. Su nombre real era Federico Covarrubias Novoa. Jimmy sonreía al deslizar el dedo sobre las fotos y videos en el teléfono, ante la curiosidad y alegría de los jóvenes. Repitió varias veces un video de una mujer norteamericana que mostraba unos gráficos, cuya etiqueta tenía el nombre de “Eve Davis”. Sus ojos se humedecieron, buscando algo perdido.
-¡Está tan linda como siempre! - dijo tras una larga pausa para luego entregarle el teléfono a uno de los jóvenes - ¡No me interesa, chiquillos! Pero igual gracias - les aclaró, cerrando la puerta del cacharro y recostándose nuevamente en el asiento trasero. La frustración de los chicos los dejó sin palabras. Uno de ellos tuvo otra idea para revertir ese sentimiento y que también haría sonreír a Jimmy.
-¡Llevémoslo a la barbería! - gritó con mucho entusiasmo.
Dos días después, frente a la iglesia, con ropa nueva, ese apuesto hombre en sus medios cincuenta, fue el centro de atención del pueblo. En efecto, estaba atractivamente irreconocible. Todos se tomaban fotos con él. Era la primera vez que veían a Jimmy sonreír con tanto ahínco y hablar tan seguido. Sus dientes, aunque opacos, no dejaban de tener un brillo detrás de unos armoniosos y varoniles labios. ¡Jimmy era un galán!
Esa tarde fue feliz. Y con ese sentimiento se quedó: un incendio a las cuatro de la mañana de la siguiente madrugada, despertó al pueblo. Se quemaba parte del taller mecánico al final de la única avenida. Los dueños del taller trataban de sacar desesperados los autos que aún estaban dentro, pero tres de ellos se consumieron por completo. Uno de ellos, el viejo cacharro. El caos torno en silencio al lugar. A las cuatro de la tarde, los funcionarios del Servicio Médico Legal sacaban un bulto cubierto en una bolsa blanca. Nunca se aclaró el origen de las llamas. El pueblo se llenó de ecos. Tras cinco meses, nadie aún había ido a reclamar el cuerpo.