𝐏𝐫𝐨𝐥𝐨𝐠𝐨
El reino creyó que el silencio era ausencia.
Nunca entendió que era contención.
Antes de que los nombres importaran, antes de que la historia aprendiera a escribir fechas, existía una ley no pronunciada: aquello que debía durar, no se apresuraba.
Las coronas no se inclinaban por impulso, ni los juramentos se entregaban sin tiempo.
Un rey puede aprender a gobernar.
Pero aprender a esperar… eso es distinto.
Hay decisiones que no se anuncian.
Hay promesas que no se pronuncian en voz alta.
Y hay miradas que cargan más destino que cualquier proclamación.
“Ante el reino, ante la corona y ante mí mismo,
juro que mi poder termina donde comienza su nombre.”