David & Gael
Gael estaba inmóvil en la entrada de la sala de velatorio. No se atrevía a caminar. Sabía que sus pasos eran estruendos en ese espacio semivacío. El cuerpo de Eliana estaba en el centro, dentro de un ataúd de fina madera rodeado de candelabros que se reflejaban en el cristal que separaba a Eliana del mundo que le quedaba. Gael, sin miedo, avanzó con sigilo, sabiendo que los ojos de los presentes se posaban sobre él. Fue un acto valiente, porque él siempre lo había sido. En un costado del lecho final estaba su hermano David, quien se acercó a Gael antes que éste alcanzara el lecho de madera. Al encontrarlo, mirándolo fijamente, le extendió la mano para saludarlo con gesto tenso y fuerte. Ninguno de los dos se quitaba la vista, ninguno de los dos separaba la mano del otro. No era una postura de encuentro. Era una declaración.
-¿Cómo supiste? - preguntó David en un silencio que sólo se interrumpió por algún incómodo carraspeo que resonaba con eco en la sala tenue que olía a flores frescas.
-Yo siempre sé las cosas, David. Aunque tú nunca me las cuentes - respondió Gael serio y seco.
David había cuidado de Eliana, su madre, en sus últimos años, aun cuando nadie se atrevía siquiera a acercarse a ella para un saludo cordial. Ella nunca fue cordial con nadie y eso lo sabían sus vecinos, todos ausentes en la sala.
-La mamá no quería que vinieras - le dijo David a Gael con un dejo de tristeza y firmeza que había absorbido de esos años de su madre que, en su ocaso, ya no tenía noción de días ni de luz.
-Yo tampoco quería venir… pero acá estoy - dijo Gael posando la mirada en el cajón de madera del cual ya tenía el paso bloqueado por el fornido cuerpo de David.
Eliana siempre fue una mujer dominada por una fuerza brutal que no soportaba la presencia de ningún hombre. Siempre quiso tener niñas para enseñarles a ser buenas dueñas de casa, esposas ejemplares y traspasar su talento de bordados tal como ella lo había heredado de su madre y esta última también de la suya. Pero José, su esposo, le dio dos varones. Gael nació a los pocos meses de la boda de Eliana y José. Dos años después esperaban a su segundo retoño con la férrea ilusión que fuese Dianita, el nombre que ya había escogido para quien los ajuares rosas estaban listos. Cuando Eliana tuvo en sus brazos a Diana en cuerpo masculino, sintió rechazo y decepción. Aunque no lo dijo, su mirada cruel a su neonato era tan evidente que las enfermeras se lo quitaron de los brazos. Para conservar un nombre con la letra D, José decidió que fuese David. Eliana estaba peleada con su propia vida. En la pequeña casa de campo, en donde vivían, a las afueras del pueblo, cortaba leña con furia cada día, sin sonrisa ni un gesto de amabilidad para con nadie. A diario, José tenía que llegar en punto a las seis de la tarde. Solamente diez minutos más tarde desataba la furia de la matriarca que Gael y David presenciaron repetidas veces. Eliana, cada cierto tiempo, lanzaba ollas, platos y sillas contra las paredes insultando y maldiciendo a cada hombre que se le había atravesado en su vida. Nadie se atrevió a preguntar siquiera cuál era la relación de ella con su padre, un campesino que disparaba con su rifle al aire cuando las copas estaban demás. Eliana tenía hermanos repartidos en otras casas que nunca conoció. En su casa fue la única mujer, la menor de cuatro hermanos que también perdían el control con alcohol encima. La madre de Eliana murió desangrada por el mal parto de su quinto hijo, otro varón que nació muerto en la casa antes que ayuda llegase a socorrerla. Al casarse con José, éste le dio una casa blanca y limpia. Tenían todo lo que alguien quería tener: un tocadiscos grande, alfombras, sofás tapizados y un moderno televisor de pantalla gigante que era la escapatoria de los hermanos cuando los ataques de ira de Eliana copaban el aire de esa casa. Gael, con sus cortos 2 años, aprendió a poner un disco de flamenco español por sí solo. Y disfrutaba escucharlo porque con esa música aprendió a bailar. La solitaria casa lentamente se empezó a llenar de vecinos, los intrusos que le causaban molestia y ruido a Eliana que los amenazaba de uno en uno apenas llegaban. Así, en un tiempo de 15 años, la casa que era solitaria ya estaba dentro de un pequeño barrio que crecía imperceptiblemente. Allí fue donde Gael, a sus 15 años, se enamoró por primera vez. Quizá, la fuerza del anhelo de Eliana fue la que se traspasó a las hormonas de Gael, porque su primer gran amor fue Emilio, un vecino cuatro años mayor, que vivía en la casa nueva de la esquina y que bajaba en su caballo cada tarde dando pasos firmes y decididos. Gael era tímido. Observaba a través del gran ventanal del living de su casa a Emilio cuando dejaba su caballo atado al poste de madera que sostenía un faro de luz. Gael y Emilio se trataban cordialmente, como buenos vecinos contemporáneos, pero era impensado confesarle su amor. Cada día, después de la escuela, Gael se sentaba en punto de las seis en la ventana para ver llegar a su papá, que era la excusa que decía para realmente ver llegar a Emilio. Era un rito sagrado. El gran vidrio de ese ventanal veía pasar a Emilio con calor, lluvia, niebla o viento. Ese ritual era observado atentamente por David, quien en el sillón que daba frente al televisor, observaba con suspicacia esa puntualidad. Al año y medio David se sumó a ese mismo ritual. Y ambos, sin decirse nada, veían al joven campesino Emilio, bajando con gallardía de su caballo, atándolo, quitándose su sombrero de paja y entrando a su casa. Lo observaban en silencio, detrás de la cortina o del cristal que reflejaba sus ojos absortos en aquella fuerza. Emilio, a veces, los saludaba con una gran sonrisa y un fuerte grito al pasar. David empuñaba nerviosamente sus manos al recibir ese gesto. Los hermanos se miraban mutuamente, sin decirse nada, pero dialogaban en silencio lo que Emilio despertaba en ambos. Fueron 3 años los que, día a día, con excepciones de algunas vacaciones, veían pasar a Emilio frente a su ventanal. Una tarde, tras otra discusión furibunda y sin sentido entre Eliana y José, éste último trataba de comer su cena. Lágrimas de impotencia reprimida corrían por sus mejillas, mientras Gael y David esperaban el paso de Emilio, ya acostumbrados a esas escenas de tensión. Minutos antes de ver el galope fascinante, José dejó caer su cabeza sobre el plato de comida. Delante de todos, dio sus últimos suspiros. Desde ese mismo día las paredes empezaron a cambiar de color. Se tornaron más opacas, grises con musgos oscuros en las esquinas. La oscuridad se acentuaba aún más en invierno y las luces no eran suficientes para iluminar los muebles que envejecían con el recuerdo de José. Eliana vivía en silencio. Y todo en esa casa se tornó silencioso. Gael y David continuaban sentados cada día para ver pasar a Emilio. El silencioso día del cumpleaños 18 de Gael, él preparó sus maletas queriendo dejar las oscuras paredes para buscar luz en un lugar lejos de ahí. Sabía que nunca la luz volvería a entrar. Gael, en silencio, había acumulado suficiente valentía para decir lo que tenía contenido hace años:
-Mamá, me voy. Detrás de este ventanal, nunca podré siquiera abrazar a Emilio - le dijo. Palabras que desataron un ataque de furia y llanto que tuvo que ser controlado por David, quien intentaba recogerla del suelo, sostener sus patadas y gritos mientras Gael corría con sus maletas en la calle. Antes de perder la casa de su vista, vio como ese ventanal se había oscurecido tanto que no dejaba ver imagen ni luz hacia adentro, sólo escuchaba los gritos de Eliana maldiciendo, deseándole la muerte y diciendo que no se atreviera a aparecer nunca más delante de sus ojos por ser la peor vergüenza de su vida.
Gael se mudó a la ciudad vecina. El tiempo pasaba y él solía visitar en secreto la calle de lo que fue alguna vez un campo, ahora llena de casas en hilera cuya casa del medio tenía un ventanal oscuro. En la puerta dejaba una amapola recién florecida el día de cumpleaños de David, de Eliana y en Navidad. Lo hacía por las mañanas, antes de que nadie se diera cuenta. David recogía esa amapola que cada cumpleaños y Navidad aparecía en su puerta. Cada año la casa se tornaba más opaca y era la que más envejecía en comparación con sus vecinas. Ya con su vida independiente, Gael conoció a Adán y se fue a vivir con él. Eran amigos. Muy amigos. Tanto que jamás nadie le conoció novia a ninguno de los dos. Protegían su amistad, dejando a las mujeres fuera de su hogar. Al tiempo David dejó la casa de ventanal oscuro para trabajar en la capital. Y nunca más regresó a vivir en ella. Cada año que pasaba, la amapola que dejaba Gael afuera, y que ahora recogía Eliana, lucía más fresca, con más color, contrastando la casa que cada vez se oscurecía más. Por su parte, Emilio formó su propia familia en la casa esquina de siempre, la que dialogaba con el ventanal oscuro. Gael, aunque solía visitarla para observar simplemente cómo estaba por fuera, nunca se atrevió a golpear la puerta de lo que había sido su casa que, ahora, se empezaba a caer. Eliana nunca hubiese dejado que él entrase. Lo había maldecido. Gael contrarrestaba esa maldición con la amapola recién florecida que dejaba afuera cada año. David solía llegar con frecuencia a visitar a Eliana, en las sombras de una casa que ya desprendía hedor viejo, rancio y madera carcomida. El viejo tocadiscos se había roto. El suelo de madera olía a parafina y la luz cada vez era menos visible en ese ventanal que, por alguna razón, se tornaba cada vez más negro apenas dejando ver lo que sucedía afuera. En una de esas visitas de cumpleaños, cuando Gael fue con su inseparable amigo Adán a dejar la fresca amapola por la mañana, fortuitamente iba pasando un maduro Emilio en un nuevo caballo blanco. Se detuvo. En el momento que se saludaron, en un apretado abrazo de viejos amigos, Gael notó que el ventanal se aclaraba y dejaba ver a una Eliana sentada, anciana, con una taza de algo bebiendo a duras penas. Cuando Emilio se subió a su caballo y se alejó, el ventanal nuevamente tornó su color oscuro y la silueta de Eliana desapareció. Pocos meses después de esa extraña situación, el mismo Emilio se contactó con Gael para informarle que su madre, Eliana, yacía moribunda en el hospital hace tres semanas.
El día del velatorio, Gael se enfrentó a David en la misma sala donde estaba ese ataúd de madera con muy poca gente que los observaba de reojo. No fue un diálogo. Fue una declaración de despedida.
-Mamá dejó esto - dijo David abriendo una carta que sacó del bolsillo de su chaqueta.
Inmóviles, al frente del ataúd de madera, leyeron juntos la voluntad de Eliana:
“A mi hijo David, le dejo la totalidad de la casa y todo cuanto en ella hay para su disposición. Los muebles se tienen que dar a la caridad. La casa tiene un valor de 80 millones de pesos que será recibido en su totalidad por David. A mi hijo Gael le dejo dos millones de pesos que tengo en mi cuenta bancaria. Mis anillos y joyas también serán para la caridad. Gracias”
Los hermanos se miraron. Gael, viendo las flores y el cajón a lo lejos, habló.
-Mi libertad cuesta más de 80 millones de pesos. Tú jamás te atreviste a decirle a mamá lo que sentías y quien realmente eres. El dinero de esa casa siempre va a estar oscuro. No importa en qué lo uses, todo lo que adquieras con él estará ensombrecido. No reclamaré mi parte, prefiero mi libertad. Mi valentía nunca tuvo valor. Yo sé quién soy y yo sí logré amar.
Gael miró el ataúd, pero no quiso acercarse. Se dio la media vuelta y abandonó la sala de velatorio con sus pasos sonando como truenos. David quedó de pie, con la carta que se reducía arrugada de a poco en su mano, con esos oscuros 80 millones de seguro en su cuenta, sabiendo que la cuenta bancaria inexistente de su madre era una pequeña última venganza hacia Gael. Quedó, también, con las ganas de haber sido libre y valiente como Gael, así como con la lealtad, respeto y cuidado a su madre que lo hizo y lo hará sostener, también callar, para siempre su inmortal deseo de, siquiera, abrazar al único amor de su vida: Emilio.