Solo fueron 5 minutos
—Beep... beep.
El sonido de la alarma rompía el silencio de la habitación. Él se despertó, pero no se movió por unos segundos; su mirada estaba fija en el techo. Cuando finalmente reaccionó, apagó la alarma y se levantó. Tenía la típica rutina de un empleado de oficina.
Se bañó, se puso su ropa de trabajo: una simple camisa, pantalón de vestir y zapatos negros, y se peinó hacia atrás con un poco de cera barata de supermercado. En la pequeña sala encendió el televisor y dejó correr el noticiero, más por costumbre que por interés. Mientras buscaba el café en la alacena, creyó verla apoyada en la barra de la cocina. Por un momento, su corazón dio un pequeño brinco, pero después de un parpadeo notó que no estaba ahí.
Se sirvió una taza y la acompañó con un pan dulce. Comió en silencio, dejando que el ruido del noticiero llenara el departamento sin que él le prestara mucha atención.
—Y en otras noticias, una casa de seguridad fue baleada y quemada ayer por la noche. No se ha dado con los responsables, en lo que parece otro más de los enfrentamientos entre cárteles locales —era lo que se oía desde el televisor.
Terminó el café, se puso una chamarra negra que le quedaba algo grande —detestaba usar saco para trabajar—, tomó sus cosas y salió del departamento, bajando las escaleras sin muchas ganas.
Ahí afuera, su auto lo esperaba: un Camaro negro del 67 con una franja blanca que rodeaba la parrilla delantera que enmarcaba el frente del auto. Para él, ese auto era perfecto. Había llegado a su vida hacía dos años, después de ganarlo en una rifa, y desde entonces era su adicción. Amaba el rugir del motor, su aspecto y cómo lucía al manejarlo. Puso sus cosas en el asiento trasero y arrancó. Las calles lo recibieron con tráfico y el típico ruido de la ciudad. En uno de los altos, algo en el retrovisor llamó su atención; creyó verla ahí, en el asiento trasero. Giró la cabeza rápidamente, sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta.
Solo era su mochila. Suspiró, casi como si hubiera evitado a un monstruo, y siguió en marcha. Al llegar, se estacionó frente a la oficina, apagó el auto y tomó sus cosas. Entonces lo escuchó.
—Clack...
Era el sonido de un tacón contra el piso. Al escucharlo, no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió la espina para después hacer una ligera mueca de disgusto. Giró la cabeza y ahí estaba ella, Elena Hayes...
La cara que había visto en carteles, entrevistas y películas. Una de las actrices jóvenes más populares de Hollywood, la chica que cualquiera reconocería en segundos... parada a su lado como si nada. Usaba un suéter beige, una falda negra y mallas del mismo color; ropa común y discreta.
Ella se acercó sin prisa y tomó su brazo de manera coqueta. O al menos así era como él lo veía.
—Ya es tarde —decía con tono juguetón—. ¿Hasta cuándo vas a entender, corazón mío?
Él no respondió. Tragó saliva y volteó hacia otro lado. Parecía disgustado, pero tampoco oponía resistencia al gesto.
Las personas entraban y salían del edificio. Nadie la miraba, nadie la notaba. Solo él, sintiendo el peso de su mano donde no había nada. Visto desde afuera, él solo era un tipo parado ahí, como un tonto.
Camino al edificio, no había ningún rastro de emoción en su mirada, más allá de una especie de cansancio. Seguía caminando, sintiendo el peso de esa mano en la suya. Incluso sintió cómo su agarre se hacía más fuerte.
Llegó al ascensor, presionó el botón de su piso y, mientras veía las puertas cerrarse, escuchó un grito.
—¡Suben! ¡Detenlo, por favor!
Era una voz joven. En cuanto él puso la mano para evitar que las puertas se cerraran, ella desapareció en un parpadeo. Quien entró al ascensor era un joven delgado, de piel morena, con el cabello peinado de lado y bastante gel, olía demasiado a perfume además usaba una camisa morada, pantalones de vestir y unos zapatos de charol negros que brillaban tanto que la luz del elevador se reflejaba perfectamente en ellos.
—Muchas gracias—decía, aún sin aliento—Los ascensores de aquí son demasiado lentos, si no subía tendría que haber esperado como 30 minutos.
—Descuida, no es nada —decía él.
Su tono era serio, mas no grosero. Era el de una persona que no sabía cómo interactuar con otros: incómodo y tímido al mismo tiempo.
El joven lo miró con más detenimiento, hasta que pareció reconocerlo. Esbozó una sonrisa y exclamó:
—¿Tú eres Abel, no? Del sector de oficinas B. Mi nombre es Julián, soy el nuevo pasante. Mucho gusto —decía, extendiendo la mano y dándole una sonrisa amable.
—Mucho gusto, Julián —decía Abel, con el mismo tono de antes, aunque ahora esbozaba una ligera sonrisa mientras estrechaba la mano del chico.
El muchacho le agitó la mano con entusiasmo antes de soltarla. Con una sonrisa abierta y un brillo curioso en los ojos, preguntó:
—Tú te ves solo unos años mayor que yo... ¿también hiciste aquí tu pasantía?
—¿Eh? No, yo no. Hice la pasantía en otra empresa después de graduarme. Ellos me recomendaron para el puesto y... pues ya llevo aquí un año —dijo Abel. Su tono cambió un poco, ahora más relajado, casi amable.
—Oh, ya veo. Entonces no tienes mucho tiempo de haberte graduado ni de trabajar aquí. Eso es genial, espero tener la misma suerte que tú —dijo Julián, con un brillo de ilusión en los ojos.
Aquello le pareció curioso a Abel. Cuando él había hecho su pasantía y entrado a trabajar en la empresa, había sentido todo menos emoción ante la idea de pasar la mayor parte del tiempo en un cubículo. Aun así, le resultó tierno, de alguna manera, ver a alguien que parecía estar cumpliendo un sueño.
El ascensor se detuvo en el piso de Abel. Al percatarse, se ajustó la mochila y se despidió de Julián, esta vez con una sonrisa amable y un tono un poco más cálido.
—Bien, yo paro aquí. Mucho gusto, Julián, y que tengas un buen día.
Al entrar en su sector, Abel saludó a sus compañeros con amabilidad mientras caminaba hacia su cubículo. Lo hacía con la misma timidez educada de siempre, más por costumbre que por cercanía: una formalidad aprendida, casi automática. Al sentarse en su silla y acomodar un poco el escritorio, pasó entre clips, grapas y plumas hasta llegar a las únicas cosas que tenía para decorar: una pequeña planta de plástico y una figurilla de Lego, un luchador de pantalones azules y máscara de tigre de color dorado.
Entonces, Abel empezó a trabajar. Después de un rato redactando documentos, organizando carpetas y enviando correos, finalmente dieron las tres de la tarde: su hora de comida. Abel salió del edificio, fue a una pequeña cocina económica y pidió el menú del día para llevar. Luego regresó y se dirigió al comedor.
Ahí se encontró con algunos compañeros de su sección. Estaba Lucía, o “Lucy”, como todos la conocían: una mujer de unos cincuenta años, de piel morena y cabello negro. Tenía el rostro y el tono de voz de la típica empleada de oficina amargada, pero era todo lo contrario; amable, bromista y siempre dispuesta a reírse con cualquiera.
También estaba Ramiro, un hombre de mediana edad, sarcástico pero genuinamente gracioso. Pasaba buena parte del tiempo hablando de sus aficiones: la lectura y las viejas películas de ciencia ficción. Tenía poco cabello, el cuerpo normal de alguien de su edad, estaba casado y tenía familia.
Por último estaba Luis, unos años mayor que Abel. Al igual que Lucy, parecía serio y algo amargado a primera vista, pero en realidad era de esos tipos que siempre soltaban el comentario correcto en el momento justo. Era un poco rellenito, usaba lentes de aumento considerable y tenía el cabello rizado.
Abel se acercó con ellos. Lo saludaron con amabilidad y comieron juntos. Chismeaban un rato, lo normal dentro de una oficina: quejas sobre algunas decisiones del jefe, personas que se habían portado groseras o anécdotas irrelevantes del fin de semana. Abel era el que menos hablaba; contaba un par de cosas superficiales, nada más. Era una convivencia típica de rutina. No eran amigos ni se frecuentaban fuera del trabajo, solo compañeros intentando hacer más llevadero el día hasta que llegara la hora de irse.
Mientras Abel comía, Ramiro, entre risas, giró el teléfono y le mostró un video que había encontrado en Facebook. Era de una página de noticias locales que solía compartir tanto actos violentos en la ciudad como situaciones absurdas o irreverentes. Este video pertenecía claramente a lo segundo.
—Mira, Abel, tienes que ver esto —dijo entre carcajadas que iban en aumento—. Este idiota jugando al superhéroe... le dieron una tremenda golpiza por nada.
En el video se veía a un joven rellenito que intentaba detener torpemente a lo que eran, sin lugar a dudas, dos adictos tratando de robar una bicicleta. El chico incluso hizo una pose ridícula, como de anime, señalándose a sí mismo con el pulgar, antes de que los dos tipos —flacuchos y hasta más bajos que él— le propinaran una paliza igual de torpe, dejándolo tirado en el suelo.
Abel se limitó a dar una risa seca y corta, asintiendo y estando de acuerdo en que aquella situación era por demás ridícula; palabras que salieron sin pensar —como si estas ya estuvieran programadas en su cerebro—.
Finalmente, después de comer y de un par de horas más de trabajo, el día laboral terminó. Abel se despidió, subió a su auto y condujo de regreso a casa con la música sonando en el estéreo: nu metal estruendoso de principios de los dos mil.
Se detuvo en un semáforo y, tras un parpadeo, la vio otra vez.
Ahí estaba Elena, sentada en el asiento del copiloto.
Ahora llevaba un top negro, una chaqueta de piel, falda negra y botas anchas muy diferente a como Abel la había visto por la mañana. Su piel canela contrastaba con las luces de la calle. El cabello largo, algo alborotado, oscilaba entre lo ondulado y lo lacio. Sus ojos cafés —a los que Abel nunca podía resistirse— lo miraban con esa sonrisa que lo había maravillado desde la primera vez que la vio en pantalla.Adoraba cómo esa sonrisa le daba una armonía casi divina al rostro, esas mejillas que, para Abel, eran la perdición.
—Día largo, ¿no es así, amor? —decía Elena, con una sonrisa cálida en el rostro.
Abel no hizo ningún gesto. Solo sintió cómo su corazón se aceleraba. No podía evitarla y, en el fondo, tampoco quería hacerlo, así que no tuvo más opción que responder.
—Pudo estar peor, la verdad —dijo, con un tono inseguro.
—Bueno, mira el lado bueno: ya casi vamos a casa y podré acurrucarme contigo en el sillón mientras vemos el programa semanal de lucha libre.
Abel no respondió, solo asintió. Siguió manejando a casa mientras la veía aún en el asiento del copiloto. Se veía preciosa; aunque odiara admitirlo, verla iluminada por las luces de la calle le dio paz.
Finalmente llegó a casa. Se hizo una cena sencilla: un pedazo de carne de res y algo de arroz que había guardado del fin de semana. Elena seguía ahí; ahora solo no tenía las botas. Abel encendió la televisión, se puso cómodo y se dejó enganchar por el show. Sintió el peso de la cabeza de Elena sobre su hombro mientras veía el programa, no reaccionó porque, aunque en el sofá no había nadie más que él, de alguna manera se sintió acompañado.
Después de ese suceso la semana transcurrió con normalidad, salvo por un detalle: Elena estaba cada vez más presente. Al despertar, al comer, incluso de a ratos en el trabajo, siempre con esa actitud desenfadada, cariñosa y juguetona que el ya conocía. Abel no podía evitar sentirse incómodo. Se sentía como un loco, como un paciente mental sin remedio que, aun consciente de su estado, era incapaz de hacer algo al respecto.
Llegó el viernes por la mañana; mientras Abel desayunaba su típico café con pan dulce, Elena apareció de nuevo, recargada en la silla frente a Abel.
—Ah... ¿otra vez ese pan dulce? Te va a hacer daño comer tanto pan.
Abel se limitó a encogerse de hombros y siguió comiendo. Aun así, respondió:
—Bueno, no gano lo suficiente como para desayunar omelette con especias todos los días —rió; estaba jugando.
—Sí... bueno, lo entiendo —Elena lo miró y luego dijo entre dientes—. Si al menos no tuvieras un trabajo de mierda, no pasaría esto.
Abel solo alcanzó a escuchar una parte.
—¿Qué? —preguntó, confundido.
—Nada, olvídalo —dijo Elena, con indiferencia.
Abel tomó su taza, le dio un trago al café y, al separarla, Elena ya no estaba. Abel se fue al trabajo después de eso. Elena apareció como de costumbre, pero no hablaba; solo estaba ahí de a ratos, viéndolo con desdén, como una pareja recién peleada. Eso lo incomodaba mucho, pero decidió obviarlo y centrarse en el trabajo.
Al faltar diez minutos para salir, Abel decidió matar el tiempo viendo videos en una red social de videos cortos. Solo miraba y deslizaba, navegando entre ediciones de la música que le gustaba, datos sobre sus luchadores favoritos y uno que otro video cómico, hasta que se detuvo en uno.
Era un video donde un grupo de jóvenes sorprendidos —dos chicos y dos chicas— contaban algo que les había sucedido. Se veían como los típicos niños ricos que venían de alguna fiesta o club nocturno. Las chicas lloraban, con una mezcla de miedo y sorpresa en el rostro; estaban rojas como un tomate, mientras uno de los chicos hablaba a la cámara.
—Maldición, amigos —decía con un tono exaltado, apenas hilando palabras—. Estábamos saliendo de una fiesta cuando unos tipos intentaron bajarnos del coche y, de pronto, como si fuera una película, apareció alguien. Golpeó a los tipos con un bate, les roció gas pimienta y huyeron. Estuvo muy loco.
—Parecía una chica, no pude verla bien... estaba muy asustada. Nos apuntaron con armas, me dio mucho miedo —decía una de las chicas a lo lejos, aún sollozando.
Abel notó rápidamente que eso había pasado en la ciudad. Al ver las etiquetas y algunos comentarios, confirmó que efectivamente había sucedido en una de las calles. Le pareció curioso, pero al mirar la parte superior del teléfono notó que ya faltaban cinco minutos para salir. Ignoró el video, guardó el teléfono en el bolsillo y acomodó su escritorio. Salió del edificio, les deseó buen fin de semana a sus compañeros y subió al auto.
Cada viernes, Abel se desviaba un poco. Iba a una pastelería a comprar un pequeño pay de queso; era algo así como un premio para sí mismo por el esfuerzo de la semana. Llegó a la pastelería, pagó el pay y puso marcha hacia casa mientras escuchaba música en el estéreo.
Al pasar por una calle con algunos callejones, Abel se detuvo en un semáforo en rojo. De pronto, en el silencio que queda cuando una canción termina y otra está por empezar, escuchó un grito.El grito de una mujer.
El grito venía de uno de los callejones cercanos. Abel pausó la música y detuvo el auto en la entrada del callejón de manera rápida. El corazón le latía a mil por hora.
Ahí lo vio: dos hombres de estatura promedio, más o menos de un metro setenta, forcejeaban con una mujer de unos treinta años. Vestía el uniforme de una tienda departamental y llevaba un bolso café.
Abel se acercó primero caminando con cautela. Cada paso hacía que el corazón le latiera más rápido. Tomó una bolsa de basura que estaba en el suelo y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, la lanzó. La bolsa impactó en uno de los hombres.
Abel se lanzó sobre ambos. Cayó encima de uno; en la caída se golpeó la rodilla contra el suelo y, sin pensarlo, le dio un golpe en el rostro. El criminal quedó aturdido, más por la sorpresa que por el impacto en sí.
Cuando Abel intentaba incorporarse, sintió una patada en las costillas por parte del otro hombre, que lo lanzó hacia un lado. La mujer aprovechó esa distracción —torpe, impulsiva— para huir corriendo del callejón.
—Ya se nos fue, y todo por tu culpa, imbécil. Me las vas a pagar —dijo el criminal, molesto, con la respiración entrecortada.
Abel hizo sinapsis rápidamente. Sintió un palo de madera debajo de su espalda y, en un movimiento torpe, lo tomó. Golpeó la rodilla del criminal con él, haciendo que se tambaleara y bajara la cabeza. Ahí, Abel se incorporó de golpe y le reventó el palo en la cabeza.
No pensaba en nada más. No había ideas, solo emociones. Su enojo, su frustración, todo se descargó en ese golpe.
Tomó uno de los pedazos más largos del palo y volvió a golpear al criminal en el suelo, una y otra vez, hasta dejarlo inconsciente.
Cuando el otro salió de su aturdimiento e intentó incorporarse, Abel lo notó. Le dio una patada en las costillas y lo pateó repetidamente en el suelo. No sentía placer, pero sí algo parecido a alivio, como si todos sus problemas —su frustración y, sobre todo, su situación con Elena— se calmaran con cada patada.
Cuando el criminal quedó tendido, Abel corrió. No podía pensar. Entró al auto exaltado, lo encendió y recargó la frente en el volante. No sabía qué sentir; todo había pasado tan rápido, y es que, en perspectiva, solo fueron alrededor de cinco minutos, con la adrenalina aún a tope y el corazón desbocado.
En ese momento, el estéreo se encendió.
It’s just one of those days...