Cap 1: "Vaugrenard & Stein"
"Mi pluma escribe sobre finales felices de madrugada, pero mi apellido firma sentencias de quince años al mediodía.
Se me había hecho costumbre quedarme despierta hasta el alba. Los horarios de un escritor son muy diferentes a los de los demás; después de todo, y por alguna extraña razón, las mejores ideas parecen llegar a la medianoche.
Llegan en esos momentos donde has conseguido acomodarte en la cama, cuando las sábanas han alcanzado la temperatura correcta y la almohada parece acoplarse a ti. Sin embargo, tu mente parece estar en tu contra: da mil vueltas sin parar, miles de cosas pasan por ella y es ahí donde todo hace "clic" y las ideas llegan como una tormenta.
Me levanto de mi escritorio para ir a la cocina, donde me preparo una taza de té caliente. Después camino hasta el balcón para disfrutar de cómo el sol comienza a dar los primeros rayos del día. Aunque quería quedarme ahí un buen rato para disfrutar del aire fresco, el sueño comenzó a cobrarme factura. Sin más remedio, me dispuse a ir a dormir, no sin antes dejar limpia la taza para no acumular trastes sucios. Una vez dentro del cuarto, me tiré a la cama, puse la alarma y vi por última vez la hora: 7:15. No pasó mucho tiempo antes de quedarme profundamente dormida.
El molesto sonido de la alarma llegó a mi subconsciente. Como consecuencia, mi hermoso sueño en el que volaba fue interrumpido. Con los ojos aún cerrados, apagué la alarma y salí de la cama. Como si de un robot en automático se tratara, me desvestí y me di un baño de agua tibia para despertar. Hoy tengo una junta importante con inversionistas de la empresa.
Me pongo un traje de tres piezas color negro. En cuanto al cabello, lo dejo suelto; solo lo seco y peino con fijador para que se mantenga ordenado la mayor parte del día. Ya lista para salir, tomo mi bolso y el celular. Antes de dejar el departamento, veo el reloj por última vez: marca las 11:10 de la mañana. Ya se me ha hecho tarde y la reunión es a las 12:00, así que, con el tiempo en contra, decido llevar la motocicleta. Tomo el casco y me dirijo al estacionamiento.
El tráfico parece estar ligero, por lo que el viaje de mi departamento a la empresa dura menos de 40 minutos. Al llegar al parqueo de la compañía, dejo la moto. Aún quedan unos minutos para el inicio de la junta, así que me apresuro hacia el elevador. Las puertas están por cerrarse, así que grito a quien se encuentre dentro:
—¡Detengan el elevador, por favor!
Justo antes de cerrarse, alguien pone la mano para que vuelva a abrirse. Entro lo más rápido posible para no retrasarme más.
—Buenas tardes, señores —saludo ya con el elevador en marcha.
—Buenas tardes, señorita. ¿A qué piso va? —me pregunta el mayor de ellos.
En el elevador se encuentran tres hombres: uno de mediana edad y otros dos que parecen ser un poco mayores que yo.
—Al penúltimo, por favor —respondo con una sonrisa.
—¿También va a la junta? —pregunta uno de los jóvenes.
—Sí. ¿Ustedes también? —pregunto con sorpresa.
—Así es. Me presento: yo soy Nicolás Evans, y ellos dos son Theodore y Siriwat Vaugrenard.
Señala primero al mayor y luego al más joven. Al escuchar sus nombres, supe de inmediato quiénes eran.
—Ah, mucho gusto. Mi nombre es Milán Stein —les saludo estrechando la mano de cada uno.
Mi familia tiene una empresa con más de 79 años en el mercado. Todo comenzó cuando mi bisabuelo, a sus 20 años, se abrió paso con una tienda de muebles que, con el tiempo, se extendió a nivel nacional. 25 años después, mi abuelo probó suerte en las telecomunicaciones; parece que tenía mucho talento, porque ganó un gran reconocimiento. Años más tarde, ingresó al mercado de fabricación de piezas automotrices y baterías. Después, mi padre le sumó una agencia de viajes y una cadena de hoteles, consolidando el patrimonio familiar que hoy conocemos como Grupo Stein.
Tras casarse con mi madre, se sumaron el hospital y la galería de arte que mi familia materna poseía. Yo, sin ganas de quedarme atrás, hace tres años añadí una gran editorial y, más tarde, una agencia de entretenimiento, consolidando mi lugar no solo como heredera, sino como una pieza clave en el engranaje del ahora llamado Grupo Stein-Global.
Mientras el elevador ascendía en un silencio cargado de expectativas, sentí la mirada de Siriwat Vaugrenard sobre mí. Había algo en su postura, una elegancia gélida y analítica, que me recordó por qué los Vaugrenard eran conocidos como los depredadores más refinados del continente asiático. A ello se sumaba el hecho de que hacía más de ocho años que no veía a Siriwat. La douceur de la mañana se había esfumado; ahora, en el piso penúltimo, solo quedaba el juego del poder que parecía surgir entre ambos al cruzar miradas.
El "ding" del elevador anunció nuestra llegada. Las puertas se abrieron y el aire acondicionado del vestíbulo, cargado de un ligero aroma a madera y éxito, nos recibió. Caminé al frente, sintiendo el eco de mis botas contra el mármol, consciente de que los Vaugrenard caminaban a pocos pasos detrás de mí.
Al entrar a la sala de juntas, el panorama era imponente. Allí se encontraban todos los inversionistas; a la mitad de ellos no les agradaba la idea de que la heredera del imperio Stein fuera una chica de 22 años, y el hecho de ser mujer parecía remarcar su escepticismo.
Mi padre, Heinrich Stein, ya estaba sentado a la cabecera, revisando documentos en su tableta. Al vernos entrar, una sonrisa profesional pero cargada de significado cruzó su rostro. A un lado se encontraba mi madre, representando los intereses de las empresas que le corresponden; en el otro extremo, donde se sentarían los Vaugrenard, estaba la madre de Siriwat, quien también representa su parte dentro del conglomerado.
—Justo a tiempo —dijo mi padre, levantándose para estrechar la mano de Theodore Vaugrenard con la familiaridad de un viejo amigo—. Theo, es un placer tenerte en casa.
La junta comenzó formalmente a las 12:05. Yo me senté frente a Siriwat. El intercambio de datos fue una danza técnica:
—El Grupo Stein-Global ha consolidado su dominio en la infraestructura logística de Latinoamérica —comencé, activando la pantalla holográfica—. Controlamos el 60% de las rutas de transporte de carga pesada y nuestras plantas de baterías están listas para la transición eléctrica. Sin embargo, para escalar a nivel global, considero que una alianza con el Grupo Vaugrenard sería una gran oportunidad estratégica —continué, sosteniendo la mirada de un inversionista alemán que me observaba con escepticismo—. No hablamos solo de compartir mercados, sino de una integración vertical. Stein-Global pone la tierra, la logística y la materia prima en Occidente; Vaugrenard aporta la vanguardia biotecnológica y el dominio de los semiconductores en Oriente. Juntos, no seremos competencia para nadie, porque seremos los dueños del tablero.
El silencio que siguió fue breve pero tenso. Siriwat tomó la palabra, inclinándose apenas hacia adelante, lo suficiente para que la luz resaltara la línea dura de su mandíbula.
—La eficiencia de la proyección de la señorita Stein es milimétrica —dijo él, y su voz sonó como seda sobre acero—. El Grupo Vaugrenard ha supervisado estas cifras y nuestra división en Singapur está lista para la transición. No estamos aquí para discutir "si" la alianza es viable, sino para ratificar que ya ha comenzado.
Tras cuarenta minutos de tecnicismos sobre márgenes de beneficio y tasas de retorno, mi padre dio un golpe suave sobre la mesa de caoba.
—Si no hay más objeciones, cerramos la sesión general.
Vi a los inversionistas retirarse entre murmullos. Sabían que lo ocurrido era historia, pero también que el verdadero trato se cerraría sin testigos. Mi madre, Elena, se acercó a Amara Vaugrenard y ambas compartieron un abrazo cálido que desentonaba con la frialdad de la sala.
—Vayamos al despacho —ordenó mi padre—. Hay un documento que necesita firmas que no pueden esperar.
Caminamos por el pasillo asta el elevador privado y subir al último piso. El eco de mis botas seguía rítmico, pero mis manos, ocultas en los bolsillos de mi traje negro, empezaban a sudar. Al entrar al despacho, Theodore Vaugrenard cerró la puerta. El "clic" del cerrojo sonó definitivo. Theodore puso una carpeta de piel azul sobre el escritorio de cristal.
—Milán, Siriwat —comenzó Theo—. Nuestras familias han caminado juntas desde antes de que ustedes nacieran. Pero esta fusión es tan masiva que el mercado financiero intentará despedazarnos si detecta la más mínima grieta.
—Necesitamos un blindaje que no dependa de las fluctuaciones de la bolsa —añadió mi madre—. Necesitamos una unión legal inquebrantable.
—Un matrimonio —solté yo sin rodeos. Ya lo presentía—. ¿A cuánto asciende el costo de este negocio?
Mi padre me miró con orgullo y pesar.
—No es un costo, Milán. Es un legado. El contrato tiene una cláusula de irrevocabilidad familiar de quince años.
—¿Quince? —la palabra salió de mi boca cargada de incredulidad—. Papá, eso es más de una década. Es... casi toda mi juventud.
—Es el tiempo necesario para consolidar la infraestructura —respondió Siriwat, con mirada ilegible—. Un contrato de quince años garantiza estabilidad y asegura que ninguna familia pueda retirar su capital sin destruir a la otra. Estamos condenados a tener éxito juntos.
Me quedé mirando el documento. Quince años de mi vida por el imperio. Miré a Siriwat; él parecía haber aceptado su destino mucho antes de cruzar la puerta.
—Necesito un momento a solas con él —dije a mis padres—. Antes de firmar nada.
Mis padres y los Vaugrenard intercambiaron una mirada de duda, pero asintieron y abandonaron el despacho. El sonido del pesado portón de roble al cerrarse dejó tras de sí un vacío cargado de electricidad.
Ahí estábamos, ocho años después, en un despacho que olía a decisiones irrevocables. Me giré para enfrentar a Siriwat, quien seguía apoyado contra el escritorio con esa calma que empezaba a irritarme. El juego del poder había terminado; ahora empezaba nuestra propia guerra o, quizás, nuestra única salvación.
"No es la fuerza del cuerpo lo que cuenta, sino la fuerza del espíritu." — J.R.R. Tolkien
Nota de la autora:
¡Bienvenidos al mundo de Douceur! 🖋️🖤
Milán acaba de ver cómo su vida queda atada a un contrato de quince años con un hombre que no ha visto en casi una década. Pero, como ella misma dice, las mejores ideas llegan a la medianoche... ¿será este matrimonio su mejor idea o su mayor error?
Cuéntenme en los comentarios: >
1. Si estuvieran en el lugar de Milán, ¿firmarían por salvar el imperio familiar?
2. ¿Qué creen que Siriwat ha estado haciendo durante estos 8 años de ausencia?
¡Los leo con una taza de té en mano! ☕✨